Te cuento una historia que me ha llegado y que me tiene con la piel hecha un jirón. Durante quince años, cada tarde a las seis en punto, Doña Carmen Méndez dejaba una comida humeante sobre el mismo banco verde del Parque del Retiro, en Madrid. No esperó a ver quién la cogía, nunca dejó una nota y jamás se lo contó a nadie.
Todo empezó como un pequeño ritual tras la muerte de su marido, una manera de colmar el silencio que se había instalado en su casa vacía. Con el tiempo, el gesto se volvió un secreto compartido solo entre ella y los desconocidos hambrientos que hallaban consuelo en aquel acto de bondad.
Lloviera o brillara el sol, el calor del verano o la helada del invierno, la comida siempre estaba allí. A veces era una sopa, otras una cazuela, y en otras un sándwich envuelto con mimo en papel encerado y metido en una bolsa de papel marrón.
Nadie conocía su nombre; la gente del barrio la llamaba simplemente la Señora del Banco.
Una tarde de martes, el cielo estaba cargado de nubes y empezaba a llover. Carmen, ya con setenta y tres años, se ajustó el gorro mientras cruzaba el parque. Los muslos le dolían, el aliento se le escapa, pero las manos siguen firmes sujetando el plato aún tibio.
Lo dejó con cuidado, como siempre. Pero antes de que pudiera volver a su paso, los faros de un elegante SUV negro atravesaron la bruma y se detuvieron al borde del sendero. Por primera vez en quince años, alguien la esperaba.
Se abrió la puerta trasera y una mujer salió con un traje azul marino, sujetando una paraguas y un sobre sellado con cera dorada. Sus tacones crujían suavemente sobre el césped mojado mientras se acercaba.
¿Señora Méndez? preguntó con voz temblorosa.
Carmen parpadeó. Sí ¿me reconoce?
La mujer le ofreció una sonrisa cansada, pero sus ojos brillaban de lágrimas. Te conocí hace tiempo tal vez no por tu nombre. Yo soy Luz. Hace quince años solía comer la comida que dejabas aquí.
Carmen sintió cómo le subía el nudo al pecho. ¿Eras una de las chicas?
Éramos tres respondió Luz. Nos escondimos cerca de los columpios. Aquellas comidas nos salvaron la vida aquel invierno.
El corazón de Carmen se encogió. ¡Ay, mi niña!
Luz se acercó y le entregó el sobre tembloroso. Quería agradecerte. No solo nos alimentaste, nos diste una razón para creer que todavía hay bondad en el mundo.
Dentro había una carta y un cheque. Carmen, con los ojos nublados, empezó a leer:
Estimada Señora Méndez,
Nos brindaste alimento cuando no teníamos nada. Hoy queremos devolver a otros lo que tú nos diste: esperanza.
Hemos creado la Fundación Becas Carmen Méndez para jóvenes sin techo. Los primeros tres beneficiarios empezarán la universidad este otoño. Usamos el nombre que una vez escribiste en una bolsa de almuerzo Señora Méndez. Creímos que era hora de que el mundo supiera quién eres.
Con cariño,
Luz, Celia y Inés
Carmen alzó la vista, con lágrimas trazando ríos en la lluvia. ¿Ustedes, chicas, hicieron todo esto?
Luz asintió. Lo conseguimos juntas. Celia dirige un albergue en Vigo, Inés trabaja como trabajadora social en Bilbao, y yo ahora soy abogada.
Carmen soltó una risa entrecortada por un suspiro. Abogada yo nunca, ni en sueños.
Se sentaron juntas en el banco mojado, sin paraguas. Por un instante, el parque pareció volver a latir las risas se mezclaron con el susurro de la lluvia, los recuerdos flotaron en el aire.
Cuando Luz se marchó, el SUV se perdió en la niebla gris, dejando solo la huella del neumático y el olor a tierra mojada.
Carmen quedó un momento más, con la mano apoyada en el plato aún tibio.
Esa noche, por primera vez en quince años, no volvió a colocar comida en el parque.
Pero a la mañana siguiente, el banco ya no estaba vacío. Sobre el asiento había puesto un solo clavel blanco y, bajo él, una tarjeta escrita con elegante caligrafía.







