Algunas peculiaridades de la familia de Olguita Guapavilla

Algunas rarezas de la familia de Oliva Hermosa

Ahí va Oliva con su perro otra vez

¡Virgen Santa! ¿Qué le ha hecho ahora a ese pobre animal? ¡Mira, mira, ahora el rabo de Churro no es violeta, es rosa! ¡Y cómo lo mueve, el condenado!

¿Y qué le vamos a hacer si la chica es un poco peculiar? Eso sí, generosa y correcta como pocas. ¿Cuántas de ésas conoces hoy día? Cuando su abuela enfermó, Oliva no salía del hospital y cuidaba de ella sin respirar, sin pensar en sus cosas de joven.

¡Qué va! Solo ayer la vi, y la dejaba en el portal un muchacho la mar de guapo en un coche tremendo.

Igual era el taxista…

¡Anda ya! ¿Desde cuándo los taxistas dan besos en la mano al despedir a una chica?

¿Que sí? ¿De verdad?

Te lo digo yo: la Oliva nuestra se casa antes de que cante un gallo.

¡Y qué bien! La abuela va a estar tan orgullosa… Menuda nieta ha criado: lista, guapa, decente. Si no fuera por su trabajo, sería perfecta.

¿Y qué tiene de malo el trabajo de Oliva?

¡Investigadora de la policía! ¿Me dirás que eso es carrera para una señorita?

Pues mira, gente que respete la ley como la abuela de Oliva ya no hay. Y de investigadora, ni te cuento: hasta han salido reportajes sobre ella. ¡Orgullo del barrio, oiga!

Yo no digo nada… Que Dios le dé suerte, como se dice. Desde pequeña se le veía que llegaría lejos. ¿Te acuerdas de cómo era?

Igualita que la abuela: una llamita de fuego.

Oliva, la muchacha de la que cotilleaban las vecinas en el banco bajo el portal, pasó junto a ellas, saludando con una sonrisa, para de pronto salir dando saltitos tras su alegre perro de rabo rosa, que brincaba sobre los caminos helados y arenosos de la urbanización.

¡Mírala! ¿A dónde va tan deprisa?

Irá a recoger a su hermana. Catalina llega hoy a Madrid.

¿Eso cómo lo sabes tú?

Me lo contó la propia OIiva. ¡Mira, mira! Ya está llegando el taxi.

Una joven alta y esbelta bajó del coche, se acercó en silencio a Oliva, la apretó en un abrazo y silbó al perro que danzaba a sus pies.

¡Oliva! ¿Qué le has hecho al perro ahora?

¿No ves qué mono le ha quedado? ¡Es el color favorito de la abuela!

¡Ay, cómo te echaba de menos, mi pequeña marciana!

Oliva abrazó de nuevo a su hermana y se rió con alegría.

En todo el barrio sabían que Oliva Hermosa tenía su punto raro. Las rarezas le venían de toda la vida, desde aquella infancia dorada en la que lucía trencitas y lazos antiguos, obra cariñosa de su abuela, saludando a los vecinos con dientes torcidos (antes de que el abuelo adoptivo se los arreglara). A su saludo seguía un educadísimo:

¿Cómo va todo?

Pero pronto nadie quería responderle, aunque no tuviera secretos ni cotorras que le sacaran los colores. El barrio le tenía miedo. Oliva era una niña increíblemente parlanchina, pero no era solo eso: tenía un don especial. Sabía atar cabos de cosas oídas y vistas, y soltar verdades al interesado, con total naturalidad.

Tía Carmen, ¿a que mientras trabajabas tu tío Paco fue a casa de la vecina Paula, la de la puerta siete? Llevaba flores, como las del tuyo cumpleaños, pero más grandes. Y cuando le pedí olerlas, dijo que no podían. ¿Por qué se las da a Paula y no deja olerme a mí?

Tía Carmen, que toleraba a su marido y sus historias de horas extra fingidas, se sobresaltó, mirando de reojo para asegurarse de que las vecinas no habían escuchado, y se fue sin saludar siquiera a la abuela de Oliva.

Hija, ¿a qué charlas con Carmen si no te ha preguntado nada? la abuela de Oliva se enfadaba, sin informar de sus motivos.

Oliva se sentía injustamente regañada. ¿Qué había dicho de malo? ¿O sí lo había dicho? Nadie le explicaba por qué no podía mencionar a qué puerta entran los ramos de flores, y esos silencios le dolían más que los gritos.

La abuela, después de los percances, se transformaba en estatua de granito, apretaba la mano de Oliva y tiraba de ella en silencio, con la boca apretada y mirada severa: hoy no habría caramelos tras la cena.

Eso a Oliva le molestaba bastante, claro. Se ponía seria hasta que recordaba que la estatua, al menos, tenía palomas encima, y su abuela no. Siempre con su peinado intacto, nada que ver con el calvo y sucio Lenin de la plaza donde Oliva paseaba los fines de semana.

Del jefe ese le habló el abuelo de acogida, al que Oliva hacía mil preguntas.

¿Por qué es calvo? preguntaba mirando el monumento al sol del Retiro.

¡De tanto preocuparse! respondía el abuelo, siempre claro, al contrario que la abuela.

¿De verdad? ¿Es que tenía un trabajo difícil?

Sin duda.

¿Dentista de niños? Oliva se imaginaba el busto metido en la clínica de su abuelo, los niños chillando al ver la redonda calva asomarse por la puerta.

El abuelo se le quedaba mirando raro y rompía a reír:

¡Ojalá! Habría cambiado el mundo. No, niña. Fue un líder.

¿Un jefe? Si lo fuera, tendría plumas en la cabeza, como los indios del cuento. Y este ni pelo, ni tranquilidad de palomas. ¿Y las plumas le valdrían para… cómo se llama?

¿Tocado?

Eso, tocado.

Éstas tendrían que ser de águila, hija.

No, pobrecillas, las águilas no se portan mal ni ensucian por ahí donde no deben, que la abuela dice que es feo. La última vez en la pesca, ¿te acuerdas?

El abuelo casi no podía parar de reír, mientras los viandantes los miraban pasmados.

Entonces Oliva se ponía seria y decía, ceñuda:

Compórtate. ¿O qué te crees, el caballo de Franco? La abuela siempre dice que la buena educación dignifica. ¡No quiero pasar vergüenza!

El abuelo siempre la llevaba después a por helado secreto, porque la abuela no permitía dulces antes de comer, pero ese era su pequeño pacto de complicidad: uno de los pocos secretos que Oliva supo guardar de verdad.

Oliva, como cuentes que te he dado helado, tu abuela me mata.

¿Habrá escándalo?

Mayúsculo. Ya la conoces.

Tú no le obedeces.

¡Yo soy hombre! Y si hiciera todo lo que dice, iba apañado…

¿Lo contamos entonces?

Una cosa es obedecer y otra provocar, pequeña…

¿Eres cobarde, abuelo?

No, cariño. Soy precavido: mejor una paz sencilla que una pelea gorda.

¿Eso qué es?

Eso te lo explico comiendo. Y de paso, compramos flores para que no vea tu cara de felicidad.

Oliva adoraba a su abuelo adoptivo. Él fue su regalo de Reyes. La abuela, que la criaba sola pues sus padres siempre estaban de expedición arqueológica, decidió casarse por segunda vez con un viejo pretendiente. Era rigurosa, sensata y abogada notable, pero tenía dos debilidades: su nieta y ese compañero de la universidad reaparecido como milagro del destino.

Físicamente, eran cómicos juntos: ella alta y regia, él bajo y rechonchete, como una seta resistente. Pero lo que los unía iba mucho más allá. La abuela, tan lógica, era en secreto una romántica incurable, soñadora de poemas a la luna y serenatas bajo las ventanas que nunca le cantaron en casa.

El primer marido era orgulloso de sus logros, flores en festivos y, como mucho, una cita de Machado. El alma de la abuela se encogía, arrastrando a todos a su alrededor. Ni el abuelo entendió nunca a la mujer especial que tenía cerca.

La llegada de Oliva le devolvió la luz: aquel bultito chillón era esperanza. Sus padres, los mejores arqueólogos del país, le confiaron la niña a la abuela, que la crió como su mayor tesoro. Y la niña llenaba de vida la casa, hasta que un día llegó el segundo abuelo. La abuela fue clara: hay abuelo como los de todo el mundo y abuelo adoptivo, solo para Oliva.

Así, aunque Oliva veía al abuelo biológico, fue siempre el otro el que ocupó su corazón.

La historia de los lazos entre la abuela y el abuelo adoptivo era bien conocida por Oliva, quien, además, fue la causa de su reunificación. Durante el primer año, Oliva no paraba de llorar y tras recomendaciones del barrio, la abuela la llevó a la consulta de Pedro.

¡Luz María! saludó sonriendo Pedro y la abuela supo que la vida le daba otra vuelta. Aquel amor de juventud de quien nunca se había atrevido a hablar por pudor y orgullo, volvía para quedarse.

El hijo de Luz María ni se sorprendió del cambio de estado. Bastó confirmar que seguirían cuidando de Oliva y todos tan contentos.

La niña creció sana y querida, sin ir a guardería porque ni bien entraba, caía enferma. La abuela desistió de la socialización y la cambiaron por el pueblo de veraneo, rodeada de amigos y en perfecta salud, jugando en la pérgola que Pedro construyó.

Las visitas eran continuas: la inseparable Clarisa, los gemelos Manuel y Gonzalo, la bailarina Zoraida… y, cuando Oliva cumplió seis, apareció Catalina.

Catalina no se parecía en nada a los demás: un torbellino rebelde y con ideas claras. Se conocieron un verano. Oliva leía bajo la pérgola mientras saboreaba la primera fresa de temporada, cuando una manecita sucia surgió bajo la mesa, robando bayas.

Oliva gritó tanto que Luz María casi tira el cazo de mermelada. Los gatos huyeron despavoridos. Pero Catalina daba igual, debajo de la mesa, comiendo a sus anchas.

¿A qué gritas? ¿No te da curiosidad saber a qué he venido?

Oliva, primero asustada, luego resignada, se coló también bajo la mesa y recibió la fresa más gorda.

Tus manos están sucias…

¡Bah! Aquí en el campo, ¿quién no las lleva así?

Cuando reconoció la abuela a Catalina, suspiró, dejó que jugaran y se marchó, ocupada en sus cosas, dejando a las niñas bajo la vigilancia distraída de Pedro, que era capaz de dormir bajo cualquier ruido o canción desafinada de la abuela.

Al poco, ya todas sabían que Catalina era la nieta de un antiguo amigo de Luz María. Quedó huérfana tras un accidente, y el abuelo, ya mayor y enfermo, confió su custodia a la abuela de Oliva.

¿Por qué aceptó Luz María? Porque al mirar aquella niña menuda tan idéntica a Oliva, supo que no podía dejarla sola en la vida.

Pedro no puso trabas: Haz lo que creas correcto, dijo. Teme Luz María no poder quererlas igual, y Pedro fue claro: No hace falta. Quierelas como puedas. Que tengan familia.

Y así Catalina se sumó a la vida de Oliva, formando un dúo inseparable, unidas por las diferencias, en una amistad tierna y sólida. La abuela supo que con su Catalina, Oliva nunca estaría sola.

Catalina fue la que más la ayudó: le enseñó cuándo es mejor callar, y puso su don de observación detectivesca en el cauce correcto:

Serías una investigadora de primer nivel… aunque a mi abuelo no le haría gracia: ese trabajo de perro que se va por el sumidero si te toca un mal jefe.

Pues yo seré jefa, para que ninguno se fastidie, Oliva reía, sin saber aún los caminos de su futuro.

Muchos le tomaron por rara al principio. Pero ella tenía clara su meta, y quién la respaldaba: el cariño incondicional de los suyos.

Oliva, ¿has comido algo hoy? ¿No? ¡Vaya vergüenza! Y tú, Catalina, tampoco te habrás llevado ni una gota a la boca. ¡A comer ahora mismo! ¡Y los platos limpios! ¡Pedro! ¿Necesitas una invitación especial? Suelta a Churro y lávate las manos. Pobrecito animal, entre una y otra. ¿Por qué el rabo rosa? Porque lo dice la naturaleza, dirás. ¡Anda que no sois! ¡No me mareéis! ¡La sopa se enfría! ¡A la mesa todos!

La vida, con sus vueltas y rarezas, enseñó a Oliva y a los suyos que la mayor fortuna era tenerse, y que cada diferencia se transforma en puente cuando la une el amor. Porque, al final, la familia no es la sangre, sino quien te ofrece un lugar en la mesa y te pregunta si has comido hoy.

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Algunas peculiaridades de la familia de Olguita Guapavilla