Algún día verás que he envejecido.

Alguna vez verás que me he envejecido, que mis manos tiemblan al abotonar la camisa y que, durante el almuerzo, puedo soltar la cuchara o mancharme. Te pido, no te enfades, sé amable conmigo. Recuerda cómo, con paciencia, te enseñaba todo cuando aún no sabías sujetar la cuchara ni vestirte sola. Si repito lo mismo, no me interrumpas; solo escúchame. ¿Te acuerdas de cuando me pedías el mismo cuento una y otra vez, hasta quedarte dormida abrazándome? Si a veces me niego a ducharme, no me reproches; recuerdo cómo inventaba historias para arrastrarte al baño, porque te negabas a entrar. Si no entiendo las nuevas tecnologías, no te rías de mí; dame un momento. Recuerda cómo te enseñé a escribir las primeras letras, cómo contábamos manzanas y sumábamos cifras, mientras yo apenas podía mantenerme en pie por el cansancio. Si se me olvidan palabras o pierdo el hilo, ten paciencia, no te enojes. Lo que importa no es de qué hablo, sino que estés a mi lado y me escuches, sin darle la vuelta. Cuando mis piernas se debiliten y ya no pueda caminar contigo, no pienses que soy una carga; sólo extiende tu mano, como yo te ofrecí la mía cuando diste tus primeros pasos por nuestra casa. Un día comprenderás que, a pesar de mis errores, siempre quise lo mejor para ti. Cada paso que di, cada decisión, fue un intento de aligerar tu camino más que el mío. Regálame un poco de tu tiempo, una pizca de paciencia. Permíteme apoyarme en tu hombro, como tú te apoyaste en el mío cuando te dolía o tenías miedo. Te quiero, Cruz. Te quiero, Diego. Y rezo por vosotros, aun cuando ya no lo notéis.

Rate article
MagistrUm
Algún día verás que he envejecido.