Algún día verás que he envejecido.

Querido diario,

Hoy he observado que mi madre, Carmen, ya muestra los signos de la vejez. Sus manos tiemblan al abrochar los botones de su abrigo y, al almorzar, a veces suelta la cuchara o se mancha la ropa. Le pido que no se enfade conmigo, que sea gentil y paciente.

Recuerdo cómo, cuando era pequeña, con su paciencia me enseñó a sujetar la cuchara y a vestirme sola. Si repito lo mismo una y otra vez, no la interrumpo; simplemente la escucho. Aún guardo en la memoria aquellas noches en que me pedía que le contara un cuento una y otra vez, abrazándome hasta que el sueño me vencía.

Cuando se niega a entrar a la ducha, no la reprocho; al contrario, recuerdo su ingenio al inventar pequeñas historias para convencerme de subir al baño, pues yo era terco y no quería mojarme. Si se le escapan los chistes sobre la televisión o el móvil por no entender las nuevas tecnologías, no me río de ella. Le concedo un momento para que se acostumbre.

También recuerdo cómo me enseñó a escribir las primeras letras, a contar manzanas y a sumar números, mientras luchaba contra el cansancio. Si a veces olvida palabras o se queda sin idea, le pido paciencia y no me enojo. Lo importante no es tanto lo que dice, sino que está a mi lado y me escucha sin alejarse.

Cuando sus piernas se debiliten y ya no pueda caminar a mi lado, no piense que soy una carga. Solo ofrezco mi mano, tal como ella me tendió la suya cuando di mis primeros pasos por la casa de la familia en Madrid. Un día comprenderá que, pese a mis errores, siempre quise lo mejor para ella; cada paso que di, cada decisión, fueron intentos de aligerar su camino, no el mío.

Le pido un poco de su tiempo, una pizca de paciencia. Le ofrezco apoyarme en su hombro, como ella lo hizo conmigo cuando el temor o el dolor me agobiaban. La quiero con todo el corazón, hija mía, hijo mío, y rezo por vosotros, aun cuando ya no lo notéis.

La lección que hoy me queda clara es que el amor no se mide en perfección, sino en la constancia de estar presente, ofreciendo ayuda y comprensión cuando la vida nos envejece. Así, el verdadero peso que llevamos es el de la ternura compartida.

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Algún día verás que he envejecido.