Querido diario,
Hoy he notado que mis manos tiemblan al abotonar la chaqueta y, al almorzar, casi dejo caer la cuchara o me ensucio la ropa. Pido a mis hijos, Carmen y Antonio, que no se enfaden y que me traten con cariño. Recuerdo cómo, cuando eran pequeños, les enseñé todo con paciencia; todavía no sabían sujetar la cuchara ni vestirse solos.
Si repito siempre lo mismo, no me corten la conversación; simplemente escúchenme. ¿Se acuerdan de esas noches en que Carmen me pedía contarle cuentos una y otra vez, abrazándome hasta quedarse dormida? Cuando me negaba a ducharme, no me regañen; recuerden cómo inventaba pequeñas historias para que entraran al baño, porque se negaban con terquedad.
Si no entiendo las nuevas tecnologías, si el móvil o el televisor me resultan complicados, no se rían de mí. Denme un momento para aprender. Hace años les enseñé a escribir sus primeras letras, a contar manzanas y a sumar números, mientras yo apenas mantenía el ritmo por el cansancio.
Cuando se me escapen palabras o pierda el hilo, tengan paciencia y no se irriten. Lo que realmente importa no es lo que digo, sino que ustedes estén a mi lado, escuchándome sin volverse. Cuando mis piernas se debiliten y ya no pueda caminar a su lado, no piensen que me he convertido en una carga; simplemente ofrezcan su mano, como yo les ofrecí la mía cuando dieron sus primeros pasos por la casa de Madrid.
Un día comprenderán que, pese a mis errores, siempre quise lo mejor para ustedes. Cada paso que di, cada decisión, fueron intentos de aligerar su camino más que el mío. Regálenme un poco de su tiempo, una pizca de paciencia. Permítanme apoyarme en su hombro, como ustedes se refugiaron en el mío cuando el dolor o el miedo los asaltaba.
Los quiero, mi hija, mi hijo. Y rezo por ustedes, incluso cuando ya no lo noten.
He aprendido que la verdadera fortaleza de una familia reside en la paciencia y el amor que se brindan mutuamente.







