¡Aléjate de mí! ¡Yo no te prometí matrimonio! De hecho, ni siquiera sé de quién es ese niño… ¿O acas…

¡Aléjate de mí! ¡Nunca te prometí matrimonio! Además, ni siquiera sé de quién es ese niño.

¿Y si al final ni siquiera es mío? Así que, márchate y baila un pasodoble por ahí; yo, me largo así le habló Óscar a la atónita Clementina.

Y ella solo miraba, incapaz de creer lo que oía, ni lo que veía ¿Era ese el mismo Óscar que la adoraba y la llevaba en brazos?

¿Ese era el mismo Osquitar que la llamaba Clemencita y le prometía la luna de Valencia?

Frente a ella, un hombre torpe, enfadado, con gesto ajeno Clementina lloró una semana entera, diciendo adiós con la mano para siempre a Osquitar.

Pero la edad pesa treinta y cinco años ya y con su discreción y esa certeza amarga de que su felicidad como mujer era improbable, decidió tener el bebé.

Clementina dio a luz, en fecha, a una niña llorona. La bautizó como Marisol.

Marisol creció tranquila, sin complicaciones. Era como si supiera que, gritase o callase, no lograría nada extra.

Clementina trataba razonablemente bien a la niña, pero se notaba en el ambiente la falta de ese calor de madre, esa ternura única. Daba de comer, vestía, regalo aquí, juguete allá. Pero abrazarla, mimarla, pasear con ella no. Eso no.

A veces Marisol alzaba los brazos solicitando el abrazo, pero Clementina la apartaba: estaba ocupada, tenía mil cosas, ese cansancio persistente, o el dolor de cabeza. Jamás despertó en ella el instinto.

Cuando Marisol tenía siete años ocurrió algo inesperado Clementina conoció a un hombre.

¡Y no solo eso! ¡Lo metió en casa! El barrio murmuraba: ¡menuda Clementina, qué ligera!

Un hombre sin oficio fijo, nadie de por aquí, sin domicilio claro ¡Quizás un timador! ¡Menudo panorama!

Clementina trabajaba en la tienda del pueblo y aquel tipo, Jacinto, empezó a descargar los camiones. Así, entre cajas y palets, surgió el romance.

Y pronto Clementina invitó al flamante pretendiente a instalarse en su casa. Las vecinas la juzgaban ¡vete tú a saber a quién ha traído!

Piensa en la niña, cuchicheaban. Y él, siempre callado, como si escondiera algo.

Pero Clementina no escuchó a nadie. Era como si supiera que esa era su última oportunidad de encontrar la dicha.

Pero pronto la opinión cambió sobre ese hombre de pocas palabras.

La casa de Clementina caía a pedazos sin unas manos masculinas: Jacinto, así se llamaba, primero arregló la puerta, después reparó el tejado y levantó la tapia caída.

Cada día hacía algo nuevo, y la casa rejuvenecía como por arte de magia. Al ver que tenía buenas manos, todos acudían a él; y él, decía:

Si eres mayor o pobre de solemnidad, te ayudaré. Si no, o me pagas con euros o con chorizos.

A algunos les cobraba en billetes, a otros en quesos, embutidos, huevos, leche.

Clementina tenía un huerto, pero sin ganado no había leche fresca en casa menos aún nata o mantequilla.

Pero ahora, de repente, el frigorífico se llenó de leche, natillas, mantequilla, y hasta crema fresca.

Las manos de Jacinto eran de oro. Era, como dicen, un Juan para todo: panadero, carpintero, jardinero de boina y sonrisa.

Y Clementina, que nunca fue una belleza, se transformó a su lado irradiante, dulce, animada.

Hasta a Marisol le mostraba más cariño. Sonreía, y de pronto unas hondas hoyuelas asomaban en sus mejillas. Marisol ya iba al colegio entonces.

Un día Marisol se sentó en el escalón y contempló cómo Jacinto trabajaba, con las cosas fluyendo entre sus manos.

Después fue a casa de una amiga y se entretuvo hasta el anochecer. Al volver, abrió la cancela y se quedó paralizada.

En medio del patio ¡un columpio! Se balanceaba suave con la brisa, irresistible como un hechizo.

¿Es para mí? ¡Tío Jacinto! ¿Esto es para mí? ¿Un columpio? Marisol no podía creerlo.

Para ti, Marisola, claro que sí. ¡Pruébalo! rió, jovial, el siempre reservado Jacinto.

Y Marisol se sentó y voló de un lado a otro, el viento silbando en las orejas y era la niña más feliz de España.

Clementina salía cada día temprano, y Jacinto tomó la cocina bajo su mando. Hacía desayunos, comidas. ¡Y qué empanadas! ¡Qué tortillas!

Enseñó a Marisol a guisar y poner la mesa. ¡Cuántos dones escondía ese hombre silencioso!

Cuando llegó el invierno y el sol se puso perezoso, Jacinto llevaba y traía a Marisol del cole. Cargaba su mochila y le contaba historias:

Historias de cuidar a su madre moribunda, de vender su piso en Salamanca para ayudarla.

De cómo su propio hermano le echó de casa con tretas. Le contaba todo, para que ella supiera de qué van los parientes.

Le enseñó a pescar. En verano, al alba, iban juntos al río, sentados en silencio, aguardando el primer tirón. Así le enseñó paciencia.

Tiempo después, Jacinto le regaló su primera bicicleta y la enseñó a pedalear. Untaba sus heridas con mercromina cada vez que caía.

Jacinto, la niña se va a matar refunfuñaba Clementina.

No le pasará nada. Tiene que aprender a caerse y a levantarse sola respondía él.

Un año, por Reyes, le regaló unos patines blancos. En la cena familiar, Jacinto y Marisol pusieron la mesa, esperaron las campanadas, brindaron y rieron.

A la mañana siguiente, Clementina y Jacinto se despertaron con los gritos de Marisol.

¡Patines! ¡Gracias, gracias! ¡Son blancos y nuevos! Marisol los apretó contra el pecho, llorando de felicidad.

Jacinto la llevó al río helado y limpió la nieve del hielo. Marisol le ayudó. Le enseñó a patinar.

Caía una y otra vez, pero Jacinto la sujetaba hasta que se sostuvo firme.

Cuando al fin patinó sin tropezar ni una vez, gritó de alegría. Camino a casa, saltó al cuello de Jacinto:

Gracias por todo. Gracias, papá

Y Jacinto lloró, por dentro, de alegría. Se secó las lágrimas de hombre para que Marisol no las viera, pero éstas caían y se congelaban en mini-gotas como perlas.

Marisol creció. Se fue a estudiar a Madrid y afrontó mil problemas, como todos, pero Jacinto siempre estuvo cerca.

Fue a su graduación. Le traía fiambreras cada mes para que a su hija nunca le faltara un buen cocido.

Fue él quien la llevó al altar el día de su boda. Junto al yerno esperó, ansioso a las puertas del hospital, las noticias del nacimiento de los nietos. Los cuidó como si fueran suyos.

Después, Jacinto se marchó, como todos nos iremos. En la despedida, Marisol y Clementina, entre lágrimas, lanzaron un puñado de tierra y Marisol dijo, suspirando hondo:

Adiós, papá Has sido el mejor padre del mundo. Te llevaré siempre conmigo.

Él permanece en su corazón para siempre. No como el tío Jacinto, ni como un simple padrastro, sino como PADRE.

Porque a veces padre no es el que da la vida, sino el que la comparte, el que cuida de uno en las penas y en la alegría. El que está cerca, siempre.

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MagistrUm
¡Aléjate de mí! ¡Yo no te prometí matrimonio! De hecho, ni siquiera sé de quién es ese niño… ¿O acas…