Al descubrir quién había traído su marido esta vez, la esposa estalló en una carcajada tan mágica y surrealista, que los tres gatitos, atraídos por el alboroto, corrieron a esconderse detrás de sus piernas. La gata, al ver a sus cachorros, se zafó de los brazos del hombre y se lanzó a lamelos con devoción.
Había un conductor de una pequeña furgoneta de reparto, un hombre de nombre Rodrigo Hernández, que cada jornada transportaba pedidos de lo más dispares por las calles y barrios de Madrid, Toledo y Alcalá de Henares. Su base estaba a las afueras, compacta y rodeada de una decena de furgonetas, con su aparcamiento, sala de bocadillo y un extraño artefacto que marcaba la entrada y salida del personal.
Rodrigo arrancó el motor, que tosía y vibraba como una vieja canción de los años ochenta. En la pausa del almuerzo, apagó el motor y estuvo a punto de buscar una mesa cuando escuchó un sonido extraño, casi onírico, debajo del capó. Parecía un silbido de correa o un ventilador rozando algo, pero la máquina estaba muerta y quieta. Rodrigo, mirando a los otros conductores que ya devoraban sus bocatas de chorizo, decidió investigar. Levantó el capó y casi se quedó sin habla: sobre la tapa del ventilador, junto a la rejilla de refrigeración, estaba sentado un diminuto gato negro, manchado de aceite, y maullaba como en una pesadilla dulzona.
Rodrigo sintió que las piernas se le volvían de gelatina y se apoyó en la furgoneta, imaginando fugazmente lo que habría encontrado si el gatito hubiera caído entre los engranajes. Tras serenarse, levantó delicadamente al pequeño felino, cerró el capó y volvió al puesto de conducción.
En casa le esperaba Carmen Gómez, su esposa, quien de inmediato armó bronca:
¡Desastre de hombre! ¿No inspeccionas el vehículo antes de salir? ¿Y si lo hubieras atropellado? Si esto se repite, no vengas más, ¡te lo advierto!
Rodrigo se defendía con gestos de incomprensión, mientras el gatito ronroneaba de placer en las manos de la mujer, hasta que ella se lo llevó sin demora al baño. Desde allí emanaron murmullos, besos y dulces tonadillas, como si se transmitieran desde el otro lado del sueño.
Rodrigo suspiró profundamente. Trató de recordar cuándo fue la última vez que escuchó ternura semejante dirigida a él y, al darse cuenta de su memoria borrosa, salió y regresó al trabajo.
Al día siguiente, con los nervios aún frescos por lo vivido, abrió el capó de la furgoneta: nada. Después, se arrodilló para inspeccionar el espacio bajo el vehículo. Y allí
Allí estaba un gatito naranja y blanco. Cuando Rodrigo se inclinó, el animalito le recibió con un maullido gozoso y saltó a sus brazos. Rodrigo lo recogió, atónito e incapaz de comprender de dónde había salido. Recordando las palabras severas de Carmen, dobló dirección hacia su casa.
La esposa, esta vez, no le regañó. Más bien le miró con respeto y dijo, casi como en verso:
Bravo, Rodrigo. Veinte años juntos y, al fin, un acto sensato.
Carmen llevó al segundo gatito al baño, seguida por el negro, el de ayer.
Aquel día fue plácido para Rodrigo, como untado en aceite de oliva. Se sintió contento y seguro, tal como quizá no se había sentido jamás. Al anochecer, la familia cenaba ya en cuatro: los dos gatitos se aferraron a Carmen, escarbando y jugueteando entre sus brazos, mientras ella reía fuerte y cristalina, como cuando era joven. Y por ese sonido, la había amado.
Al amanecer, Rodrigo se agachó una vez más para revisar bajo la furgoneta.
¡Ay, Virgen Santa! exclamó.
Allí estaba el tercer gatito: gris y con manchas blancas. Rodrigo lo tomó y lo llevó a casa.
Esa misma tarde, Carmen arrastró a su marido ante una bruja afamada, la señora Dolores. Tras inspeccionarle, su dictamen fue surrealista: dos amarres, tres maldiciones y un mal de ojo. El remedio: un mes de rituales y quinientos euros.
A la mañana Rodrigo temía acercarse al vehículo. Fumó largo, recogiendo fuerzas, y por fin investigó bajo la furgoneta. Allí, mirándole a los ojos, estaba una gata adulta gris, con las ubres colgando era la madre de los tres.
¿Y ahora qué? preguntó Rodrigo con resignación.
Abrió la puerta; la gata maulló y de un salto entró.
Cuando llevó a casa a la madre, Carmen rió durante tanto tiempo y con tanta alegría, que los tres gatitos, al escuchar el estruendo, se asustaron y corrieron a esconderse tras sus piernas. La gata, al ver a sus pequeños, se liberó y comenzó a lamerlos cuidadosamente.
Rodrigo los miraba, entre maravillado y perdido, como quien presencia una escena sin lógica, como en los sueños.
¿Qué hace ella exactamente? preguntó, buscando sentido entre los delirios.
¡Qué iluso eres, Rodrigo! carcajeó Carmen. ¿No lo ves? Ha colocado a sus hijos y ella misma se ha acomodado.
Carmen se inclinó, acarició el costado de la gata y negó con la cabeza.
Jamás he visto algo así en toda mi vida. Para hacer esto, hay que tener verdadera astucia gatuna.
Casi al final de la semana, Carmen le comunicó a Rodrigo que debía irse de pesca. Su sorpresa fue tan grande que primero se le descuajeringó la mandíbula y luego los ojos se transformaron en platos.
Vete, vete tranquilamente. Yo invito a mis amigas. No te metas, ¿de acuerdo?
De acuerdo respondió él, sin saber si estar agradecido o inquieto. Pero, en realidad, su opinión no contaba.
Antes de salir, Carmen se acercó y le besó:
Siempre supe, Rodrigo, que eres un hombre extraordinario.
En el porche, Rodrigo observó el mundo:
¡Madre mía, qué maravilla! susurró. ¿Por qué no me di cuenta antes?
Las aves cantaban y, insólitamente, también parecía que lo hacían dentro de él.
Entretanto, las amigas de Carmen llegaban una tras otra, cada cual con su botella de cava y abundantes tapas. Cuando se acomodaron, en el centro de la mesa se instaló majestuosa la gata madre. Las mujeres sirvieron el champán, alzaron sus copas:
Por la sabia anfitriona, capaz de colocar a sus hijos y de crear su propio destino.
Después, nadie recordaba sobre qué fueron los siguientes brindis. La gata se estiró sobre el mantel, sonriendo en sueños. Sabía que aquí la querían, que este era su verdadero hogar.
En el sofá, los tres gatitos dormían juntos, pegados y susurrando sueños de leche y caricias.
Así pues, este es el sencillo brindis:
Salud para las mujeres inteligentes y para sus maridos, que tienen la suerte de vivir junto a ellas.
Y eso mismo os deseo a todos vosotros.






