Al recordar aquellas jornadas, todavía me arranco una sonrisa. Fue hace muchos años, en aquel hogar de las afueras de Salamanca, cuando mi esposo trajo a casa una sorpresa tan peculiar, que no pude contener la risa. La carcajada resonó por toda la casa y los tres gatitos que ya teníamos se asustaron, corriendo a esconderse tras mis piernas. La gata, al ver a sus cachorros, saltó de los brazos de mi marido y comenzó a lamerlos con una ternura maternal.
Mi esposo, conductor de un pequeño furgón de reparto, partía cada mañana de una base junto a otras camionetas. Era un lugar sencillo, con su aparcamiento, una sala para comer y el aparato de fichar entradas y salidas. Aquella mañana, al arrancar el motor del furgón viejo, todo vibraba y sonaba como siempre. Y durante el almuerzo, justo cuando apagó el motor para irse a la mesa, escuchó un ruido extraño bajo el capó, como un silbido o el roce del ventilador, aunque la máquina estaba parada.
Se asomó, mirando de reojo a los otros conductores ya acomodados para comer, y levantó el capó. Casi se queda sin habla: sobre el ventilador, junto a la rejilla del radiador, se acurrucaba un pequeño gatito negro, empapado de aceite, llorando lastimeramente. Con manos temblorosas, mi esposo lo recogió con cuidado, cerró el capó y volvió a la cabina.
Al llegar a casa, me lancé al ataque:
¡Desastre! ¡Descuido! ¿Es que no revisas el furgón antes de salir? ¿Y si lo hubieras atropellado? La próxima vez, te puedes quedar fuera, que lo sepas.
Mientras él intentaba justificarse, yo acariciaba al gatito, que ronroneaba en mis manos. No tardé en llevármelo al baño, de donde salían susurros y besos.
Él suspiró hondo y, al intentar recordar cuándo había recibido tal ternura de mi parte, comprendió que debía volver al trabajo.
Al día siguiente, más atento por la experiencia, abrió el capó y no encontró nada. Se agachó a mirar bajo la camioneta y allí… apareció un gatito blanco y naranja. Apenas lo vio, el pequeño maulló y corrió hacia él. Mi esposo lo recogió, aún sorprendido, dándole vueltas a cómo había llegado allí y qué debía hacer. Recordando mis palabras, volvió a casa.
Esta vez no hubo bronca. Al contrario: le miré con respeto y comenté que, en veinte años, era el primer gesto sensato que le veía.
¡Bien hecho! dije, llevándome al segundo gatito al baño, seguida por el de ayer.
Ese día transcurrió como siempre soñó, sintiéndose satisfecho y seguro de sí mismo. Por la noche, cenábamos los cuatro juntos, y los dos gatitos trepaban sobre mis piernas, jugueteando y haciéndome reír como en mis tiempos de juventud. Por ese reír yo me enamoré de él.
Al amanecer, volvió a mirar bajo la furgoneta, temiendo lo peor.
¡Madre mía! exhaló.
Allí estaba un tercer gatito, gris con manchas blancas. Lo recogió con el mismo cuidado.
Esa noche acudimos donde una hechicera salmantina. Analizó a mi marido y dictaminó: dos hechizos de amor, tres maleficios y ojo turbio. Todo ello requería un mes de trabajo y quinientos euros.
A la mañana siguiente, temía volver a mirar bajo la camioneta. Se quedó fumando un buen rato, y al fin se decidió. Encontró, mirándole fijamente, a una gata adulta, gris, con las mamas colgantes la madre de los tres gatitos.
¿Y ahora qué? preguntó resignado.
Abrió la puerta y la gata saltó dentro con destreza. Al traerla a casa, mi risa contagió hasta a los gatitos que se asustaron y se refugiaron tras mis piernas. La madre los vio, se liberó con elegancia y empezó a lamer a los tres.
Mi esposo miraba el cuadro sin comprender.
¿Pero qué hace? me preguntó.
¡Ay, ingenuo! me reí. ¿No lo ves? Ha arreglado el futuro de sus cachorros y el suyo propio.
Me agaché, acaricié a la gata madre y meneé la cabeza.
En mi vida confesé no había visto algo así. Para lograrlo, se necesita cerebro de gata.
Al acercarse el fin de semana, le anuncié a mi marido que se iba de pesca. Se quedó boquiabierto, y luego abriendo los ojos como platos.
Ve, ve le dije con firmeza. Invito a mis amigas. Así que ni se te ocurra dar vueltas por aquí.
Entendido… murmuró él, sin decidir si debía alegrarse o entristecerse. Pero su opinión, en ese asunto, poco importaba.
Antes de que saliera, le besé.
Siempre supe que eras maravilloso le dije.
Salió al porche y miró alrededor.
¡Madre mía, qué bien se está aquí! susurró. ¿Y cómo no me había dado cuenta antes?
Las aves cantaban, no sólo en las ramas, también dentro de él parecía haber un nido.
Mientras tanto, mis amigas fueron llegando, cada una con su botella y tapas. Cuando ya estábamos todas, la gata madre se instaló en el centro de la mesa con aire de reina. Brindamos con cava:
¡Por la dueña sabia, que ha sabido cuidar de sus hijos y de sí misma!
Nadie recuerda por qué brindamos después. La gata se extendió en el mantel, entrecerrando los ojos. Sabía muy bien: aquí la querían, aquí era su casa.
En el sofá, sus tres gatitos dormían abrazados, respirando suavemente.
Así os lo cuento, y el brindis es sencillo:
Salud para las mujeres sabias y para los maridos afortunados que viven junto a ellas.
Y es lo mismo que os deseo a todos vosotros.






