Al filo del mundo. La nieve se colaba en los zapatos, quemaba la piel. Pero Rita no pensaba comprarse unas botas de monte; prefería unas altas botas elegantes, aunque allí parecería ridícula con ellas. Además, su padre le había bloqueado la tarjeta. —¿De verdad vas a vivir en un pueblo? —le preguntó, frunciendo los labios con desprecio. A su padre le horrorizaba el campo, las escapadas a la naturaleza, cualquier sitio que careciese de las comodidades urbanas que tanto valoraba. Goyo era igual, por eso Rita salía rumbo al pueblo. En realidad, no quería quedarse a vivir allí, aunque, a diferencia de su padre, disfrutaba de las caminatas, acampadas y el romanticismo que todo eso evocaba. Pero vivir de verdad en el pueblo… no. Aunque al padre le dijo otra cosa. —Sí, lo quiero. Y lo haré. —No digas tonterías. ¿Qué vas a hacer allí, atarles la cola a las vacas? Yo pensaba que tú y Goyo os casaríais este verano, que estaríamos preparando la boda… La boda. Su padre le vendía a Goyo como quien sirve un plato de sémola fría, tan desagradable que las ganas de vomitar no la dejaban tranquila durante horas. Goyo no era un ogro, hasta podía decirse atractivo: nariz recta, ojos vivaces bajo unas cejas bien dibujadas, pelo ondulado y recortado, cuerpo firme. Era el hombre de confianza de su padre, casi su mano derecha, y desde hacía años su padre soñaba con que su hija se casara con alguien tan apropiado. Rita no soportaba a Goyo. Le irritaba su voz monótona, sus dedos gruesos siempre jugando con algo, sus historias presumidas sobre lo que costaban sus trajes, su reloj, su coche… ¡Dinero, dinero, dinero! Nada les importaba más que el dinero. Pero Rita buscaba amor. Sentimientos que te dejasen sin aliento, como en las novelas. Nunca lo había sentido, pero sabía que algún día llegaría. Se enamoraba a menudo, se dejaba llevar por algún chico u otro, pero nada de aquello le marcaba el alma. Ella quería cicatrices, drama, no la calma predecible de Goyo. Por eso irse al pueblo y enseñar en la escuelita le pareció una idea genial. Goyo no la seguiría. Goyo tenía miedo a quedarse sin internet, sin agua caliente, sin alcantarillado. Rita eligió a propósito un pueblo sin nada de eso. El director de la escuela dudaba en contratarla, pero la antigua profesora falleció de repente y Rita fue muy insistente: llegó hasta la delegación de educación con todos sus certificados y diplomas de formación. —¿Y qué va a hacer en un pueblo una joven tan preparada y cualificada? —le preguntó una señora seria de pelo anaranjado. —Enseñar a los niños —afirmó Rita, con la misma seriedad. Y ahora enseñaba. Vivía en una casita sin agua caliente ni alcantarillado, tenía que encender la estufa ella misma. Como esperaba, Goyo hizo una visita, pasó la noche y se marchó pitando. Le llamaba, le rogaba volver, pero para él, como para su padre, era solo una tontería pasajera. Al principio, Rita estaba encantada. Pero llegó el invierno: la casa se quedaba helada por la noche, ni bajo el edredón había calor, y acarrear leña era un suplicio. Quería volver, en el fondo, pero no sabía rendirse. Además, ahora no solo respondía por sí misma: también tenía a los niños. La clase era pequeña, solo doce alumnos. Al principio, Rita se desesperó: en el centro de creatividad donde había trabajado el último año y medio los niños eran listos, llenos de talento. Allí… parecían perdidos. Tercero de primaria y apenas sabían leer, no hacían los deberes, en clase no había ni un minuto de silencio. Al principio, claro; luego Rita se enamoró de ellos. Simeón tallaba animales en madera, piezas preciosas dignas de exponerse en El Corte Inglés. Ana escribía versos blancos; Vovka se quedaba a limpiar el aula, e Irina tenía un corderito que la acompañaba como un perro hasta el cole. En el fondo, sabían leer, solo que no les habían dado los libros adecuados. Rita ignoró el temario oficial y trajo libros nuevos, para lo que tenía que ir al pueblo más grande —el internet casi no llegaba, era imposible pedir por internet. Solo hubo una niña con la que Rita no encontraba el modo de conectar. Y fue a su padre a quien vio, cuando una ráfaga de viento helado le azotó la cara mientras cargaba leña. —Buenas tardes, Margarita Egurrola —la saludó él, deteniéndose a unos pasos de la verja. A Rita le intimidaba ese hombre, en verdad. Tenía el rostro… duro, como un delincuente. Nunca sonreía. Y cada vez que lo veía, su corazón latía tan fuerte que temía que él lo notase y descubriría cuánto miedo le daba. ¿O era otra cosa? —Buenas tardes. La voz le salió más alta de lo deseado. —¿Por qué Tanita solo saca suspensos? —Porque no hace nada. —Pues haga que los haga. ¿Quién es aquí la profesora, usted o yo? Profesora era Rita. Pero no iba a obligar a nadie. La niña seguramente era autista; necesitaba otro especialista. —¿Siempre ha sido así? —preguntó por si acaso. Vladimir dudó. —No. Antes con Ola hacía todo. —¿Y quién es Ola? Vladimir frunció el ceño, como si a él también se le metiera nieve en el zapato. —Su madre. Rita se quedó helada. Mejor no preguntar lo siguiente. Pero debía hacerlo. —¿Y dónde está ahora? —En el cementerio. Así era. El enigma no era tan difícil, como decía su padre. Cargar leña era incómodo y pesado. Le daba apuro decirlo. Cuando el tronco de arriba le cayó directamente en el pie, Rita se quejó, dejó caer la leña y casi se echó a llorar. Doble motivo: por el dolor y por la vergüenza de hacer el ridículo delante de un adulto. ¿Por qué pensaba eso, si ella también era adulta? Pero no se sentía así. —Déjeme, le ayudo —ofreció Vladimir. —No, de verdad, puedo sola. —Ya veo cómo puede. Le dejó la leña, ajustó la puerta para que no se quedase atascada. —Si necesita algo, avise —dijo y se marchó. ¿Pensaría que por un par de cargas de leña iba a aprobar a Tanita? Poco probable… La niña le preocupaba de verdad. Intentó de mil maneras acercarse a ella, sintiendo al tiempo inseguridad profesional y compasión por la pequeña. Incluso pidió consejo a la jefa de estudios. —Ay, imposible. Ponle suspensos, en verano la pasamos a educación especial. —¿Y eso cómo? —Nada, la enviamos a la comisión, que diagnostiquen discapacidad. Qué se va a hacer, si la niña es así. —Pero su padre dice que antes no era… —¡Da igual antes! La madre la llevaba de la mano, él no podrá solo. No lo escuches, te llenará la cabeza… —¿A usted le desagrada? —dedujo Rita. La jefa de estudios torció la boca. —No es cuestión de gustar o no. La niña necesita un entorno adaptado. Rita no aceptó eso. No estaba segura de que Tanita debiese ir a un colegio especial; por eso llamó a su mentora, la señora Lidia, y tras hablar con ella decidió visitar a la niña. Tenía miedo, mucho miedo, tanta que hasta se hizo una infusión de manzanilla, aunque no le gustaba demasiado. Su madre siempre tomaba manzanilla para calmarse. La madre de Rita también falleció, así que la historia la tocaba especialmente. Vladimir no la recibió con calidez, aunque Rita esperaba que se alegrase de que quisiera ayudar a la niña. —Aquí no recibimos visitas —dijo Vladimir. Rita se puso firme, como la jefa de estudios, y argumentó que la tutora debía comprobar el entorno familiar. La habitación de Tanita era preciosa, con papeles rosados, peluches y montones de libros. Rita hasta sintió envidia: su padre era minimalista y odiaba colores vivos. La habitación de Rita era beige, y los peluches también. La primera vez no consiguió mucho. Rita miraba los libros, preguntaba cuál era el favorito, pedía lápices. Tanita los trajo en silencio, no habló de los libros. Solo al final, cuando preguntó cómo se llamaba el conejo rosa, Tanita dijo: —Pelusa. La próxima vez Rita le trajo un jersey para Pelusa. Su madre le enseñó a tejer y Rita tejía en su memoria. No lo hacía muy bien, y el hilo era demasiado gordo. Pero Tanita se alegró, se lo puso al conejo y dijo: —Bonito. Rita propuso dibujar a Pelusa con su nuevo jersey. Tanita lo dibujó. Rita escribió el nombre, a propósito con falta de ortografía. Tanita lo corrigió. De discapacitada, nada. —Iré a ver a Tanita tres veces por semana —informó a Vladimir. —No tengo dinero de sobra —gruñó él. —No quiero dinero —se ofendió Rita. Así quedaron. La jefa de estudios se enteró y tampoco se alegró. —¿Qué es eso de actuar por tu cuenta? ¡No se puede dar trato especial a un niño, es anti-pedagógico! Además es inútil, ya he visto niños así. —Y yo también —le cortó Rita— y sé que es pronto para rendirse. Tanita era poco común: casi siempre callada, evitaba mirar a los ojos, prefería dibujar a escribir. Pero hacía buenas cuentas y entendía rápido la gramática. Al acabar el trimestre, no hubo que regalarle los aprobados: se los ganó. —¿Te vas a algún sitio en Navidad? —preguntó Vladimir, sin mirarla a los ojos, igual que Tanita. —No, aquí me quedo —dijo Rita, sintiendo que se ponía colorada. —Tanita quiere invitarte. Fue extraño. Tanita no lo había dicho; claro, hablaba poco. Si era cierto, no quería decepcionarla. Aunque celebrar el año nuevo con extraños tampoco le atraía. —Gracias, lo pensaré. Durmió mal esa noche. No sabía por qué la había inquietado tanto. Había ayudado a la niña durante un mes, era normal que ahora confiara en ella. ¿No era lo que buscaba? ¿Importaba qué pensara Vladimir…? Con esos pensamientos, se durmió. A la mañana siguiente, llamó Goyo. —¿Cuándo vienes? —¿Cómo? —¿No vas a venir en Nochevieja? No pensarás celebrarlo allí. —Pues sí. —Rita… ¿Ya vale, no? Tu padre está mal, no puede con los nervios. Su padre nunca la llamaba. —Que vaya al médico —le soltó Rita. —¿Entonces de verdad no vas a venir? —No. —Jolín. ¿Y ahora qué? —Haz lo que quieras. Cuando dijo eso, no pensó que Goyo lo haría: apareció con champán, ensalada y regalos. —Si la montaña no va a Mahoma… Rita se quedó pasmada. Y no exactamente decepcionada: nunca pensó que él fuese capaz de dar ese paso. Goyo adoraba celebrar el Año Nuevo en restaurantes lujosos, con concursos y música en vivo. Allí ni televisión había. —Bueno. Estás tú y eso es lo que importa. Rita buscó el truco. No lo encontraba. ¿Sería que había juzgado mal a Goyo? —pensó. Se enterneció aún más cuando vio que en los tuppers estaban sus platos favoritos, y en la caja de regalo, libros de pedagogía, un proyector y una agenda para profesores. —Gracias —dijo emocionada—. Pensaba que regalarías bisutería y gadgets. Goyo sonrió. —Rita, he entendido que tú eres lo más valioso que tengo. Si quieres quedarte en un pueblo, nos quedamos en el pueblo. También traje joyas. Sacó una cajita de terciopelo rojo. Y se intuía lo que había dentro. —¿Puedo no responder aún? —preguntó Rita. Goyo no se ofendió. —Temía que dijeras que no. Espero lo que haga falta. Rita no supo qué contestar y guardó la cajita en el bolsillo. Vladimir tenía su móvil, pero llamó al fijo. —¿Has pensado? —preguntó. —Perdona, tengo visita. —Entiendo. Y colgó. Al momento, Rita se sintió fatal. ¿Por qué ese tono? ¿Entiende…? ¿Qué entiende? Ella no prometió nada, ¡que no se ofenda! ¿Estaba ofendido? Seguramente, por Tanita. La niña esperaba, y cualquier padre quiere evitar que su hijo se lleve un chasco. La cabeza le daba vueltas. Goyo no percibía nada: sólo intentaba captar algo de señal para ver pelis navideñas. Rita oyó un silbido. Así llamaban al perro. Recordó que Vladimir siempre silbaba así. Se asomó a la ventana. Vladimir y Tanita esperaban en la verja. El rubor le subió al rostro. —¿Quién es ese? —preguntó Goyo, algo picado. —Es mi alumna —balbuceó Rita—. Un momento. Tenía preparado el regalo: una compañera para Pelusa, una conejita rosa. Su padre la llamaría cursi. A Vladimir también le tenía un detalle. Dudaba si debía, pero lo hizo: unas manoplas tejidas. Cogió los regalos y se lanzó fuera, sin gorro, con las piernas desnudas. El frío le entró en los pies, pero ni frunció el ceño. —¡Tanita, hola! —dijo con cariño—. ¡Feliz Año Nuevo! Mira lo que te tengo. Le dio el paquete. Tanita sacó la conejita y la abrazó, miró a su padre. Vladimir le pasó dos paquetes, uno grande y uno pequeño. Tanita abrió el grande: un cuaderno con un cómic dibujado; reconoció sus dibujos. —¡Gracias, qué cómic más bonito! En el pequeño había un broche en forma de pajarito. Una pequeña colibrí dorada. Rita miró a Vladimir. Él no la miraba. Tanita dijo: —Era de mamá. Se le hizo un nudo en la garganta. —Bueno, nos vamos —dijo Vladimir. —Por supuesto. ¡Feliz Año Nuevo! —Igualmente… Rita quiso abrazar a Tanita, pero no se atrevió: la niña seguía agarrada a su regalo, en silencio. En la puerta, Rita se giró. Sintió el pecho apretado al verlos y entró en la casa con los ojos húmedos. —¿Y qué ha pasado ahí fuera? —gruñó Goyo. Rita miró el cuaderno y el broche en su mano cerrada. Recordó que había olvidado dar las manoplas. Y lo que Tanita dijo: de mamá… Y la sonrisa contagiosa de Vladimir, que sólo surge cuando mira a su hija. Algo la rompía y florecía por dentro. Sentía pena por Goyo, pero no tenía sentido mentirle ni mentirse. Rita sacó la cajita de terciopelo del bolsillo, se la dio y dijo: —Vuelve a casa, por favor. Perdóname, no quiero casarme contigo. Lo siento —repitió. A Goyo se le cayó el alma. No estaba acostumbrado a los rechazos. Por un segundo, Rita pensó que se iba a llevar una bofetada. Pero Goyo guardó la caja, cogió las llaves y salió de casa sin mediar palabra. Rita apiló la comida en los tuppers, cogió las manoplas para Vladimir y salió corriendo en pos de personas extrañas, pero ahora tan indispensables para ella…

En el fin del mundo…

La nieve se colaba en los botines de cuero, helándome los pies y la piel. Pero ni se me pasaba por la cabeza comprarme unas botas de montar; aquí quedarían fatal, y además, mi padre me había bloqueado la tarjeta.

¿De verdad piensas vivirte en un pueblo? me preguntó él, con esa mueca de asco tan suya.

Mi padre nunca soportó la vida rural, ni escapadas al campo, ni nada que no fuera la comodidad de Madrid. Y Guille era igual de urbanita, así que justo por eso vine yo a este rincón perdido de Castilla. La verdad, no pretendía quedarme para siempre, aunque disfrutara de los campings y el aire libre, todo lo contrario a mi padre.

Pero vivir aquí no. Aunque a mi padre le conté otra cosa.

Claro que quiero vivir aquí. Y lo haré.

No digas bobadas. ¿Qué vas a hacer, limpiar establos y ordeñar vacas? Yo pensaba que este verano os casaríais tú y Guille, que ya empezaríamos con los preparativos…

Los preparativos. Mi padre me ofrecía a Guille como plato recalentado, algo insípido y con grumos que me revolvía el estómago. Physiquement, Guille no estaba mal: rostro bien plantado, ojos vivos, pelo ondulado y recortado, cuerpo robusto. Era la mano derecha de mi padre, su fiel escudero. Y desde hace tiempo mi padre soñaba con que yo me casara con semejante partido.

Pero yo a Guille no lo aguantaba. Me sacaba de quicio su voz monótona, esos dedos rechonchos y vanidosos, presumiendo siempre de cuánto valían su traje, su reloj, su coche…

¡Dinero, dinero, dinero! No les interesaba nada más. Yo quería amor, de ese que se lee en las novelas, ese que hasta te quita el aire. Nunca lo había sentido, pero lo intuía. Me había enamorado muchas veces, pero eran fuegos pasajeros, sin cicatrices. Y yo soñaba con drama, con heridas, no con el previsible Guille. Por eso lo de escaparme al pueblo y trabajar de maestra me parecía un plan brillante. Guille ni de coña vendría aquí, se moriría sin wifi, ni agua caliente, ni alcantarillas.

Busqué a propósito una aldea perdida en Soria donde no había casi nada. Al director del colegio no le hacía mucha gracia contratarme, dudaba que aguantara; pero la anterior maestra falleció de improviso y yo me puse pesada, hasta fui a la delegación de educación con todos mis diplomas en mano.

¿Y qué va a hacer una profesora tan joven y tan preparada en un pueblo? me preguntó una señora con melena pelirroja que imponía de verdad.

Enseñar a los niños le contesté con el mismo tono serio.

Ahora aquí estoy, enseñando, viviendo en una casita sin agua caliente ni calefacción central, encendiendo la estufa yo sola. Justo como imaginaba, Guille apareció, se quedó una noche y salió corriendo. Me llamaba, me rogaba que volviera, pero igual que mi padre, creía que se me pasaría la tontería rápido.

Al principio me encantó estar aquí. Pero llegó el invierno, y el viento se colaba por todas partes, tanto que ni debajo de la manta dejaba de temblar. Cargar leña menudo infierno. Quería volver, la verdad, pero soy terca y no me gusta rendirme. Y ahora, encima, era responsable de los niños.

La clase era pequeña, doce alumnos. Y al principio me impresionó: en el centro cultural de Madrid donde había trabajado, los niños eran listísimos y llenos de talento. Pero aquí… me parecían un caso perdido. Tercero de primaria y apenas leían, nunca traían deberes, armaban jaleo Pero luego me fui enamorando de ellos.

Samu tallaba animales en madera, auténticas maravillas de zorros, erizos, conejos y osos. Ana escribía versos libres. Víctor siempre se quedaba después de clase para limpiar. Iria tenía un corderito que la acompañaba hasta la escuela, como si fuese un perro.

Y sí, sabían leer, solo hacía falta ponerles los libros adecuados, no los de siempre. Pasaba de la programación oficial y conseguía otros libros, aunque para eso tuviera que ir tirando de bus a la cabecera de comarca. Aquí internet a penas llega y pedir algo online era imposible.

Solo no conseguía conectar con una niña. Y justo cuando me dolían los pies por culpa de la nieve y tenía las manos ocupadas con la leña, me encontré a su padre.

Buenas tardes, Margarita de la Fuente dijo, parándose a pocos pasos de la valla.

La verdad, el tal Valentín imponía. Tenía cara de pocos amigos, ni una sonrisa. El corazón me latía tan fuerte al verle que temía que se notara. ¿Era miedo o era otra cosa?

Buenas tardes le contesté, la voz mucho más aguda de lo que pretendía.

¿Por qué le pones suspensos a Tania?

Porque no trabaja, no hace nada.

Pues haz que lo haga. ¿Quién es la profesora, tú o yo?

La profe era yo. Pero no pensaba obligar a nadie. La niña, casi seguro, tenía autismo; hacía falta otro tipo de trato.

¿Siempre fue así? pregunté por si acaso.

Valentín dudó.

No. Cuando estaba Olalla lo hacía todo con ella.

¿Olalla? ¿Quién es?

Él frunció el ceño, como si también tuviera nieve en el zapato.

Su madre.

En ese momento entendí que la siguiente pregunta dolía. Pero había que hacerla.

¿Y dónde está ahora?

En el cementerio.

Así que era eso. “Que fácil se abre la caja,” como decía mi padre.

Tenía los brazos cansados de la leña y me sentía torpe. Me daba vergüenza pedir ayuda. El tronco de arriba se me cayó directamente en el pie, solté la carga y a punto estuve de llorar, de dolor pero también de rabia por hacer el ridículo. ¡Si yo también era adulta! Pero no me sentía así.

Déjame ayudarte dijo Valentín.

No hace falta, yo puedo.

Ya veo, sí…

Me trajo la leña, ajustó la puerta y la dejó sin encajar, para que no se atascara más.

Si necesitas algo, dímelo y se marchó.

¿A qué vino? ¿Para que le apruebe a Tania a cambio? Ni hablar…

No me quitaba a la niña de la cabeza. Pasé varios días intentando acercarme, sintiendo que fallaba como profesora y compadeciéndola. Incluso hablé con la jefa de estudios.

Uy, ni te esfuerces, ponle suspensos y este verano la pasamos a una escuela especial.

¿Y eso?

Sí, para esos casos. Se reúne la comisión, le hacen el informe, y ya.

Pero su padre dice que a veces…

Bah, antes estaba la madre, ahora él no sabe. No le hagas caso, ¡ese hombre es para evitar!

No te cae bien, ¿verdad? intuí.

La jefa apretó los labios.

No es cuestión de caer bien o mal. La niña donde tiene que estar es donde puedan ayudarla.

No me convenció. Llamé a mi querida asesora, doña Lidia Sánchez, y después de consultarla, me animé a visitar a Tania en casa. Me temblaban hasta las rodillas antes de entrar, y hasta me hice una taza de manzanilla; nunca me había gustado, pero mi madre siempre decía que calma los nervios. Ella también había muerto, así que aquella historia me tocaba especialmente.

Valentín me recibió entre seco y arisco. Yo me había imaginado que se alegraría de mi iniciativa.

No estamos para visitas me soltó él.

Apreté los labios, como la jefa, y le informé que la tutora debe comprobar las condiciones familiares de los alumnos.

La habitación de Tania era preciosa, con papeles rosas, muñecos y libros por todas partes. Sentí hasta celos: mi padre detestaba las cursiladas; mi cuarto siempre fue todo beige y los juguetes igual.

La primera vez, apenas logré nada. Le pregunté a Tania por sus libros, por los lápices, y me los trajo en silencio. Solo habló cuando le pregunté por el nombre de su conejo rosa:

Pelusín.

A la siguiente visita, le llevé un jersey tejido para Pelusín. Mi madre me enseñó a tejer y lo hago siempre en su memoria, aunque aún soy bastante torpe y la lana era demasiado gruesa. Pero Tania se alegró, se lo puso al conejo y dijo:

Bonito.

Le propuse dibujar a Pelusín con su jersey, y lo hizo. Yo escribí el nombre con una errata a propósito, y ella la corrigió.

De tonta no tenía nada.

Vendré tres veces por semana a ayudar a Tania le informé a Valentín.

No tengo dinero para pagar más clases bufó él.

No quiero dinero me enfadé.

Así quedó el arreglo.

La jefa de estudios cuando se enteró, tampoco estuvo conforme.

¡No puedes volcarte sólo en una niña, eso no es profesional! Además, no sirve para nada, esas criaturas son imposibles.

Y yo he visto a muchas, le corté. Y sé que rendirse pronto es lo peor.

Tania era diferente: casi siempre callaba, rehuyó el contacto visual, prefería dibujar a escribir. Pero contaba bien y pillaba la gramática al vuelo. Y al final del trimestre, los suspensos desaparecieron, por méritos propios.

¿Te vas a ir en Navidad? me preguntó Valentín, sin mirarme a los ojos, justo como Tania.

No, aquí me quedo contesté, sintiendo que se me ponían las mejillas coloradas.

Tania quiere invitarte me dijo.

Fue extraño. Tania no había articulado palabra. Me daba pena rechazarla, pero tampoco me apetecía celebrar las fiestas con gente extraña.

Gracias, lo pensaré respondí.

Esa noche dormí fatal. ¿Por qué me había afectado tanto? Llevaba un mes ayudando a la niña, era normal que se abriera conmigo. ¿No era eso lo que buscaba? ¿Qué más daba lo que pensara Valentín…?

Al despertar, me llamó Guille.

¿Cuándo vienes?

¿Cómo?

¿No te vendrás a Madrid por fin, para Fin de Año? No querrás quedarte aquí…

Sí quiero quedarme.

Marga… piénsalo ya, tu padre está fatal, tiene la tensión por las nubes.

Mi padre ni me había llamado.

Que se lo mire el médico le solté seca.

¿Así que no vienes?

No.

Vaya. ¿Y ahora qué hago?

Haz lo que te dé la gana.

No se me ocurrió que Guille de verdad lo hiciera: que apareciera en mi pueblo con cava, ensaladilla y regalos.

Si la montaña no va a Mahoma…

Me quedé helada, y no solo por la ventisca: Guille siempre había preferido celebrar Nochevieja en algún restaurante elegante, con música en directo. Aquí ni televisión teníamos.

Bueno, lo importante es que estés tú me dijo.

No veía doble intención. ¿Y si me equivoco con él?, pensé.

Me desarmó ver que había traído mis platos favoritos, y en la caja de regalo, libros de pedagogía, un proyector y una agenda de profesora.

Gracias me emocioné. Pensé que me regalarías bisutería y cacharritos.

Guille sonrió.

Marga, he entendido que eres lo más valioso para mí. Si quieres vivir aquí, viviremos aquí. También traje joyas.

Sacó una cajita roja de terciopelo. Y yo ya sabía lo que era.

¿Me dejas pensarlo? No quiero contestar ahora.

Guille no se enfadó.

Temía que me rechazases. Espero lo que haga falta.

No supe qué decir. Guardé la caja en el bolsillo.

Valentín tenía mi móvil, pero llamó al fijo.

¿Lo has pensado?

Perdón, ahora está aquí un amigo le dije.

Ya veo.

Y colgó.

Me sentí fatal. ¿Qué tono era ese? ¿Qué pretende? Yo no prometí nada, ¿de qué se queja? ¿Se ha sentido mal? Tal vez por Tania ¿qué padre quiere ver a su hija disgustada?

Pensando y pensando, la cabeza me daba vueltas. Guille, ajeno a todo, tratando de pillar algo de wifi para poner pelis de Navidad.

Escuché un silbido. Así llamaba a su perro. Recordé cómo silbaba Valentín. Miré por la ventana: estaban los dos en la puerta.

Me sonrojé.

¿Quiénes son? preguntó Guille, medio enfadado.

Mi alumna susurró Tania. Ahora vuelvo.

Tenía preparado el regalo para Tania: una compañera para Pelusín, una conejita rosa. Mi padre diría que es una cursilada.

También había hecho unas manoplas para Valentín, aunque dudaba si debía dárselas.

Cogí los regalos y salí en zapatillas y sin abrigo, nevando, sin importarme el frío.

¡Tania, guapa! ¡Feliz Año Nuevo! Mira lo que te traje.

Le di la bolsa. Sacó la conejita y la abrazó, miró a su padre. Valentín me dio dos paquetes: uno grande y uno pequeño. El grande era un cuaderno con cómic, reconocí los dibujos de Tania.

Gracias, ¡qué bonito!

El pequeño era un broche en forma de ave. Un precioso colibrí dorado. Miré a Valentín, él ni me miraba. Tania dijo:

Era de mamá.

Se me hizo un nudo en la garganta.

Bueno, nos vamos murmuró Valentín.

Gracias, feliz Año Nuevo.

Igualmente…

Quise abrazar a Tania, pero me frené: estaba quieta, agarrando fuerte la conejita y sin decir nada.

Ya en la puerta, al mirarles, sentí una opresión en el pecho y entré en casa parpadeando y sorbiéndome los mocos.

¿Qué fue eso? se quejó Guille.

Miré el cuaderno y el broche apretado en la mano. Me acordé de las manoplas que olvidé dar y de lo que dijo Tania: era de mamá Y de la sonrisa de Valentín, esa que solo le sale al mirar a su hija. Algo me ardió por dentro. Me daba pena Guille, pero mentirle era absurdo.

Saqué la cajita de terciopelo y se la devolví.

Vuelve a Madrid, por favor. Lo siento, no puedo casarme contigo.

A Guille se le cayó la cara. No estaba habituado a escuchar un no.

Casi pensé que me soltaría una bofetada. Pero guardó la caja en el bolsillo, cogió las llaves y se fue.

Yo empaqueté la comida en tuppers, agarré las manoplas que tejí para Valentín y salí a buscar a esos dos, que ahora, justo ahora, eran los únicos que sentía de verdad como mi gente.

Rate article
MagistrUm
Al filo del mundo. La nieve se colaba en los zapatos, quemaba la piel. Pero Rita no pensaba comprarse unas botas de monte; prefería unas altas botas elegantes, aunque allí parecería ridícula con ellas. Además, su padre le había bloqueado la tarjeta. —¿De verdad vas a vivir en un pueblo? —le preguntó, frunciendo los labios con desprecio. A su padre le horrorizaba el campo, las escapadas a la naturaleza, cualquier sitio que careciese de las comodidades urbanas que tanto valoraba. Goyo era igual, por eso Rita salía rumbo al pueblo. En realidad, no quería quedarse a vivir allí, aunque, a diferencia de su padre, disfrutaba de las caminatas, acampadas y el romanticismo que todo eso evocaba. Pero vivir de verdad en el pueblo… no. Aunque al padre le dijo otra cosa. —Sí, lo quiero. Y lo haré. —No digas tonterías. ¿Qué vas a hacer allí, atarles la cola a las vacas? Yo pensaba que tú y Goyo os casaríais este verano, que estaríamos preparando la boda… La boda. Su padre le vendía a Goyo como quien sirve un plato de sémola fría, tan desagradable que las ganas de vomitar no la dejaban tranquila durante horas. Goyo no era un ogro, hasta podía decirse atractivo: nariz recta, ojos vivaces bajo unas cejas bien dibujadas, pelo ondulado y recortado, cuerpo firme. Era el hombre de confianza de su padre, casi su mano derecha, y desde hacía años su padre soñaba con que su hija se casara con alguien tan apropiado. Rita no soportaba a Goyo. Le irritaba su voz monótona, sus dedos gruesos siempre jugando con algo, sus historias presumidas sobre lo que costaban sus trajes, su reloj, su coche… ¡Dinero, dinero, dinero! Nada les importaba más que el dinero. Pero Rita buscaba amor. Sentimientos que te dejasen sin aliento, como en las novelas. Nunca lo había sentido, pero sabía que algún día llegaría. Se enamoraba a menudo, se dejaba llevar por algún chico u otro, pero nada de aquello le marcaba el alma. Ella quería cicatrices, drama, no la calma predecible de Goyo. Por eso irse al pueblo y enseñar en la escuelita le pareció una idea genial. Goyo no la seguiría. Goyo tenía miedo a quedarse sin internet, sin agua caliente, sin alcantarillado. Rita eligió a propósito un pueblo sin nada de eso. El director de la escuela dudaba en contratarla, pero la antigua profesora falleció de repente y Rita fue muy insistente: llegó hasta la delegación de educación con todos sus certificados y diplomas de formación. —¿Y qué va a hacer en un pueblo una joven tan preparada y cualificada? —le preguntó una señora seria de pelo anaranjado. —Enseñar a los niños —afirmó Rita, con la misma seriedad. Y ahora enseñaba. Vivía en una casita sin agua caliente ni alcantarillado, tenía que encender la estufa ella misma. Como esperaba, Goyo hizo una visita, pasó la noche y se marchó pitando. Le llamaba, le rogaba volver, pero para él, como para su padre, era solo una tontería pasajera. Al principio, Rita estaba encantada. Pero llegó el invierno: la casa se quedaba helada por la noche, ni bajo el edredón había calor, y acarrear leña era un suplicio. Quería volver, en el fondo, pero no sabía rendirse. Además, ahora no solo respondía por sí misma: también tenía a los niños. La clase era pequeña, solo doce alumnos. Al principio, Rita se desesperó: en el centro de creatividad donde había trabajado el último año y medio los niños eran listos, llenos de talento. Allí… parecían perdidos. Tercero de primaria y apenas sabían leer, no hacían los deberes, en clase no había ni un minuto de silencio. Al principio, claro; luego Rita se enamoró de ellos. Simeón tallaba animales en madera, piezas preciosas dignas de exponerse en El Corte Inglés. Ana escribía versos blancos; Vovka se quedaba a limpiar el aula, e Irina tenía un corderito que la acompañaba como un perro hasta el cole. En el fondo, sabían leer, solo que no les habían dado los libros adecuados. Rita ignoró el temario oficial y trajo libros nuevos, para lo que tenía que ir al pueblo más grande —el internet casi no llegaba, era imposible pedir por internet. Solo hubo una niña con la que Rita no encontraba el modo de conectar. Y fue a su padre a quien vio, cuando una ráfaga de viento helado le azotó la cara mientras cargaba leña. —Buenas tardes, Margarita Egurrola —la saludó él, deteniéndose a unos pasos de la verja. A Rita le intimidaba ese hombre, en verdad. Tenía el rostro… duro, como un delincuente. Nunca sonreía. Y cada vez que lo veía, su corazón latía tan fuerte que temía que él lo notase y descubriría cuánto miedo le daba. ¿O era otra cosa? —Buenas tardes. La voz le salió más alta de lo deseado. —¿Por qué Tanita solo saca suspensos? —Porque no hace nada. —Pues haga que los haga. ¿Quién es aquí la profesora, usted o yo? Profesora era Rita. Pero no iba a obligar a nadie. La niña seguramente era autista; necesitaba otro especialista. —¿Siempre ha sido así? —preguntó por si acaso. Vladimir dudó. —No. Antes con Ola hacía todo. —¿Y quién es Ola? Vladimir frunció el ceño, como si a él también se le metiera nieve en el zapato. —Su madre. Rita se quedó helada. Mejor no preguntar lo siguiente. Pero debía hacerlo. —¿Y dónde está ahora? —En el cementerio. Así era. El enigma no era tan difícil, como decía su padre. Cargar leña era incómodo y pesado. Le daba apuro decirlo. Cuando el tronco de arriba le cayó directamente en el pie, Rita se quejó, dejó caer la leña y casi se echó a llorar. Doble motivo: por el dolor y por la vergüenza de hacer el ridículo delante de un adulto. ¿Por qué pensaba eso, si ella también era adulta? Pero no se sentía así. —Déjeme, le ayudo —ofreció Vladimir. —No, de verdad, puedo sola. —Ya veo cómo puede. Le dejó la leña, ajustó la puerta para que no se quedase atascada. —Si necesita algo, avise —dijo y se marchó. ¿Pensaría que por un par de cargas de leña iba a aprobar a Tanita? Poco probable… La niña le preocupaba de verdad. Intentó de mil maneras acercarse a ella, sintiendo al tiempo inseguridad profesional y compasión por la pequeña. Incluso pidió consejo a la jefa de estudios. —Ay, imposible. Ponle suspensos, en verano la pasamos a educación especial. —¿Y eso cómo? —Nada, la enviamos a la comisión, que diagnostiquen discapacidad. Qué se va a hacer, si la niña es así. —Pero su padre dice que antes no era… —¡Da igual antes! La madre la llevaba de la mano, él no podrá solo. No lo escuches, te llenará la cabeza… —¿A usted le desagrada? —dedujo Rita. La jefa de estudios torció la boca. —No es cuestión de gustar o no. La niña necesita un entorno adaptado. Rita no aceptó eso. No estaba segura de que Tanita debiese ir a un colegio especial; por eso llamó a su mentora, la señora Lidia, y tras hablar con ella decidió visitar a la niña. Tenía miedo, mucho miedo, tanta que hasta se hizo una infusión de manzanilla, aunque no le gustaba demasiado. Su madre siempre tomaba manzanilla para calmarse. La madre de Rita también falleció, así que la historia la tocaba especialmente. Vladimir no la recibió con calidez, aunque Rita esperaba que se alegrase de que quisiera ayudar a la niña. —Aquí no recibimos visitas —dijo Vladimir. Rita se puso firme, como la jefa de estudios, y argumentó que la tutora debía comprobar el entorno familiar. La habitación de Tanita era preciosa, con papeles rosados, peluches y montones de libros. Rita hasta sintió envidia: su padre era minimalista y odiaba colores vivos. La habitación de Rita era beige, y los peluches también. La primera vez no consiguió mucho. Rita miraba los libros, preguntaba cuál era el favorito, pedía lápices. Tanita los trajo en silencio, no habló de los libros. Solo al final, cuando preguntó cómo se llamaba el conejo rosa, Tanita dijo: —Pelusa. La próxima vez Rita le trajo un jersey para Pelusa. Su madre le enseñó a tejer y Rita tejía en su memoria. No lo hacía muy bien, y el hilo era demasiado gordo. Pero Tanita se alegró, se lo puso al conejo y dijo: —Bonito. Rita propuso dibujar a Pelusa con su nuevo jersey. Tanita lo dibujó. Rita escribió el nombre, a propósito con falta de ortografía. Tanita lo corrigió. De discapacitada, nada. —Iré a ver a Tanita tres veces por semana —informó a Vladimir. —No tengo dinero de sobra —gruñó él. —No quiero dinero —se ofendió Rita. Así quedaron. La jefa de estudios se enteró y tampoco se alegró. —¿Qué es eso de actuar por tu cuenta? ¡No se puede dar trato especial a un niño, es anti-pedagógico! Además es inútil, ya he visto niños así. —Y yo también —le cortó Rita— y sé que es pronto para rendirse. Tanita era poco común: casi siempre callada, evitaba mirar a los ojos, prefería dibujar a escribir. Pero hacía buenas cuentas y entendía rápido la gramática. Al acabar el trimestre, no hubo que regalarle los aprobados: se los ganó. —¿Te vas a algún sitio en Navidad? —preguntó Vladimir, sin mirarla a los ojos, igual que Tanita. —No, aquí me quedo —dijo Rita, sintiendo que se ponía colorada. —Tanita quiere invitarte. Fue extraño. Tanita no lo había dicho; claro, hablaba poco. Si era cierto, no quería decepcionarla. Aunque celebrar el año nuevo con extraños tampoco le atraía. —Gracias, lo pensaré. Durmió mal esa noche. No sabía por qué la había inquietado tanto. Había ayudado a la niña durante un mes, era normal que ahora confiara en ella. ¿No era lo que buscaba? ¿Importaba qué pensara Vladimir…? Con esos pensamientos, se durmió. A la mañana siguiente, llamó Goyo. —¿Cuándo vienes? —¿Cómo? —¿No vas a venir en Nochevieja? No pensarás celebrarlo allí. —Pues sí. —Rita… ¿Ya vale, no? Tu padre está mal, no puede con los nervios. Su padre nunca la llamaba. —Que vaya al médico —le soltó Rita. —¿Entonces de verdad no vas a venir? —No. —Jolín. ¿Y ahora qué? —Haz lo que quieras. Cuando dijo eso, no pensó que Goyo lo haría: apareció con champán, ensalada y regalos. —Si la montaña no va a Mahoma… Rita se quedó pasmada. Y no exactamente decepcionada: nunca pensó que él fuese capaz de dar ese paso. Goyo adoraba celebrar el Año Nuevo en restaurantes lujosos, con concursos y música en vivo. Allí ni televisión había. —Bueno. Estás tú y eso es lo que importa. Rita buscó el truco. No lo encontraba. ¿Sería que había juzgado mal a Goyo? —pensó. Se enterneció aún más cuando vio que en los tuppers estaban sus platos favoritos, y en la caja de regalo, libros de pedagogía, un proyector y una agenda para profesores. —Gracias —dijo emocionada—. Pensaba que regalarías bisutería y gadgets. Goyo sonrió. —Rita, he entendido que tú eres lo más valioso que tengo. Si quieres quedarte en un pueblo, nos quedamos en el pueblo. También traje joyas. Sacó una cajita de terciopelo rojo. Y se intuía lo que había dentro. —¿Puedo no responder aún? —preguntó Rita. Goyo no se ofendió. —Temía que dijeras que no. Espero lo que haga falta. Rita no supo qué contestar y guardó la cajita en el bolsillo. Vladimir tenía su móvil, pero llamó al fijo. —¿Has pensado? —preguntó. —Perdona, tengo visita. —Entiendo. Y colgó. Al momento, Rita se sintió fatal. ¿Por qué ese tono? ¿Entiende…? ¿Qué entiende? Ella no prometió nada, ¡que no se ofenda! ¿Estaba ofendido? Seguramente, por Tanita. La niña esperaba, y cualquier padre quiere evitar que su hijo se lleve un chasco. La cabeza le daba vueltas. Goyo no percibía nada: sólo intentaba captar algo de señal para ver pelis navideñas. Rita oyó un silbido. Así llamaban al perro. Recordó que Vladimir siempre silbaba así. Se asomó a la ventana. Vladimir y Tanita esperaban en la verja. El rubor le subió al rostro. —¿Quién es ese? —preguntó Goyo, algo picado. —Es mi alumna —balbuceó Rita—. Un momento. Tenía preparado el regalo: una compañera para Pelusa, una conejita rosa. Su padre la llamaría cursi. A Vladimir también le tenía un detalle. Dudaba si debía, pero lo hizo: unas manoplas tejidas. Cogió los regalos y se lanzó fuera, sin gorro, con las piernas desnudas. El frío le entró en los pies, pero ni frunció el ceño. —¡Tanita, hola! —dijo con cariño—. ¡Feliz Año Nuevo! Mira lo que te tengo. Le dio el paquete. Tanita sacó la conejita y la abrazó, miró a su padre. Vladimir le pasó dos paquetes, uno grande y uno pequeño. Tanita abrió el grande: un cuaderno con un cómic dibujado; reconoció sus dibujos. —¡Gracias, qué cómic más bonito! En el pequeño había un broche en forma de pajarito. Una pequeña colibrí dorada. Rita miró a Vladimir. Él no la miraba. Tanita dijo: —Era de mamá. Se le hizo un nudo en la garganta. —Bueno, nos vamos —dijo Vladimir. —Por supuesto. ¡Feliz Año Nuevo! —Igualmente… Rita quiso abrazar a Tanita, pero no se atrevió: la niña seguía agarrada a su regalo, en silencio. En la puerta, Rita se giró. Sintió el pecho apretado al verlos y entró en la casa con los ojos húmedos. —¿Y qué ha pasado ahí fuera? —gruñó Goyo. Rita miró el cuaderno y el broche en su mano cerrada. Recordó que había olvidado dar las manoplas. Y lo que Tanita dijo: de mamá… Y la sonrisa contagiosa de Vladimir, que sólo surge cuando mira a su hija. Algo la rompía y florecía por dentro. Sentía pena por Goyo, pero no tenía sentido mentirle ni mentirse. Rita sacó la cajita de terciopelo del bolsillo, se la dio y dijo: —Vuelve a casa, por favor. Perdóname, no quiero casarme contigo. Lo siento —repitió. A Goyo se le cayó el alma. No estaba acostumbrado a los rechazos. Por un segundo, Rita pensó que se iba a llevar una bofetada. Pero Goyo guardó la caja, cogió las llaves y salió de casa sin mediar palabra. Rita apiló la comida en los tuppers, cogió las manoplas para Vladimir y salió corriendo en pos de personas extrañas, pero ahora tan indispensables para ella…