En el fin del mundo…
La nieve se colaba en los botines de cuero, helándome los pies y la piel. Pero ni se me pasaba por la cabeza comprarme unas botas de montar; aquí quedarían fatal, y además, mi padre me había bloqueado la tarjeta.
¿De verdad piensas vivirte en un pueblo? me preguntó él, con esa mueca de asco tan suya.
Mi padre nunca soportó la vida rural, ni escapadas al campo, ni nada que no fuera la comodidad de Madrid. Y Guille era igual de urbanita, así que justo por eso vine yo a este rincón perdido de Castilla. La verdad, no pretendía quedarme para siempre, aunque disfrutara de los campings y el aire libre, todo lo contrario a mi padre.
Pero vivir aquí no. Aunque a mi padre le conté otra cosa.
Claro que quiero vivir aquí. Y lo haré.
No digas bobadas. ¿Qué vas a hacer, limpiar establos y ordeñar vacas? Yo pensaba que este verano os casaríais tú y Guille, que ya empezaríamos con los preparativos…
Los preparativos. Mi padre me ofrecía a Guille como plato recalentado, algo insípido y con grumos que me revolvía el estómago. Physiquement, Guille no estaba mal: rostro bien plantado, ojos vivos, pelo ondulado y recortado, cuerpo robusto. Era la mano derecha de mi padre, su fiel escudero. Y desde hace tiempo mi padre soñaba con que yo me casara con semejante partido.
Pero yo a Guille no lo aguantaba. Me sacaba de quicio su voz monótona, esos dedos rechonchos y vanidosos, presumiendo siempre de cuánto valían su traje, su reloj, su coche…
¡Dinero, dinero, dinero! No les interesaba nada más. Yo quería amor, de ese que se lee en las novelas, ese que hasta te quita el aire. Nunca lo había sentido, pero lo intuía. Me había enamorado muchas veces, pero eran fuegos pasajeros, sin cicatrices. Y yo soñaba con drama, con heridas, no con el previsible Guille. Por eso lo de escaparme al pueblo y trabajar de maestra me parecía un plan brillante. Guille ni de coña vendría aquí, se moriría sin wifi, ni agua caliente, ni alcantarillas.
Busqué a propósito una aldea perdida en Soria donde no había casi nada. Al director del colegio no le hacía mucha gracia contratarme, dudaba que aguantara; pero la anterior maestra falleció de improviso y yo me puse pesada, hasta fui a la delegación de educación con todos mis diplomas en mano.
¿Y qué va a hacer una profesora tan joven y tan preparada en un pueblo? me preguntó una señora con melena pelirroja que imponía de verdad.
Enseñar a los niños le contesté con el mismo tono serio.
Ahora aquí estoy, enseñando, viviendo en una casita sin agua caliente ni calefacción central, encendiendo la estufa yo sola. Justo como imaginaba, Guille apareció, se quedó una noche y salió corriendo. Me llamaba, me rogaba que volviera, pero igual que mi padre, creía que se me pasaría la tontería rápido.
Al principio me encantó estar aquí. Pero llegó el invierno, y el viento se colaba por todas partes, tanto que ni debajo de la manta dejaba de temblar. Cargar leña menudo infierno. Quería volver, la verdad, pero soy terca y no me gusta rendirme. Y ahora, encima, era responsable de los niños.
La clase era pequeña, doce alumnos. Y al principio me impresionó: en el centro cultural de Madrid donde había trabajado, los niños eran listísimos y llenos de talento. Pero aquí… me parecían un caso perdido. Tercero de primaria y apenas leían, nunca traían deberes, armaban jaleo Pero luego me fui enamorando de ellos.
Samu tallaba animales en madera, auténticas maravillas de zorros, erizos, conejos y osos. Ana escribía versos libres. Víctor siempre se quedaba después de clase para limpiar. Iria tenía un corderito que la acompañaba hasta la escuela, como si fuese un perro.
Y sí, sabían leer, solo hacía falta ponerles los libros adecuados, no los de siempre. Pasaba de la programación oficial y conseguía otros libros, aunque para eso tuviera que ir tirando de bus a la cabecera de comarca. Aquí internet a penas llega y pedir algo online era imposible.
Solo no conseguía conectar con una niña. Y justo cuando me dolían los pies por culpa de la nieve y tenía las manos ocupadas con la leña, me encontré a su padre.
Buenas tardes, Margarita de la Fuente dijo, parándose a pocos pasos de la valla.
La verdad, el tal Valentín imponía. Tenía cara de pocos amigos, ni una sonrisa. El corazón me latía tan fuerte al verle que temía que se notara. ¿Era miedo o era otra cosa?
Buenas tardes le contesté, la voz mucho más aguda de lo que pretendía.
¿Por qué le pones suspensos a Tania?
Porque no trabaja, no hace nada.
Pues haz que lo haga. ¿Quién es la profesora, tú o yo?
La profe era yo. Pero no pensaba obligar a nadie. La niña, casi seguro, tenía autismo; hacía falta otro tipo de trato.
¿Siempre fue así? pregunté por si acaso.
Valentín dudó.
No. Cuando estaba Olalla lo hacía todo con ella.
¿Olalla? ¿Quién es?
Él frunció el ceño, como si también tuviera nieve en el zapato.
Su madre.
En ese momento entendí que la siguiente pregunta dolía. Pero había que hacerla.
¿Y dónde está ahora?
En el cementerio.
Así que era eso. “Que fácil se abre la caja,” como decía mi padre.
Tenía los brazos cansados de la leña y me sentía torpe. Me daba vergüenza pedir ayuda. El tronco de arriba se me cayó directamente en el pie, solté la carga y a punto estuve de llorar, de dolor pero también de rabia por hacer el ridículo. ¡Si yo también era adulta! Pero no me sentía así.
Déjame ayudarte dijo Valentín.
No hace falta, yo puedo.
Ya veo, sí…
Me trajo la leña, ajustó la puerta y la dejó sin encajar, para que no se atascara más.
Si necesitas algo, dímelo y se marchó.
¿A qué vino? ¿Para que le apruebe a Tania a cambio? Ni hablar…
No me quitaba a la niña de la cabeza. Pasé varios días intentando acercarme, sintiendo que fallaba como profesora y compadeciéndola. Incluso hablé con la jefa de estudios.
Uy, ni te esfuerces, ponle suspensos y este verano la pasamos a una escuela especial.
¿Y eso?
Sí, para esos casos. Se reúne la comisión, le hacen el informe, y ya.
Pero su padre dice que a veces…
Bah, antes estaba la madre, ahora él no sabe. No le hagas caso, ¡ese hombre es para evitar!
No te cae bien, ¿verdad? intuí.
La jefa apretó los labios.
No es cuestión de caer bien o mal. La niña donde tiene que estar es donde puedan ayudarla.
No me convenció. Llamé a mi querida asesora, doña Lidia Sánchez, y después de consultarla, me animé a visitar a Tania en casa. Me temblaban hasta las rodillas antes de entrar, y hasta me hice una taza de manzanilla; nunca me había gustado, pero mi madre siempre decía que calma los nervios. Ella también había muerto, así que aquella historia me tocaba especialmente.
Valentín me recibió entre seco y arisco. Yo me había imaginado que se alegraría de mi iniciativa.
No estamos para visitas me soltó él.
Apreté los labios, como la jefa, y le informé que la tutora debe comprobar las condiciones familiares de los alumnos.
La habitación de Tania era preciosa, con papeles rosas, muñecos y libros por todas partes. Sentí hasta celos: mi padre detestaba las cursiladas; mi cuarto siempre fue todo beige y los juguetes igual.
La primera vez, apenas logré nada. Le pregunté a Tania por sus libros, por los lápices, y me los trajo en silencio. Solo habló cuando le pregunté por el nombre de su conejo rosa:
Pelusín.
A la siguiente visita, le llevé un jersey tejido para Pelusín. Mi madre me enseñó a tejer y lo hago siempre en su memoria, aunque aún soy bastante torpe y la lana era demasiado gruesa. Pero Tania se alegró, se lo puso al conejo y dijo:
Bonito.
Le propuse dibujar a Pelusín con su jersey, y lo hizo. Yo escribí el nombre con una errata a propósito, y ella la corrigió.
De tonta no tenía nada.
Vendré tres veces por semana a ayudar a Tania le informé a Valentín.
No tengo dinero para pagar más clases bufó él.
No quiero dinero me enfadé.
Así quedó el arreglo.
La jefa de estudios cuando se enteró, tampoco estuvo conforme.
¡No puedes volcarte sólo en una niña, eso no es profesional! Además, no sirve para nada, esas criaturas son imposibles.
Y yo he visto a muchas, le corté. Y sé que rendirse pronto es lo peor.
Tania era diferente: casi siempre callaba, rehuyó el contacto visual, prefería dibujar a escribir. Pero contaba bien y pillaba la gramática al vuelo. Y al final del trimestre, los suspensos desaparecieron, por méritos propios.
¿Te vas a ir en Navidad? me preguntó Valentín, sin mirarme a los ojos, justo como Tania.
No, aquí me quedo contesté, sintiendo que se me ponían las mejillas coloradas.
Tania quiere invitarte me dijo.
Fue extraño. Tania no había articulado palabra. Me daba pena rechazarla, pero tampoco me apetecía celebrar las fiestas con gente extraña.
Gracias, lo pensaré respondí.
Esa noche dormí fatal. ¿Por qué me había afectado tanto? Llevaba un mes ayudando a la niña, era normal que se abriera conmigo. ¿No era eso lo que buscaba? ¿Qué más daba lo que pensara Valentín…?
Al despertar, me llamó Guille.
¿Cuándo vienes?
¿Cómo?
¿No te vendrás a Madrid por fin, para Fin de Año? No querrás quedarte aquí…
Sí quiero quedarme.
Marga… piénsalo ya, tu padre está fatal, tiene la tensión por las nubes.
Mi padre ni me había llamado.
Que se lo mire el médico le solté seca.
¿Así que no vienes?
No.
Vaya. ¿Y ahora qué hago?
Haz lo que te dé la gana.
No se me ocurrió que Guille de verdad lo hiciera: que apareciera en mi pueblo con cava, ensaladilla y regalos.
Si la montaña no va a Mahoma…
Me quedé helada, y no solo por la ventisca: Guille siempre había preferido celebrar Nochevieja en algún restaurante elegante, con música en directo. Aquí ni televisión teníamos.
Bueno, lo importante es que estés tú me dijo.
No veía doble intención. ¿Y si me equivoco con él?, pensé.
Me desarmó ver que había traído mis platos favoritos, y en la caja de regalo, libros de pedagogía, un proyector y una agenda de profesora.
Gracias me emocioné. Pensé que me regalarías bisutería y cacharritos.
Guille sonrió.
Marga, he entendido que eres lo más valioso para mí. Si quieres vivir aquí, viviremos aquí. También traje joyas.
Sacó una cajita roja de terciopelo. Y yo ya sabía lo que era.
¿Me dejas pensarlo? No quiero contestar ahora.
Guille no se enfadó.
Temía que me rechazases. Espero lo que haga falta.
No supe qué decir. Guardé la caja en el bolsillo.
Valentín tenía mi móvil, pero llamó al fijo.
¿Lo has pensado?
Perdón, ahora está aquí un amigo le dije.
Ya veo.
Y colgó.
Me sentí fatal. ¿Qué tono era ese? ¿Qué pretende? Yo no prometí nada, ¿de qué se queja? ¿Se ha sentido mal? Tal vez por Tania ¿qué padre quiere ver a su hija disgustada?
Pensando y pensando, la cabeza me daba vueltas. Guille, ajeno a todo, tratando de pillar algo de wifi para poner pelis de Navidad.
Escuché un silbido. Así llamaba a su perro. Recordé cómo silbaba Valentín. Miré por la ventana: estaban los dos en la puerta.
Me sonrojé.
¿Quiénes son? preguntó Guille, medio enfadado.
Mi alumna susurró Tania. Ahora vuelvo.
Tenía preparado el regalo para Tania: una compañera para Pelusín, una conejita rosa. Mi padre diría que es una cursilada.
También había hecho unas manoplas para Valentín, aunque dudaba si debía dárselas.
Cogí los regalos y salí en zapatillas y sin abrigo, nevando, sin importarme el frío.
¡Tania, guapa! ¡Feliz Año Nuevo! Mira lo que te traje.
Le di la bolsa. Sacó la conejita y la abrazó, miró a su padre. Valentín me dio dos paquetes: uno grande y uno pequeño. El grande era un cuaderno con cómic, reconocí los dibujos de Tania.
Gracias, ¡qué bonito!
El pequeño era un broche en forma de ave. Un precioso colibrí dorado. Miré a Valentín, él ni me miraba. Tania dijo:
Era de mamá.
Se me hizo un nudo en la garganta.
Bueno, nos vamos murmuró Valentín.
Gracias, feliz Año Nuevo.
Igualmente…
Quise abrazar a Tania, pero me frené: estaba quieta, agarrando fuerte la conejita y sin decir nada.
Ya en la puerta, al mirarles, sentí una opresión en el pecho y entré en casa parpadeando y sorbiéndome los mocos.
¿Qué fue eso? se quejó Guille.
Miré el cuaderno y el broche apretado en la mano. Me acordé de las manoplas que olvidé dar y de lo que dijo Tania: era de mamá Y de la sonrisa de Valentín, esa que solo le sale al mirar a su hija. Algo me ardió por dentro. Me daba pena Guille, pero mentirle era absurdo.
Saqué la cajita de terciopelo y se la devolví.
Vuelve a Madrid, por favor. Lo siento, no puedo casarme contigo.
A Guille se le cayó la cara. No estaba habituado a escuchar un no.
Casi pensé que me soltaría una bofetada. Pero guardó la caja en el bolsillo, cogió las llaves y se fue.
Yo empaqueté la comida en tuppers, agarré las manoplas que tejí para Valentín y salí a buscar a esos dos, que ahora, justo ahora, eran los únicos que sentía de verdad como mi gente.







