Te cuento lo que me ha pasado hoy, y necesito desahogarme contigo porque tengo la cabeza hecha un lío. Mira, nada más llegar a casa me quedé parada en la entrada. Al lado de mis zapatos y los de Iván vi otros que conocía al instante: eran los de su hermana, unos tacones caros que solo ella puede permitirse. Me quedé pensando, porque él no me había dicho que vendría Inés, su hermana.
Cuando salía de la oficina, mi compañero Pablo vino corriendo detrás de mí íbamos los dos hacia la parada del bus y me dijo: ¿Otra vez está tu chico de viaje? ¿Nos tomamos un chocolate en la cafetería de la esquina y charlamos? Que últimamente sólo nos vemos para decir hola y adiós.
Le dije que hoy no podía, que Iván había prometido llegar pronto y que teníamos que mirar muebles para la cocina, porque tras la reforma aún tenemos la casa medio vacía. Además, no está de viaje ni nada por el estilo ya hace mucho que no se va.
Pablo se quedó con esa sonrisita irónica de siempre: ¿Y llega a casa puntual?. Me reí y le expliqué que no, que estos meses se queda muchas horas porque nos hace falta el dinero, y que cuando ya tengamos todo, seguramente pueda volver antes y estar más con nosotros.
Me deseó buena tarde y se fue por otro camino. Hoy tuve suerte porque el bus pasó rápido; normalmente tengo que esperar siglos. Me senté junto a la ventana y me quedé pensando en lo de Pablo. ¿Sabes? Hace años estuvimos a punto de casarnos, pero lo dejamos, ni sé por qué, y con Iván todo fue tan impulsivo al principio fue casi por despecho hacia Pablo, como queriendo demostrarle que podía seguir adelante. Él intentó volver, pedir disculpas y prometerme la luna, pero yo ya estaba metida de lleno en mi historia con Iván.
Al final Pablo acabó en nuestra oficina y él hace como que fue casualidad, pero yo no me lo acabo de creer. Es majo, sigue soltero y siempre me trata con ese cariño antiguo; le deseo lo mejor, y hasta a veces pienso que la chica con la que se case tendrá suerte, porque Pablo sabe conquistar y es un romántico total.
En cambio con Iván no es que me haya ido mal, pero desde hace tiempo está absorbido por el trabajo y no nos vemos casi. Está centrado en que no nos falte de nada y el piso esté bien, pero a veces parece que mi vida se ha quedado esperando algo mejor, como si lo de verdad tuviera que empezar más adelante, y apenas lo reconozco como nuestro hogar. Y encima el piso lo puso Inés, su hermana; nos lo prestó porque ella no lo usa mientras los niños crecen. Nunca ha trabajado; le sobra el dinero de la familia y ve la propiedad como inversión para el futuro.
Iván y yo pusimos todo nuestro ahorro en la reforma y estamos comprando muebles poco a poco, pero a veces pienso que habría sido mejor alquilar algo ya listo, o incluso meternos en una hipoteca con lo que hemos gastado ya podríamos haber dado entrada y todo. Pero cuando Inés nos ofreció el piso, a Iván se le iluminó la cara y yo cedí.
Salí del autobús cruzando la calle deprisa, con ese olor en el aire que te avisa de lluvia inminente, pero pocas ganas tenía de disfrutarlo. Iba despacio, como si no quisiera llegar, subí al cuarto piso y sentí esa tensión rara, como cuando sabes que algo te espera detrás de la puerta.
Al entrar otra vez vi los tacones de Inés y me pregunté por qué estaba ahí. Estuve a punto de anunciar que ya estaba en casa, pero me frenó la intuición. Me quedé escuchando. Oí la voz de Inés, bastante clara: Nosotros queríamos irnos de vacaciones, pero mi marido nunca consigue días libres Así que pensé en darte los billetes, pero con una condición. Se puso un poco más seria: Tienes que ir con Verónica.
Ese nombre me dió un vuelco al corazón. Me acordé que alguna vez Iván mencionó a Verónica, amiga de su hermana, que Inés trató de emparejarle con ella. Nunca le di importancia, pero ahora, al oírlo, me dejó fría.
Iván se puso tenso: Inés, no quiero saber nada de Verónica. Te he repetido mil veces que estoy con Olalla. Tengo a Olalla. ¿Por qué insistes?. Yo me relajé un poco al oír eso, ya ves. Claramente, Inés seguía en sus trece. Pero antes de que pudiera entrar, Inés continuó: ¿A quién engañas? Recuerdo perfectamente cómo adorabas a Verónica, ibais a casaros hasta que te enfadaste por una tontería. Olalla no te pega. Verónica sí.
Me quedé parada, procesando lo que oía. ¿Amó a Verónica? ¿Fue tan serio como para casarse? Iván siempre me dijo que no tenía nada importante con ella. Miraba el suelo intentando aguantar el tirón, pero las palabras de Inés no me dejaban en paz.
Iván dijo, algo nervioso: Todo eso quedó atrás. No lo niego, pero está acabado. Ahora quiero a mi mujer. Inés insistía: Venga, Iván, sabemos que te casaste con Olalla sólo para molestar a Verónica cuando se fue con otro. Luego ella quiso volver; se arrepintió, te pidió perdón. Y tú, ¿qué hiciste? Casarte para fastidiarla.
Me empezó a doler todo. ¿De verdad sólo era un ajuste de cuentas? ¿Yo también corrí hacia Iván para que Pablo viera que podía rehacer mi vida? Y aunque empezara así, ahora estamos juntos de verdad, digo yo. Aguanté la respiración esperando la respuesta de Iván.
Él dijo: Ya lo pasado, pasado. Estoy casado. Tengo mi responsabilidad. Pero Inés se reía: ¿Qué responsabilidad? No habéis tenido hijos, que ya es una suerte. Ojalá recuerdes dónde vives, porque con Olalla vas a dar tumbos toda la vida, sin casa propia. Verónica, en cambio, tiene recién estrenar un piso de tres habitaciones que sus padres le han regalado. Aún te quiere, está esperando que recapacites.
Me apoyé en la pared helada, sintiendo cómo perdía el control. ¿Cómo puede decir esas cosas? Pero lo peor era lo que Iván respondería. No me moví, esperando.
Escuché cómo Iván trataba de zanjar el asunto: Inés, basta. La vivienda no es lo más importante. Hay sitio donde estar y ya buscaremos lo nuestro.
Pero Inés seguía: No quieres cambiar, pero Verónica siempre fue lo mejor para ti; ahora sólo te puede la rabia, pero aún puedes arreglarlo. Con ella tendrás piso, estabilidad, todo lo que mereces. ¿No ves que con Olalla nunca serás feliz?.
Y entonces añadió: Además, no puedo prestaros más el piso, tengo mis propios planes para él. Tendréis que buscaros otra cosa pronto.
Iván preguntó: ¿Verónica sabe que has montado todo esto?. Claro, lo ha planeado conmigo. Ella me pidió que te lo propusiera, hasta los billetes se le ocurrió a ella, y quiere que vayas.
Se hizo el silencio. Me sentí girando sobre mí misma, todo se tambaleaba. ¿Iván estaría pensando de verdad en aceptar?
Él preguntó: ¿Y a Olalla qué le digo?. Que me vas a ayudar en la casa de campo, estamos haciendo obras le dices eso y te vas con Verónica a la playa. Así de fácil.
No pude más. Salí sin hacer ruido y me fui lo más lejos que pude.
Las piernas me llevaron sola a una cafetería pequeña y recogida, casi vacía. Dentro se oía música suave, y el día se iba apagando poco a poco fuera. Me pedí mi cacao con vainilla y me quedé con la mente en blanco: no podía concentrarme, sólo daba vueltas a lo que había oído.
Repetía las frases de Inés en la cabeza: ¿Cómo ha podido Iván ocultarme tanto? ¿No me habló nunca de sus planes con Verónica? Yo me sentía traicionada, pero sobre todo dolida. ¿Mi matrimonio sólo era una revancha para ambos? Pensé que Iván me había escogido de verdad, que lo nuestro era sincero, y ahora descubro que detrás había otras razones. Aunque yo también tuve las mías, pero nunca he querido ni tomar un café con Pablo, mucho menos irme a la playa con él. Yo amo a Iván con todo el corazón.
La noche cayó, seguía sentada bajo las luces y detrás del cristal caían gotas de lluvia. Ni siquiera probé mi cacao. El tiempo parecía parado.
Iván no me llamaba, ni un mensaje preguntando dónde estaba. Seguro que está preparando el viaje con Verónica, pensé, amargada. Busqué el móvil para mirar la hora, pero se había quedado sin batería.
Respiré hondo, recogí fuerzas y me dije que ya no podía evitarlo: había que volver. Abrí la puerta y la brisa fría de la noche me hizo estremecer. Iba camino de casa repitiéndome que con Iván se acabó. El adiós era inevitable y traté de prepararme para ello.
Cuando llegué lo noté aún más duro. Subí despacio, abrí con la llave y entré: silencio total. Ni tele ni ruido de cocina. Lo primero que vi fueron bolsas en el salón. Iván estaba guardando sus cosas. Ya está, se va, pensé con ese nudo en el estómago.
Me salió del alma: ¿Qué haces?, aunque en el fondo sabía lo que me iba a decir. Esperaba que soltara lo de ayudar a Inés en la casa de campo, pero Iván me sorprendió:
Olalla, nos vamos. He encontrado un piso de alquiler. Más adelante nos meteremos en una hipoteca. Se detuvo un segundo, me miró y añadió: ¿Por qué tardaste tanto? Llevo intentado llamarte toda la tarde. ¿Has cogido otro trabajo ahora?
No me lo podía creer, me quedé como en shock. Todo lo que pensaba decirle perdió sentido de repente. Asentí, sin saber qué contestar.
¿Nos vamos? pregunté en un hilo de voz.
Iván notó mi desconcierto y se acercó intentando tranquilizarme:
Me he peleado con Inés, suspiró. Ya basta, no quiero depender más de ella. Necesitamos algo nuestro.
Me relajé aunque no del todo. Iván se sentó en el sofá y me invitó a hacerlo también. Allí, uno al lado del otro, me contó en resumen lo del lío con Inés.
Tenía que habértelo contado antes dijo bajando la cabeza. Lo de Verónica fue verdad. Y sí, me casé contigo en parte para olvidar aquello. Pero tú eres lo único verdadero que tengo, Olalla, no quiero perderte.
Sentí cómo algo se soltaba por dentro. El dolor por el engaño seguía ahí, pero lo más importante era que por fin hablábamos a corazón abierto, sin secretos.
Perdona que no te lo contara antes añadió. No me atrevía, pensé que no venía a cuento después de lo tuyo con Pablo. Y al final no quería remover el pasado.
Me vinieron las lágrimas, pero eran de alivio.
Bueno respondí con voz baja, lo que pasó, pasó. ¿Has alquilado el piso?
Sí asintió. De momento es provisional, pero al menos será nuestro. Sin Inés, sin sus intrusiones. Aguantaremos juntos, te lo prometo. Luego ya veremos para la hipoteca, pero lo intentaremos.
Asentí, sabiendo que era el camino correcto. Por fin íbamos a vivir solo para nosotros, lejos de las opiniones de los demás y de planes ajenos.
¿Vamos haciendo la maleta? se rió Iván.
Sonreí y le di otro sí. Ya solo queda confiar en que esta vez, de verdad, vamos a empezar juntos de nuevo, dejando atrás todo lo que nos pesaba.







