Al entrar en el piso, Olga se detuvo: junto a la puerta, perfectamente alineados junto a su calzado y el de Iván, estaban unos zapatos de tacón alto que reconoció enseguida—eran los caros de la hermana de Iván. ¿Qué hacía ella allí? Olga no recordaba que Iván le hubiese avisado de la visita de su hermana. —¿Otra vez tu marido de viaje? —le preguntó Pablo, su compañero, alcanzándola en la parada de autobús—. ¿Te apetece un café? Podemos charlar y tomar tu cacao favorito, que siempre andamos a la carrera: hola y adiós. —Lo siento, Pablo, hoy no puedo. Iván prometió llegar temprano; pensábamos elegir la cocina, aún no hemos terminado de instalar todo tras la reforma. Y por cierto, hace mucho que no sale de viaje. —¿Y siempre llega puntual a casa? —preguntó Pablo, con una ironía mal disimulada en la voz. —No siempre —Olga sonrió y negó con la cabeza—. Ahora necesitamos mucho el dinero, por eso Iván se queda más tiempo en el trabajo. Cuando terminemos de amueblar, seguro podrá estar siempre en casa a tiempo. —Ya veo —sonrió Pablo, deseándole buena tarde antes de tomar otro rumbo. Hoy Olga tuvo suerte: el autobús llegó enseguida, y pudo salir antes de trabajar, así que no tuvo que esperar. Se sentó junto a la ventana y se sumió en sus pensamientos. En otro tiempo, ella y Pablo pensaban casarse, pero la ruptura fue absurda, y ni siquiera recordaba el motivo. Poco después apareció Iván, con quien fue al registro sólo para que Pablo viera que no estaba sola, y que debía lamentar haberla perdido. Él intentó reconciliarse, pidió perdón y prometió hacerla feliz, ser fiel, pero Olga ya estaba ilusionada con Iván y pensó que jamás quiso a Pablo, sólo lo creyó. Luego dejó de pensar en él, hasta que lo trasladaron a su sucursal. Pablo fingió sorpresa ante la coincidencia, pero Olga sospechaba que había solicitado el traslado al enterarse de dónde trabajaba ella. Sin embargo, le agradaba que Pablo siguiera solo y tratara con ella con la misma calidez. En el fondo quería verle feliz e incluso sentía cierta envidia por su futura esposa—sabía cómo cortejar hermosamente, todo un romántico. No podía decir que tuviera mala suerte con su marido: Iván trabajaba mucho últimamente, esforzándose para que la familia viviera con todas las comodidades, pero casi no le quedaba tiempo para Olga. Además, vivían en el piso de la hermana de Iván. Ella se lo ofreció mientras sus hijos crecían. Oksana y su marido no tenían problemas económicos, ella jamás trabajó, y prefirieron invertir en pisos para sus hijos en vez de alquilar. Iván y Olga hicieron la reforma a su gusto, Oksana se lo permitió, y estaban amueblando todo. Pero Olga dudaba si hubiese sido mejor alquilar un piso ya montado. El dinero invertido aquí habría servido para el alquiler por años o para una entrada de hipoteca. Pero a Iván se le iluminaron los ojos al aceptar la vivienda de Oksana. Al bajarse del bus y cruzar la calle, Olga se dirigió al bloque. En el aire flotaba ese olor que anuncia la lluvia inminente, pero hoy no tenía ánimo para disfrutar del fresco. Los pensamientos circulaban por su cabeza, sin detenerse, sin aclarar nada. ¿Cuánto tiempo hacía que vivían allí? ¿Un año? ¿Algo más? No lo recordaba, pero sí esa sensación de provisionalidad que le inquietaba. Reparaciones, reformas, esperando siempre algo mejor, como si la vida verdadera empezara más adelante. Se sorprendió caminando despacio, retrasando el momento de entrar. El portal hizo click y la dejó en el oscuro pasillo, trepando escaleras hacia el cuarto piso. Los tramos pasaban y la tensión crecía. Al entrar en el piso, Olga se detuvo. Junto a la puerta, alineados con sus zapatos y los de Iván, estaban los de Oksana, elegantes y de tacón. ¿A qué venía? Olga no recordaba que Iván le hubiese dicho nada. A punto de anunciar que estaba en casa, algo la frenó. Su intuición le decía que no entrara aún, y se quedó, escuchando. —Íbamos a descansar unos días —sonó la voz de Oksana—. Pero como mi marido no puede coger vacaciones, pensé darte estos billetes. Con una condición —su tono se volvió exigente—: tienes que ir con Viera, no con tu esposa. Olga se bloqueó. ¿Viera? Recordó que Iván mencionó que Oksana intentaba emparejarle con una amiga. No dio importancia a aquella historia. Pero ahora ese nombre le removió por dentro. —No quiero nada con Viera —respondió Iván, irritado—. Te lo he dicho mil veces: ahora estoy con Olga, es mi esposa. ¿Para qué insistes? Olga respiró más tranquila. Todo claro, Oksana imponiendo sus opiniones como siempre. Ya iba a entrar, cuando Oksana siguió hablando. —¿A quién engañas? Te recuerdo cuánto quisiste a Viera. Hasta pensabais casaros, pero te enfadaste por una tontería. No seas terco, tú y Olga no hacéis pareja. Viera es otra cosa. Olga, paralizada, apenas comprendía lo escuchado. ¿Quiso casarse con otra? Pero a ella le decía otra cosa… Miraba el suelo, intentando controlarse; las palabras de Oksana no la dejaban en paz. —¿Y qué? —dijo Iván, un deje de inseguridad en la voz—. Eso es pasado. Sí, no lo niego, fue, pero terminó. Amo a mi esposa. —¿La amas? Va, Iván—Oksana no cedía—. Sabemos que te casaste con Olga sólo para darle celos a Viera, cuando te dejó por otro. Después quiso volver, pidió perdón. Pero tú te casaste para vengarte. Olga sintió el golpe. ¿Venganza? ¿Iván se casó con ella para demostrar algo? Se sintió pesada. Recordó que tras dejar a Pablo, se apresuró a casarse con Iván… ¿Pero ahora se amaban de verdad, no? ¿O sólo eran una revancha mutua? —Pasado es pasado —dijo entonces Iván—. Estoy casado, tengo obligaciones con mi esposa. —¿Obligaciones? —bufó Oksana—. Ni hijos tenéis, menos mal. No olvides dónde vives. Con Olga vagarás de piso en piso. Viera ha recibido un piso de tres habitaciones de sus padres… y todavía te quiere, espera que vuelvas. Olga se apoyó en la pared, perdiendo el control. ¿Cómo podía decir eso Oksana? Pero aún más, ¿qué respondería Iván? Esperó, casi sin respirar. —Oksana, basta —Iván sonó más inseguro—. El piso no es lo más importante. Vivimos aquí, luego buscaremos nuestro hogar. Pero Oksana insistió: —No aceptas los cambios. Viera siempre ha sido lo mejor para ti, pero tu orgullo sigue molestándote. Aún estás a tiempo de arreglarlo. Tendrías casa, estabilidad… ¡Con Olga jamás serás realmente feliz! —Además… —añadió Oksana—. Sabes que no puedo cederos el piso eternamente. Ahora tengo planes, pronto tendréis que iros. —¿Viera sabe lo que tramas? —preguntó Iván. —¡Por supuesto! —respondió rápido Oksana—. Es idea suya, me pidió que te convenciera. Sabe que aún la quieres. Ella propuso el viaje. Silencio. Olga se sintió tambalear. ¿Por qué vacilaba Iván? ¿De verdad consideraba la propuesta? —¿Y qué le digo a Olga? —por fin preguntó él en voz baja. —Dile que me vas a ayudar con el piso de campo. Estamos de reformas —Oksana lo dijo como si fuese la cosa más natural—. Y tú, a la playa con Viera. Sencillo. Olga no pudo soportarlo más. Salió de puntillas y se alejó. Terminó en una pequeña cafetería casi vacía, donde sonaba música suave y se acercaba el anochecer. Exhausta, pidió cacao con vainilla. Los fragmentos de la conversación en casa no la dejaban tranquila. Repasaba las palabras de Oksana. ¿Cómo había podido Iván ocultarle que casi se casa con otra? ¿Que su matrimonio fuese sólo una venganza? Ella pensaba que Iván la eligió de corazón… ¿Pero todo se reducía a cuestiones pasadas? Al menos ella con Pablo ni café en el bar aceptaba, no digamos viaje… y en cambio, amaba a Iván de verdad. Ya había oscurecido. Olga seguía junto a la ventana, sin probar el cacao. El tiempo parecía detenido. Iván ni la llamaba, ni preguntaba dónde estaba. “Seguro ya planea el viaje con Viera”, pensó con amargura. Buscó el móvil para mirar la hora, y lo encontró descargado. Suspiró y decidió que ya era hora de volver. Se puso el abrigo y salió, sintiendo el frescor de la noche. Volvía a casa, convencida de que su relación con Iván había acabado; la ruptura era inevitable y trataba de mentalizarse. Al llegar al edificio, la pesadumbre aumentó. Subió despacio, giró la llave y entró en el piso. La recibió un extraño silencio. En la sala, vio maletas: Iván recogía sus cosas. “Claro, se va”, pensó. —¿Qué haces? —preguntó, aunque ya suponía la respuesta—. Ahora me dirá que va al campo con Oksana. Pero Iván contestó otra cosa: —Nos vamos de aquí. Ya he encontrado piso. De momento será provisional, luego veremos cómo conseguir una hipoteca. —Se detuvo y miró a Olga, notando algo en su mirada—. ¿Por qué tardaste tanto? Te he estado llamando y no cogías el teléfono. ¿Has aceptado algún trabajo extra? Olga no daba crédito. Todo lo que pensaba decirle perdió importancia. Asintió tímida, sin saber cómo reaccionar. —¿Nos vamos? —preguntó en voz baja. Iván percibió su duda y explicó acercándose: —He discutido con Oksana —suspiró—. He decidido que ya basta, no quiero depender de ella. Necesitamos nuestro hogar. Afluía cierta calma a Olga, aunque la inquietud no terminaba. Iván se sentó en el sofá y le contó la charla con Oksana. —Debí decírtelo antes —reconoció—. Sí, tuve historia con Viera, y me casé contigo también por despecho. Pero ya pasó. Eres la única a la que amo, no quiero perderte. Olga sintió alivio. El dolor por las mentiras seguía ahí, pero apreciaba que pudieran hablar con franqueza. —Siento no contártelo antes —añadió Iván—. Cuando me hablaste de Pablo, me pareció que no venía a cuento. Después ya ni quise mencionarlo. Olga suspiró, con lágrimas en los ojos, aunque eran de alivio. —Bueno, está bien —logró decir—. ¿Has alquilado otro piso? —Sí —confirmó Iván—. Provisional, pero será nuestro rincón. Sin Oksana, sin interferencias. Lo lograremos, te lo prometo. Luego pensaremos en la hipoteca, ya veremos. Olga asintió. Sentía que era lo correcto. Al fin vivirían para sí mismos, sin los planes ajenos. —Bueno, ¿nos ponemos a recoger? —sonrió Iván. Olga asintió de nuevo, incapaz de responder. Sólo podía confiar en que, a partir de ahora, su vida realmente seguiría su propio rumbo, dejando el pasado donde debe quedarse.

Te cuento lo que me ha pasado hoy, y necesito desahogarme contigo porque tengo la cabeza hecha un lío. Mira, nada más llegar a casa me quedé parada en la entrada. Al lado de mis zapatos y los de Iván vi otros que conocía al instante: eran los de su hermana, unos tacones caros que solo ella puede permitirse. Me quedé pensando, porque él no me había dicho que vendría Inés, su hermana.

Cuando salía de la oficina, mi compañero Pablo vino corriendo detrás de mí íbamos los dos hacia la parada del bus y me dijo: ¿Otra vez está tu chico de viaje? ¿Nos tomamos un chocolate en la cafetería de la esquina y charlamos? Que últimamente sólo nos vemos para decir hola y adiós.

Le dije que hoy no podía, que Iván había prometido llegar pronto y que teníamos que mirar muebles para la cocina, porque tras la reforma aún tenemos la casa medio vacía. Además, no está de viaje ni nada por el estilo ya hace mucho que no se va.

Pablo se quedó con esa sonrisita irónica de siempre: ¿Y llega a casa puntual?. Me reí y le expliqué que no, que estos meses se queda muchas horas porque nos hace falta el dinero, y que cuando ya tengamos todo, seguramente pueda volver antes y estar más con nosotros.

Me deseó buena tarde y se fue por otro camino. Hoy tuve suerte porque el bus pasó rápido; normalmente tengo que esperar siglos. Me senté junto a la ventana y me quedé pensando en lo de Pablo. ¿Sabes? Hace años estuvimos a punto de casarnos, pero lo dejamos, ni sé por qué, y con Iván todo fue tan impulsivo al principio fue casi por despecho hacia Pablo, como queriendo demostrarle que podía seguir adelante. Él intentó volver, pedir disculpas y prometerme la luna, pero yo ya estaba metida de lleno en mi historia con Iván.

Al final Pablo acabó en nuestra oficina y él hace como que fue casualidad, pero yo no me lo acabo de creer. Es majo, sigue soltero y siempre me trata con ese cariño antiguo; le deseo lo mejor, y hasta a veces pienso que la chica con la que se case tendrá suerte, porque Pablo sabe conquistar y es un romántico total.

En cambio con Iván no es que me haya ido mal, pero desde hace tiempo está absorbido por el trabajo y no nos vemos casi. Está centrado en que no nos falte de nada y el piso esté bien, pero a veces parece que mi vida se ha quedado esperando algo mejor, como si lo de verdad tuviera que empezar más adelante, y apenas lo reconozco como nuestro hogar. Y encima el piso lo puso Inés, su hermana; nos lo prestó porque ella no lo usa mientras los niños crecen. Nunca ha trabajado; le sobra el dinero de la familia y ve la propiedad como inversión para el futuro.

Iván y yo pusimos todo nuestro ahorro en la reforma y estamos comprando muebles poco a poco, pero a veces pienso que habría sido mejor alquilar algo ya listo, o incluso meternos en una hipoteca con lo que hemos gastado ya podríamos haber dado entrada y todo. Pero cuando Inés nos ofreció el piso, a Iván se le iluminó la cara y yo cedí.

Salí del autobús cruzando la calle deprisa, con ese olor en el aire que te avisa de lluvia inminente, pero pocas ganas tenía de disfrutarlo. Iba despacio, como si no quisiera llegar, subí al cuarto piso y sentí esa tensión rara, como cuando sabes que algo te espera detrás de la puerta.

Al entrar otra vez vi los tacones de Inés y me pregunté por qué estaba ahí. Estuve a punto de anunciar que ya estaba en casa, pero me frenó la intuición. Me quedé escuchando. Oí la voz de Inés, bastante clara: Nosotros queríamos irnos de vacaciones, pero mi marido nunca consigue días libres Así que pensé en darte los billetes, pero con una condición. Se puso un poco más seria: Tienes que ir con Verónica.

Ese nombre me dió un vuelco al corazón. Me acordé que alguna vez Iván mencionó a Verónica, amiga de su hermana, que Inés trató de emparejarle con ella. Nunca le di importancia, pero ahora, al oírlo, me dejó fría.

Iván se puso tenso: Inés, no quiero saber nada de Verónica. Te he repetido mil veces que estoy con Olalla. Tengo a Olalla. ¿Por qué insistes?. Yo me relajé un poco al oír eso, ya ves. Claramente, Inés seguía en sus trece. Pero antes de que pudiera entrar, Inés continuó: ¿A quién engañas? Recuerdo perfectamente cómo adorabas a Verónica, ibais a casaros hasta que te enfadaste por una tontería. Olalla no te pega. Verónica sí.

Me quedé parada, procesando lo que oía. ¿Amó a Verónica? ¿Fue tan serio como para casarse? Iván siempre me dijo que no tenía nada importante con ella. Miraba el suelo intentando aguantar el tirón, pero las palabras de Inés no me dejaban en paz.

Iván dijo, algo nervioso: Todo eso quedó atrás. No lo niego, pero está acabado. Ahora quiero a mi mujer. Inés insistía: Venga, Iván, sabemos que te casaste con Olalla sólo para molestar a Verónica cuando se fue con otro. Luego ella quiso volver; se arrepintió, te pidió perdón. Y tú, ¿qué hiciste? Casarte para fastidiarla.

Me empezó a doler todo. ¿De verdad sólo era un ajuste de cuentas? ¿Yo también corrí hacia Iván para que Pablo viera que podía rehacer mi vida? Y aunque empezara así, ahora estamos juntos de verdad, digo yo. Aguanté la respiración esperando la respuesta de Iván.

Él dijo: Ya lo pasado, pasado. Estoy casado. Tengo mi responsabilidad. Pero Inés se reía: ¿Qué responsabilidad? No habéis tenido hijos, que ya es una suerte. Ojalá recuerdes dónde vives, porque con Olalla vas a dar tumbos toda la vida, sin casa propia. Verónica, en cambio, tiene recién estrenar un piso de tres habitaciones que sus padres le han regalado. Aún te quiere, está esperando que recapacites.

Me apoyé en la pared helada, sintiendo cómo perdía el control. ¿Cómo puede decir esas cosas? Pero lo peor era lo que Iván respondería. No me moví, esperando.

Escuché cómo Iván trataba de zanjar el asunto: Inés, basta. La vivienda no es lo más importante. Hay sitio donde estar y ya buscaremos lo nuestro.

Pero Inés seguía: No quieres cambiar, pero Verónica siempre fue lo mejor para ti; ahora sólo te puede la rabia, pero aún puedes arreglarlo. Con ella tendrás piso, estabilidad, todo lo que mereces. ¿No ves que con Olalla nunca serás feliz?.

Y entonces añadió: Además, no puedo prestaros más el piso, tengo mis propios planes para él. Tendréis que buscaros otra cosa pronto.

Iván preguntó: ¿Verónica sabe que has montado todo esto?. Claro, lo ha planeado conmigo. Ella me pidió que te lo propusiera, hasta los billetes se le ocurrió a ella, y quiere que vayas.

Se hizo el silencio. Me sentí girando sobre mí misma, todo se tambaleaba. ¿Iván estaría pensando de verdad en aceptar?

Él preguntó: ¿Y a Olalla qué le digo?. Que me vas a ayudar en la casa de campo, estamos haciendo obras le dices eso y te vas con Verónica a la playa. Así de fácil.

No pude más. Salí sin hacer ruido y me fui lo más lejos que pude.

Las piernas me llevaron sola a una cafetería pequeña y recogida, casi vacía. Dentro se oía música suave, y el día se iba apagando poco a poco fuera. Me pedí mi cacao con vainilla y me quedé con la mente en blanco: no podía concentrarme, sólo daba vueltas a lo que había oído.

Repetía las frases de Inés en la cabeza: ¿Cómo ha podido Iván ocultarme tanto? ¿No me habló nunca de sus planes con Verónica? Yo me sentía traicionada, pero sobre todo dolida. ¿Mi matrimonio sólo era una revancha para ambos? Pensé que Iván me había escogido de verdad, que lo nuestro era sincero, y ahora descubro que detrás había otras razones. Aunque yo también tuve las mías, pero nunca he querido ni tomar un café con Pablo, mucho menos irme a la playa con él. Yo amo a Iván con todo el corazón.

La noche cayó, seguía sentada bajo las luces y detrás del cristal caían gotas de lluvia. Ni siquiera probé mi cacao. El tiempo parecía parado.

Iván no me llamaba, ni un mensaje preguntando dónde estaba. Seguro que está preparando el viaje con Verónica, pensé, amargada. Busqué el móvil para mirar la hora, pero se había quedado sin batería.

Respiré hondo, recogí fuerzas y me dije que ya no podía evitarlo: había que volver. Abrí la puerta y la brisa fría de la noche me hizo estremecer. Iba camino de casa repitiéndome que con Iván se acabó. El adiós era inevitable y traté de prepararme para ello.

Cuando llegué lo noté aún más duro. Subí despacio, abrí con la llave y entré: silencio total. Ni tele ni ruido de cocina. Lo primero que vi fueron bolsas en el salón. Iván estaba guardando sus cosas. Ya está, se va, pensé con ese nudo en el estómago.

Me salió del alma: ¿Qué haces?, aunque en el fondo sabía lo que me iba a decir. Esperaba que soltara lo de ayudar a Inés en la casa de campo, pero Iván me sorprendió:

Olalla, nos vamos. He encontrado un piso de alquiler. Más adelante nos meteremos en una hipoteca. Se detuvo un segundo, me miró y añadió: ¿Por qué tardaste tanto? Llevo intentado llamarte toda la tarde. ¿Has cogido otro trabajo ahora?

No me lo podía creer, me quedé como en shock. Todo lo que pensaba decirle perdió sentido de repente. Asentí, sin saber qué contestar.

¿Nos vamos? pregunté en un hilo de voz.

Iván notó mi desconcierto y se acercó intentando tranquilizarme:

Me he peleado con Inés, suspiró. Ya basta, no quiero depender más de ella. Necesitamos algo nuestro.

Me relajé aunque no del todo. Iván se sentó en el sofá y me invitó a hacerlo también. Allí, uno al lado del otro, me contó en resumen lo del lío con Inés.

Tenía que habértelo contado antes dijo bajando la cabeza. Lo de Verónica fue verdad. Y sí, me casé contigo en parte para olvidar aquello. Pero tú eres lo único verdadero que tengo, Olalla, no quiero perderte.

Sentí cómo algo se soltaba por dentro. El dolor por el engaño seguía ahí, pero lo más importante era que por fin hablábamos a corazón abierto, sin secretos.

Perdona que no te lo contara antes añadió. No me atrevía, pensé que no venía a cuento después de lo tuyo con Pablo. Y al final no quería remover el pasado.

Me vinieron las lágrimas, pero eran de alivio.

Bueno respondí con voz baja, lo que pasó, pasó. ¿Has alquilado el piso?

Sí asintió. De momento es provisional, pero al menos será nuestro. Sin Inés, sin sus intrusiones. Aguantaremos juntos, te lo prometo. Luego ya veremos para la hipoteca, pero lo intentaremos.

Asentí, sabiendo que era el camino correcto. Por fin íbamos a vivir solo para nosotros, lejos de las opiniones de los demás y de planes ajenos.

¿Vamos haciendo la maleta? se rió Iván.

Sonreí y le di otro sí. Ya solo queda confiar en que esta vez, de verdad, vamos a empezar juntos de nuevo, dejando atrás todo lo que nos pesaba.

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MagistrUm
Al entrar en el piso, Olga se detuvo: junto a la puerta, perfectamente alineados junto a su calzado y el de Iván, estaban unos zapatos de tacón alto que reconoció enseguida—eran los caros de la hermana de Iván. ¿Qué hacía ella allí? Olga no recordaba que Iván le hubiese avisado de la visita de su hermana. —¿Otra vez tu marido de viaje? —le preguntó Pablo, su compañero, alcanzándola en la parada de autobús—. ¿Te apetece un café? Podemos charlar y tomar tu cacao favorito, que siempre andamos a la carrera: hola y adiós. —Lo siento, Pablo, hoy no puedo. Iván prometió llegar temprano; pensábamos elegir la cocina, aún no hemos terminado de instalar todo tras la reforma. Y por cierto, hace mucho que no sale de viaje. —¿Y siempre llega puntual a casa? —preguntó Pablo, con una ironía mal disimulada en la voz. —No siempre —Olga sonrió y negó con la cabeza—. Ahora necesitamos mucho el dinero, por eso Iván se queda más tiempo en el trabajo. Cuando terminemos de amueblar, seguro podrá estar siempre en casa a tiempo. —Ya veo —sonrió Pablo, deseándole buena tarde antes de tomar otro rumbo. Hoy Olga tuvo suerte: el autobús llegó enseguida, y pudo salir antes de trabajar, así que no tuvo que esperar. Se sentó junto a la ventana y se sumió en sus pensamientos. En otro tiempo, ella y Pablo pensaban casarse, pero la ruptura fue absurda, y ni siquiera recordaba el motivo. Poco después apareció Iván, con quien fue al registro sólo para que Pablo viera que no estaba sola, y que debía lamentar haberla perdido. Él intentó reconciliarse, pidió perdón y prometió hacerla feliz, ser fiel, pero Olga ya estaba ilusionada con Iván y pensó que jamás quiso a Pablo, sólo lo creyó. Luego dejó de pensar en él, hasta que lo trasladaron a su sucursal. Pablo fingió sorpresa ante la coincidencia, pero Olga sospechaba que había solicitado el traslado al enterarse de dónde trabajaba ella. Sin embargo, le agradaba que Pablo siguiera solo y tratara con ella con la misma calidez. En el fondo quería verle feliz e incluso sentía cierta envidia por su futura esposa—sabía cómo cortejar hermosamente, todo un romántico. No podía decir que tuviera mala suerte con su marido: Iván trabajaba mucho últimamente, esforzándose para que la familia viviera con todas las comodidades, pero casi no le quedaba tiempo para Olga. Además, vivían en el piso de la hermana de Iván. Ella se lo ofreció mientras sus hijos crecían. Oksana y su marido no tenían problemas económicos, ella jamás trabajó, y prefirieron invertir en pisos para sus hijos en vez de alquilar. Iván y Olga hicieron la reforma a su gusto, Oksana se lo permitió, y estaban amueblando todo. Pero Olga dudaba si hubiese sido mejor alquilar un piso ya montado. El dinero invertido aquí habría servido para el alquiler por años o para una entrada de hipoteca. Pero a Iván se le iluminaron los ojos al aceptar la vivienda de Oksana. Al bajarse del bus y cruzar la calle, Olga se dirigió al bloque. En el aire flotaba ese olor que anuncia la lluvia inminente, pero hoy no tenía ánimo para disfrutar del fresco. Los pensamientos circulaban por su cabeza, sin detenerse, sin aclarar nada. ¿Cuánto tiempo hacía que vivían allí? ¿Un año? ¿Algo más? No lo recordaba, pero sí esa sensación de provisionalidad que le inquietaba. Reparaciones, reformas, esperando siempre algo mejor, como si la vida verdadera empezara más adelante. Se sorprendió caminando despacio, retrasando el momento de entrar. El portal hizo click y la dejó en el oscuro pasillo, trepando escaleras hacia el cuarto piso. Los tramos pasaban y la tensión crecía. Al entrar en el piso, Olga se detuvo. Junto a la puerta, alineados con sus zapatos y los de Iván, estaban los de Oksana, elegantes y de tacón. ¿A qué venía? Olga no recordaba que Iván le hubiese dicho nada. A punto de anunciar que estaba en casa, algo la frenó. Su intuición le decía que no entrara aún, y se quedó, escuchando. —Íbamos a descansar unos días —sonó la voz de Oksana—. Pero como mi marido no puede coger vacaciones, pensé darte estos billetes. Con una condición —su tono se volvió exigente—: tienes que ir con Viera, no con tu esposa. Olga se bloqueó. ¿Viera? Recordó que Iván mencionó que Oksana intentaba emparejarle con una amiga. No dio importancia a aquella historia. Pero ahora ese nombre le removió por dentro. —No quiero nada con Viera —respondió Iván, irritado—. Te lo he dicho mil veces: ahora estoy con Olga, es mi esposa. ¿Para qué insistes? Olga respiró más tranquila. Todo claro, Oksana imponiendo sus opiniones como siempre. Ya iba a entrar, cuando Oksana siguió hablando. —¿A quién engañas? Te recuerdo cuánto quisiste a Viera. Hasta pensabais casaros, pero te enfadaste por una tontería. No seas terco, tú y Olga no hacéis pareja. Viera es otra cosa. Olga, paralizada, apenas comprendía lo escuchado. ¿Quiso casarse con otra? Pero a ella le decía otra cosa… Miraba el suelo, intentando controlarse; las palabras de Oksana no la dejaban en paz. —¿Y qué? —dijo Iván, un deje de inseguridad en la voz—. Eso es pasado. Sí, no lo niego, fue, pero terminó. Amo a mi esposa. —¿La amas? Va, Iván—Oksana no cedía—. Sabemos que te casaste con Olga sólo para darle celos a Viera, cuando te dejó por otro. Después quiso volver, pidió perdón. Pero tú te casaste para vengarte. Olga sintió el golpe. ¿Venganza? ¿Iván se casó con ella para demostrar algo? Se sintió pesada. Recordó que tras dejar a Pablo, se apresuró a casarse con Iván… ¿Pero ahora se amaban de verdad, no? ¿O sólo eran una revancha mutua? —Pasado es pasado —dijo entonces Iván—. Estoy casado, tengo obligaciones con mi esposa. —¿Obligaciones? —bufó Oksana—. Ni hijos tenéis, menos mal. No olvides dónde vives. Con Olga vagarás de piso en piso. Viera ha recibido un piso de tres habitaciones de sus padres… y todavía te quiere, espera que vuelvas. Olga se apoyó en la pared, perdiendo el control. ¿Cómo podía decir eso Oksana? Pero aún más, ¿qué respondería Iván? Esperó, casi sin respirar. —Oksana, basta —Iván sonó más inseguro—. El piso no es lo más importante. Vivimos aquí, luego buscaremos nuestro hogar. Pero Oksana insistió: —No aceptas los cambios. Viera siempre ha sido lo mejor para ti, pero tu orgullo sigue molestándote. Aún estás a tiempo de arreglarlo. Tendrías casa, estabilidad… ¡Con Olga jamás serás realmente feliz! —Además… —añadió Oksana—. Sabes que no puedo cederos el piso eternamente. Ahora tengo planes, pronto tendréis que iros. —¿Viera sabe lo que tramas? —preguntó Iván. —¡Por supuesto! —respondió rápido Oksana—. Es idea suya, me pidió que te convenciera. Sabe que aún la quieres. Ella propuso el viaje. Silencio. Olga se sintió tambalear. ¿Por qué vacilaba Iván? ¿De verdad consideraba la propuesta? —¿Y qué le digo a Olga? —por fin preguntó él en voz baja. —Dile que me vas a ayudar con el piso de campo. Estamos de reformas —Oksana lo dijo como si fuese la cosa más natural—. Y tú, a la playa con Viera. Sencillo. Olga no pudo soportarlo más. Salió de puntillas y se alejó. Terminó en una pequeña cafetería casi vacía, donde sonaba música suave y se acercaba el anochecer. Exhausta, pidió cacao con vainilla. Los fragmentos de la conversación en casa no la dejaban tranquila. Repasaba las palabras de Oksana. ¿Cómo había podido Iván ocultarle que casi se casa con otra? ¿Que su matrimonio fuese sólo una venganza? Ella pensaba que Iván la eligió de corazón… ¿Pero todo se reducía a cuestiones pasadas? Al menos ella con Pablo ni café en el bar aceptaba, no digamos viaje… y en cambio, amaba a Iván de verdad. Ya había oscurecido. Olga seguía junto a la ventana, sin probar el cacao. El tiempo parecía detenido. Iván ni la llamaba, ni preguntaba dónde estaba. “Seguro ya planea el viaje con Viera”, pensó con amargura. Buscó el móvil para mirar la hora, y lo encontró descargado. Suspiró y decidió que ya era hora de volver. Se puso el abrigo y salió, sintiendo el frescor de la noche. Volvía a casa, convencida de que su relación con Iván había acabado; la ruptura era inevitable y trataba de mentalizarse. Al llegar al edificio, la pesadumbre aumentó. Subió despacio, giró la llave y entró en el piso. La recibió un extraño silencio. En la sala, vio maletas: Iván recogía sus cosas. “Claro, se va”, pensó. —¿Qué haces? —preguntó, aunque ya suponía la respuesta—. Ahora me dirá que va al campo con Oksana. Pero Iván contestó otra cosa: —Nos vamos de aquí. Ya he encontrado piso. De momento será provisional, luego veremos cómo conseguir una hipoteca. —Se detuvo y miró a Olga, notando algo en su mirada—. ¿Por qué tardaste tanto? Te he estado llamando y no cogías el teléfono. ¿Has aceptado algún trabajo extra? Olga no daba crédito. Todo lo que pensaba decirle perdió importancia. Asintió tímida, sin saber cómo reaccionar. —¿Nos vamos? —preguntó en voz baja. Iván percibió su duda y explicó acercándose: —He discutido con Oksana —suspiró—. He decidido que ya basta, no quiero depender de ella. Necesitamos nuestro hogar. Afluía cierta calma a Olga, aunque la inquietud no terminaba. Iván se sentó en el sofá y le contó la charla con Oksana. —Debí decírtelo antes —reconoció—. Sí, tuve historia con Viera, y me casé contigo también por despecho. Pero ya pasó. Eres la única a la que amo, no quiero perderte. Olga sintió alivio. El dolor por las mentiras seguía ahí, pero apreciaba que pudieran hablar con franqueza. —Siento no contártelo antes —añadió Iván—. Cuando me hablaste de Pablo, me pareció que no venía a cuento. Después ya ni quise mencionarlo. Olga suspiró, con lágrimas en los ojos, aunque eran de alivio. —Bueno, está bien —logró decir—. ¿Has alquilado otro piso? —Sí —confirmó Iván—. Provisional, pero será nuestro rincón. Sin Oksana, sin interferencias. Lo lograremos, te lo prometo. Luego pensaremos en la hipoteca, ya veremos. Olga asintió. Sentía que era lo correcto. Al fin vivirían para sí mismos, sin los planes ajenos. —Bueno, ¿nos ponemos a recoger? —sonrió Iván. Olga asintió de nuevo, incapaz de responder. Sólo podía confiar en que, a partir de ahora, su vida realmente seguiría su propio rumbo, dejando el pasado donde debe quedarse.