¡Ahora vives como una reina! Has encontrado a un hombre rico en el extranjero y ahora te das la gran vida rodeada de lujo y dinero.

A mis padres sólo los conocía a través de las fotografías marchitas que guardaba mi abuelo en un álbum antiguo. La cosa es que mi madre falleció al darme a luz y mi padre, destrozado por la pérdida de su gran amor, se negó a mirarme siquiera y me entregó. Fue mi abuelo quien vino a buscarme al hospital, envolviéndome en una manta de cuadros, y me llevó a casa, convirtiéndose en mi faro y mi guardián.
Mi abuelo no pudo dejar su trabajo de contable en Madrid, así que contrató a una mujer risueña, doña Remedios, que cuidaba de mí hasta que él regresaba por las noches. Luego, cuando empecé la guardería en el barrio de Chamberí, todo se volvió un poco más sencillo para él. Los años se deslizaban extraños, a veces rápidos, a veces lentos, como si el tiempo también estuviera soñando. Entre mi abuelo y yo nunca hubo disputas: siempre éramos dos aliados en busca de pactos secretos, incluso cuando crucé la adolescencia como un huracán. Siempre sentí ese vértigo de pensar qué hubiese sido de mí sin él.
Por eso siempre traté de recompensarlo ayudando en casa y esforzándome en los estudios. Él lucía inmensamente satisfecho cuando veía mi nombre escrito en diplomas de olimpiadas de matemáticas y torneos de atletismo por todo Madrid.
Fue también mi abuelo quien me guió cuando no sabía a qué dedicar mi vida. Sentía una extraña fascinación por la biología, aunque mis pensamientos eran brumosos y titubeantes. Un día me llevó a un tabanco en la Plaza Mayor y me presentó a su amigo Fermín, un neurocirujano reconocido en el hospital Gregorio Marañón. Charlamos tomando chocolate con churros, y al salir, comprendí que la medicina era lo que deseaba mi alma.
Los años de universidad, estudiando en la Complutense, pasaron como un sueño febril entre libros. Hice prácticas en el Hospital La Paz, donde las noches se estiraban como chicle y los pasillos parecían no tener fin. A veces fue durísimo, sí, pero logré especializarme en neurocirugía: todo un milagro para la niña de las fotos antiguas.
Apenas acabé la residencia, recibí una llamada inesperada del director de una clínica privada excelente en Salamanca. Me ofrecieron un puesto que nadie en su sano juicio rechazaría. Comenzaron las largas jornadas y operaciones: ninguna fallida, algo que aún me sorprende como en los sueños extraños donde todo sale bien, pero nada es lo que parece. Pronto hice conferencias; incluso médicos veteranos venían a escucharme, como si esperasen que de mi boca saltasen peces dorados. Tras tres años, mi apellido ya flotaba en los círculos más selectos de Europa, y así fue como no me sorprendí ni yo ni mi abuelo cuando me llegó una propuesta para trabajar en uno de los mejores hospitales privados de Nueva York.
Decidimos mudarnos. Mi abuelo, sin embargo, no aguantó mucho: Madrid le llamaba como el eco de un campanario, y volvió. Yo habría regresado con él, de no ser porque aquí, en esas tierras de asfalto interminable, conocí el amor. A Theo le conocí en una de mis charlas; él era cirujano en otro hospital. Primero fuimos compañeros de paseos y cañas, luego las cañas se volvieron cenas, y al final acabamos compartiendo un ático diminuto lleno de plantas y promesas. Decidimos casarnos en España, porque yo quería que mi abuelo me acompañara hasta el altar en una ermita blanca de Segovia. Pero mi abuelo, terco como una encina, se negó a volver: Ya me queda poco, hija, y quiero que me entierren en mi tierra con los huesos cerca del Manzanares.
Un día, mientras Theo y yo jugábamos con el abuelo a la oca tirando los dados y riéndonos porque en los sueños los juegos nunca terminan, recibí una llamada del número incierto de mi padre. Comenzó con felicitaciones por la boda, pero apenas susurró dos palabras, el aire se volvió denso y yo supe que eran mentiras. Sin rodeos, le pregunté qué quería realmente.
¡Quiero dinero, hija! dijo, arrastrando las palabras. Ahora que vives como una marquesa, casada con un tipo bien situado en el extranjero, seguro te sobra algún euro para tu padre, ¿no?
No quise escuchar más. Corté la llamada y bloqueé su número, como si así pudiera sellar una puerta de pesadilla.
Aún ahora no comprendo de dónde sacó el valor para llamarme y declararse familia, después de haberme dejado atrás como quien olvida un sueño roto.
En realidad, familia sólo tengo dos personas, por quienes daría la vida sin pensarlo: mi abuelo y Theo. Pero mi padre, para mí, es menos que un humo que se lleva el viento del Paseo del Prado.

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MagistrUm
¡Ahora vives como una reina! Has encontrado a un hombre rico en el extranjero y ahora te das la gran vida rodeada de lujo y dinero.