A mis padres solo los conocía por las fotos del álbum familiar. El caso es que mi madre murió al darme a luz y mi padre, después de perder a su gran amor, ni siquiera quiso mirarme, se desentendió de mí por completo. Mi abuelo fue quien me recogió del hospital y se convirtió en mi guardián.
Como no podía dejar su trabajo, contrató a una niñera para cuidarme hasta que él volvía a casa. Luego todo fue más sencillo cuando empecé a ir a la guardería. El tiempo volaba y mi abuelo y yo siempre nos llevábamos de maravilla: nunca discutíamos, siempre buscábamos un punto medio, incluso cuando me dio por ser una adolescente con más drama que un culebrón. Siempre estaré agradecida de que estuviera a mi lado. La simple idea de imaginar qué habría sido de mí sin él me ponía los pelos de punta.
Por supuesto, mi mayor muestra de gratitud era portarme bien en casa y estudiar a conciencia. Mi abuelo estaba más ancho que largo porque su nieta iba a todas las olimpiadas y competiciones deportivas posibles.
También fue él quien me ayudó a elegir mi vocación. Desde pequeña me fascinaba la biología, pero nunca tenía claro hacia donde tirar, así que mi abuelo consiguió que hablara con su amigo, un médico brillante. Después de esa charla lo tuve claro: eso era lo mío.
Pasé los años universitarios empollando como una posesa. Hice prácticas en uno de los mejores hospitales de Madrid. Fue duro, muy duro a veces, pero al final lo logré y me especialicé en neurocirugía.
Al terminar la carrera, el director de una prestigiosa clínica privada se puso en contacto conmigo para ofrecerme trabajo. Obviamente, decir que no habría sido una insensatez. Y así comenzaron las largas jornadas, las operaciones complicadas (debo decir, sin falsa modestia, que todas salieron de lujo). Al poco de cumplir un año allí, ya daba conferencias a médicos con mucha más experiencia, porque todo quisqui quería escucharme. A los tres años, mi apellido era conocido incluso en círculos internacionales. Así que ni mi abuelo ni yo nos sorprendimos cuando recibí la propuesta para trabajar en uno de los mejores hospitales de Estados Unidos. Tras pensarlo, decidimos lanzarnos a la aventura.
Nos mudamos a otro país, pero mi abuelo no aguantó mucho: añoraba tanto su casa y sus siestas junto a la ventana que regresó a España. Yo habría regresado con él si no llego a conocer a mi media naranja allí mismo. Theo apareció en una de mis conferenciascirujano de otro hospital, tan despistado como encantador. Primero fuimos amigos, luego algo más, y al final nos fuimos a vivir juntos. Decidimos casarnos en España porque quería que mi abuelo fuera quien me acompañase hasta el altar. Pero cuando intenté convencerle para que volviera, se mantuvo firme: Mira, hija, mis años ya están contados Quiero que me entierren en mi tierra, no en un sitio donde el jamón sabe a chicle.
Un día, después de pasarme horas echando partidas de parchís con Theo y mi abuelo, recibí una llamada de mi padre Empezó felicitándome por la boda. Pero yo no estaba para cuentos chinos y le pregunté directamente a qué venía todo aquello. Me suelta:
Quiero dinero, hija mía. ¡Que ahora vives como una marquesa! Has encontrado a un ricachón por ahí y seguro que te sobra el oro. ¿Qué te cuesta soltar algo para tu propio padre?
Colgué y bloqueé su número sin pensarlo dos veces.
Sigo sin explicarme cómo tuvo el morro de llamarme para pedirme dinero y encima hablar de familia, después de haberme abandonado.
Mi familia, para mí, solo son dos personas: mi abuelo y mi chico, y por ellos me dejo la piel si hace falta. Pero mi padre ese para mí es como un desconocido más en la fila de la panadería.




