Ahora tendrás un hijo propio, y a ella le toca volver al orfanato: La suegra de Ksenia nunca aceptó …

¿Cuándo va a tener ya mi hijo un heredero? Aurora Jiménez lanzó una mirada de fastidio a su nuera, sentada frente a ella en la mesa del comedor, donde los relojes latían como corazones colgados de la pared.

Sabe perfectamente que llevamos ya tres años intentándolo susurró Elvira con un suspiro denso como la niebla de la sierra de Guadarrama. Otra vez aquella pregunta, filo de navaja escondido en el té de manzanilla; siempre igual, siempre flotando como una canción pegadiza. ¿Qué puede hacer ella? Los médicos insisten, tanto ella como Mateo están perfectamente.

Efectivamente. Casados todo este tiempo y aún nada replicó la suegra, descomponiendo su boca en una mueca desdeñosa. Seguro que tu juventud fue bastante movida.

Por favor, Aurora, ¿qué insinúa? estalló Elvira al tiempo que cerraba el portátil de un golpe que sonó como campana en día de procesión. Trabajar le sería ya imposible esa tarde. ¿Le he dado algún motivo? Le ruego que se dirija a mí con respeto.

¿Y si no, qué? ¿Se lo vas a chivar a Mateo? respondió Aurora con fingida sorpresa, encogiéndose de hombros como una mantis enloquecida. ¿No temes que él me apoye? No olvides que soy su madre, ante todo.

El portazo fue, por completo, su respuesta. Nada le iba a contar a Mateo, no porque temiera que él apoyara a su madre, simplemente prefería ahorrarle disgustos de pesadilla.

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La relación entre Elvira y su suegra fue espinosa desde la primera sobremesa. Aurora encontraba fallos en cada detalle de ella: demasiado sencilla, vestía como una chica de provincias, cocinaba sin alma La lista, como el sueño, no tenía fin. Aurora batalló cuanto pudo para romper el compromiso, presionando a su hijo con argumentos enrevesados y metáforas de miedo. Por fortuna, Mateo supo sostenerse en su sitio.

Hubo boda en la iglesia del barrio, con arroz volando como pájaros pequeños. Aurora se calmó relativamente cuando los recién casados se mudaron a un piso en Malasaña, lo bastante lejos de la casa familiar al sur del Manzanares.

No habían pasado ni seis lunas cuando Aurora encontró un nuevo motivo para sus reproches: la ausencia de nietos. Elvira intentaba quitárselo de encima con bromas, diciendo que aún eran jóvenes y querían vivir, viajar a la Costa Brava, conocer Sevilla. Además, la carrera hay que construirla, decía, pero Aurora era tajante: hay que tener hijos cuanto antes y mejor si son varios, como las cerezas en la cesta.

Cuando Elvira por fin cedió, llegaron entonces los problemas. Durante tres años pasaron las consultas, los análisis, los sobres de pastillas como si fueran cartas de amor. De nada sirvió. Un médico sugirió que quizás el asunto era psicológico. Aurora, al escucharlo, soltó una carcajada seca y recomendó buscar otro médico más serio.

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Después de otra charla venenosa con Aurora, Elvira desmadejaba el móvil, pasando fotos de niños sonrientes en redes sociales. El corazón se le encogía; ella de verdad deseaba un hijo. No para acallar a Aurora, sino para sí misma.

Un post le llamó la atención: una mujer relataba su trabajo en una casa cuna en Alcalá de Henares. Tantos niños sin padre ni madre, flotando en el mundo como globos sin hilo

Elvira pensó un instante. ¿Sería capaz de querer a un niño que no ha nacido de ella? Se le apareció una pequeña de rizos castaños, sonriendo y con los bracitos extendidos como ramas de olivo. La decisión fue rápida: acercó el teclado y buscó información.

Había mil trámites, exámenes médicos, papeles que parecían no tener fin. Pero el deseo era más grueso que el miedo a la burocracia patria.

Solo faltaba el sí de Mateo. Elvira temía su reacción, pero para su sorpresa, él aceptó con dulzura. Sugirió que escogieran a un bebé de la casa cuna en el barrio, uno que fuera aún muy pequeño. Así lo decidieron.

Pronto la familia se multiplicó. Los dos se enamoraron a primer golpe de vista de una niña de cinco meses, Lina. Aurora, por supuesto, montó en cólera; ni la amenaza de mudarse a otra ciudad la detuvo. Ante la resistencia, no tuvo más remedio que fingir alegría ante los demás y besar a su nieta adoptiva ante testigos.

Siete años se deslizaron como un tren silencioso. Lina terminó primero de primaria, rodeada de amigas y caramelos de menta. Dulce, responsable y luminosa, Elvira no podía pedir mayor alegría.

En verano escaparon todos juntos al Mediterráneo, donde el sol era una yema caliente, las olas cantaban nanas y la arena era tan blanca como una servilleta de lino recién planchada. No se podía pedir más, especialmente con Aurora a kilómetros de distancia, incapaz de amargarles el gazpacho.

Al final de las vacaciones, Elvira se sintió rara y sin fuerzas. Calló su malestar para no preocupar a nadie, pero de vuelta a Madrid fue directo al ambulatorio.

No obstante, Mateo se dio cuenta enseguida y la convenció de volver antes de tiempo, prometiendo que regresarían todos en Navidad. Elvira cedió.

El diagnóstico fue desconcertante y espléndido a la vez: iban a tener un hijo biológico. Lina saltó de alegría, dispuesta ya a ser la mejor hermana mayor.

Aurora solo se enteró cuando la barriga de Elvira empezó a ser inequívoca. Aprovechó un momento en que Elvira estaba sola y se coló como un gato en la casa.

No voy a preguntar por qué no dijiste nada antes empezó Aurora, con voz de estatua. Tengo otra pregunta.

¿Cuál? Elvira sintió un escalofrío en la boca del estómago.

¿Cuándo vais a devolver a Lina a la casa cuna? preguntó la suegra muy seria. Ya tenéis un hijo de los de verdad, es hora de que la cría vuelva donde vino.

Elvira se quedó petrificada, no dando crédito a lo oído. ¿Cómo era posible hablar así de una niña? De una hija.

¿Habla en serio?

Por supuesto bufó Aurora, apretando la mirada. ¿Para cuándo?

Fuera de mi casa susurró Elvira, temblando de rabia contenida, a punto de lanzarse sobre su suegra. Y no vuelva nunca más.

Aurora salió expulsada por la puerta, todavía incrédula. Elvira tardó en recomponerse. Pensó en llamar a Mateo, pero tenía una reunión importante en el banco, así que lo dejaría para más tarde.

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Aurora, roja de ira, se plantó sin cita en el despacho de Mateo. Ignoró la atónita secretaria y se coló al instante.

Tu queridísima mujer me ha echado de casa como una cualquiera, ¡tú verás!.. exclamó sin saludar siquiera.

Hola, mamá suspiró Mateo, sujetando el móvil entre los dedos. ¿Qué le has dicho, para que mi paciente esposa pierda así la compostura?

Solo pregunté cuándo pensáis devolver a la niña a la casa cuna sentenció Aurora, soltando el bolso sobre una silla. Por fin vais a tener un hijo propio; va a necesitaros, a los dos, y nuestros euros también.

¿Pero cómo puedes tener una idea tan monstruosa? Mateo apretó la mano hasta partir el bolígrafo en dos. Lina es mi hija, quieras o no. No va a irse a ninguna parte.

¿Por qué? ¡Solo la habéis adoptado! Todavía es bastante pequeña, comprenderá si se lo explicáis.

O no vuelvas a dirigirte a ella nunca lanzó Mateo las mitades del bolígrafo, golpeando la mesa. ¿Me has entendido bien?

¿Y cómo piensas impedírmelo? replicó Aurora irónica, saliendo con dignidad herida. Esa chica no tiene sitio en esta familia. Haré todo lo posible.

Mateo se quedó mirando la puerta cerrada, sintiéndose como si el despacho se encogiera. La secretaria entró, pidiendo disculpas, pero él no la oyó; pensaba en los próximos pasos.

Decidido, acercó la mano al teléfono

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Elvira paseaba despacio por el Retiro, observando cómo Lina giraba en torno a su hermano pequeño, con la seriedad de una hermana mayor que se toma su papel como una heroína de cuento.

En un banco cercano, dos mujeres mayores murmuraban críticas sobre sus nueras, palabras que le devolvieron a Aurora en la memoria.

Después de aquella última escena, no se volvieron a encontrar. En apenas una semana, Mateo organizó la mudanza a Barcelona, lejos, en otra vida, sabiendo que solo así protegería a Lina. Su madre hubiera gritado al mundo el origen de su hija.

Ahora viven tranquilos, con una hija encantadora, un bebé risueño, y pronto llegará un tercero con nombre de luna.

Mateo aún llama de vez en cuando a su padre y sabe que Aurora no ha cejado en su cruzada: ha pasado a acosar a su hija, ahora recién casada. Mateo compadece a su hermana, aunque a ella no parece molestarle esa atención excesiva.

Que cada uno viva su vida. Él tiene la suya. Y, contemplando a sus hijos bajo la luz de las farolas madrileñas que deshacen la bruma, se siente inmensamente feliz. Ojalá todos pudieran soñar con una fortuna tan sencilla.

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MagistrUm
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