Ahora que vais a tener vuestro propio hijo, es hora de que ella vuelva al orfanato

Ahora vas a tener tu propio hijo, así que ya va siendo hora de que ella vuelva al orfanato.

¿Cuándo va a tener mi hijo un heredero de una vez? dijo con fastidio Doña Carmen Salcedo, mirando a su nuera, sentada enfrente de ella en la mesa.

Sabes tan bien como yo que llevamos tres años intentándolo suspiró profundamente Lucía, cansada de que cada encuentro empezara con la misma pregunta. ¿Qué podía hacer ella? Los médicos decían que ni ella ni Jaime tenían ningún problema.

Eso mismo. Casados llevan un buen tiempo, y aquí no llega ningún crío la mujer soltó una risita sarcástica. Seguramente tú tuviste una juventud bastante movidita, ¿verdad?

Doña Carmen, ¿a qué vienen esas indirectas? Lucía no pudo más y cerró el portátil de golpe. Hoy tampoco podría trabajar, estaba visto. ¿Te he dado yo algún motivo? Y por favor, deja de hablarme así.

¿Y si no qué? respondió la suegra con falsa sorpresa. ¿Vas a irte de chivata con Jaime? ¿No temes que se ponga de mi parte? Al final, soy su madre

La única respuesta fue el portazo que retumbó en la casa. Lucía, por supuesto, no pensaba decirle nada a Jaime. No era porque creyera que él defendería a su madre, simplemente, no quería preocuparle.

**************************************************

Desde el principio, Lucía se había sentido fuera de lugar con su suegra. Doña Carmen no encontraba nada bueno en ella: su aspecto, la ropa que llevaba, la manera de cocinar la lista era interminable. Siempre había presionado a Jaime para que la dejara, pero él supo mantener su postura firme.

Se casaron. Al principio pareció que la cosa se calmaba, sobre todo porque la pareja consiguió mudarse a un piso propio bien lejos de la casa de los padres.

Pero ni seis meses pasaron antes de que Doña Carmen buscara una nueva excusa para criticar. Ahora, el problema era que no tenían hijos.

Al principio, Lucía intentaba tomárselo a broma, diciendo que todavía eran jóvenes y que querían disfrutar un poco, avanzar en la carrera pero la mujer insistía en que cuanto antes viniera un hijo, mejor, y que si pudieran ser varios, mejor aún.

Lucía, al final, terminó por rendirse frente al carácter dominante de su suegra. Entonces empezaron los problemas. Llevaba años haciéndose pruebas, tomando pastillas pero todo fue en vano.

Un médico incluso sugirió que podía ser cosa de los nervios. Doña Carmen, claro, se echó a reír y le recomendó cambiar de médico.

******************************************

Después de la última bronca, Lucía se puso a mirar el móvil para desconectar un poco. Cada vez que veía fotos de amigos con niños, sentía que se le encogía el corazón. Quería un hijo, pero no por darle en el gusto a su suegra cascarrabias, sino porque lo necesitaba ella, de verdad.

De repente leyó un post de una mujer que trabajaba en un centro de menores. Tantos niños sin padres, pensó. Se imaginó a una niña sonriéndole y extendiendo los brazos hacia ella. Se puso seria y se acercó el portátil para buscar información.

Claro, había que reunir un montón de papeles, pasar revisiones médicas, papeleos y más papeleos pero su deseo era mucho más fuerte que el miedo a la burocracia.

Faltaba lo más importante: conseguir que Jaime aceptara. No las tenía todas consigo, pero él, para sorpresa de Lucía, enseguida estuvo de acuerdo. Eso sí, dijo que prefería una criatura pequeña, aún bebé. Así que, manos a la obra.

Unos meses después, la familia creció. Los dos se enamoraron, nada más verla, de la pequeña Inés, que apenas tenía cinco meses. La única persona que no tragaba con la idea era Doña Carmen, pero lo que pensara ya a nadie le importaba. Jaime incluso amenazó con mudarse a otra ciudad si su madre no dejaba de montar escenas. Se tuvo que callar, y delante de otros fingía que adoraba a la nieta.

Pasaron siete años. Inés terminó primero de primaria, tenía muchísimos amigos, era una niña encantadora, simpática y aplicada. Lucía se sentía feliz y agradecida por tenerla.

Ese verano, se fueron todos juntos a la playa. Sol, olas, arena blanca ¿qué más se puede pedir? Y, además, con la suegra a kilómetros de distancia, sin poder fastidiarle las vacaciones.

Ya casi al final del viaje, Lucía empezó a encontrarse mal, pero no dijo nada para no preocupar. Al volver a Madrid fue directa al hospital.

Jaime se percató enseguida del cambio de ánimo en su mujer y la animó a volver pronto, prometiéndole que regresarían a la costa para Navidad. No le quedó más remedio que aceptar.

El diagnóstico les pilló por sorpresa, pero de alegría: iban a tener un hijo. La noticia que más ilusión hizo, sin duda, fue a Inés, que ya ejercía de hermana mayor antes de tiempo.

Doña Carmen se enteró dos meses más tarde, cuando la barriga de Lucía era más que evidente. Un día, aprovechando que estaba sola en casa, la suegra apareció sin avisar.

No voy a preguntarte por qué no me lo dijeron antes soltó nada más entrar, mirando el vientre de Lucía fijamente. Tengo otra pregunta.

¿Cuál? Dudaba que algo bueno pudiera salir de eso.

¿Cuándo vais a devolver a Inés al centro de menores? dijo con toda la seriedad del mundo. Ya vais a tener vuestro propio hijo, es hora de que la adoptada vuelva donde estaba.

Lucía se quedó temblando, incapaz de creer lo que le había oído. ¿Cómo podía decir algo así de una niña que era parte de su familia?

¿Lo dices en serio?

Por supuesto replicó la suegra, fijando la mirada exigente. ¿Cuándo?

Fuera de mi casa susurró Lucía, apenas pudiendo contenerse para no abalanzarse sobre la invitada. Y no vuelvas nunca más.

Lucía la empujó hasta la puerta sin contemplaciones. Quedó temblando, intentando calmarse. ¿Llamar a Jaime? Tenía una reunión muy importante esa tarde ya hablarían después.

*********************************************

Furiosa, Doña Carmen no dudó en plantarse directamente en el despacho de su hijo, colándose delante de la secretaria.

¡Tu mujercita acaba de echarme de casa como si fuera una cualquiera!

Hola, mamá contestó Jaime, suspirando profundamente. ¿Qué le has soltado a mi mujer para que, con lo paciente que es, se haya puesto así?

Solo le pregunté cuándo pensabais devolver a la cría al orfanato Doña Carmen se sentó en una silla cruzando los brazos. Por fin vais a tener un hijo de verdad, y ese bebé necesitará todo vuestro tiempo y dinero.

¿Pero cómo puedes decir semejante barbaridad? Jaime apretó la pluma entre los dedos hasta partirla. Nosotros no vamos a devolver a Inés a ninguna parte. Es nuestra hija, lo entiendas o no.

¿Desde cuándo? Es adoptada, y además, ya mayorcita. Lo entenderá si se lo explicáis.

Ni se te ocurra decirle nada. Jaime tiró el bolígrafo roto y golpeó la mesa. ¿Ha quedado claro?

¿Y cómo vas a impedírmelo? se burló su madre, marchándose. Esa niña no tiene sitio en vuestra familia. Y lo voy a conseguir, que lo sepas.

Jaime quedó mirando la puerta durante un buen rato. La secretaria asomó, nerviosa por si se había colado la visita, pero él ni la escuchó. Era momento de tomar decisiones serias.

Al final cogió el teléfono

****************************************

Lucía paseaba despacio por El Retiro, riendo mientras veía a Inés jugar con su hermanito, que apenas había cumplido un año. Como hermana mayor, se tomaba su papel muy en serio; era un amor verla.

En un banco cercano, dos señoras cotilleaban de sus propias nueras. Eso le trajo a Lucía recuerdos amargos de su suegra.

Desde aquel día no quisieron saber nada más de Doña Carmen. En apenas una semana, Jaime se buscó un traslado y se mudó con Lucía y los niños a Málaga, entendiendo que era la única forma de proteger a Inés; su madre era perfectamente capaz de contarlo todo a quien se pusiera por delante.

Ahora vivían tranquilos, felices. Tenían una hija maravillosa, un niño pequeño y pronto tendrían un tercero. Jaime, de vez en cuando, llamaba a su padre; por él sabía que Doña Carmen seguía igual, pero ahora había puesto el foco en la hija menor, que acababa de casarse. Jaime le tenía pena a su hermana, aunque ella parecía más resignada a ese tipo de atención.

Así están las cosas, cada uno con su vida. Y ahora, mirando a su familia, Jaime y Lucía se sentían realmente felices. Ojalá todo el mundo pudiera decir lo mismo, ¿verdad?

Rate article
MagistrUm
Ahora que vais a tener vuestro propio hijo, es hora de que ella vuelva al orfanato