«Ahora eres protagonista de tu propia película»

Eres Alicia. A partir de este momento, vives en una película.

Laura llevaba más de una hora paseando con su hija por las calles del atardecer en Sevilla. Habían entrado en un par de tiendas, no para comprar nada, solo para sentirse una familia normal. Solo adquirieron un helado y un zumo. Después, se sentaron en un banco cerca del portal, bajo un cerezo en flor. Lucía adoraba estos paseos y no tenía prisa por volver a casa; bajo el cielo abierto, sentía que estaba un poco más cerca de la libertad.

De pronto, un coche con el rótulo «CINE» aparcó frente al edificio. Bajó un hombre alto, escudriñó el patio y, sonriendo, se acercó a ellas. Se detuvo justo frente a Lucía:

—¿Eres Lucía?

—Sí… —balbuceó la niña, desconcertada.

—He venido por ti.

—¿Por mí? —repitió, y el corazón le latió con fuerza.

—¿Quieres actuar en una película?

Lucía miró a su madre, luego al desconocido, y en su voz asomó el resentimiento:

—¿Por qué se burla?

—No es una broma. Me llamo Javier, soy director. Buscamos a la protagonista. Eres perfecta para el papel.

Al principio, Laura no lo creyó, pero al ver los ojos de su hija brillar, la esperanza auténtica en su rostro, simplemente asintió:

—Si no es una broma, probemos.

Así llegaron a los estudios de cine. Empujaron a Lucía al centro del plató, luces cegadoras, cámaras, vacío. De repente apareció un chico —alto, carismático, con una sonrisa de película—:

—Hola. Soy Adrián. En la película, soy tu pareja. Y tú… eres Alicia.

Lucía no respondió. No podía creer que aquello fuese real. No era una actriz, solo una chica en silla de ruedas a la que, de pronto, querían convertir en parte de una historia.

Empezó el rodaje. Le enseñaron, le explicaron, la guiaron. Primero grabaron escenas con los padres, luego con Adrián. Toma tras toma, frase tras frase, pero lo esencial era que Lucía no actuaba. Vivía. Lloraba cuando, según el guión, la abandonaban; reía cuando el héroe bromeaba. Y cuando Adrián la alzaba entre sus brazos y la miraba a los ojos, su corazón latía como loco. No era solo una película. Era su vida, pero en pantalla.

Javier, el director, la adoraba. Le decía:

—Eres auténtica. Eres mi Alicia. No actúas, lo respiras.

Ella florecía. Cada día tenía un propósito. El primer beso —en cámara— pero ella sabía que, para ella, había sido real. Incluso cuando en las escenas difíciles usaban dobles —saltos al agua, elevaciones—, Lucía no se enfadaba. Porque su alma estaba en la pantalla.

Pasaron semanas. Terminó el rodaje. Todos se marcharon. Lucía volvió a su patio, bajo el mismo cerezo. Pero ahora tenía un nombre en los créditos. Experiencia. Y un corazón rebosando emociones.

Laura, orgullosa, le dijo:

—¿Te imaginas? En dos meses has ganado casi medio millón de euros. Podemos comprar lo que quieras.

—No soy una princesa, mamá… —murmuró Lucía, mirando sus piernas con tristeza.

—Pero lo fuiste. Y lo volverás a ser.

Y de repente, otra vez: un coche. Un taxi. Bajó Adrián. Con un ramo de flores. Auténtico. Sin cámaras. Sin guión.

—¿Es para mí? —susurró ella.

—Para ti, Lucía. Quiero estar contigo. De verdad. Sin películas.

…Mientras, en la consulta de un conocido médico, Javier servía dos copas y decía:

—Gracias por Lucía. No solo cambió la película, también me cambió a mí.

—Fue un placer ayudar —sonrió el médico—. ¿A qué has venido?

—En la secuela de la serie, Alicia debe levantarse de la silla de ruedas.

—¿Cuánto tiempo tengo?

—Dos años.

—Llegaremos.

Y en ese instante, el destino ya trazaba un nuevo guión, no en papel, sino en la vida de Lucía, que dejó de ser solo una chica en silla de ruedas para convertirse en la protagonista de su propia película.

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