Mamá, esto es para el próximo semestre de Lucía.
María puso el sobre sobre el hule desgastado de la mesa de la cocina. Mil euros. Los contó tres veces: en casa, en el autobús, y antes de entrar al portal. Siempre salía la cifra exacta, ni un céntimo más ni menos.
Elena dejó a un lado la labor de ganchillo y miró a su hija por encima de las gafas.
Marieta, tienes mala cara. ¿Te echo un té?
No, mamá, que solo vengo un minuto, tengo que llegar a tiempo a la segunda jornada.
La cocina olía a patatas cocidas y a algo medicinal: tal vez a la crema para las articulaciones, o a esas gotas que María le compraba todos los meses. Cincuenta euros el frasco, apenas duraba tres semanas. Más las pastillas de la tensión, más los análisis cada tres meses.
Lucía se puso tan contenta cuando le confirmaron las prácticas en el banco, Elena cogió el sobre con un cuidado casi reverencial, como si fuera de cristal fino. Dice que tiene buenas perspectivas ahí.
María no contestó.
Dile que es la última vez que podemos ayudarle con los estudios.
El último semestre. Cinco años llevaba María tirando del carro. Cada mes, el sobre para su madre, la transferencia para su hermana. Cada mes, la calculadora en las manos y el eterno restar: menos luz, menos medicinas, menos comida para mamá, menos universidad de Lucía. ¿Qué quedaba? Una habitación alquilada en un piso compartido, un abrigo que ya tenía seis inviernos, y los sueños de un piso propio perdidos por ahí.
En tiempos, María quería irse un finde a Sevilla. Por hacer turismo, ver la Giralda, pasear por el río. Hasta empezó a guardar un poco cada mes. Pero entonces a su madre le dio el primer susto serio y se fundió todos los ahorros en médicos.
Tendrías que descansar un poco, hija, Elena le pasó la mano por el brazo. Tienes una cara
Ya descansaré. Pronto.
Pronto, cuando Lucía encuentre trabajo, cuando mamá esté estable, cuando se pueda respirar y pensar en una misma. Ese pronto llevaba diciéndolo cinco años.
Lucía se graduó en Economía en junio, con Matrícula de Honor, además. María se pidió el día para poder estar en la ceremonia, miraba a su hermana pequeña subir al escenario con su vestido nuevo regalo de ella y pensaba: ya está. Ahora todo cambia. Lucía va a empezar a trabajar, empezará a ganar dinero, y por fin podré dejar de contar cada euro.
Pasaron cuatro meses.
Mari, es que no te enteras, Lucía estaba sentada en el sofá, acurrucada en unos calcetines de felpa. No he estudiado cinco años para matarme por cuatro duros.
Quinientos euros no son cuatro duros, Lucía.
Para ti, igual no.
María apretó los dientes. En su trabajo fijo ganaba cuatrocientos veinte. Con los extras, si había suerte, otros doscientos. Seiscientos veinte euros, y si lograba quedarse con ciento cincuenta para ella, ya era milagro.
Lucía, tienes veintidós años. Ya va tocando trabajar, aunque sea en algo provisional.
Que sí, que ya me pondré. Pero no en una empresa mierdera ganando una miseria.
Elena rebuscaba en la cocina, haciendo ruido con los platos, fingiendo que no oía la conversación. Siempre hacía lo mismo cuando discutían: desaparecía, se refugiaba, y luego, cuando María se iba, le susurraba: No te disgustes con Lucía, es que todavía no ve las cosas.
No lo ve. Veintidós años, y no lo ve.
Que yo no soy eterna, Lucía.
Ya está, no dramatices. No te pido dinero. Solo estoy buscando algo decente.
No lo pide, técnicamente no. Es mamá la que lo hace. Marieta, Lucía quiere hacer un curso de inglés, le hace ilusión. Marieta, a Lucía se le ha roto el móvil y necesita enviar currículos. Marieta, Lucía quería un abrigo nuevo, que ya viene el frío.
María transfería, compraba, pagaba. En silencio. Porque siempre había sido así: ella tirando del carro y los demás asumiendo que era lo normal.
Me voy, se levantó. Esta tarde tengo que hacer otro extra.
¡Espera, que te pongo unas empanadillas para llevar! gritó la madre desde la cocina.
Las empanadillas eran de atún. María recogió la bolsa y salió al portal, frío, oliendo a humedad y a gato. Diez minutos andando rápido hasta la parada del bus. Una hora de trayecto. Ocho horas de pie. Cuatro más delante del ordenador si llegaba al extra.
Y Lucía, mientras, en casa, buceando en portales de empleo, esperando a que el destino le trajera un curro perfecto de mil quinientos euros, trabajando desde casa.
La primera bronca grande fue en noviembre.
¿Pero tú haces algo alguna vez? María explotó al ver a su hermana en la misma postura en el sofá de siempre. ¿Has mandado siquiera un cv?
Sí, tres.
¿En un mes tres? ¿Y te parece normal?
Lucía puso los ojos en blanco y se escondió tras el móvil.
Que tú no sabes cómo está el mercado ahora, tía. Hay que seleccionar bien.
¿Seleccionar, el qué? ¿Dónde te pagan por tumbarte en el sofá?
Elena asomó desde la cocina, con las manos nerviosas en el trapo.
Chicas, ¿un poquito de té? He hecho bizcocho…
Mamá, no, María se frotó las sienes. Le dolía la cabeza ya tres días seguidos. Solo quiero que me expliquéis por qué yo tengo que matarme en dos trabajos y ella en ninguno.
Marieta, Lucía aún es joven, encontrará su camino…
¿Cuándo, mamá? ¿En un año? ¿En cinco? Yo ya curaba a su edad.
Lucía dio un respingo.
Perdona por no querer ser como tú: una burra de carga solo sabe trabajar y currar…
Silencio. María recogió el bolso y se fue. En el bus, mirando la noche por la ventana, pensaba: burra de carga. Así es como la veían.
Elena llamó al día siguiente, pidiendo que no se enfadara.
Lucía no lo decía en serio, hija. Está pasando un mal momento. Solo aguanta un poco más, seguro que encuentra trabajo pronto.
Aguanta. Lo favorito de mamá: aguanta mientras tu padre se recupera, aguanta mientras Lucía crece, aguanta hasta que las cosas se arreglen. María siempre había aguantado.
Las peleas se hicieron rutina. Cada visita a su madre acababa igual: María intentando razonar con Lucía, Lucía saltando, Elena entre las dos mediando, suplicando paz. Luego María se iba, Elena llamaba disculpándose, y vuelta a empezar.
Tiene que entenderlo, es tu hermana, decía su madre.
Y ella tiene que entender que no soy un cajero, mamá.
Marieta…
En enero, Lucía llamó ella misma. Había una emoción rara en su voz.
¡Mari! ¡Que me caso!
¿Con quién?
Se llama Javier. Llevamos tres semanas saliendo. Es… es que es genial, Mari, es perfecto.
Tres semanas. Tres. María quería decirle que estaba loca, que primero hay que conocer a la persona calló. Igual era lo mejor. Se va con el marido, el marido la mantiene, y por fin respiro.
El sueño duró hasta la comida familiar.
¡Lo tengo todo pensado! Lucía brillaba. Restaurante para cien, música en directo, el vestido lo he visto en un atelier en la Gran Vía
María soltó el tenedor despacio.
¿Y todo eso cuánto cuesta?
Pues Lucía se encogió de hombros sonriendo. Cinco mil euros, seis mil, por ahí. ¡Es una boda, mamá! ¡Solo se casa una vez!
¿Y quién lo paga?
Mari, entiéndeme Los padres de Javi tienen hipoteca, mamá ya ves cómo va Tendrás que pedir un préstamo.
María miró a su hermana. Luego a su madre. Elena agachó la cabeza.
¿En serio?
Marieta, es la boda de tu hermana. Es algo único en la vida, no es momento de racanear
¿Tengo que endeudarme por seis mil euros para la boda de alguien que aún no ha trabajado ni un mes?
¡Eres mi hermana! Lucía dio un golpe en la mesa. ¡Es tu obligación!
¿Obligación?
María se levantó. Notó una extraña claridad en la cabeza.
Cinco años. He pagado tus estudios, los medicamentos de mamá, vuestra comida, lo que os ponéis, la luz. Trabajo en dos sitios. No tengo ni piso ni coche ni vacaciones. Tengo veintiocho años y el último vestido nuevo que me compré fue hace año y medio.
Mari, tranquilízate intentó Elena.
¡No! ¡Ya basta! Os he mantenido años, y aún venís a hablarme de mis obligaciones. He terminado. Desde hoy, me toca pensar en mí.
Cogió la chaqueta justo a tiempo para no quedarse encerrada. En la calle, a dos grados bajo cero, ni sintió el frío. Por dentro, por fin, algo cálido: era como quitarse un saco de piedras de encima.
El móvil sonaba sin parar. María canceló las llamadas y bloqueó ambos números.
Pasaron seis meses. María se mudó a un estudio pequeño, por fin podía permitírselo, y en verano fue a Sevilla: cuatro días, Giralda, la orilla del Guadalquivir, las noches blancas. Se compró un vestido. Y otro más. Hasta unos zapatos nuevos.
De la familia se enteró de casualidad, hablando con una amiga del barrio de su madre.
Oye, ¿es verdad que la boda de tu hermana se canceló?
María se quedó con la taza de café en la mano.
¿Cómo?
Que el chico la dejó. Dicen que al enterarse de que no había dinero, le dio la espantada.
María bebió un sorbo. Amargo, y sin embargo, le supo genial.
No sé nada. Hace meses que no hablamos.
Aquella noche, sentada junto a la ventana de su piso nuevo, pensó que no sentía ni pizca de rencor. Solo una paz suave y silenciosa, la de quien por fin ha dejado de ser la burra de carga.







