Aeródromo de reserva
¿Me oyes? su voz sonaba baja, como pidiendo perdón. Casi. Elena, te pregunto, ¿es que no me escuchas?
Sí le oía. Siempre le había escuchado. Incluso en sus silencios, aunque pasara semanas sin llamar, seguía percibiendo en el aire de mi piso el eco de su presencia. Como si dejara tras de sí algo intangible: el aroma a su café, la marca de su taza en el alfeizar, la silla ligeramente movida junto a la mesa de la cocina.
Te oigo, Javier.
¿Entonces por qué callas?
Pienso.
Suspiró. Ese suspiro lo conocía de memoria: profundo, silbante, como si el aire venciera un obstáculo interno. Javier siempre suspiraba así cuando le costaba pedir compasión.
Es que ya no tengo dónde ir dijo. ¿Entiendes? Literalmente, ningún sitio.
Yo miraba la calle desde la ventana. Era marzo. Nieve sucia junto a la acera, palomas húmedas en la cornisa de enfrente, una mujer empujando un carrito y dando vueltas a una charca. Un marzo urbano cualquiera, anodino. Pero en mi interior algo giraba despacio e inevitable, como una página que cambia o un cerrojo que gira.
Sube dije.
Eso fue todo. Tres sílabas. Y otra vez, el principio de lo de siempre.
Javier tenía cincuenta y tres años. Yo, cincuenta y uno. Nos conocíamos desde cuando él llevaba camisas de cuadros creía que era elegante y yo iba con mi trenza gruesa y pensaba que la discreción era una virtud. Nos presentó un amigo, en una cocina pequeña, rodeados de vino barato y charlas sobre libros que nadie había terminado. Javier entonces era ruidoso, se reía para todo el bloque y gesticulaba al punto de barrer algún plato de la mesa. Yo recogía los trozos y pensaba: aquí hay alguien que ocupa todo el espacio. Qué se sentirá.
Yo era diferente. Callada. De esas que se notan tarde, pero no se olvidan. O al menos eso quería creer.
A él no le atrapó mi presencia entonces. Se enamoró de Patricia. Era lógico, inevitable, como una tormenta tras mucho calor. Patricia era magnética, hablaba rápido, reía más que Javier, sabía cruzar la puerta y que todos miraran. A su lado, siempre me vi como una acuarela frente a un óleo: no peor, simplemente otro mundo.
Su relación fue rápida y un torbellino. Yo fui espectadora durante años: se separaban, volvían, discutían y reconciliaban. Patricia montaba escenas, Javier daba portazos, regresaba, se volvía a ir. Una noria sin fin.
Entre tanto, estaba yo; solo yo.
La primera vez que Javier vino fue tras una de esas rupturas. Tendría treinta y cinco, yo treinta y tres. Llamó tarde, con voz rota: ¿Puedo pasar? Yo, Claro. Preparé té con tomillo, puse algo de cenar, y hablamos hasta las dos. Él hablaba, yo escuchaba. Era fácil escucharle.
Durmió en mi sofá. Por la mañana, café, gracias y adiós. A las dos semanas, volvió con Patricia.
No me ofendí. Recogí la manta, la lavé, la doblé. Seguí.
Se repitió. Dos, tres, diez veces. Perdí la cuenta. Venía tras peleas, un día o varios. El ritual: té, charla, se calmaba, volvía renovado. Otra vez con Patricia. Siempre ella.
Nunca lo llamé amor. Lo evitaba. Pero cada vez que llamaba a mi puerta, en mi pecho algo se contraía y soltaba al instante. Es él. Otra vez aquí. Vivo, real, míopor poco, pero mío.
Me sentía torre de control. Los aviones aterrizan, repostan y se van. La torre vigila, siempre ahí, siempre dispuesta.
Esta vez apareció a finales de marzo, mochila deportiva al hombro, azul gastada, letras medio borradas. No era por un día. Ni dos.
¿Para largo? pregunté mientras colgaba la cazadora.
No sé fue sincero, al menos en eso. Quizá una semana. Ya veremos.
Bien. Pongo la tetera.
Hice té. Fui por el tomillo. Él se sentó en su sitio, junto a la ventana, espalda al frigorífico. Puse la taza, sentí lo de siempre: ni alegría, ni pena, algo cálido y triste a la vez.
¿Tan mal? pregunté.
El peor momento sus manos rodeaban la taza. Siempre las tenía frías. Dice que está cansada, que no podemos seguir, que sólo nos hacemos mal.
¿Y qué contestaste?
Nada. Cogí la bolsa y me fui.
Yo callaba. Fuera, el gotear constante de la cornisa llevaba la cuenta.
Elena alzó los ojos. Por primera vez en toda la tarde, me miró de verdad. ¿Estás contenta?
Sí respondí. Amargo, un poco vergonzoso, pero cierto.
Los primeros días fueron raros. Sin ser malos, ni buenos, simplemente diferentes. Me había acostumbrado a mi ritmo. Despertar a las siete, cafe solo, media hora leyendo en la ventana, después al trabajo. Regreso a las seis, cena sencilla, tele o llamada a mi amiga Teresa. En la cama a las once.
Javier lo cambiaba todo. No por maldad; era otro ritmo. Se levantaba más tarde, hablaba por las mañanas cuando yo ya estaba en la oficina con la mente. Dejaba las cosas fuera de lugar, la tele demasiado alta, ocupaba el baño por más tiempo.
Pero tenía otras cosas. Por las tardes, compartíamos mesa, un ambiente hogareño. Contaba anécdotas divertidas, me hacía reír. Hice una lasaña según una receta vieja y Javier repitió dos veces, asegurando que era la mejor que había comido en años. Veíamos películas clásicas debatiendo los finales. Los domingos íbamos al mercado a comprar verduras; él llevaba la bolsa pesada, y parecía tan natural, que me costaba respirar.
Pasó una semana. Y otra. Un mes.
Una noche, despierta en la oscuridad, oía su respiración y pensé: ¿será esto lo verdadero? Ya no somos jóvenes. Conocemos la soledad. Nos sabemos tan bien que no hay nada que ocultar. ¿Será esto la felicidad? No intensa, no estridente, sino así: tranquila, firme, como una casa vieja habitada largamente.
Se lo conté a Teresa. Nos reunimos en un bar de la plaza. Ella tomó su café con leche, atenta. Calló un rato, después:
Elena dijo cauta.
Sé lo que vas a decir.
¿De verdad lo sabes?
Que no será para siempre. Que se irá. Como siempre.
Teresa giró la cucharilla entre los dedos.
No iba a decir eso. Sólo quería preguntar si eres feliz ahora. Ahora mismo, no en el futuro. Ahora.
Pensé de verdad. No para quedar bien, sino de veras.
Sí dije al fin. Ahora sí.
Entonces, vive ahora Teresa sorbió su café. Deja de anticipar.
Intenté hacerle caso.
Vivimos juntos cuatro meses: abril, mayo, junio, julio. Los recuerdo casi cada día. Cómo floreció el lilo y él se acercó con una rama. La vez que discutimos por una tontería y horas después Javier entró en la cocina diciendo: Me equivoqué. Un sábado no hicimos nada, yo leía, él cacharreaba en el balcón, y esa cercanía en el silencio me asustaba y calmaba a la vez.
Empecé a pensar como nosotros: iremos, necesitamos, sin darme cuenta. No lo detenía, dejaba que creciera.
Él también cambiaba. Menos mal humor, menos historias de Patricia. A veces me miraba distinto, no con pena ni gratitud, sino con otra cosa. Tal vez, lo que había esperado todos estos años.
Pidió las llaves de repuesto. Las hice sin pensarlo, se las dejé en la mesa. Objeto frío, pero dentro me calentaba.
Fue a principios de julio.
A mediados de mes, sonó el teléfono.
Yo estaba en la cocina; él, en el salón viendo el portátil. El timbre de su móvil, seco, alto, llenó el piso de tensión. No puse atención. Después, silencio. Y más silencio. De ese en el que algo cambia sin saber aún qué.
Salí. Javier, en mitad del salón, teléfono colgando de la mano, mirada anclada.
¿Javier? dije.
Levantó los ojos. Comprendí todo. No con la cabeza, sino con algo más profundo.
Patricia dijo. Está mal. De verdad. Está sola y necesita ayuda.
Así, tan simple. Sin explicaciones. Dos sílabas: Patricia.
Entiendo respondí.
Elena…
Ve.
Quiero explicarte.
No hace falta dije bajo. Lo entiendo. Ve.
Se quedó un instante, clavándome los ojos. Después, fue al recibidor, tomó su bolsa azul, que llevaba semanas en el rincón. Como si supiera que la necesitaría.
Te llamaré dijo desde la puerta.
Vale contesté.
Cerró la puerta. El ruido del cerrojo. Silencio. Esta vez, una ausencia insondable.
Tres días sin lágrimas. Extraño. Creía que sería todo llanto, me preparaba, pero no llegaron. Fue otra cosa: como si arrancaran una cómoda vieja tras años, dejando una marca pálida y el vacío en el aire. No dolor. Aún no. Solo vacío con forma.
En el trabajo, entera. En una pequeña constructora, la contabilidad requiere precisión y eso ayuda. Los números no preguntan cómo te va, sólo exigen casar.
El cuarto día preparé aquella lasaña. Sin razón. Seguí la receta, mismos ingredientes, mismo molde. Corté un pedazo, lo comí. Estaba buenísima. Dolorosamente deliciosa.
Entonces lloré, por fin. Larga, desordenadamente, como una niña. Luego, lavé la cara, café, a dormir.
Teresa apareció al día siguiente sin aviso. Abre, estoy aquí, me avisó desde el portal. Subió con pan y algo más en una bolsa. Lo dejó en la cocina y me abrazó un buen rato. Se me secaron las lágrimas, se ve que ya se agotaron en la lasaña.
Cuéntame pidió.
Ya lo sabes todo dije.
Sí, pero dilo en voz alta.
Le relaté julio, la llamada, la bolsa azul, el ya llamaré. No llamó, por cierto. Ha pasado más de una semana.
¿Vas a esperar? Teresa preguntó, directa.
No me sorprendí de la facilidad de la respuesta.
¿Seguro?
Sí. Me cansé de esperar. Llevo toda la vida haciéndolo. Ni recuerdo cómo empezó. Esperando que llame, venga, elija. Pero nunca eligió. Solo volvía cuando no tenía dónde ir. ¿Sabes cómo se llama eso?
¿Cómo?
Aeródromo de reserva. Yo era su pista secundaria. Siempre lista, siempre luces encendidas. Él sabía que si algo pasaba, yo estaba aquí.
Teresa me miró atenta.
¿Lo sabías hace tiempo?
Siempre lo supe. Ahora lo entendí.
Hay mucha distancia entre saber y entender. Puedes saber algo toda la vida y vivir como si no. Entender es cuando ya no puedes fingir.
Agosto pasó en una especie de entumecimiento. No oscuro, sino tranquilo. Trabajaba, cocinaba, leía, a veces paseaba por la Castellana al atardecer hasta cansarme. Observaba el agua, las luces, parejas o solitarios. Reflexionaba.
Un día paré frente a un escaparate y vi mi reflejo: mujer en gabardina clara, moño recogido, seria. Ni joven ni vieja. Cansada, pero no rota. Pensé: ¿Tú, qué quieres? No Javier, ni Patricia, ni nadie. ¿Tú?
No hallé respuesta. Pero preguntar ya era mucho.
En septiembre moví los muebles. Empecé por el sofá: ocupaba la luz y empequeñecía el salón. Lo corrí, cambié la estantería, reorganicé todo. La habitación cobró vida y luz. Miré alrededor y pensé: así mejor. ¿Por qué no antes?
Quizá por miedo. Miedo a cambios, a que volviera él y preguntara ¿qué has hecho aquí?.
Ya no había motivo para temer.
Compré cortinas nuevas. Lino crema, estampado fino. Las otras eran azul marino, pesadas, devoraban la luz. Estas dejaban entrar el sol y las mañanas se bañaban de oro. Lo noté por primera vez en mis cincuenta y un años.
En octubre, me apunté a clases de italiano. Siempre lo quise, pero lo posponía. No era el momento, ¿para qué lo necesito?. La academia era animada, profesora joven llena de chistes, nos hacía cantar. Yo cantaba, alto y sin pudor, Torna a Surriento, aunque jamás pisé Sorrento.
Teresa no daba crédito.
¿Italiano?
Italiano.
¿Para qué?
Quiero ir a Barcelona.
Elena, en Barcelona hablan español.
Reí.
Ya lo sé. Pero empiezo con italiano, se parecen.
Eso era verdad a medias. Me gustaba hacer algo inesperado, sólo mío.
Barcelona apareció en mis planes de improvisto. Vi fotos por casualidad: calles al amanecer, mercado, jubilado leyendo en un banco, gato atigrado en la ventana. Algo hizo clic por dentro. Quería estar ahí. No un tour. Quería vivir allí un poco, respirar esa luz, el aire con olor a mar y naranjas.
Escribí: Barcelona. Primavera. Lo colgué en la nevera. Cada mañana lo leía.
Noviembre trajo frío y días cortos. Me hice socia del polideportivo. Nadaba antes del trabajo, media hora; era el mejor comienzo desde siempre. En el agua sólo piensas en avanzar. Una excelente lección.
A veces recordaba a Javier. Me preguntaba por él. Con Patricia, supongo. Deseaba que le fuera bien. No desde la virtud, sino porque el rencor es muy pesado.
En diciembre, Teresa me invitó a celebrar el Año Nuevo con su grupo de amigos. Casi dije que no, al final fui. Reí, tomé cava, y en medianoche, al brindar y abrazarnos, sentí algo nuevo: no soledad, sino ligereza. Como soltar un bulto tras años de carga.
Enero, febrero. Seguí yendo a la piscina, a clase, leí los libros arrinconados durante años. Limpié el trastero, tiré cosas guardadas por costumbre. Allí rescaté la manta que Javier usó la primera noche hace años. Lavada, doblada. Ahora, la metí en una bolsa para donar.
Llegó marzo. Un año exacto desde que Javier llamó a mi puerta con la bolsa azul.
Tomaba mi café matutino en la ventana. Calle como siempre: nieve derretida, palomas mojadas en el alfeizar. Todo igual, pero yo no era la misma.
Llamó un sábado, cerca del mediodía. Vi su nombre en la pantalla y sentí un eco muy antiguo, no alegría ni dolor, sólo eco.
Respondí.
Elena, soy yo.
Lo veo.
¿Cómo estás?
Bien. ¿Y tú?
Pausa.
Regular. ¿Podemos vernos?
Lo pensé un instante.
Sí. ¿Dónde?
¿Quizá en tu casa?
No respondí tranquila. Mejor en la puerta. Salgo en veinte minutos.
Otra pausa. Le sorprendió.
Vale… en la puerta.
Colgué. Terminé el café. Me abrigué, miré al espejo: mujer con abrigo gris claro. Serena. Preparada.
Javier esperaba abajo. Había envejecido, o sólo lo veía diferente. Vestido sin esmero, algo más delgado, con una mirada entre esperanza y vergüenza.
Hola dijo.
Hola.
Paseamos despacio, sin rumbo.
Elena empezó, tengo que decirte algo importante.
Dime.
Este año ha sido duro. Con Patricia las cosas… no cuajaron. Se fue. No yo: ella. Y el trabajo igual, los socios se marcharon, todo se vino abajo. Me quedé sin nada.
Escuché en silencio.
He pensado mucho en ti prosiguió. Me di cuenta de que fui un imbécil. Tenía algo auténtico y no lo supe valorar. Tú has sido lo mejor de mi vida.
Javier…
Déjame terminar. Quiero volver, de verdad. Sin trampa. He cambiado, lo juro. Dame una oportunidad.
Cruzamos junto a un castaño, los brotes asomaban. Pronto, hojas.
Me detuve. Él también, ansioso.
Estás guapa dijo. Más aún que hace un año. ¿Cómo es posible?
Sonreí leve.
Sucede.
Elena, dime algo.
Miré su mano, me cogía. Firme. Cercana. La solté suavemente.
Javier, quiero que lo entiendas. No es que guarde rencor. Ni quiero herirte. Pero todo este año… yo también cambié. Sólo que de otra manera. Tú perdiste y buscas recuperar. Yo encontré algo y no quiero perderlo.
En su mirada, inquietud.
¿Qué encontraste?
A mí misma. Simple, pero real.
Elena…
Tranquilo lo interrumpí. No estoy enfadada. Hay confianza para hablar con sinceridad. Pero tienes que saber: yo era tu aeródromo de reserva.
Quiso protestar, pero seguí.
Volvías sólo en lo malo. Yo siempre lista. Y tú, de vuelta a lo suyo, porque allí había más intensidad. Patricia era el aeropuerto con luces y pasarelas. Yo, pista discreta, fiable, pero nunca principal.
No es verdad susurró.
Sí lo es. Lo sabes bien. Pero ahora ya no. Ese aeródromo está cerrado. Lo he cerrado yo. No por venganza. Ya no quiero ser la opción de nadie. Ni de ti, que eres bueno.
Este silencio pesaba.
¿Y ahora?
Ahora tengo planes. Me voy a Barcelona en primavera. Estudio italiano, nado cada mañana, vivo en una casa luminosa y cambiada. Leo mis libros. Esta es mi vida. No es espectacular, pero me pertenece. Ya no hay sitio para alguien que viene sólo porque no tiene a dónde ir.
¿Y si vengo porque quiero estar contigo?
Lo miré largo rato. Quizá lo decía de verdad.
Tal vez… pero ya no puedo comprobarlo. Ya no soy la misma. La Elena que esperaba ya no está. Ahora vivo distinto.
Dio un paso.
Dame una oportunidad.
No dije suave. No porque sea cruel, ni quiera castigar. Sino porque sé cómo acaba. Lo sé demasiado bien.
El mismo portal, misma calle. Pero otro año. Y yo, otra.
¿Ni un café?
No.
¿Por qué?
Porque el té con tomillo ya es otra cosa. Es empezar. Y no habrá inicio.
Bajó la mirada.
¿Eres feliz?
Esta vez lo pensé de verdad.
Sí. Ahora mismo, aquí, sí.
Me alegro dijo. Y parecía sincero. De verdad, Elena.
Quedamos callados.
Llámame a veces pidió. Charlar.
Negué con la cabeza.
No hace falta. Mejor así. Que cada uno siga su camino.
Asintió despacio, aceptando.
¿Barcelona, dices?
Barcelona.
Preciosa ciudad.
Lo sé contesté, aunque aún no la conocía.
Dio media vuelta y se alejó. No se giró ni una vez. Le observé irse. Un hombre al que amé más que a mí misma. Ahora lo dejaba marchar, no con dolor, sino con una tranquila certeza.
Como liberar un ave deseosa de volar.
Subí hasta mi piso, abrí con llave. Dentro, olía a café y lino, el sol de marzo entraba por las cortinas crudas sobre el sofá reubicado.
Fui a la cocina. Puse el hervidor. No tomillo esta vez, sólo menta. Nueva costumbre, mía.
Miré el papel de la nevera: Barcelona. Primavera.
Añadí, con bolígrafo: Abril.
Abril llegaba pronto.
El aeródromo está cerrado. Torre de control apagada. Ahora, soy yo la que despega.
***
Pero nada fue inmediato. Antes de esa escena al portal, pasó un año entero. Un año de cambios a goteo, con cada mes añadiendo matices.
Cuando Javier se fue, entendí lo ocurrido, pero sólo de mente. Mi corazón aún no aceptaba el cambio.
Los primeros días seguí en piloto automático. El menú era para uno; incluso así sobraba comida. Guardé su taza azul, con el borde mellado, en el armario, no podía tirarla ni mirarla.
El quinto día llamó mi madre, desde Sevilla. Hablábamos cada domingo, hoy lo hacía un miércoles.
¿Todo bien, hija? preguntó, directa, olfato infalible para dramas.
Todo, mamá.
No suenas muy convencida.
Un poco cansada, solo trabajo.
Silencio.
¿Se ha ido?
Casi sonreí. Las madres lo saben todo.
¿Cómo lo adivinaste?
Te parí, Elena. Lo sé. ¿Cómo estás?
Bien. No perfecto, pero bien.
¿Vienes a casa?
No, gracias. Necesito quedarme aquí.
Vale supo retirarse a tiempo. Pero, si te ahogas, llámame.
Lo haré.
No la llamé; el dolor esperado nunca llegó. Había vacío, una soledad elegida pero costosa. Pero desesperación, no.
Quizá porque siempre supe: Patricia nunca fue pasado. Era su órbita, sólo me engañé.
Fui a la peluquera de siempre, Beatriz, serena y buena profesional, que me estudió con calma.
¿Qué te hago?
Corto. Mucho.
¿Cuánto?
A los hombros. Y color más luminoso.
Salí otras, más liviana, con mechones rubios. Como si esos cabellos arrastraran penas viejas.
En la calle, la vecina de toda la vida, Doña María, setenta años y lengua espontánea:
¡Menuda Elena! ¡Otra mujer!
Corte de pelo, Doña María.
Muy favorecedor. Pareces diez años más joven.
Exagera.
Se sabe: mujer que cambia, algo pasa. Bueno o malo, pero algo se mueve.
Ambas cosas dije.
Pues mejor que nada. Lo importante es no quedarse parada.
Sabia, Doña María.
Pasé agosto en Madrid. Vacaciones completas por primera vez en tres años. Ningún destino, solo estar. Descubrí el Jardín Botánico; nunca había entrado tras veinte años aquí. Fue mi refugio: verde, tierra, plantas que no sé nombrar, banco bajo la sombra, libro en mano o vista perdida. Era vivir, entendí. Sólo vivir.
Un día, compartí banco con una desconocida de mi edad, Carmen. No hablamos, leyó a mi lado. Al rato, simplemente comentó que el jardín era especial. Le dije que sí, sentí que la vida daba amistades sutiles. Duró poco, pero fue bonito.
Septiembre trajo aire a manzana, olor a nuevo, aunque yo no empezase nada académico. Fue cuando moví los muebles. El sofá por la luz, la estantería, todo a su sitio. Me sentí orgullosa: mejor, todo mejor.
Pensé en Javier. Donde estaría, si al final fue feliz. Quise que lo fuera. Ni por bondad, sino porque guardar rabia cansa.
En octubre, el italiano. Éramos ocho: un chico que pretendía estudiar en Roma, una señora aficionada al cine, una mujer de mi edad, Mercedes, que quería distraerse. Nos hicimos amigas. Un día, en un café, Mercedes me preguntó para qué aprendía italiano.
Quiero ir a Barcelona contesté.
¿No es mejor aprender catalán? rió ella.
Empiezo por el italiano, es parecido.
Admiro tus razonamientos bromeó.
Nos entendimos. Salimos mucho, al cine, a exposiciones. Aprendí que la vida aún da sorpresas si te abres.
Noviembre, diciembre, enero… Ya sabes: piscina, año nuevo, libros nuevos. Hallé un cuaderno viejo. Leí mis sueños de juventud y me pareció curioso: esa chica tenía miedo y todavía estaba encontrándose. Le escribí: Todo está bien. Has podido.
En febrero, descubierta la primera librería de barrio en la que entré, me enfrenté de nuevo a mi entusiasmo por Barcelona. Compré el billete, alquilé una pequeña vivienda con patio y, al recibir el email de confirmación, sentí auténtica alegría.
Será mi viaje. Por y para mí. Teresa lo celebró conmigo. Esta vez debes ir sola, me dijo. Es tuyo.
En marzo, llamé a mamá, le conté el plan. Cuídate y llámame al llegar, pidió, mezcla de miedo y orgullo.
La vida, verás, no son grandes giros; a menudo es colgar un papel en la nevera, reservar un billete, decidirse al fin.
A los cincuenta y uno, la familia empieza por una. No por soledad, sino por autonomía. Ya entendí que la espera infructuosa es la peor cárcel. Nadie da permiso para vivir. Hay que dárselo uno mismo.
Las lecciones que consulté no venían en los libros de psicología de pareja. No puedes cambiar a nadie ajeno, sólo aquello que aceptas o rechazas. Decidí cerrar la puerta suavemente.
Cuando Javier volvió, ya era tarde. Era bueno, no malvado, pero su debilidad era Patricia, ese fuego del que nunca pudo despegarse. Ahora, le deseaba suerte de verdad.
Subí andando hasta el cuarto, resoplando levemente. Mi piso rebosaba luz por las cortinas de lino, el sofá tenía nueva vida.
Bebí el té, contesté mensajes, compartí con Mercedes el plan de un cine. Sonreí.
Abril estaba cerca.
El vuelo a Barcelona es mío y por primera vez viajo sola, sin miedo, sin mirar atrás.
***
La tetera silbó. Eché menta fresca, me serví en mi taza blanca, la nueva. Fui al salón. Fuera, marzo: los mismos charcos y palomas de hace un año, pero distinta en esencia. Una mujer camina con el carritootra, riendo al teléfono.
Este es mi relato de amor; mejor dicho, lo que viene después. Aprender que se puede amar largo tiempo de la forma incorrecta y después, regresar a sí misma y hallar bondad en el proceso.
¿Cómo pasar página? Cambiando la casa, aprendiendo, moviendo el cuerpo Permitirse no esperar.
No esperar es fácil y difícil, todo a un tiempo.
¿Perdonar o olvidar? Nunca me lo preguntaron, pero mentalmente respondí: perdonar, para poder vivir ligera. No olvidar. Recordar, pero sin presión.
Apuré el té, dejé la taza. Abrí el ordenador: la reserva a Barcelona brillaba en la pantalla.
Un mes y empiezo viaje. Yo, que siempre aguardé mi turno mientras todos despegaban.
Elena, de cincuenta y un años, rumbo a Barcelona.
***
El hervidor pita cada mañana, taza blanca entre manos. Miro a la ventana, marzo brilla. El mismo y tan otro.
Mañana, cine con Mercedes. Pasado, italiano. Luego, piscina. En un mes, Barcelona.
La vida sigue. Y es mía, solo mía.
El aeródromo de reserva permanece cerrado.
Allá arriba, sobre los tejados, bajo las nubes primaverales, empieza mi vuelo.
Al volver, después del cine y la charla, encuentro la taza azul-astillada en el fondo del armario. La dejo junto a la blanca, sin dramas. Son solo cosas, no monumentos a nada.
Leo un poco en la cama. El libro trata de cómo cambiamos. Así ocurre: no de golpe, sino página tras página.
Cierro, apago la luz.
Llueve. Un marzo suave, sin nostalgia.
Doy gracias. Por la tranquilidad. No vacío. No soledad. Sólo calma.
Mañana seguiré aprendiendo canciones italianas. Pasado, piscina. En breve, el viaje.
Ahora, la noche, la seguridad de estar en mi sitio.
Cierro los ojos. Imagino una ventana en Barcelona, una gata color canela al sol, yo con café, y plena satisfacción.
El aeródromo de reserva está cerrado.
La pista de despegue, abierta.




