Había un hombre que trabajaba en nuestra empresa. Se llamaba Marcos Jiménez. Era jefe de uno de los departamentos en nuestra oficina de Madrid, y aunque no ganaba poco precisamente, tampoco era el más acaudalado. Conducía un coche elegante, vestía ropa de marcas conocidas compradas en boutiques del centro y siempre iba impecablemente arreglado. Sin embargo, tenía un gran defecto: era tacaño hasta el extremo. Especialmente a la hora de gastar en comida.
Durante las pausas del trabajo, Marcos solía pasearse lentamente por todas las oficinas y escritorios donde alguien había dejado comida, y se sentaba “por casualidad”. Sin ser invitado, empezaba a servirse, y siempre decía frases como:
¡Vaya, qué bien huele aquí! o ¡Anda, tenéis croquetas! Dejadme probar una, y su frase estrella: ¿Y esto qué es?. Y en ese instante ya tenía algo de comida en la mano.
Nunca aportaba para los regalos de cumpleaños de los compañeros, aunque era el primero en felicitar y sentarse a la mesa a celebrarlo como si sí hubiera cooperado. Muchos se dieron cuenta de que siempre recargaba el móvil en la oficina para ahorrar la luz en casa, y jamás salía del edificio sin antes pasar al baño, por no gastar agua en su piso. Todo, según él, era por ahorrar.
En la última fiesta de empresa, después de unas copas de vino, uno de los compañeros le preguntó si pensaba casarse algún día. Y Marcos respondió, tajante:
¿Casarme? ¿Para qué? Una mujer nada más quiere dinero para comer y para ropa. Y si encima tenemos un hijo, me arruinaría. No necesito ese tipo de gastos; estoy mejor solo.
Uno de los compañeros, medio en broma, le replicó: Sí, sí, tú muy bien, pero a costa de los demás.
En ese momento, Marcos se alteró mucho y contestó: ¡Pues claro! Pero vivo con cabeza. Llevo un coche estupendo, tengo un piso bien montado. Y tú, ¿de qué presumes? Te dejas todo el sueldo en comida.
Después de aquello, todo el departamento decidió apartarse de él, evitarle tanto en el trabajo como fuera. Al final no le quedó más remedio que buscar empleo en otra empresa de Madrid, pues ya nadie quería compartir ni un café con él.





