Adam, no quiero hacerte daño ni herirte, cariño

Pablo, no quiero hacerte daño ni herirte, cariño.

Mira, Pablo estaba sentado en el alféizar de la ventana mirando a la calle, esperando a su padre y dándole vueltas a la cabeza. Ya habían pasado dos años desde que su madre les dejara. “Se ha montado otra vida para ella”, le había soltado su padre una vez, con esa pena en la mirada. ¿Por qué dejó a su hijo? Quién sabe. Para él no tenía sentido. Con el tiempo, poco a poco, la iba borrando de su memoria.

El padre intentaba hacer lo imposible por Pablo. El chaval ya tenía diez años. Entendía más de lo que parecía y no había nada que ocultarle, sólo que todo le daba igual. Había aprendido a fregar los platos y a recoger las cosas. Ni siquiera jugaba ya con juguetes.

Era casi un hombrecito. Pero le faltaba algo muy grande: estaba solísimo. Deseaba tener un perro, lo quería con todas sus fuerzas. Pero su padre no le daba el visto bueno:
¿Y quién se va a encargar de él? Yo no paro en casa, tú tienes el cole y aún eres muy pequeño le decía.

Así que, en vez de perro, un día el padre trajo a casa a una mujer: se llamaba Carmen. Empezó a vivir con ellos desde entonces. Pablo casi no le dirigía la palabra, la miraba como si fuera un mueble más. Para él sobraba. Pero su padre empezó a llamarla “mi mujer” y quería que Pablo tuviera una madre de nuevo.

¡No quiero otra madre! le soltó Pablo sin dudarlo. Así iban tirando. El niño veía que su padre era feliz con Carmen. Se reían, se abrazaban, eran amables el uno con el otro. Pero él seguía con ese enfado, esa punzada dentro.

Papá, quiero que se vaya.
Pablo, pero yo quiero que se quede. Se hace duro vivir sin una mujer: sin una esposa, sin una madre.

Llegó el verano y Pablo correteaba por la plaza con los chicos nuevos del barrio. Algunos de ellos empezaron a decirle que su padre y su nueva madre le iban a mandar a un internado.

La idea le pareció horrible. ¿Por qué no le iban a abandonar? Quizás buscaban tener un hijo nuevo y él era sólo un estorbo. Así que se preparó para lo peor.

Un día oyó, o creyó oír, al pasar cerca de la puerta de la cocina: Allí va a estar bien, deberíamos llevarle ya.
Aquello ya fue el remate. No pegó ojo en toda la noche y al alba decidió que Carmen sobraba, que sólo venía a estropearle la vida. Empezó con pequeñas maldades: le echaba sal al té, dejaba el fuego encendido bajo una sartén vacía, contestaba borde. Carmen se dio cuenta de quién estaba detrás y le llamó una tarde:

Tenemos que hablar. Sé que no lo estás pasando bien.
No pasa nada, de verdad intentó esquivarla él.
Pablo, no quiero hacerte daño ni herirte, cariño

He alquilado una casita en la Sierra para pasar el verano. Queríamos darte la sorpresa, pero creo que es mejor contártelo ya. Tu padre ha encontrado un perro y hoy vamos a ir por él. Si quieres puedes venir.

¿De verdad? Pablo alucinaba y, por primera vez, se le escapó una sonrisa. Corrió a abrazarla con todas sus fuerzas.

A Carmen se le humedecieron los ojos; Mira, hombre, hay que estar contentos, que todo va a salir bien, nada de lágrimas, le decía mientras le revolvía el pelo.

Cuando el padre volvió de trabajar, se fueron juntos a buscar el cachorro. Pablo ya había dejado atrás su resentimiento, veía a Carmen con otros ojos, como una amiga. Se reconciliaron. El perrito se quedó dormido en brazos del niño. Y por fin, todos estaban felices.

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