Adam comió en la comida, tomó el té y el café que nosotros compramos, pero no supimos qué comentó sobre todos nosotros en la fiesta de empresa

Había un tío que curraba en nuestra empresa. Se llamaba Javier Gómez. Era jefe de uno de los departamentos en nuestra oficina de Madrid y, a ver, no es que ganara poca pasta, estaba bien apañado, vaya. Tenía un coche chulísimo, siempre iba vestido de punta en blanco con ropa de firma y se le notaba que se cuidaba un montón. Pero tenía un problema grande: era más tacaño que un candado. Lo suyo con el dinero era de estudio, sobre todo con la comida.

Cada vez que hacíamos una pausa, se paseaba tranquilamente por todos los despachos y mesas donde veía algo de comida, y en cuanto podía se sentaba sin querer, empezaba a picar sin que nadie le invitara y no podía evitar soltar comentarios del tipo:

¡Uy, qué bien huele esto! o Vaya, ¿tenéis croquetas? Dejadme probar una, anda. Pero lo suyo era el clásico ¿Y esto qué es?. Y en cuanto decía eso, ya se estaba sirviendo él solo. Eso sí, nunca se estiraba con los regalos de cumpleaños para los compis; lo máximo que hacía era sumarse a las felicitaciones y sentarse a la mesa como si hubiera puesto algo.

Nos fuimos dando cuenta también de que siempre cargaba el móvil en el trabajo para no gastar luz en casa, y jamás salía hasta cumplir todas sus necesidades en la oficina, que no fuese a gastar agua en su piso. Vamos, que era el ahorrador máximo. Él, claro, lo justificaba como que era muy apañado con el dinero.

La última vez, en la fiesta de empresa, Javier se pasó un poco con el vino y, cuando una compi le preguntó que si pensaba casarse, suelta el tío:

¿Para qué quiero yo una mujer? Solo me pediría dinero para comer y para ropa. Y como tenga un hijo, acabo arruinado. Paso, así estoy más tranquilo y con mi pasta.

Entonces otro compañero contestó:
Sí, sí, vives muy bien, pero a costa nuestra, que comemos todos los días de lo que pillas de nosotros.

Ahí Javier se enfadó de verdad y empezó: Sí, pero mira qué bien vivo, eso es ser listo. Tengo un cochazo, una casa impecable… Y vosotros, que os gastáis todo en comer, ¿de qué presumís?

Después de eso, todo el departamento empezó a pasar de él y dejaron de hablarle y de currar con él. Al final, se tuvo que buscar otra empresa porque aquí ya nadie le aguantaba.

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MagistrUm
Adam comió en la comida, tomó el té y el café que nosotros compramos, pero no supimos qué comentó sobre todos nosotros en la fiesta de empresa