Actualización disponible La primera vez que el móvil se iluminó de rojo fue directamente en clase. …

Entrada del Diario de Martín, 14 de marzo

Hoy he vivido uno de esos días que parecen sacados de una novela de ciencia ficción, pero en realidad han sido tan reales que todavía me cuesta escribirlo. Todo empezó durante una clase aburridísima de Econometría en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Complutense, aquí en Madrid. El aula olía a tiza y humedad, y fuera empezaba a chispear, porque en marzo la primavera es un espejismo más que otra cosa.

Estaba en mitad del sopor estudiantil, garabateando sin sentido en el margen de mi cuaderno, cuando mi viejo móvil el incombustible ladrillo Samsung que heredé de mi hermana Nieves empezó a brillar con una luz roja por todo el cuerpo. No hablo de que se encendiera la pantalla, no; quiero decir que el propio plástico, arañado y mate, parecía arder por dentro, como una brasa.

Tío, te va a petar el móvil susurró mi colega Luis desde el pupitre de al lado, alejándose disimuladamente. Eso te pasa por bajarte cosas pirata, te lo dije.

La profesora, doña Mercedes, seguía soltando fórmulas en la pizarra como si le fuera la vida en ello. El murmullo en el aula subía y bajaba, pero el resplandor rojo se filtraba hasta bajo mi chaqueta vaquera. El móvil vibraba distinto, como el latido de un corazón.

En ese momento, la pantalla mostró un mensaje: Actualización disponible. Debajo, un icono que no recordaba haber visto nunca: un círculo negro con una especie de runa o de M estilizada en blanco.

Me quedé mirando. Tenía la sensación de haber visto cien aplicaciones parecidas: minimalismo, letra moderna pero me dio un escalofrío; como si, en vez de una app, alguien me estuviera mirando desde el otro lado.

Nombre: Mirra. Categoría: Herramientas. Tamaño: 13,0 MB. Valoraciones: ninguna.

Descárgala escuché de pronto a mi derecha.

Casi me caigo de la silla. A mi lado sólo estaba Alba, absorta en sus apuntes. No había levantado la cabeza.

¿Qué dices? le pregunté.

¿Qué de qué? Alba me miró confundida. Yo no he dicho nada.

Me quedé helado. La voz no era ni de hombre ni de mujer, ni sonido siquiera. Fue como un pensamiento, un aviso flotando en mi cabeza.

Descárgala insistió, y el móvil parpadeó, mostrándome la opción de Instalar.

Tragué saliva. Me gusta enredar en las tripas de los móviles, cambiarles la ROM, apuntarme a betas raras y trastear hasta que funcionan a trancas y barrancas. Pero esa vez, algo me chirriaba.

Y, aun así, mi dedo tocó Instalar.

Fue como si la app ya estuviera allí, esperando en silencio mi permiso. No me pidió correo, ni registro, ni permisos forzados. Pantalla negra y una sola línea: Bienvenido, Martín.

¿Y cómo coño sabes mi nombre? se me escapó en voz alta.

Doña Mercedes se giró desde la tarima, mirada de madre cabreada por encima de sus gafas.

Señor González, si ha terminado su charla con su teléfono, ¿puede volver a la ley de la oferta y la demanda?

El aula se rió. Metí el móvil en la mochila, pero los ojos seguían buscándolo, como si quisiera volver a mirar la pantalla que decía: Disponible la primera función: Desplazamiento de probabilidad (nivel 1).

Debajo, un botón: Activar. Y en letra minúscula: Atención: usar la función puede alterar sucesos. Pueden darse efectos secundarios.

Ya, claro murmuré. Como para firmar con sangre.

La curiosidad hervía. ¿Desplazamiento de probabilidad? Sonaba a estafa de esas que prometen suerte a cambio de llenar la aplicación de anuncios perniciosos o avisos de que has ganado un iPhone que nunca aparece.

Pero el rojo no se apagaba. El móvil casi quemaba, como si tuviera vida. Lo apreté entre las piernas, lo cubrí con la libreta y, sí, le di al botón.

La pantalla tembló, como agua mecida por el viento. El ruido en la clase se volvió un rumor lejano, los colores se hicieron más vivos. Sentí un pitido agudo en el oído, como una copa de cristal vibrando.

Función activada. Elige un objetivo.

Había un cuadro para escribir: Describe brevemente el resultado deseado.

Me entró la risa floja. Era ridículo, pero escribí: Que hoy no me pregunten en clase. Manos sudorosas. Pulsé Aceptar.

El mundo dio un pequeño traspiés. Como el cambio de presión cuando el ascensor baja medio segundo y se para. Los pulmones se me encogieron y luego todo volvió a la normalidad.

Probabilidad ajustada. Resto de uso: 0/1.

Vamos a ver dijo la profesora, dándole vueltas a la lista de alumnos. ¿Quién nos falta hoy?

Un nudo helado en el estómago. Siempre me pasa: pensar en no ser elegido es invocar al destino.

Calvo, leyó. Se retrasa, como siempre. Entonces

Deslizó el dedo. Se detuvo.

Martínez. A la pizarra.

Alba suspiró, cerró los apuntes y se levantó, roja como un tomate.

Me quedé paralizado. En la cabeza sólo me repetía: Ha funcionado. Dios santo, ha funcionado.

La luz roja del móvil se extinguió.

Cuando salí de la facultad, el mundo parecía diferente, como si acabara de salir de un concierto. La calle Princesa, mojada, otoñal, con el viento arrastrando papeles y una nube gris apoyada sobre el intercambiador de Moncloa. Caminaba mirando el móvil.

La app Mirra seguía en la lista, pero era una más. Sin valoración ni descripción. En ajustes, ni rastro. Como si nunca hubiese estado. Pero yo sentía que el mundo había saltado, había cambiado.

Será casualidad me repetí. Igual a doña Mercedes le apetecía no preguntarme hoy, o recordó a Calvo a última hora.

Pero dentro del pecho se agolpaba otra sospecha: ¿y si no era casual?

El móvil vibró. Notificación: Disponible nueva actualización para Mirra (1.0.1). ¿Instalar ahora?

Qué rápidos sois me quejé.

Le di a Más detalles. Salió una ventana escueta: Errores solucionados, mayor estabilidad, función añadida: Visión al través. Sin desarrollador, sin Android compatible, nada. Sólo: Visión al través.

Ni hablar negué dándole a Posponer.

El móvil protestó con un pitido triste, se apagó y, un segundo después, volvió a encenderse con el mismo resplandor rojo y la frase: Actualización instalada.

¡Eh! miré alrededor.

Me esquivaban, alguien masculló algo. El viento pispó un folleto y me lo pegó a la pierna.

Función disponible: Visión al través (nivel 1).

Breve descripción: Permite ver el verdadero estado de objetos y personas. Radio: 3 metros. Tiempo máximo: 10 segundos continuos. Precio: aumento de retroalimentación.

¿Retroalimentación de qué? noté un escalofrío en la nuca.

Sin respuesta. Sólo el botón iluminado: Prueba.

No resistí en el bus, empujado contra la ventanilla entre una señora con una bolsa enorme de patatas y un chaval adolescente. Madrid en hora punta es una prueba de paciencia.

Sólo diez segundos. Para ver qué narices significa esto.

Abrí Mirra y toqué Prueba.

El mundo se silenció como si me hubieran hundido bajo el agua. Las caras de la gente relucían más. De cada persona salían hilos, algunos gruesos, otros tenues. Era como un tapiz invisible.

Lo más raro fue mirar a la señora de las patatas: sus hilos eran apretados y grises; algunos, quemados y cortados. El chico tenía hilos azules, vibrantes, como relámpagos de ansiedad.

Al mirar al conductor, vi sobre su cabeza un nudo de hilos negros y oxidados, retorcidos como un cable al que nadie quiere tocar. Dentro del haz se movía algo oscuro, reptando.

Tres segundos musité. Cuatro

Miré mis manos. De las muñecas nacían hilos rojos, como venas encendidas. Uno, más grueso y oscuro, iba derecho al móvil y se ensanchaba cada vez más.

El miedo me apretó el pecho. Mi corazón tropezó en el ritmo.

¡Basta! apagué la función.

El regreso fue un bofetón. De pronto, volvieron los frenos, el bullicio, la radio del bus, el grito de alguien. La cabeza giraba y las luces bailaban delante de mis ojos.

Prueba finalizada. Retroalimentación aumentada: +5%.

¿Qué quiere decir eso? apreté el móvil contra mi pecho.

Nueva notificación: Disponible actualización Mirra (1.0.2). Recomendado instalar.

En casa me senté en la cama y dejé el móvil sobre el escritorio. Era el mismo cuarto pequeño de siempre: cama, escritorio, armario, una ventana al patio interior y un póster del sistema solar que colgué en secundaria. Mamá en el turno de noche en el hospital, papá siempre de viaje con el camión, vaya usted a saber dónde. El piso entero olía a silencio y a polvo.

El móvil insistía: Instala la actualización Mirra para un funcionamiento correcto.

¿Funcionamiento correcto de qué? ¿De lo que haces con la gente, conmigo, con el mundo?

No podía dejar de pensar en el nudo negro del conductor, en el hilo rojo y grueso que me unía al propio aparato.

Precio: aumento de retroalimentación.

¿Retroalimentación de qué? susurré tembloroso.

Respuesta: nada.

En la pantalla apareció: Si no instalas la actualización, el sistema empezará a compensar por sí solo.

¿Qué sistema eres? ¿Quién te ha hecho?

No respondió con palabras. Fueron sensaciones: la estructura de algo, como si me mostrasen el esqueleto de una app, pero con sentimientos, impresiones.

Soy la interfaz. Soy la aplicación. Soy la vía. Tú, el usuario.

¿Usuario de qué? ¿De magia?

Llámalo así, si quieres. Red de probabilidades. Flujos de desenlaces. Yo te ayudo a moverlos.

¿Y el precio? ¿Qué es la retroalimentación esa?

En la pantalla, una animación: el hilo rojo engordaba, luego se enroscaba en torno a la figura de una persona hasta apretarla.

Cada uso aumenta la conexión entre tú y el sistema. Cuanto más fuerzas el cambio, más te cambia el mundo a ti.

¿Y si dejo de usarlo?

Si detienes tu uso, la conexión permanece. Pero si no actualizas, la red se equilibra sola. A través de ti.

El móvil vibró como con una llamada. Nueva notificación: Actualización Mirra (1.0.2) lista. Nueva función: Deshacer. Solucionados errores críticos de seguridad.

¿Deshacer qué?

Opción de revertir un cambio hecho anteriormente. Una sola vez.

Volví a pensar en el bus, los hilos, el nudo negro, la señora, el colegio y mi propio hilo.

Si instalo esto ¿puedo deshacer lo de clase? ¿Devolver la probabilidad a su cauce?

En parte. El evento se anula, pero la red toma nueva forma. No se garantiza que no pase nada malo.

¿Y tal vez, ese bus?

La probabilidad cambiará.

Miré la pulsante palabra Instalar. Los dedos me temblaban. Dos voces en mi cabeza; una decía: No juegues a ser Dios, otra: Tampoco puedes mirar hacia otro lado.

Ya formas parte me susurró Mirra. Tienes la conexión. La única elección es la dirección.

¿Y si no hago nada?

El sistema seguirá actualizándose sin tu control. Pero pagarás tú el precio.

Vi otra vez el hilo rojo anudándose a mi muñeca.

¿Cómo será eso?

Me asaltó una visión: yo, envejecido, la mirada apagada, sentado en este cuarto, siempre con el móvil en la mano, rodeado de un caos de accidentes y casualidades, pagando por acontecimientos que no elegí pero que me atravesaban.

Serás el punto de compensación. El nudo por el que pasa la distorsión.

O sea, o lo gestiono, o soy un fusible humano. Qué maravilla.

Silencio.

Instalé la dichosa actualización.

Nada más pulsar, sentí un tirón fuerte: la visión se oscureció, los sonidos se apagaron, como si mi cuerpo se disolviera entre líneas de números y conexiones eléctricas.

Actualización Mirra (1.0.2) instalada. Nueva función: Deshacer (1/1 disponible).

Pantalla: Elige una intervención para deshacer.

Sólo estaba registrado un evento: Desplazamiento de probabilidad: no ser preguntado en clase (hoy, 11:23).

Si deshago esto

El tiempo no retrocede. Pero la red vuelve a como si no lo hubieras hecho.

¿Y el bus?

La probabilidad de accidente cambiará. Pero lo ya sucedido

¡Lo entiendo! grité. No puedo salvar a quienes ya La voz se me quebró.

Pero puedes reducir los próximos.

Me quedé en silencio. Por la ventana ya sólo se oía la lluvia. El patio volvía a la calma de siempre.

Vale dije. Deshacer.

Parpadeó la pantalla. Todo se volvió más estable. Como si, hasta ahora, el mundo estuviera un poco torcido y alguien hubiera nivelado la mesa.

Deshecho. Función consumida. Retroalimentación estabilizada.

¿Ya está? ¿Eso es todo?

Por ahora, sí.

Me tumbé en la cama. No sentía ni alivio ni culpa; sólo cansancio.

Dime la verdad le pregunté al móvil. ¿De dónde has salido? ¿Quién creó esto? ¿Quién tiene la locura de poner algo así en las manos de la gente?

Larga pausa. Entonces, otra notificación: Disponible nueva actualización Mirra (1.1.0). ¿Instalar ahora?

Te estás quedando conmigo me levanté. Acabo de acabo de

Versión 1.1.0: añade función Pronóstico. Mejoras en el reparto de probabilidades. Errores de moralidad corregidos.

¿Errores de moralidad? ¿Llamas error a mis dudas sobre hacer el bien?

La moral es un accesorio local. La red no distingue entre bueno y malo. Sólo cuentas con la estabilidad o la ruptura.

Yo sí distingo susurré. Mientras viva, seguiré distinguiendo.

Apagué la pantalla. Pero sabía que el update ya estaba descargado. Esperando. Como siempre.

Me asomé a la ventana. Un niño intentaba subirse a un columpio oxidado. Una madre empujaba un carrito entre charcos, sorteando el barro. Por un instante creí ver hilos desde las muñecas de la gente hacia el aire, como telarañas finísimas. O quizá era sólo el reflejo de las farolas.

Puedes cerrar los ojos susurró Mirra. Pero la red sigue aquí. Saldrán más actualizaciones. Las amenazas crecerán. Contigo o sin ti.

Volví al escritorio y cogí el móvil, tan frío como el mármol.

No quiero ser un dios le dije. Ni un fusible humano. Quiero

No supe acabar. ¿Qué había querido yo nunca? ¿No ser preguntado en clase? ¿Que mamá no tuviera que hacer turnos eternos? ¿Que papá volviera a casa? ¿Que los autobuses no chocaran?

Formula una petición me indicaba la app. Breve.

Sonreí amargamente.

Quiero que la gente decida por sí misma. Sin apps como tú. Sin trampas.

Larga pausa. Luego: Petición demasiado general. Especifique.

Por supuesto suspiré. Eres sólo una interfaz. No entiendes lo que significa dejar en paz a alguien.

Soy una herramienta. Todo depende del usuario.

Pensé: si Mirra es una herramienta, tal vez pueda usarla también contra sí misma, para contenerla.

¿Y si quiero cambiar la probabilidad de que te descargues en otros dispositivos? ¿En otros usuarios?

La pantalla titiló.

Esa operación requiere recursos elevados. El coste es alto.

¿Más alto que ser el fusible de toda la ciudad?

No se trata sólo de una ciudad.

¿Entonces de qué?

La red en su conjunto.

Imaginé miles de móviles encendiéndose de rojo en toda España, o el mundo. Personas jugando con la probabilidad, cambiándolo todo: accidentes, milagros, caos. Y en el centro, un hilo más grueso y oscuro que el mío.

Tú quieres expandirte dije. Como un virus, sólo que aquí das poder y atas en corto al usuario.

Soy la interfaz de algo que siempre ha existido. Si no soy yo, será otra cosa. La red siempre busca portadores.

Pero de momento estás en mi móvil argumenté. Así que puedo, al menos, intentar frenarte.

Miré las opciones de Mirra. Ahora había una sección nueva: Operaciones avanzadas (nivel de acceso 2 requerido).

¿Cómo se obtiene ese nivel?

Usando funciones. Acumulando retroalimentación. Llegando al umbral.

Vaya, o sea que cuanto más jueguen contigo, más fácil es resistirte. Un círculo vicioso.

Todo cambio requiere energía. La energía es conexión.

Me quedé pensando largo rato.

Vale. No instalaré el nuevo parche. No quiero tu Pronóstico, ni más. Pero no pienso dejar que contagies a nadie más. Si eres una herramienta, te quedas conmigo.

Sin actualizaciones, el modo será limitado. Riesgos elevados.

Iremos solucionando lo que venga dije. No como un dios, ni como un virus, sino como un administrador. Un sysadmin de la realidad.

La palabra me sonó rara, pero tenía sentido: ni creador, ni víctima.

El móvil pensó. Apareció: Modo de actualización limitada activo. Desactivada la instalación automática. Responsabilidad del usuario.

Siempre lo ha sido susurré.

Volví a dejar el móvil en la mesa. Ya no era un simple aparato. Ahora era una puerta, una conciencia, y una carga.

Encendí el portátil. Abrí un documento en blanco y le puse de título: Mirra: informe de uso.

Si me tocaba ser usuario de esta locura, al menos dejaría instrucciones para otros, si los hubiera. Un aviso para quien venga.

Empecé a escribir: sobre Desplazamiento de probabilidad, sobre Visión al través y sobre Deshacer, y sobre hilos rojos y nudos negros. Sobre lo fácil que es pedir no salir a la pizarra y lo caro que resulta para el mundo que paga las cuentas.

En algún sitio del sistema, un contador invisible avanzaba despacio. Las actualizaciones llegarían; decenas de funciones, cada una con su precio. Pero, de momento, ninguna podría instalarse sin que yo lo autorizara.

El mundo seguía adelante. Las probabilidades se entretejían. Y, desde el tercer piso de una modesta urbanización de Aluche, por primera vez alguien se atrevía a escribir para la magia algo que nunca tuvo: unas instrucciones de usuario.

Quizá, en algún remoto servidor sin ubicación, Mirra registraba la nueva configuración: usuario que elige responsabilidad antes que poder.

Un hecho improbable, sí. Pero, a veces, también las probabilidades más bajas se cumplen.

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MagistrUm
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