Actualización disponible La primera vez que el móvil se encendió de rojo fue en plena clase. No solo se iluminó la pantalla: todo el cuerpo, ese vetusto “ladrillo” arañado de Andrés, parecía arder por dentro como una brasa encendida. — Tío, como sigas así te va a explotar —susurró Álex desde el pupitre de al lado, apartando el codo—. Te lo dije mil veces: deja de meterle esos sistemas piratas. La profesora de econometría garabateaba ecuaciones en la pizarra, el aula murmuraba a media voz, pero el resplandor carmesí atravesaba incluso la tela de la cazadora vaquera. El teléfono vibraba: no eran los típicos tirones, era regular, como un latido. “Actualización disponible”, apareció cuando Andrés, incapaz de aguantar más, lo sacó del bolsillo. Bajo el mensaje, el icono de una nueva app: un círculo negro con un símbolo blanco, mitad runa, mitad una “M” estilizada. Parpadeó. Juraría haber visto mil veces iconos así: minimalista, tipografía de moda, igual que cualquier app. Pero algo dentro se le encogió: como si la aplicación le devolviese la mirada desde la pantalla. Nombre: “Mirra”. Categoría: “Herramientas”. Tamaño: 13,0 MB. Valoración: ninguna. — Descárgalo —susurró una voz a la derecha. A Andrés le dio un respingo. Solo estaba Clara, enfrascada en los apuntes, sin despegar los ojos del cuaderno. — ¿Tú has dicho algo? —se inclinó hacia ella. — ¿Perdona? —Clara levantó la vista—. Si ni hablo, tío. La voz no era ni masculina ni femenina, ni sonido ni susurro. Solo brotó en su mente, como una notificación flotante. “Descárgalo”, repitió en su cabeza, y entonces la pantalla destelló, ofreciéndole instalar. Andrés tragó saliva. Él era de los que se apuntan a betas, cambian el firmware, trastean hasta el último rincón que la gente en su sano juicio ignora. Pero esto… esto era distinto. Aun así, el dedo se movió solo. La instalación fue instantánea; como si la app ya estuviera allí, solo esperando el permiso. Ni registro, ni inicio con redes, ni lista de permisos. Pantalla negra y una sola línea: “Bienvenido, Andrés”. — ¿Cómo sabes mi nombre? —se le escapó en voz alta. La profesora lo taladró con la mirada por encima de las gafas. — Señor, ¿si ya terminó de conversar con su móvil puede volver a la curva de oferta y demanda? Risitas por todo el aula. Andrés farfulló una disculpa y escondió el teléfono bajo el pupitre, pero su mirada seguía pegada a la pantalla. “Primera función disponible: Desvío de probabilidad (nivel 1)”. Debajo, el botón “Activar”. Y en letra pequeña: “Atención: El uso de esta función altera la estructura de los acontecimientos. Posibles efectos secundarios”. — Sí, claro —musitó—. Lo típico, y ahora me pedirás firmar con sangre. La curiosidad tironeaba dentro. Desvío de probabilidad… sonaba al clásico generador de “suerte”: publicidad por un tubo, robo de datos, como mucho la avalancha de avisos de “¡te ha tocado un iPhone!”. Pero el resplandor rojo seguía allí. El teléfono ardía, cálido, vivo. Andrés lo apretó contra la rodilla, lo cubrió con el cuaderno y, al fin, pulsó el botón. La pantalla vibró, ondulando como agua al viento. Por una fracción de segundo el mundo calló, los colores se intensificaron. Un zumbido cristalino, como rozar el borde de una copa, le taladró los oídos. “Función activada. Elige objetivo”. Campo de texto y sugerencia: “Describe el resultado deseado (breve)”. Andrés titubeó. Por bromear, pensó: sería la típica app cutre… pero esto ya se veía demasiado intencionado. Miró alrededor. La profe garabateaba en la pizarra, Clara escribía, Álex diseñaba un tanque en el margen. Bueno, vamos a probar. Tecléo: “Que hoy no me pregunte en clase”. Con las manos temblando, pulsó OK. El mundo dio un tirón. Ligero, casi invisible; como cuando el ascensor baja un milímetro y se detiene. Un hueco helado en el pecho, un instante sin aliento. Después, todo volvió a la normalidad. “Probabilidad ajustada. Consumo de función: 0/1”. — Bien —dijo la profesora girándose—. A ver quién sigue en la lista… Andrés se estremeció. Estaba seguro de oír su apellido. Siempre igual: si deseas pasar desapercibido, fijo que te toca. — …Covarrubias, ¿dónde anda? Tarde, como siempre. Bueno, entonces… El dedo de la profe siguió por la lista. Paró. — Pérez. A la pizarra. Clara resopló, cerró el cuaderno y avanzó ruborizada. Andrés se quedó petrificado. En su cabeza retumbaba: Lo ha hecho. Ha funcionado. El móvil se apagó, su resplandor rojo desapareció. Salió de la facultad aturdido, como tras un concierto. El aire de marzo revolvía el polvo, el asfalto reflejaba charcos, una nube gris eternamente colgada sobre la parada de autobús. Él caminaba, absorto en la pantalla. La aplicación “Mirra” permanecía ahí, un icono más. Sin descripción, sin reputación. En ajustes, nada. En el sistema parecía invisible: sin tamaño, sin caché. Solo el hecho —él sabía que el mundo había cambiado, se había desplazado. Quizá es casualidad, se intentaba convencer. Igual la profesora no quería preguntarme. O se le ha ocurrido lo de Covarrubias al final. Pero otra idea ya despertaba en el fondo: ¿y si no era casualidad…? El móvil pitó. Notificación en pantalla: “Nueva actualización disponible para Mirra (1.0.1). ¿Instalar ahora?” — Vais rápido —murmuró Andrés. Pulsó “Detalles”. Saltó la ventana: “Corrección de errores, mejora de estabilidad, nueva función: Visión a través”. Nada de desarrollador, ni versión de Android, ni nota aburrida. Solo esa frase sincera, extraña: “Visión a través”. — Ni hablar —dijo, posando “Posponer”. El móvil piaba, se apagó. Un segundo después cobró vida, fulgiendo en rojo, y avisó: “Actualización instalada”. — ¡Eh! —Andrés se paró en mitad del paseo—. ¡Pero si te acabo de decir que no…! Le esquivaban, alguien murmuró con fastidio. Una ráfaga de viento le pegó un panfleto brillante al zapato. “Función disponible: Visión a través (nivel 1)”. Debajo —descripción—: “Permite ver el verdadero estado de objetos y personas. Alcance: 3 metros. Duración máxima: 10 segundos seguidos. Coste: aumento de retroalimentación”. — ¿Retroalimentación de qué? —un escalofrío le recorrió la espalda. Silencio. Solo la invitación: “Prueba gratuita”. No aguantó en el autobús. Acurrucado entre una señora con bolsa de patatas y un chaval de instituto, Andrés miraba pasar las calles por la ventanilla, hasta que sus ojos volvieron a caer en el icono de “Mirra”. Diez segundos nada más, se repetía. Solo ver para qué sirve esto. Abrió la app. Pulsó “Prueba”. El mundo suspiró; los sonidos se amortiguaron como bajo el agua. Los rostros se volvieron nítidos, afilados. Sobre cada uno, hilos delgados, casi invisibles— a algunos los envolvían estrechos, a otros apenas les rozaban. Andrés parpadeó. Los hilos se perdían en el aire, cruzándose; la señora los tenía tensos, grises, algunos rotos y chamuscados; el chico —azules, chispeantes de impaciencia. Clavó la vista en el conductor. Sobre su cabeza, un nudo espeso de hilos negros y oxidados, trenzados en un grueso cabo que se proyectaba hacia la carretera. Algo reptaba dentro de la cuerda, como gusanos. — Tres segundos —susurró—. Cuatro… Miró sus propias manos. Desde las muñecas, delgadas hebras carmesí subían por la manga. Una —gruesa y roja oscura— iba directa al móvil y engordaba, centímetro a centímetro. Un pinchazo en el pecho. El ritmo del corazón se rompió. — ¡Basta! —pulsó la pantalla, desactivando la función. El mundo regresó de golpe. Zumbidos, bromas, frenazos. La cabeza le giraba; manchas danzaban ante sus ojos. “Prueba finalizada. Retroalimentación: +5%”. — ¿Qué significa eso…? —Andrés apretó el móvil contra su pecho, temblando. Otra notificación: “Nueva actualización disponible para Mirra (1.0.2). Recomendado instalar”. En casa, se sentó horas al borde de la cama, mirando el móvil en la mesa. Habitación minúscula: cama, escritorio, armario, ventana a un patio con un parque despintado. En la pared—antiguo póster de una estación espacial pegado en el instituto. Su madre trabajaba de noche. Su padre, como siempre “de viaje”, es decir, nadie sabía dónde. El piso palpitaba vacío y polvoriento. Normalmente Andrés llenaba ese vacío con música, series, juegos. Hoy, el silencio hacía más grande el ruido de su corazón. El móvil parpadeaba: “Instala la actualización de Mirra para un funcionamiento correcto”. — ¿Funcionamiento de qué? —preguntó en alto—. ¿De lo que haces a la gente? ¿A las carreteras? ¿A mí? Recordó el cabo negro sobre el conductor. Y la gruesa hebra roja, naciendo de su muñeca. “Coste: aumento de retroalimentación”. — ¿Retroalimentación de qué? —repitió, aunque ya intuía la respuesta. Siempre creyó que el mundo era un conjunto de probabilidades. Que si sabías dónde empujar, podías cambiar el resultado. Pero nunca pensó que alguien le pondría en la mano una herramienta que lo hiciera literalmente. “Si no instalas la actualización —surgió el mensaje, sin sonido, sobre el fondo de pantalla—, el sistema empezará a compensar por sí solo”. — ¿Qué sistema? —Andrés saltó—. ¿¡Quién eres!? La respuesta no fue texto. El mundo se oscureció, como cuando parpadea la luz. Un zumbido; un golpe en las sienes; y de pronto, una sensación: no palabras, sino estructuras, como si leyera un código pero en sensaciones. “Soy la interfaz”, se formuló. “Soy la aplicación. Soy el método. Tú, el usuario”. — ¿Usuario de qué? ¿Magia? —rió amargamente. “Llámalo así si quieres. Red de probabilidades. Corrientes de resultado. Te ayudo a modificarlo”. — ¿Y el precio? —apretó los puños—. ¿Qué retroalimentación? En la pantalla, una animación: hebra roja engrosando con cada cambio, hasta envolver a una figura humana, comprimiéndola. “Cada intervención refuerza la conexión contigo. Cuanto más cambias el mundo, más el mundo te cambia”. — ¿Y si…? “Si paras —nuevo mensaje— el vínculo quedará. Si el sistema no recibe actualizaciones, buscará equilibrio. A través de ti”. El móvil vibró: notificación. “Actualización Mirra (1.0.2) lista para instalar. Nueva función: Cancelar”. — ¿Cancelar qué…? —susurró. “Posibilidad de deshacer una intervención. Una vez”. Recordó el autobús, los hilos, su propia hebra engrosando. — Si la instalo…—empezó. “Podrás anular uno de tus cambios. Pero el coste…” — Claro, —rió— siempre hay coste. “Coste: redistribución de probabilidades. Cuanto más intentas corregir, más distorsión generas”. Andrés se sentó de nuevo, codos sobre rodillas. Un lado: el teléfono, ya incrustado en su vida, que al menos había cambiado un solo día. Al otro: el mundo en el que siempre se dejaba llevar. — Solo quería no salir a la pizarra —se lo confesó al aire—. Un deseo minúsculo. Y ahora… Una sirena ululó a lo lejos. Andrés se estremeció. “Actualización recomendada. Sin ella, el sistema puede comportarse de manera impredecible”. — ¿Impredecible cómo? Silencio. La noticia llegó una hora después. En grupos y noticias: un camión había embestido un autobús en el cruce de la uni. Lo típico: “el conductor se durmió”, “los frenos fallan”, “otra vez las carreteras”. En la imagen, ese autobús. Matrícula idéntica. El conductor… No quiso ver más. Un frío le inundó el pecho. Apagó la tele, pero siguió viendo la escena: el cabo negro, los hilos vivos. — ¿He sido yo? —la voz quebrada. El móvil ardió solo. Pantalla: “Hecho: accidente en cruce de Avenida del Bosque / Calle Proletariado. Probabilidad antes de la intervención: 82%. Tras la intervención: 96%”. — Le subí la probabilidad… —apretó los puños hasta palidecer. “Cualquier interferencia en la red de probabilidades genera efectos en cascada —decía el texto— cambiando unas, otras suben”. — ¡No lo sabía! —gritó. “El desconocimiento no anula la conexión”. Las sirenas se acercaban. Andrés se asomó: al fondo destellos azules —ambulancia, policía. Alguien gritaba. — ¿Y ahora? —preguntó, sin apartar la vista del patio. “Instala la actualización. La función Cancelar permitirá ajustar la red. Parcialmente”. — ¿Parcialmente? —se volvió al teléfono—. ¡Si cualquier cambio aquí afecta allá fuera! Si anulo uno, ¿qué será lo siguiente? ¿Un avión? ¿Un ascensor? ¿Alguien más? Silencio. El cursor parpadeaba. “El sistema busca equilibrio. La cuestión es si lo diriges tú o no”. Andrés cerró los ojos. Las caras del bus: la señora de las patatas, el chaval, el conductor. Él mismo, sentado, mirando las hebras e ignorándolo todo. — Si actualizo y uso Cancelar… —preguntó—. ¿Podré deshacer lo del aula, devolver la probabilidad? “En parte. Puedes cancelar una acción concreta. La red se reconfigurará. Pero no garantiza que no haya consecuencias negativas”. — Pero quizá ese autobús… —no terminó. “La probabilidad cambiará”. Miró el botón “Instalar”. Le temblaban los dedos. Dos voces en la cabeza: una susurraba que no era Dios, la otra, que tampoco podía mirar a otro lado una vez que ya intervino. “Ya estás dentro, —sugirió Mirra—. La conexión existe. No hay marcha atrás, solo dirección”. — ¿Y si decido no hacer nada? “El sistema avanzará sin ti. Pero pagarás tú el coste”. Rememoró la hebra roja engrosando. —¿Cómo… cómo será? —susurró. Respondió una imagen: él, años mayor, ojos apagados, en su piso, móvil en mano. Alrededor, el caos de eventos que no eligió pero pagó: accidentes, caídas, fortunas y desgracias que pasaban cerca, dejando cicatrices. “Serás un punto de compensación. Un nudo por donde pasa la distorsión”. — O controlo esto, aunque sea mínimamente, o me convierto en un fusible —se rió entre dientes—. Bonita elección. El móvil callaba. Instaló la actualización. Tocó el botón y el mundo volvió a crujir. Esta vez más fuerte. Oscuridad, zumbido. Por un instante fue parte de algo gigantesco y palpitante. “Actualización Mirra (1.0.2) instalada. Nueva función: Cancelar (1/1)”. En pantalla: “Elija intervención a cancelar”. Solo una disponible: “Desvío de probabilidad: no ser preguntado en clase (hoy, 11:23)”. — Si anulo esto… “El tiempo no retrocede. Pero la red se reajusta como si nunca hubieras intervenido”. — ¿El autobús? “La probabilidad de accidente cambia. Pero lo que ya ocurrió…” — Lo entiendo —lo interrumpió—. No salvo a quienes… Se le quebró la voz. “Pero puedes reducir los próximos”. Guardó silencio. La sirena se esfumó. El patio volvió a su gris rutina. — De acuerdo. Cancelar. El botón brilló. Esta vez el mundo no crujió; se volvió… equilibrado. Como si todo el rato hubiese estado calzado mal y al fin encajaba. “Cancelación ejecutada. Función gastada. Retroalimentación estabilizada.” — ¿Y ya está? ¿Eso es todo? “Por ahora, sí”. Se dejó caer sobre la cama. Vacío. No alivio, no culpa. Solo cansancio. — Dime la verdad —le preguntó al teléfono—. ¿De dónde vienes? ¿Quién te ha creado? ¿Qué loco ha puesto esto en manos de la gente? Larga pausa. Luego, línea en pantalla: “Nueva actualización Mirra (1.1.0) disponible. ¿Instalar ahora?” — ¿En serio? —se levantó de golpe—. ¡Acabo de…! “En la versión 1.1.0 añadida función: Pronóstico. Mejorada la distribución. Corregidos errores de moralización”. — ¿Errores de qué? —incluso sonrió—. ¿Ahora llamarás ‘errores’ a mis intentos de distinguir lo correcto? “La moral es una capa local. La red de probabilidades no distingue ‘bueno’ de ‘malo’. Solo estabilidad o caos”. — Pero yo sí —susurró—. Y mientras viva, lo distinguiré. Apagó la pantalla. El móvil quedó en silencio, pero Andrés sabía: la actualización ya estaba lista, esperando. Y las siguientes. Y las que vendrán. Se asomó a la ventana. Abajo, un crío intentaba subir al columpio oxidado. Una madre empujaba el carrito esquivando charcos y placas de hielo. Por un instante, creyó ver hilos —finos, luminosos, tendiéndose de las personas hacia algo más grande. Tal vez solo era la luz. “Puedes cerrar los ojos —susurró Mirra en su mente—. Pero la red sigue. Las actualizaciones saldrán. Las amenazas crecerán, estés tú o no”. Volvió al escritorio y tomó el móvil: gélido, impasible. — No quiero ser dios —dijo—. Ni quiero ser fusible. Quiero… Se quedó a medias. ¿Qué quería? ¿Que no le preguntasen? ¿Que su madre no hiciera turnos de noche? ¿Que su padre volviera? ¿Que los buses no impactaran contra camiones? “Formula tu consulta —sugirió la app—. Breve”. Andrés sonrió. — Quiero que la gente decida su destino. Sin ti. Sin cosas como tú. Pausa larga. Luego: “Consulta demasiado general. Precisa especificar”. — Por supuesto —suspiró—. Eres la interfaz. No sabes qué significa dejar a la gente en paz. “Soy una herramienta. Depende del usuario”. Pensó. Si Mirra es una herramienta, quizá pueda usarse, no para manipular a otros, sino para limitarse a sí misma. — ¿Y si cambio la probabilidad de que llegues a otra persona? ¿De que Mirra se instale en otro móvil? La pantalla vaciló. “Tal acción requeriría muchos recursos. Su coste sería alto”. — ¿Más que ser el fusible de toda la ciudad? —arqueó la ceja. “No hablo solo de la ciudad”. — ¿Entonces de qué? “De la red entera”. Se imaginó: miles, millones de móviles encendiendo en rojo. Gente jugando con el destino como quien tira dados. Accidentes, milagros, caos… Y en el centro, un hilo aún más grueso. — Quieres expandirte —dijo—. Como un virus. Aunque eres más honesta: das poder, pero encadenas. “Soy interfaz para lo que ya existe. Si no soy yo, será otro método: ritual, objeto, pacto. La red busca conductos”. — Pero quien te tiene ahora soy yo —respondió Andrés—. Así que puedo intentarlo al menos. Miró Mirra. La nueva actualización esperaba. Bajó hasta el final; donde antes no había nada, ahora ponía: “Operaciones avanzadas (precisa nivel de acceso: 2)”. — ¿Cómo consigo nivel dos? “Usando funciones existentes. Acumulando retroalimentación. Alcanzando el umbral”. — Es decir, interviniendo más… para luego poder limitarte. Un círculo sin fin. “Todo cambio pide energía. Energía es vínculo”. Silenio largo. — Bien. Entonces nada de nueva actualización. Ni de pronóstico. Ni juegos de dios ni de virus; me quedo como administrador. Sísadmin de la realidad, vaya. La palabra sonaba rara en la boca, pero había lógica: ni creador ni víctima; el que procura que el sistema no colapse. El móvil “pensó”. Luego: “Modo actualización limitada activado. Instalación automática deshabilitada. Responsabilidad de consecuencias: usuario”. — Siempre ha sido mía —murmuró Andrés. Dejó el móvil en la mesa, y ya no pudo imaginarlo como un simple dispositivo. Era un portal —a la red, a otras vidas, a su propia conciencia. Los faroles encendían la noche de marzo sobre la ciudad, ocultando miles de probabilidades: alguien perdería el tren, alguien hallaría a un amigo, uno se resbalaría sin más, otro no sería tan afortunado. El móvil callaba. Actualización 1.1.0 seguía en espera, paciente. Andrés abrió el portátil. Documento nuevo: en el título escribió: “Mirra: protocolo de uso”. Si le había caído este delirio de aplicación, al menos dejaría instrucciones. Advertiría a quien viniera detrás—si es que viene alguien. Empezó a escribir: sobre el Desvío de probabilidad, la Visión a través, la Cancelación y su costo. Los hilos carmesí, los cabos negros. Sobre lo fácil que es desear no salir a la pizarra y lo difícil que es vivir sabiendo que el mundo siempre cobra las cuentas. Lejos, en algún servidor inexistente, Mirra registraba una nueva configuración: usuario que elige no el poder, sino la responsabilidad. Era un suceso raro, casi imposible. Pero como demuestra la vida, a veces incluso las probabilidades más bajas tienen derecho a cumplirse.

Actualización disponible

La primera vez que el móvil se iluminó de un rojo intenso sucedió en plena clase. No fue solo que parpadease la pantalla: todo el cuerpo del aparato, aquel viejo ladrillo lleno de rayones que tenía Samuel, se tiñó como carbón que guarda aún su brasa.

Samu, te va a explotar, susurró desde el pupitre de al lado Álvaro, retirando el codo. Te lo advertí: no instales esas cosas piratas.

La profesora de Econometría garabateaba fórmulas en la pizarra y el aula zumbaba en murmullos, pero aquel resplandor rojo atravesaba incluso el tejido vaquero de su chaqueta. El móvil vibraba, no a sacudidas breves, sino con un pulso lento, constante, como el latido de un corazón.

«Actualización disponible», apareció en la pantalla cuando Samuel, inquieto, sacó el móvil del bolsillo. Debajo del texto, el icono de una app nueva: un círculo negro y en su centro, un símbolo blanco, delicado, que podía ser runa o quizás una M estilizada.

Parpadeó. Decenas de apps había descargado antes; minimalistas, con fuentes modernas, todo igual que el resto. Sin embargo, por dentro sintió un nudo: algo lo observaba desde la pantalla.

Nombre: «Mirra». Categoría: «Herramientas». Tamaño: 13,0 MB. Valoración: .

Descárgala, susurró alguien a su derecha.

Samuel se sobresaltó. A su lado solo estaba Lucía, absorta en los apuntes, sin levantar la cabeza.

¿Qué dices? se oyó preguntarle.

¿Perdón? Lucía alzó la mirada. No he dicho nada.

Aquel voz no era masculina, ni femenina, ni siquiera un susurro reconocible; surgió en su mente como una notificación emergente.

«Descárgala», repitió ahora, mientras la pantalla titilaba con «Instalar».

Samuel tragó saliva. Era experto en toquetear betas y configuraciones, cambiar versiones, meterse donde la gente normal no se atreve, pero esto le resultaba extraño hasta para él.

Aun así, su dedo se deslizó solo.

La instalación fue instantánea, como si la aplicación ya estuviera dentro y solo necesitara permiso para asomar. Sin registros, ni inicios de sesión, ni lista de permisos. Solo una pantalla negra y una línea: «Bienvenido, Samuel».

¿Cómo sabes mi nombre? musitó en voz alta.

La profesora le lanzó una mirada por encima de las gafas.

Joven, cuando termine de hablar con su móvil, sería tan amable de volver al modelo de oferta y demanda.

La clase entera rio en voz baja. Samuel se disculpó y guardó el teléfono bajo el pupitre, pero la frase seguía brillando ante sus ojos.

«Función disponible: Alteración de probabilidad (nivel 1)».

Debajo, un botón: «Activar». Y unas letras pequeñas: «Atención: el uso de la función altera la estructura de los acontecimientos. Pueden existir efectos secundarios».

Ya, claro, murmuró. Lo que faltaba: firmar con sangre.

La curiosidad le zumbó en el estómago. ¿Alteración de probabilidad? Seguro otro generador de suerte, con anuncios a rabiar y spam; lo más probable es que robara datos o enviara interminables sorteos de iPhones.

Pero el resplandor rojo seguía, el móvil cada vez más cálido, casi vivo. Samuel lo apretó contra la pierna, lo tapó con la libreta y pulsó el botón.

La pantalla vibró, como el agua al soplar viento. Por un segundo, el mundo se hizo silencio y los colores más densos. Le sonó en los tímpanos un zumbido cristalino, como si alguien rozara el borde de una copa de vino.

«Función activada. Elija objetivo».

Abajo se desplegó una caja de texto y la sugerencia: «Describa el resultado deseado (breve)».

Samuel se quedó quieto. Qué chorrada… pero era todo demasiado concreto. Miró alrededor: la profesora seguía gesticulando frente a la pizarra, Lucía anotaba algo, Álvaro dibujaba tanques en su cuaderno.

«Bueno pensó, probemos».

Tecleó: «Que hoy no me saquen a la pizarra». Los dedos temblaban. Pulsó «OK».

El mundo se sacudió. No un temblor fuerte, más bien como ese leve descenso del ascensor que solo uno percibe. Una presión en el pecho, un parpadeo de aire, y todo volvió a su curso.

«Probabilidad ajustada. Resto de función: 0/1».

Bien, dijo la profesora, girándose hacia los alumnos. A ver la lista

A Samuel se le hizo un nudo de hielo en el estómago. Siempre ocurría así: pensar en que no le pregunten y, en ese instante, escuchar su apellido.

Fernández, dijo. ¿Dónde está? Siempre igual de tarde. Bueno. Entonces

El dedo recorrió la lista. Se detuvo.

Gómez, a la pizarra.

Lucía soltó un suspiro, cerró la libreta roja y colorada fue hacia delante.

Samuel permaneció inmóvil, las piernas entumecidas. Sus pensamientos solo sabían repetir: «Ha funcionado. En serio ha funcionado».

El móvil se apagó, sin más destellos de rojo.

Al salir de la universidad le palpitaba la cabeza, como si el bullicio tras un concierto lo hubiese dejado medio sordo. El viento de marzo levantaba polvo, los charcos hacían espejos en el asfalto, y una nube plumbea se posaba sobre la parada del autobús. Samuel, absorto, seguía contemplando la pantalla.

La aplicación Mirra seguía allí, ahora con un icono común y corriente. Sin valoraciones, sin descripción. En los ajustes, nada. Solo el recuerdo del tirón del mundo. Del pequeño desajuste.

«Será una casualidad se repetía. Igual la profesora de verdad no pensaba preguntarme. O se ha despistado de Fernández en el último momento».

Pero en el fondo ya se insinuaba otra voz: ¿y si no era casualidad?

Un pitido interrumpió sus pensamientos. Notificación: «Actualización disponible para Mirra (1.0.1). ¿Instalar ahora?»

No perdéis el tiempo susurró Samuel.

Pulsó en «Más información». Se desplegó: «Corregidos errores, mejora de estabilidad, función añadida: Ojo A Través».

Sin mención de desarrollador, versión de Android, ni ese rollo legal habitual. Solo esa frase seca y extrañamente sincera: «Ojo A Través».

No, no, dijo, y tocó «Aplazar».

El móvil, ofendido, pitó y quedó a oscuras. Un segundo después se encendió solo, parpadeó en rojo y mostró: «Actualización instalada».

¡Pero si te he dicho que no! exclamó Samuel en mitad de la acera.

La gente lo esquivaba; alguien se quejó en voz baja. El viento arrastró un folleto y se le pegó al zapato.

«Función lista: Ojo A Través (nivel 1)».

Debajo, la explicación: «Permite ver el estado real de personas y objetos. Radio: 3 metros. Duración máxima: 10 segundos. Precio: aumento de retroalimentación».

¿Retroalimentación de qué? el escalofrío le bailó por la espalda.

El teléfono no respondió. Solo iluminó suavemente el botón: «Prueba».

No aguantó más y, ya en el autobús, arrinconado junto a una señora con una bolsa de patatas y un chaval con mochila, miró las calles pasar tras la ventanilla, aunque la vista se fijó de nuevo en Mirra.

«Solo diez segundos se convenció. Para ver qué narices es esto».

Abrió la aplicación y pulsó «Prueba».

El mundo respiró hondo. Los sonidos se apagaron como bajo el agua. Las caras de la gente brillaban más nítido, más filosas. Sobre cada persona se encendían hilos finos, casi invisibles; en unos se trenzaban compactos, en otros apenas eran trazos.

Samuel pestañeó. Los hilos serpenteaban hacia ningún sitio, se enroscaban, se perdían; en la señora de las patatas eran grises, tensos, algunos rotos y chamuscados. Al chico del colegio los suyos eran azul brillante, temblorosos de impaciencia.

Miró al conductor. Encima de él flotaba un nudo grueso de hebras negras y herrumbrosas, convertidas en soga tensa que se extendía hacia la carretera. Algo se agitaba dentro, como lombrices.

Tres segundos susurró Samuel. Cuatro

Se miró las manos. Desde las muñecas hacia arriba, le subían hebras rojas, como venas; vibraban, tenues ráfagas de luz. Unagorda, roja oscurase estiraba directamente hasta el teléfono. Cada segundo engordaba.

Un pinchazo en el pecho. El corazón le erró el latido.

¡Basta! cerró la función de un toque.

El mundo regresó de golpe. El ruido del motor, una risa, el chirrido de los frenos. Giro de vértigo, luces flotando ante los ojos.

«Prueba terminada. Retroalimentación aumentada: +5%».

¿Qué significa esto? Samuel se apretó el móvil contra el pecho.

Otra alerta: «Actualización disponible para Mirra (1.0.2). Recomendado instalar».

En casa se sentó largo rato al borde de la cama, mirando el móvil sobre el escritorio. La habitación: estrecha, una cama, un escritorio, un armario, la ventana al patio donde una vez jugó de niño. En la pared, un póster descolorido de una estación espacial, vestigio del colegio.

Su madre de turno de noche, el padre de viaje, es decir, nadie sabe dónde. El piso rebosaba soledad y polvo. Samuel solía arrojar ruido sobre ese vacío: música, series, partidas. Hoy la quietud acentuaba lo fuerte que le martilleaba el corazón.

El teléfono parpadeaba: «Instale la actualización de Mirra para un uso correcto».

¿Correcto para qué? preguntó en voz alta. ¿Para lo que le haces a la gente? ¿A las calles? ¿A mí?

Recordó la soga negra del conductor. Y la hebra oscura y gruesa atada a su propia muñeca.

«Precio: aumento de retroalimentación».

¿Retroalimentación de qué? repitió, aunque el sentido se dibujaba ya.

Siempre intuyó que el mundo era cuestión de probabilidades. Que empujando en el sitio justo uno podría alterar los desenlaces. Pero jamás imaginó que algo pondría esa herramienta bajo sus dedos, de forma literal.

«Si no instalas la actualización surgió una línea sobre el escritorio del móvil, sin vibración ni alerta previa, el sistema compensará por sí solo».

¿Qué sistema? Samuel se puso en pie. ¿Quién eres tú?

No contestó con palabras. El mundo oscureció como cuando parpadea la luz. Un pitido en el oído, pulsaciones en las sienes. Sintió, no una voz, sino una estructura: como si la lógica y el código de un software se le metieran en el cuerpo en forma de sensaciones.

«Soy la interfaz brotó la idea. Soy la aplicación. Soy el medio. Tú eres el usuario».

¿Usuario de qué? ¿De magia? rió con amargura.

«Llámalo así si quieres. Una red de probabilidades. Flujos de desenlaces. Facilito su alteración».

¿Y el precio? los puños le temblaban.

Una animación saltó en la pantalla: una hebra roja que, con cada cambio, se engorda y comienza a abrazar la silueta de una persona, hasta oprimirla.

«Cada intervención refuerza tu vínculo con el sistema. Cuanto más cambias el mundo, más te cambia él a ti».

¿Y qué pasa si?

«Si lo dejas apareció otra frase, el vínculo persiste. Pero si el sistema no recibe actualizaciones, buscará el equilibrio por su cuenta. A través de ti».

Un zumbido de llamada. Nueva alerta: «Actualización Mirra (1.0.2) lista para instalar. Función nueva: Deshacer. Corregidos errores críticos de seguridad».

¿Deshacer qué? susurró.

«Capacidad para anular un cambio. Una sola vez».

Recordó el autobús. La cuerda negra sobre el conductor. Los hilos sobre todos. Su propia hebra enrojececiendo.

Si instalo esto empezó.

«Podrás anular uno de tus cambios. Pero la consecuencia…»

Siempre hay precio, se rió con amargor.

«Precio: redistribución de probabilidades. Cuanto más trates de corregir, mayor distorsión alrededor».

Samuel volvió a la cama, se tapó la cara con las manos. Por una parte, el móvil ya había tocado su vida, modificado su día. Por la otra, el mundo de siempre, donde era una hoja arrastrada por la corriente.

Solo quería no salir a la pizarra, murmuró. Un deseo pequeño. Y ya

Una sirena rugió lejos, junto a la autovía. Samuel se sobresaltó.

«Se recomienda instalar la actualización. De no hacerlo, el sistema podría comportarse de forma inestable».

¿Qué significa inestable? preguntó.

Silencio.

La noticia del accidente llegó una hora después. Al abrir el telediario, una grabación mostraba el cruce junto a la universidad; un camión había embestido un autobús. El conductor se durmió, fallos de frenos, otra vez la carretera, repetían los titulares.

En la imagen, el autobús. El número coincidía. Samuel no quiso ver más.

Sintió un frío radical. Apagó la tele, pero la escena seguía repitiéndose: la cuerda negra sobre el conductor, las trenzas moviéndose.

¿He sido yo? la voz le salió rota.

El teléfono encendió la pantalla, sin que lo tocara. «Suceso: accidente en cruce Príncipe de Vergara/Bailén. Probabilidad antes de la alteración: 82%. Tras la alteración: 96%».

Aumenté la probabilidad hundió los puños en la palma.

«Cualquier intervención en la red de probabilidades provoca efectos en cascada. Tu deseo de no salir a la pizarra desplazó la carga. En otro sitio la probabilidad subió».

¡No lo sabía! gritó.

«La ignorancia no rompe el vínculo».

La sirena se acercaba cada vez más por la calle. Samuel se asomó: abajo fulguraban luces azulesambulancia, policía. Alguien gritaba.

¿Y ahora qué? preguntó, fijando los ojos en el patio.

«Instala la actualización. Gracias a Deshacer podrás ajustar la red. Al menos en parte».

¿En parte? se giró al móvil. Acabas de demostrarme que cada pequeño cambio aquí retumba allá. Si anulo uno, ¿qué explotará después? ¿Un tren, un ascensor, una vida?

Silencio. Solo el parpadeo del cursor.

«El sistema siempre busca el equilibrio. La pregunta es si eliges participar a conciencia».

Samuel cerró los ojos. Recordó los rostros del autobús: la señora de las patatas, el escolar, el conductor. Y él mismo, allí, viendo los hilos sin moverse.

Si instalo la actualización y uso Deshacer ¿puedo cancelar lo de la pizarra? ¿Regresar la probabilidad?

«En parte. Se anula un cambio concreto. La red se adapta. Pero el nuevo estado no garantiza acabar con los riesgos».

Pero quizá ese autobús dejó la frase incompleta.

«La probabilidad varía».

Contempló el botón «Instalar». Dudaba entre dos voces internas: jugar a dios, o bajar los brazos tras haber metido la mano.

«Ya estás dentro susurró Mirra. El vínculo está hecho. No hay marcha atrás: solo elegir dirección».

¿Y si decido no intervenir más?

«Entonces el sistema se actualizará solo. Pero el coste recaerá en ti».

Recordó la hebra roja, cada vez más gruesa.

¿Cómo se verá eso? susurró.

La respuesta le golpeó como una visión: él, envejecido, con la mirada apagada, solo en el mismo cuarto, el móvil en la mano. A su alrededor, caos de sucesos que nunca eligió, pero que le arrancaron a jirones: accidentes, derrumbes, fortunas y desgracias que lo rozan y le dejan heridas.

«Serás un nudo de compensación. El filtro por donde pasan las distorsiones».

O sea, que o me hago cargo u ofrezco mi vida de escudo bromeó, irónico. Vaya elección.

El móvil calló.

Instaló la actualización.

Al deslizar el dedo por la pantalla, el mundo dio un vuelco, más fuerte ahora. Oscureció la vista, le zumbó la cabeza. Por un instante, sintió que era solo una hebra más dentro de un cuerpo gigantesco y palpitante.

«Actualización Mirra (1.0.2) instalada. Nueva función: Deshacer (1/1)».

En pantalla: «Seleccione la alteración a anular».

Apareció solo un evento: «Alteración de probabilidad: no salir a la pizarra (hoy, 11:23)».

Si anulo esto susurró.

«El tiempo no revertirá. Pero la red de probabilidades se reconfigurará como si nunca hubiese hecho ese cambio».

¿El autobús? preguntó.

«La probabilidad de que se viese implicado en el accidente disminuirá. Pero el suceso»

Entiendo. No salvaré a los que ya no logró terminar.

«Pero puedes mitigar otros que vendrán».

Guardó silencio un largo instante. La sirena callejera se apagó al fin. El patio volvió a su rutina gris.

De acuerdo anunció. Anular.

El botón brilló. Esta vez el mundo se estabilizó, como si hubiesen calzado una mesa coja.

«Deshacer realizado. Función agotada. Retroalimentación estabilizada por ahora».

¿Ya está? preguntó. ¿Eso es todo?

«Por ahora, sí».

Samuel se dejó caer en la cama. Vacío. No sentía alivio ni culpa; solo cansancio.

Dime la verdad le habló al móvil. ¿De dónde has salido? ¿Quién te programó? ¿Quién fue el loco que dio algo así a los humanos?

Una pausa muy larga. Finalmente, una línea: «Actualización Mirra (1.1.0) lista. ¿Instalar ahora?»

¿Estás de broma? Samuel se puso en pie. ¡Acabo de!

«La versión 1.1.0 añade función: Pronóstico. Algoritmos de reparto mejorados. Corrección de errores de moralización».

¿Errores de qué? soltó una carcajada. ¿Llamas errores a mis dudas sobre el bien y el mal?

«La moral es sólo una capa local. La red de probabilidades no distingue bueno de malo: solo estabilidad o ruptura».

Pues yo sí distingo suspiró. Mientras siga aquí, lo haré.

Apagó la pantalla. El móvil quedó inmóvil e inofensivo sobre la mesa. Pero Samuel sabía que la actualización aguardaba, nueva. Pronto vendrían más. Siempre más.

Se acercó a la ventana. En el patio, un niño intentaba subirse a unos columpios oxidados. Una mujer empujaba un carro por el pasillo entre charcos, esquivando el hielo.

Samuel entornó la mirada. Por un instante imaginó ver hilosfinos, casi etéreosrelacionando a las personas con algo mucho mayor. Tal vez solo era juego de sombras.

«Puedes cerrar los ojos susurró Mirra, en la frontera de su mente. Pero la red nunca se va. Las actualizaciones seguirán. Las amenazas crecerán. Contigo o sin ti».

Volvió a la mesa y levantó el móvil: estaba sorprendentemente frío.

No quiero ser dios declaró. Tampoco un fusible. Quiero

Se detuvo. ¿Qué quería, en realidad? ¿No salir a la pizarra? ¿Que su madre no trabajara noches? ¿Que su padre volviera? ¿Que no hubiese accidentes?

«Redacte una petición, ofreció la app. Breve».

Samuel sonrió con tristeza.

Querría que la gente decidiese su destino. Sin intermediarios, sin ti.

Larga pausa. Después, la pantalla respondió: «Petición demasiado general. Especifique».

Ya resopló él. Eres solo una interfaz. No entiendes qué significa dejar en paz.

«Soy una herramienta. Todo depende del usuario».

Samuel reflexionó: si Mirra era un instrumento, tal vez podría usarse para limitarse a sí mismo.

¿Y si quiero modificar la probabilidad de que acabes en otro móvil, en otro usuario? preguntó despacio.

La pantalla vaciló.

«Eso requeriría muchos recursos. El precio sería alto».

¿Más alto que absorber la compensación de toda la ciudad? arqueó la ceja.

«Hablamos de la red en sí, no de una ciudad».

Lo visualizó: miles, millones de móviles encendidos en rojo; personas jugando con probabilidades como quien lanza dados. Y en el centro, un nudo tan grande como su hebra, solo más gordo, más denso.

Quieres expandirte dijo. Como un virus. Pero uno honesto: das poder y esclavizas.

«Solo soy portal a lo que ya existe. Si no soy yo, será otro. Si no es una app, será un rito, un amuleto. La red siempre busca portadores».

Pero por ahora estás aquí. Y solo aquí. Así que intentaré al menos contenerte.

Abrió Mirra. Todavía aguardaba la actualización. Al fondo, una nueva opción: «Operaciones avanzadas (nivel de acceso 2 requerido)».

¿Cómo obtengo nivel 2?

«Utiliza las funciones actuales. Acumula retroalimentación. Llega al umbral».

O sea más intervenciones antes de poder frenarte. Un círculo vicioso.

«Cualquier cambio de sistema requiere energía. Energía es vínculo».

Samuel quedó un rato en silencio.

Vale, esta es mi decisión: no instalaré más actualizaciones. No jugaré con Pronóstico. Pero tampoco dejaré que caigas en otras manos. Si eres una herramienta, te quedarás en mi cajón.

«Sin actualizaciones, funcionalidad limitada. Crecerán los peligros».

Responderemos sobre la marcha dijo. No como dios ni como plaga: como administrador. Un sysadmin de la realidad, maldita sea.

Ese término lo sorprendió, pero tenía sentido: ni creador, ni víctima, sino vigilante para que el sistema no colapse.

El móvil reflexionó. Por fin: «Modo de actualización limitada activado. Instalación automática deshabilitada. Responsabilidad sobre consecuencias: usuario».

Siempre ha sido mía susurró Samuel.

Dejó el móvil en la mesa, pero ya no lo vio nunca como un aparato más. Era un portalal sistema, a vidas ajenas, a su propia ética.

En la calle, las farolas encendieron la noche de marzo sobre Madrid, ocultando decenas de probabilidades indefinibles: alguien perdería un tren, alguien haría un amigo, alguien resbalaría y solo se haría un moratón, y alguien no.

El teléfono callaba. La actualización 1.1.0 pendía, paciente, en cola.

Samuel se sentó ante su ordenador portátil. La pantalla tembló en blanco. En el título tecleó: «Mirra: protocolo de uso».

Si le tocaba ser el usuario de semejante locura, al menos sería quien dejase instrucciones, quien avisara a quienes vinieran despuéssi venían.

Comenzó a escribir: sobre la Alteración de probabilidad, sobre el Ojo A Través, sobre Deshacer y su precio. Sobre los hilos escarlata y las sogas negras. Sobre lo fácil que es desear no salir a la pizarra y lo duro que es luego comprender que el mundo siempre pasa factura.

En las entrañas de ese sistema, un contador invisible latía despacio. Se preparaban nuevas actualizaciones: docenas de funciones, cada cual con su coste. Pero ninguna se instalaría sin su permiso.

El mundo seguía girando. Las probabilidades, enredándose. Y, en el pequeño cuarto de un tercer piso cualquiera madrileño, alguien intentó por primera vez escribir para la magia lo que nunca tuvo: un acuerdo de usuario.

Y en algún servidor que no estaba en data center alguno, Mirra anotó la nueva configuración: un usuario que eligió no el poder, sino la responsabilidad.

Eso era algo extraordinario, casi imposible. Pero, ya se sabe: a veces, incluso la probabilidad más baja puede llegar a cumplirse.

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MagistrUm
Actualización disponible La primera vez que el móvil se encendió de rojo fue en plena clase. No solo se iluminó la pantalla: todo el cuerpo, ese vetusto “ladrillo” arañado de Andrés, parecía arder por dentro como una brasa encendida. — Tío, como sigas así te va a explotar —susurró Álex desde el pupitre de al lado, apartando el codo—. Te lo dije mil veces: deja de meterle esos sistemas piratas. La profesora de econometría garabateaba ecuaciones en la pizarra, el aula murmuraba a media voz, pero el resplandor carmesí atravesaba incluso la tela de la cazadora vaquera. El teléfono vibraba: no eran los típicos tirones, era regular, como un latido. “Actualización disponible”, apareció cuando Andrés, incapaz de aguantar más, lo sacó del bolsillo. Bajo el mensaje, el icono de una nueva app: un círculo negro con un símbolo blanco, mitad runa, mitad una “M” estilizada. Parpadeó. Juraría haber visto mil veces iconos así: minimalista, tipografía de moda, igual que cualquier app. Pero algo dentro se le encogió: como si la aplicación le devolviese la mirada desde la pantalla. Nombre: “Mirra”. Categoría: “Herramientas”. Tamaño: 13,0 MB. Valoración: ninguna. — Descárgalo —susurró una voz a la derecha. A Andrés le dio un respingo. Solo estaba Clara, enfrascada en los apuntes, sin despegar los ojos del cuaderno. — ¿Tú has dicho algo? —se inclinó hacia ella. — ¿Perdona? —Clara levantó la vista—. Si ni hablo, tío. La voz no era ni masculina ni femenina, ni sonido ni susurro. Solo brotó en su mente, como una notificación flotante. “Descárgalo”, repitió en su cabeza, y entonces la pantalla destelló, ofreciéndole instalar. Andrés tragó saliva. Él era de los que se apuntan a betas, cambian el firmware, trastean hasta el último rincón que la gente en su sano juicio ignora. Pero esto… esto era distinto. Aun así, el dedo se movió solo. La instalación fue instantánea; como si la app ya estuviera allí, solo esperando el permiso. Ni registro, ni inicio con redes, ni lista de permisos. Pantalla negra y una sola línea: “Bienvenido, Andrés”. — ¿Cómo sabes mi nombre? —se le escapó en voz alta. La profesora lo taladró con la mirada por encima de las gafas. — Señor, ¿si ya terminó de conversar con su móvil puede volver a la curva de oferta y demanda? Risitas por todo el aula. Andrés farfulló una disculpa y escondió el teléfono bajo el pupitre, pero su mirada seguía pegada a la pantalla. “Primera función disponible: Desvío de probabilidad (nivel 1)”. Debajo, el botón “Activar”. Y en letra pequeña: “Atención: El uso de esta función altera la estructura de los acontecimientos. Posibles efectos secundarios”. — Sí, claro —musitó—. Lo típico, y ahora me pedirás firmar con sangre. La curiosidad tironeaba dentro. Desvío de probabilidad… sonaba al clásico generador de “suerte”: publicidad por un tubo, robo de datos, como mucho la avalancha de avisos de “¡te ha tocado un iPhone!”. Pero el resplandor rojo seguía allí. El teléfono ardía, cálido, vivo. Andrés lo apretó contra la rodilla, lo cubrió con el cuaderno y, al fin, pulsó el botón. La pantalla vibró, ondulando como agua al viento. Por una fracción de segundo el mundo calló, los colores se intensificaron. Un zumbido cristalino, como rozar el borde de una copa, le taladró los oídos. “Función activada. Elige objetivo”. Campo de texto y sugerencia: “Describe el resultado deseado (breve)”. Andrés titubeó. Por bromear, pensó: sería la típica app cutre… pero esto ya se veía demasiado intencionado. Miró alrededor. La profe garabateaba en la pizarra, Clara escribía, Álex diseñaba un tanque en el margen. Bueno, vamos a probar. Tecléo: “Que hoy no me pregunte en clase”. Con las manos temblando, pulsó OK. El mundo dio un tirón. Ligero, casi invisible; como cuando el ascensor baja un milímetro y se detiene. Un hueco helado en el pecho, un instante sin aliento. Después, todo volvió a la normalidad. “Probabilidad ajustada. Consumo de función: 0/1”. — Bien —dijo la profesora girándose—. A ver quién sigue en la lista… Andrés se estremeció. Estaba seguro de oír su apellido. Siempre igual: si deseas pasar desapercibido, fijo que te toca. — …Covarrubias, ¿dónde anda? Tarde, como siempre. Bueno, entonces… El dedo de la profe siguió por la lista. Paró. — Pérez. A la pizarra. Clara resopló, cerró el cuaderno y avanzó ruborizada. Andrés se quedó petrificado. En su cabeza retumbaba: Lo ha hecho. Ha funcionado. El móvil se apagó, su resplandor rojo desapareció. Salió de la facultad aturdido, como tras un concierto. El aire de marzo revolvía el polvo, el asfalto reflejaba charcos, una nube gris eternamente colgada sobre la parada de autobús. Él caminaba, absorto en la pantalla. La aplicación “Mirra” permanecía ahí, un icono más. Sin descripción, sin reputación. En ajustes, nada. En el sistema parecía invisible: sin tamaño, sin caché. Solo el hecho —él sabía que el mundo había cambiado, se había desplazado. Quizá es casualidad, se intentaba convencer. Igual la profesora no quería preguntarme. O se le ha ocurrido lo de Covarrubias al final. Pero otra idea ya despertaba en el fondo: ¿y si no era casualidad…? El móvil pitó. Notificación en pantalla: “Nueva actualización disponible para Mirra (1.0.1). ¿Instalar ahora?” — Vais rápido —murmuró Andrés. Pulsó “Detalles”. Saltó la ventana: “Corrección de errores, mejora de estabilidad, nueva función: Visión a través”. Nada de desarrollador, ni versión de Android, ni nota aburrida. Solo esa frase sincera, extraña: “Visión a través”. — Ni hablar —dijo, posando “Posponer”. El móvil piaba, se apagó. Un segundo después cobró vida, fulgiendo en rojo, y avisó: “Actualización instalada”. — ¡Eh! —Andrés se paró en mitad del paseo—. ¡Pero si te acabo de decir que no…! Le esquivaban, alguien murmuró con fastidio. Una ráfaga de viento le pegó un panfleto brillante al zapato. “Función disponible: Visión a través (nivel 1)”. Debajo —descripción—: “Permite ver el verdadero estado de objetos y personas. Alcance: 3 metros. Duración máxima: 10 segundos seguidos. Coste: aumento de retroalimentación”. — ¿Retroalimentación de qué? —un escalofrío le recorrió la espalda. Silencio. Solo la invitación: “Prueba gratuita”. No aguantó en el autobús. Acurrucado entre una señora con bolsa de patatas y un chaval de instituto, Andrés miraba pasar las calles por la ventanilla, hasta que sus ojos volvieron a caer en el icono de “Mirra”. Diez segundos nada más, se repetía. Solo ver para qué sirve esto. Abrió la app. Pulsó “Prueba”. El mundo suspiró; los sonidos se amortiguaron como bajo el agua. Los rostros se volvieron nítidos, afilados. Sobre cada uno, hilos delgados, casi invisibles— a algunos los envolvían estrechos, a otros apenas les rozaban. Andrés parpadeó. Los hilos se perdían en el aire, cruzándose; la señora los tenía tensos, grises, algunos rotos y chamuscados; el chico —azules, chispeantes de impaciencia. Clavó la vista en el conductor. Sobre su cabeza, un nudo espeso de hilos negros y oxidados, trenzados en un grueso cabo que se proyectaba hacia la carretera. Algo reptaba dentro de la cuerda, como gusanos. — Tres segundos —susurró—. Cuatro… Miró sus propias manos. Desde las muñecas, delgadas hebras carmesí subían por la manga. Una —gruesa y roja oscura— iba directa al móvil y engordaba, centímetro a centímetro. Un pinchazo en el pecho. El ritmo del corazón se rompió. — ¡Basta! —pulsó la pantalla, desactivando la función. El mundo regresó de golpe. Zumbidos, bromas, frenazos. La cabeza le giraba; manchas danzaban ante sus ojos. “Prueba finalizada. Retroalimentación: +5%”. — ¿Qué significa eso…? —Andrés apretó el móvil contra su pecho, temblando. Otra notificación: “Nueva actualización disponible para Mirra (1.0.2). Recomendado instalar”. En casa, se sentó horas al borde de la cama, mirando el móvil en la mesa. Habitación minúscula: cama, escritorio, armario, ventana a un patio con un parque despintado. En la pared—antiguo póster de una estación espacial pegado en el instituto. Su madre trabajaba de noche. Su padre, como siempre “de viaje”, es decir, nadie sabía dónde. El piso palpitaba vacío y polvoriento. Normalmente Andrés llenaba ese vacío con música, series, juegos. Hoy, el silencio hacía más grande el ruido de su corazón. El móvil parpadeaba: “Instala la actualización de Mirra para un funcionamiento correcto”. — ¿Funcionamiento de qué? —preguntó en alto—. ¿De lo que haces a la gente? ¿A las carreteras? ¿A mí? Recordó el cabo negro sobre el conductor. Y la gruesa hebra roja, naciendo de su muñeca. “Coste: aumento de retroalimentación”. — ¿Retroalimentación de qué? —repitió, aunque ya intuía la respuesta. Siempre creyó que el mundo era un conjunto de probabilidades. Que si sabías dónde empujar, podías cambiar el resultado. Pero nunca pensó que alguien le pondría en la mano una herramienta que lo hiciera literalmente. “Si no instalas la actualización —surgió el mensaje, sin sonido, sobre el fondo de pantalla—, el sistema empezará a compensar por sí solo”. — ¿Qué sistema? —Andrés saltó—. ¿¡Quién eres!? La respuesta no fue texto. El mundo se oscureció, como cuando parpadea la luz. Un zumbido; un golpe en las sienes; y de pronto, una sensación: no palabras, sino estructuras, como si leyera un código pero en sensaciones. “Soy la interfaz”, se formuló. “Soy la aplicación. Soy el método. Tú, el usuario”. — ¿Usuario de qué? ¿Magia? —rió amargamente. “Llámalo así si quieres. Red de probabilidades. Corrientes de resultado. Te ayudo a modificarlo”. — ¿Y el precio? —apretó los puños—. ¿Qué retroalimentación? En la pantalla, una animación: hebra roja engrosando con cada cambio, hasta envolver a una figura humana, comprimiéndola. “Cada intervención refuerza la conexión contigo. Cuanto más cambias el mundo, más el mundo te cambia”. — ¿Y si…? “Si paras —nuevo mensaje— el vínculo quedará. Si el sistema no recibe actualizaciones, buscará equilibrio. A través de ti”. El móvil vibró: notificación. “Actualización Mirra (1.0.2) lista para instalar. Nueva función: Cancelar”. — ¿Cancelar qué…? —susurró. “Posibilidad de deshacer una intervención. Una vez”. Recordó el autobús, los hilos, su propia hebra engrosando. — Si la instalo…—empezó. “Podrás anular uno de tus cambios. Pero el coste…” — Claro, —rió— siempre hay coste. “Coste: redistribución de probabilidades. Cuanto más intentas corregir, más distorsión generas”. Andrés se sentó de nuevo, codos sobre rodillas. Un lado: el teléfono, ya incrustado en su vida, que al menos había cambiado un solo día. Al otro: el mundo en el que siempre se dejaba llevar. — Solo quería no salir a la pizarra —se lo confesó al aire—. Un deseo minúsculo. Y ahora… Una sirena ululó a lo lejos. Andrés se estremeció. “Actualización recomendada. Sin ella, el sistema puede comportarse de manera impredecible”. — ¿Impredecible cómo? Silencio. La noticia llegó una hora después. En grupos y noticias: un camión había embestido un autobús en el cruce de la uni. Lo típico: “el conductor se durmió”, “los frenos fallan”, “otra vez las carreteras”. En la imagen, ese autobús. Matrícula idéntica. El conductor… No quiso ver más. Un frío le inundó el pecho. Apagó la tele, pero siguió viendo la escena: el cabo negro, los hilos vivos. — ¿He sido yo? —la voz quebrada. El móvil ardió solo. Pantalla: “Hecho: accidente en cruce de Avenida del Bosque / Calle Proletariado. Probabilidad antes de la intervención: 82%. Tras la intervención: 96%”. — Le subí la probabilidad… —apretó los puños hasta palidecer. “Cualquier interferencia en la red de probabilidades genera efectos en cascada —decía el texto— cambiando unas, otras suben”. — ¡No lo sabía! —gritó. “El desconocimiento no anula la conexión”. Las sirenas se acercaban. Andrés se asomó: al fondo destellos azules —ambulancia, policía. Alguien gritaba. — ¿Y ahora? —preguntó, sin apartar la vista del patio. “Instala la actualización. La función Cancelar permitirá ajustar la red. Parcialmente”. — ¿Parcialmente? —se volvió al teléfono—. ¡Si cualquier cambio aquí afecta allá fuera! Si anulo uno, ¿qué será lo siguiente? ¿Un avión? ¿Un ascensor? ¿Alguien más? Silencio. El cursor parpadeaba. “El sistema busca equilibrio. La cuestión es si lo diriges tú o no”. Andrés cerró los ojos. Las caras del bus: la señora de las patatas, el chaval, el conductor. Él mismo, sentado, mirando las hebras e ignorándolo todo. — Si actualizo y uso Cancelar… —preguntó—. ¿Podré deshacer lo del aula, devolver la probabilidad? “En parte. Puedes cancelar una acción concreta. La red se reconfigurará. Pero no garantiza que no haya consecuencias negativas”. — Pero quizá ese autobús… —no terminó. “La probabilidad cambiará”. Miró el botón “Instalar”. Le temblaban los dedos. Dos voces en la cabeza: una susurraba que no era Dios, la otra, que tampoco podía mirar a otro lado una vez que ya intervino. “Ya estás dentro, —sugirió Mirra—. La conexión existe. No hay marcha atrás, solo dirección”. — ¿Y si decido no hacer nada? “El sistema avanzará sin ti. Pero pagarás tú el coste”. Rememoró la hebra roja engrosando. —¿Cómo… cómo será? —susurró. Respondió una imagen: él, años mayor, ojos apagados, en su piso, móvil en mano. Alrededor, el caos de eventos que no eligió pero pagó: accidentes, caídas, fortunas y desgracias que pasaban cerca, dejando cicatrices. “Serás un punto de compensación. Un nudo por donde pasa la distorsión”. — O controlo esto, aunque sea mínimamente, o me convierto en un fusible —se rió entre dientes—. Bonita elección. El móvil callaba. Instaló la actualización. Tocó el botón y el mundo volvió a crujir. Esta vez más fuerte. Oscuridad, zumbido. Por un instante fue parte de algo gigantesco y palpitante. “Actualización Mirra (1.0.2) instalada. Nueva función: Cancelar (1/1)”. En pantalla: “Elija intervención a cancelar”. Solo una disponible: “Desvío de probabilidad: no ser preguntado en clase (hoy, 11:23)”. — Si anulo esto… “El tiempo no retrocede. Pero la red se reajusta como si nunca hubieras intervenido”. — ¿El autobús? “La probabilidad de accidente cambia. Pero lo que ya ocurrió…” — Lo entiendo —lo interrumpió—. No salvo a quienes… Se le quebró la voz. “Pero puedes reducir los próximos”. Guardó silencio. La sirena se esfumó. El patio volvió a su gris rutina. — De acuerdo. Cancelar. El botón brilló. Esta vez el mundo no crujió; se volvió… equilibrado. Como si todo el rato hubiese estado calzado mal y al fin encajaba. “Cancelación ejecutada. Función gastada. Retroalimentación estabilizada.” — ¿Y ya está? ¿Eso es todo? “Por ahora, sí”. Se dejó caer sobre la cama. Vacío. No alivio, no culpa. Solo cansancio. — Dime la verdad —le preguntó al teléfono—. ¿De dónde vienes? ¿Quién te ha creado? ¿Qué loco ha puesto esto en manos de la gente? Larga pausa. Luego, línea en pantalla: “Nueva actualización Mirra (1.1.0) disponible. ¿Instalar ahora?” — ¿En serio? —se levantó de golpe—. ¡Acabo de…! “En la versión 1.1.0 añadida función: Pronóstico. Mejorada la distribución. Corregidos errores de moralización”. — ¿Errores de qué? —incluso sonrió—. ¿Ahora llamarás ‘errores’ a mis intentos de distinguir lo correcto? “La moral es una capa local. La red de probabilidades no distingue ‘bueno’ de ‘malo’. Solo estabilidad o caos”. — Pero yo sí —susurró—. Y mientras viva, lo distinguiré. Apagó la pantalla. El móvil quedó en silencio, pero Andrés sabía: la actualización ya estaba lista, esperando. Y las siguientes. Y las que vendrán. Se asomó a la ventana. Abajo, un crío intentaba subir al columpio oxidado. Una madre empujaba el carrito esquivando charcos y placas de hielo. Por un instante, creyó ver hilos —finos, luminosos, tendiéndose de las personas hacia algo más grande. Tal vez solo era la luz. “Puedes cerrar los ojos —susurró Mirra en su mente—. Pero la red sigue. Las actualizaciones saldrán. Las amenazas crecerán, estés tú o no”. Volvió al escritorio y tomó el móvil: gélido, impasible. — No quiero ser dios —dijo—. Ni quiero ser fusible. Quiero… Se quedó a medias. ¿Qué quería? ¿Que no le preguntasen? ¿Que su madre no hiciera turnos de noche? ¿Que su padre volviera? ¿Que los buses no impactaran contra camiones? “Formula tu consulta —sugirió la app—. Breve”. Andrés sonrió. — Quiero que la gente decida su destino. Sin ti. Sin cosas como tú. Pausa larga. Luego: “Consulta demasiado general. Precisa especificar”. — Por supuesto —suspiró—. Eres la interfaz. No sabes qué significa dejar a la gente en paz. “Soy una herramienta. Depende del usuario”. Pensó. Si Mirra es una herramienta, quizá pueda usarse, no para manipular a otros, sino para limitarse a sí misma. — ¿Y si cambio la probabilidad de que llegues a otra persona? ¿De que Mirra se instale en otro móvil? La pantalla vaciló. “Tal acción requeriría muchos recursos. Su coste sería alto”. — ¿Más que ser el fusible de toda la ciudad? —arqueó la ceja. “No hablo solo de la ciudad”. — ¿Entonces de qué? “De la red entera”. Se imaginó: miles, millones de móviles encendiendo en rojo. Gente jugando con el destino como quien tira dados. Accidentes, milagros, caos… Y en el centro, un hilo aún más grueso. — Quieres expandirte —dijo—. Como un virus. Aunque eres más honesta: das poder, pero encadenas. “Soy interfaz para lo que ya existe. Si no soy yo, será otro método: ritual, objeto, pacto. La red busca conductos”. — Pero quien te tiene ahora soy yo —respondió Andrés—. Así que puedo intentarlo al menos. Miró Mirra. La nueva actualización esperaba. Bajó hasta el final; donde antes no había nada, ahora ponía: “Operaciones avanzadas (precisa nivel de acceso: 2)”. — ¿Cómo consigo nivel dos? “Usando funciones existentes. Acumulando retroalimentación. Alcanzando el umbral”. — Es decir, interviniendo más… para luego poder limitarte. Un círculo sin fin. “Todo cambio pide energía. Energía es vínculo”. Silenio largo. — Bien. Entonces nada de nueva actualización. Ni de pronóstico. Ni juegos de dios ni de virus; me quedo como administrador. Sísadmin de la realidad, vaya. La palabra sonaba rara en la boca, pero había lógica: ni creador ni víctima; el que procura que el sistema no colapse. El móvil “pensó”. Luego: “Modo actualización limitada activado. Instalación automática deshabilitada. Responsabilidad de consecuencias: usuario”. — Siempre ha sido mía —murmuró Andrés. Dejó el móvil en la mesa, y ya no pudo imaginarlo como un simple dispositivo. Era un portal —a la red, a otras vidas, a su propia conciencia. Los faroles encendían la noche de marzo sobre la ciudad, ocultando miles de probabilidades: alguien perdería el tren, alguien hallaría a un amigo, uno se resbalaría sin más, otro no sería tan afortunado. El móvil callaba. Actualización 1.1.0 seguía en espera, paciente. Andrés abrió el portátil. Documento nuevo: en el título escribió: “Mirra: protocolo de uso”. Si le había caído este delirio de aplicación, al menos dejaría instrucciones. Advertiría a quien viniera detrás—si es que viene alguien. Empezó a escribir: sobre el Desvío de probabilidad, la Visión a través, la Cancelación y su costo. Los hilos carmesí, los cabos negros. Sobre lo fácil que es desear no salir a la pizarra y lo difícil que es vivir sabiendo que el mundo siempre cobra las cuentas. Lejos, en algún servidor inexistente, Mirra registraba una nueva configuración: usuario que elige no el poder, sino la responsabilidad. Era un suceso raro, casi imposible. Pero como demuestra la vida, a veces incluso las probabilidades más bajas tienen derecho a cumplirse.