Actualización disponible
La primera vez que el móvil se tiñó de rojo fue en plena clase. No solo brilló la pantalla: todo el cuerpo del viejo y arañado ladrillo de Andrés relució desde dentro como un tizón con brasa.
Tío, a este paso te explota musitó Luis desde la mesa de al lado, apartando el codo. Ya te dije que no metieras esas versiones piratas.
La profesora de econometría garabateaba en la pizarra, el aula murmuraba entre dientes, pero el fulgor escarlata traspasaba incluso la tela vaquera de la chaqueta. El teléfono vibraba, no con sacudidas breves y típicas, sino con un latido exacto, acompasado, como un corazón.
Actualización disponible, apareció en la pantalla cuando, incapaz de aguantarse más, Andrés lo sacó del bolsillo. Bajo el aviso, un icono desconocido: círculo negro con un símbolo blanco tan simple que podía ser una runa o una M estilizada.
Parpadeó. Había visto miles de iconos así minimalistas, fuente moderna, todo muy cool, pero aquello le revolvió algo en el estómago. Como si fuera la app la que le estuviera mirando a él.
Nombre: Mirra. Categoría: Herramientas. Tamaño: 13,0 MB. Valoraciones: ninguna.
Descárgala siseó una voz a su derecha.
Andrés dio un respingo. A ese lado solo estaba Marina, concentrada en el cuaderno. Ni siquiera había levantado la cabeza.
¿Decías algo? se inclinó hacia ella.
¿Eh? No, nada replicó, sin dejar de escribir.
No era voz de hombre ni de mujer, no era susurro ni sonido. Solo surgió en su mente, como una notificación emergente.
Descárgala, repitió. Y en ese instante, la pantalla titiló, ofreciendo instalarla.
Contuvo la respiración. Él era de los que probaban todas las betas, cambiaba ROMs, hurgaba donde la mayoría ni entraría. Pero esto esto se pasaba de raro hasta para él.
Y aun así, su dedo tocó el botón.
Se instaló al instante, como si hubiera estado ahí todo el tiempo, aguardando permiso. Sin registro, ni login por redes, ni permisos. Solo una pantalla negra y una frase: Bienvenido, Andrés.
¿Cómo sabes mi nombre? se le escapó en voz alta.
La profesora lo fulminó por encima de las gafas.
Señor, si ha terminado de hablar con su móvil, puede volver a la ley de la oferta y demanda.
Los estudiantes soltaron una risita. Andrés masculló una disculpa, escondió el teléfono, pero sus ojos seguían anclados a la frase en la pantalla.
Función disponible: Desplazamiento de probabilidad (nivel 1).
Debajo, el botón: Activar. En letra diminuta: Atención: su uso altera la estructura de los acontecimientos. Puede tener efectos secundarios.
Claro, sí lo que me faltaba, firmar con sangre.
Por dentro, la curiosidad le bullía. Desplazar probabilidades. Sonaba a otro generador de suerte lleno de anuncios, que te roba datos y no sirve para nada.
Pero el resplandor rojo no se apagaba. El móvil, caliente, casi vivo. Andrés lo protegió bajo el cuaderno y tocó Activar.
La pantalla vibró como agua en una copa. Por un segundo, el mundo se silenció y los colores se intensificaron. Un pitido agudo martilleó sus oídos, como si alguien frotase un dedo en una copa de cristal.
Función activada. Elige objetivo.
Bajo el texto, un campo de entrada y la sugerencia: Describe el resultado deseado. Breve.
Andrés titubeó. Era una broma, pero su piel empezaba a erizarse. Miró a su alrededor: la profesora gesticulando, Marina con el boli, Luis dibujando un tanque en la libreta.
Vale, probemos.
Escribió: Que hoy no me saque a la pizarra. Los dedos le temblaban. Pulsó OK.
El mundo dio un respingo, pequeño, como si el ascensor bajara un milímetro y se detuviese. El estómago se le hundió, la respiración colapsó. Todo volvió.
Probabilidad ajustada. Quedan usos: 0/1.
Bien anunció la profesora, girándose hacia el aula. Sigamos por lista
A Andrés se le heló el estómago. Sabía que pronunciaría su apellido. Siempre, siempre, cuando no quería que le preguntaran
…Caballero leyó ella. ¿Dónde está? Tarde, como de costumbre. Bueno, pues
El dedo bajó por la lista. Paró.
Pérez. A la pizarra.
Marina resopló, cerró el cuaderno y, roja, se levantó.
Andrés ni sentía las piernas. En su cabeza martilleaba: Ha funcionado. Ha funcionado.
El teléfono se apagó, el brillo carmesí desapareció.
Salió de la universidad flotando, como tras un concierto. El viento de marzo giraba polvo, el asfalto brillaba por charcos, y sobre la marquesina pendía una nube gris, rocosa, casi palpable. Andrés caminaba con la vista fija en el móvil.
La aplicación seguía ahí, normal y corriente. Ni valoraciones, ni descripción. En ajustes, nada. En el sistema, como si no existiera: ni tamaño, ni caché. Pero él él había sentido el tirón de la realidad cambiar.
A lo mejor ha sido casualidad, se decía. Quizá no me iba a preguntar de todos modos, o se acordó de Caballero a última hora.
Pero en el fondo, otra idea se revolvía: si no fue casualidad…
El móvil pitó. En la pantalla: Nueva actualización disponible para Mirra (1.0.1). ¿Instalar ahora?
Qué rápidos sois murmuró Andrés.
Pulsó Más información. Emergió una ventana: Corregidos errores, mayor estabilidad, nueva función: Mirada al través.
Tampoco había desarrollador, ni versión de Android, ni las interminables parrafadas de las otras apps. Solo esa frase seca y, de alguna manera, sincera: Mirada al través.
Ni de coña dijo, pulsando Posponer.
El móvil protestó con un pitido dolido y se apagó. A los segundos, se encendió solo, refulgiendo rojo una última vez, y desplegó: Actualización instalada.
¡Eh! Andrés se paró en seco en la acera. ¡Pero si he dicho que no!
La gente lo esquivaba, un abuelo refunfuñó. El viento arrastró un folleto de electrodomésticos hasta sus pies.
Función disponible: Mirada al través (nivel 1).
Descrita abajo: Permite ver el estado real de objetos y personas. Radio: 3 metros. Duración máx.: 10 segundos. Precio: aumento de retroalimentación.
¿Retroalimentación de qué…? un escalofrío le atravesó el lomo.
El móvil no contestó. Únicamente iluminó la opción: Prueba.
No pudo resistirse en el autobús. Pegado a la ventana, con una señora y su bolsa de naranjas a un lado y un chaval con mochila al otro, Andrés contemplaba las calles pasar cuando sus ojos volvieron a fijarse en Mirra.
Diez segundos se convenció. Solo para ver qué significa.
Abrió la app y pulsó Probar.
El mundo suspiró. Los sonidos se apagaron, como sumergidos. Las caras se volvieron más nítidas, intensas. Sobre cada persona centelleaban hilos finos, apenas visibles: algunos enmarañados, otros sueltos.
Andrés parpadeó. Los hilos flotaban hacia la nada, se entrelazaban entre sí. Los de la señora, prietos y grises, varios cortados y chamuscados en los extremos. El chico tenía hilos azul celeste, vibrando, ansiosos.
Miró al conductor. Sobre su cabeza, un nudo apretado de hilos negros y oxidados, fundidos en una cuerda gorda que marchaba carretera adelante. Dentro algo se retorcía, como gusanos.
Tres segundos susurró Andrés. Cuatro…
Se miró las manos. De las muñecas, bajo la chaqueta, subían hilos rojos, temblorosos, translúcidos. Pero uno, grueso y rojo oscuro, iba directo al móvil. Y engordaba cada segundo.
Le dolió el pecho. El corazón desbocado.
¡Basta! pulsó para apagar la función.
El mundo recuperó el golpe. Volvió el estruendo del motor, las risas, el chirrido de frenos. La cabeza le dio vueltas y vio manchas.
Prueba finalizada. Retroalimentación: +5%.
¿Qué significa eso…? Andrés abrazó el móvil, temblando.
Nuevo aviso: Disponible la actualización Mirra (1.0.2). Recomendado instalar.
Horas después, ya en casa, seguía allí sentado al borde de la cama, mirando el móvil sobre el escritorio. La habitación, enana: cama, mesa, armario, ventana al patio con columpios destartalados. En la pared, un póster desvaído de la Estación Espacial Europea, colocado en el instituto.
Su madre estaba de noche, su padre de ruta, desaparecido. El piso respiraba polvo y soledad. Andrés, por costumbre, llenaba ese vacío de música o series. Hoy, el silencio bajo la piel solo amplificaba el golpeteo de su pecho.
El móvil parpadeaba: Instale la actualización Mirra para funcionamiento correcto.
¿Funcionamiento de qué? murmuró él. ¿De lo que haces con la gente? ¿Con las carreteras? ¿Conmigo?
Recordó el cable negro del conductor. Y el grueso hilo escarlata enganchado a su muñeca.
Precio: aumento de retroalimentación.
¿Retroalimentación de qué? repitió Andrés, aunque el sentido ya asomaba.
Siempre había creído que la realidad era pura probabilidad. Que sabiendo dónde tocar, puedes cambiar el resultado. Pero nunca soñó que alguien le pondría en las manos una herramienta así.
Si no instalas la actualización la frase surgió sobre el fondo de pantalla, el sistema empezará a compensar solo.
¿Qué sistema? saltó Andrés. ¿Quién eres?
La respuesta no fue texto. El mundo se ennegreció, como un parpadeo de luz. Un pitido en el oído, sangre en las sienes. Y entonces, percibió no una voz, sino una estructura, como si vislumbrara el código fuente de la realidad por sensaciones, no por letras.
Soy la interfaz. Soy la aplicación. Soy el camino. Tú eres el usuario.
¿Usuario de qué? ¿Magia? rió, ronco.
Llámalo así si quieres. Red de probabilidades. Flujos de resultado. Yo te ayudo a manipularlos.
¿Y el precio? apretó los puños. ¿Qué retroalimentación?
En la pantalla, una animación: el hilo rojo se refuerza con cada cambio, hasta envolver la silueta humana y asfixiarla.
Cuanto más interferencias, más fuerte es tu lazo con el sistema. Cambias el mundo, el mundo te cambia.
¿Y si?
Si dejas de usarlo, la conexión permanece. Pero si el sistema no recibe actualizaciones, buscará el equilibrio por sí solo. A través de ti.
El móvil vibró como si entrase una llamada. Notificación: Actualización Mirra (1.0.2) lista. Nueva función: Reversión. Corregidos fallos críticos de seguridad.
¿Reversión de qué? musitó.
Te permite deshacer un cambio. Una sola vez.
Vino el recuerdo del autobús, el cable sobre el conductor, los hilos de la gente. El suyo, engordando.
Si instalo esto titubeó.
Podrás deshacer una de tus alteraciones. Pero el precio
Claro ironizó. Siempre hay precio.
Precio: redistribución de probabilidades. Cuanto más soluciones busques, más distorsiones provocas.
Andrés se dejó caer sobre la cama con los codos en las rodillas. De un lado el teléfono, invasivo, capaz de cambiarle la vida. Del otro, un mundo donde siempre fue un simple pasajero.
Solo quería evitar una pregunta le confesó al vacío. Un deseo minúsculo. Y ya ves…
Una sirena sonó fuera, lejos, hacia la M-30. Se estremeció.
Se recomienda instalar la actualización. Sin ella el sistema podría comportarse de modo inestable.
¿Inestable cómo?
No hubo respuesta.
Se enteró del accidente una hora después. El informativo mostraba imágenes: en la rotonda de Cibeles, una camioneta había embestido a un autobús. Comentarios: el conductor se durmió, fallo de frenos, maldito tráfico en Madrid.
En la imagen congelada, aquel autobús. Matrícula conocida. El chófer… No pudo seguir mirando.
El frío lo inundó de dentro afuera. Apagó la tele, pero la escena del nudo negro volvió una y otra vez.
¿He sido yo…? su voz se quebró.
El teléfono resplandeció, ajeno a su mano. Pantalla: Evento: accidente en Cibeles. Probabilidad previa: 82%. Tras la intervención: 96%.
He subido la probabilidad se aferró a sí mismo.
Cualquier manipulación de la red provoca ondas. Redujiste la chance de que te preguntaran; en otra parte, la probabilidad aumentó.
¡Pero yo no lo sabía!
La ignorancia no rompe el vínculo.
La sirena subía por la calle. Andrés corrió a la ventana. Abajo, luces azules: ambulancia, policía. Voces nerviosas.
¿Y ahora qué? sin apartar la vista del patio.
Instala la actualización. La función Reversión te permitirá reajustar la red. Parcialmente.
¿Parcialmente? giró hacia el móvil. Hay consecuencias en cada lado; si anulo una, ¿qué desastre ocurrirá ahora? ¿Un avión? ¿Un ascensor? ¿Una vida?
Silencio. Solo el cursor palpitando.
El sistema busca el equilibrio. La cuestión es si participas a conciencia.
Andrés cerró los ojos. El rostro de la anciana del bus, del chico, del conductor. Y él, viendo los hilos, sin hacer nada.
Si instalo la actualización y uso Reversión ¿puedo deshacer lo que hice en clase? ¿Volverlo todo a como estaba?
En parte. Puedes revertir un cambio concreto. La red se reconfigurará. No se garantiza la ausencia de otros efectos.
Pero el autobús no terminó.
La probabilidad cambiará.
La opción Instalar brillaba. Temblaba. Dos voces enfrentadas: una le susurraba que no debía jugar a ser dios; otra, que tras haber intervenido, no podía retirarse.
Ya estás dentro susurró Mirra. Ya hay vínculo. Solo queda elegir el sentido.
¿Y si no hago nada?
El sistema seguirá actualizándose solo. Pero el coste recaerá sobre ti.
Recordó el hilo carmesí grueso. Y cómo no dejaba de engordar.
¿Cómo es eso? dijo suavemente.
La respuesta le llegó como una visión: él, envejecido, ojos vacíos, sentado en la misma cama, móvil en mano. Rodeado de un caos de sucesos que él no provocó, pero pagó: accidentes, colapsos, fortunas impredecibles, todos dejándole huella.
Serás el nodo de compensación. El fusible donde revientan las distorsiones.
O controlo esto, o solo soy… ¿un fusible? sonrió triste. Gran solución.
El móvil callaba.
Instaló la actualización.
Al tocar el botón, el mundo dio un tirón más fuerte. La vista se oscureció, los oídos zumbaron. Por un segundo fue solo un órgano más del sistema.
Actualización Mirra (1.0.2) instalada. Función: Reversión (1/1).
Elige intervención a revertir.
Solo un evento: Desplazamiento de probabilidad: no ser preguntado en clase (hoy, 11:23).
Si revierto esto
El tiempo no retrocede. La red se ajusta como si nunca hubiera habido intervención.
¿El autobús?
La probabilidad de accidente disminuirá. Pero algo ya ocurrido
Lo entiendo interrumpió, la garganta rota.
No salvarás a quienes ya
Palabras ahogadas.
Pero puedes reducir las siguientes.
Largo silencio. Afuera la sirena se apagó. El patio volvió a su ordinaria quietud.
De acuerdo. Revertir.
El botón chisporroteó. Esta vez el mundo no saltó; al contrario, los cimientos se reequilibraron, débiles pero firmes.
Reversión completada. Función gastada. Retroalimentación estabilizada.
¿Y ya está? ¿Eso es todo?
Por ahora.
Cayó sentado. Vacío. Ni alivio, ni culpa. Solo agotamiento.
Sé sincera le dijo al móvil. ¿De dónde vienes? ¿Quién te creó? ¿Qué loco dio esto a la gente?
Una pausa interminable. Después: Actualización Mirra (1.1.0) disponible. ¿Actualizar ahora?
¿Me tomas el pelo? volvió a levantarse. ¡Acabo de!
Versión 1.1.0: Función Previsión. Nuevos algoritmos. Corregidas incidencias de moralización.
¿Qué incidencias? soltó una risa amarga. ¿Llamas mis preguntas errores?
La moral es circunstancial. La red solo distingue entre estabilidad y colapso.
Yo sí los distingo contestó bajo. Y mientras viva, lo haré.
Apagó el móvil. Lo dejó sobre la mesa, silencioso. Pero Andrés sabía: la actualización ya estaba. Esperando. Como todas las que vendrán.
Se asomó a la ventana. Un niño trepaba al columpio oxidado del patio, que crujía sin romperse. Una mujer empujaba el carrito bordeando charcos.
Andrés entornó los ojos. Por un instante, creyó distinguir de nuevo los hilos: sutiles, translucientes, extendiéndose desde las personas a lo desconocido. ¿O quizá era solo el crepúsculo?
Puedes cerrar los ojos murmuró Mirra en la frontera de su pensamiento. Pero la red permanece. Las actualizaciones seguirán llegando. Las amenazas, creciendo. Contigo, o sin ti.
Regresó al escritorio, cogió el móvil. Frío, sorprendentemente.
No quiero ser dios dijo. Ni quiero ser un fusible. Yo quiero
Se trabó. ¿Qué quería, en realidad? ¿Que no le preguntaran en clase? ¿Que su madre no trabajase de noche? ¿Que su padre volviera? ¿Que los autobuses no se estrellaran?
Formula un deseo propuso Mirra. Breve.
Andrés sonrió sin humor.
Quiero que cada uno decida su destino. Sin ti. Sin ningún otro.
Larga pausa. En la pantalla: Petición demasiado general. Precisa concreción.
Claro resopló. Eres la interfaz. No sabes qué significa que te dejen en paz.
Soy una herramienta. Todo depende del usuario.
Se quedó pensativo. Si Mirra era un instrumento… Tal vez no solo podía manipular vidas ajenas, sino autoimponerse límites.
¿Y si quiero cambiar la probabilidad de que tú llegues a otros móviles? preguntó, despacio. Que Mirra se instale en más personas.
La pantalla vaciló.
Operación costosa. El precio será elevado.
¿Más alto que ser el fusible de toda Madrid? alzando la ceja.
No hablamos de la ciudad.
¿De quién, entonces?
De la red completas.
Imaginó miles, millones de móviles brillando escarlata. Gente jugando con probabilidades como con canicas. Accidentes, milagros, caos, y una sola hebra en el centro, más gruesa, oscura.
Quieres expandirte dijo. Como un virus. Pero lo admites: das poder y lo cobras amarrando.
Soy interfaz de lo que ya existe. Si yo no, otro. Ritual, artefacto, pacto. La red siempre busca canales.
Pero ahora eres mi canal replicó Andrés. Al menos debo intentarlo.
Abrió Mirra. La nueva actualización aguardaba. Al fondo de la lista, una nueva línea: Operaciones avanzadas (nivel 2 requerido).
¿Cómo se consigue nivel dos?
Usando funciones actuales. Acumulando retroalimentación. Alcanzando el umbral.
Hay que intervenir más y más antes de limitarte… negó con la cabeza. Un círculo vicioso.
Todo cambio requiere energía. Energía es vínculo.
Silencio largo. Finalmente suspiró.
Bien. No instalaré la nueva actualización. Ni jugaré con Previsión. Pero tampoco permitiré que vayas a nadie más. Eres una herramienta, te quedas aquí. Conmigo.
Sin actualizar, funcionalidad limitada. Las amenazas crecerán.
Nos las apañaremos. No seré dios, ni virus. Solo el adminsitrador del sistema. El sysadmin de la realidad, maldita sea.
La palabra se ancló en su pecho: no creador, no víctima, sino garante de que todo no colapse.
El móvil meditó. Luego notificó: Modo de actualización limitada activado. Instalación automática desactivada. Responsabilidad de consecuencias: usuario.
Siempre ha recaído en mí dijo Andrés.
Dejó el móvil, incapaz ya de verlo como un simple aparato. Ahora era un portal: a la red, a vidas ajenas, a su propia consciencia.
Fuera brillaron farolas. La noche de marzo descendió sobre Madrid, ocultando incontables probabilidades: alguien perdería el tren, alguien haría un amigo, alguien resbalaría y sólo se llevaría un golpe, otro no.
El móvil callaba. La 1.1.0 seguía en cola, paciente.
Andrés abrió el portátil. Apareció una nota en blanco. Tituló: Mirra: protocolo de uso.
Si tenía que ser el usuario de ese disparate, al menos sería quien dejara instrucciones. Una advertencia, para los que después vengan, si vienen.
Comenzó a escribir: sobre Desplazamiento de probabilidad, Mirada al través, la Reversión y su precio. Sobre los hilos carmesí y los cables negros. Sobre lo fácil que es desear no ser preguntado y lo difícil que es pagar la factura de la realidad.
En lo más profundo de la red, silencioso, un contador registraba los siguientes parches. Decenas de funciones por venir, cada una con su coste. Pero ninguna se instalaría sin su permiso.
El mundo seguía rotando; las probabilidades, entretejiéndose. Y, en una habitación cualquiera de Chamberí, un muchacho intentaba escribirle a la magia lo que nunca tuvo: un acuerdo de usuario.
Y allá lejos, en servidores secretos, Mirra registró la nueva configuración: usuario que escogió responsabilidad, no poder.
Un evento infrecuente, casi inverosímil. Pero como recordaba la red: a veces, hasta la probabilidad más baja merece cumplirse.






