Acorde de Entendimiento

Irene y Sergio llevaban todo el día dándole vueltas a la casa porque el pequeño Máximo iba a quedarse con nosotros una semana completa mientras sus padres estaban fuera.

Irene, con sus manos siempre suaves y esa preocupación constante en la mirada, corría de un lado a otro arreglando todo, quitando el polvo, cambiando las sábanas de la habitación que antes era del cuarto de su hija Luna y acomodando de nuevo la colcha. No paraba quieta.

Le rondaba la cabeza que nada quedara perfecto, que nuestra casita, tan acogedora y conocida, pudiera resultarle aburrida y anticuada a un chico de la generación actual. «Sergio, ¿has comprado los yogures que le gustan y las mandarinas más dulces?», le lanzaba de paso mientras volvía a hurgar en la nevera.

Sergio, robusto pero ya cansado de tanto trajín, asentía mientras, con sus gafas de lectura, anotaba en un cuaderno a cuadros la lista bajo el título «Plan de acción»: «Zoo de Madrid (ver osos y lobos), Parque del Retiro (carrusel, helado), barbacoa en la casa de campo (enseñar a encender fuego)».

Recordaba los paseos que su padre le había hecho de excursión y quería pasarle ese legado, enseñarle algo real, no una pantalla. Revisaba el carbón de la barbacoa, arreglaba la repisa que chirriaba en el recibidor, sintiéndose el proveedor y el ingeniero jefe de esas vacaciones.

Nos hablábamos poco, solo coordinábamos lo que había que hacer. Una ansiedad compartida corría de fondo. Teníamos miedo de no conectar con ese crío veloz, que nos parecía un extraterrestre de otro planeta.

Máximo, con sus ojos serios y el móvil pegado a la mano como una extensión, vivía en un universo digital de vídeos infinitos, shooters y pequeños personajes bailando en la pantalla. Nos contaba la hija que era listo pero introvertido, que amaba los documentales de dinosaurios y del espacio, pero que podía pasar horas sin decir nada, clavado en la tablet.

Veíamos sus dedos correr por el cristal y no entendíamos qué podía haber allí que le resultara interesante. Esa pared de silencio nos asustaba, como si él levantara un muro entre él y el aburrido mundo de los adultos.

Temíamos que en una semana no escucháramos su risa verdadera, que no viera sus ojos iluminarse con algo auténtico, y por eso estábamos tan agitados, preparando el mundo perfecto según nuestro criterio, sin darnos cuenta de que la clave no estaba en los entretenimientos sino en otra cosa.

Llegó Máximo en coche, se dejó abrazar por su abuela en silencio, estrechó la mano del abuelo con frialdad y, con la mochila que contenía la tablet como si fuera su escudo, se encerró en la habitación que le habíamos preparado. Así empezó la semana que habíamos planificado al milímetro.

La visita al zoo fue la primera batalla que perdimos. Sergio, como guía, contaba con entusiasmo sobre los osos pardos, y Máximo sacó el móvil, grabó la jaula cinco segundos y mandó un mensaje de voz a un amigo: «Mira, el oso parece sacado de un dibujo». Y siguió andando, mirando bajo los pies más que dentro de los recintos.

Intentar hornear un pastel con la abuela resultó en un rotundo «No me gusta jugar con la masa», dijo el chico. Irene recordó cómo Luna a su edad se embarraba de harina y se reía como una loca.

El momento cumbre fue la pesca. Sergio, emocionado, mostraba cómo colocar el gusano, hablaba del silencio de la madrugada y de la emoción cuando pica el pez. Máximo aguantó unos cuarenta minutos mirando el flotador con una cara de aburrimiento total. Al final exhaló: «Abuelo, ¿puedo quedarme con el móvil? Aquí no pasa nada». Pero al mirar la pantalla se dio cuenta de que no había señal, y empezó a suspirar en voz alta hasta que el abuelo decidió que era hora de volver a casa.

Esa noche, con una taza de té en la cocina, nos quedamos en silencio. Ese silencio hablaba más que mil palabras; nos sentíamos derrotados, viejos, fuera de juego. Nuestro cálido mundo familiar había parecido soso.

A la mañana siguiente Irene se propuso hacer tortitas de manzana, las que a Luna le encantaban. Máximo estaba en la mesa, jugueteando sin interés con el tenedor. De pronto su mirada se posó en una guitarra vieja que había en el rincón. El instrumento llevaba años sin tocar, pero aún tenía presencia.

¿De quién es? preguntó sin mucha curiosidad.

Sergio, terminando su té, se animó.

Mía. La usaba cuando era más joven. Ya hace años que no la toco.

¿Puedes tocar algo?, pidió Máximo, más como un reto que como un favor.

Irene se quedó con la cuchara en la mano, Sergio dio una cabezada, diciendo que ya estaba todo olvidado. Pero el chico no cedía. En sus ojos brilló la chispa de la expectativa: «¡Al menos una canción!».

Sergio suspiró, se aclaró la garganta y tomó la guitarra con mano temblorosa. Los dedos hallaron los primeros acordes, y empezó a cantar una canción popular de campamento que él solía entonar al calor de una hoguera.

Máximo, que antes parecía indiferente, levantó la cabeza. Sus ojos se agrandaron; no solo estaba escuchando, estaba absorbiendo cada sonido. Cuando Sergio terminó, se hizo un silencio, y luego el chico, con voz suave, preguntó:

¿Me enseñas? Al menos ese fragmento cantó el estribillo.

Esa noche no encendimos la tele. Nos quedamos los tres en el salón: Sergio mostraba los acordes básicos, Irene cantaba a coro, recordando viejas letras, y Máximo, rojo de la emoción, apretaba las cuerdas y se alegraba con cada nota clara.

Descubrimos que el silencio que Sergio tanto apreciaba en la pesca era inquietante para el niño, pero el silencio lleno de música era otro mundo: el silencio de la creación compartida.

Antes de dormirse, Máximo le dijo a Irene:

Abuela, tu abuelo es genial, casi un rockero.

Irene sonrió, le acarició la cabeza y comprendió que habíamos mostrado nuestro mundo desde el ángulo equivocado. No hacía falta arrastrar al nieto a nuestro pasado, sino encontrar en él algo que pudiera encajar en su presente.

Al día siguiente, en el desayuno, la atmósfera cambió totalmente. En vez de la tablet, Máximo tomó la guitarra.

Abuelo, ¿me enseñas más acordes? preguntó.

Sergio, terminando su café, intentó mantener la seriedad, pero una sonrisa se dibujó en los labios.

Claro, pero primero desayuna bien, que a los músicos les dan fuerzas.

Irene los observaba y sentía que la última gota de preocupación se evaporaba. La noche de guitarra había sido la llave mágica que abrió la puerta a nuestro mundo compartido, y ahora estábamos del mismo lado.

Cuando, tras unos días, volvieron los padres de Máximo, los encontraron con la guitarra en la mano, mostrando un acorde de Mi menor, no perfecto pero sí orgulloso y verdadero. Sergio, a su lado, ajustaba la posición de sus dedos como un maestro.

Durante el té, surgió la conversación sobre actividades extracurriculares.

Pensábamos meterlo en robótica, que es lo de moda ahora dijo el yerno.

Irene y Sergio se miraron. Irene, habitualmente delicada, tomó la palabra con firmeza.

Nosotros vemos cómo se le iluminan los ojos cuando toca la guitarra. No es solo un pasatiempo, es una pasión.

Sergio siguió, más emocionado de lo habitual:

Tiene oído, pero sobre todo tiene ganas. No solo aprieta cuerdas, crea. La música enseña a escuchar, a oír, a tener paciencia. Un dedo fuera de sitio y el sonido cambia; eso disciplina.

No presionaron, solo compartieron el descubrimiento. Contaron cómo Máximo, impaciente, se quedaba media hora intentando colocar bien los dedos, sin rendirse. Cómo pedía escuchar a los grupos viejos que él mismo conocía.

La robótica está bien concluyó Irene, pero miradlo. ¿Cómo negar una ilusión así?

Los padres, sorprendidos, vieron a su hijo en la habitación contigua, concentrado, aprendiendo una nueva secuencia de acordes bajo la guía del abuelo. En sus ojos ya no había la típica distancia, sino una llama que habían esperado ver.

Un mes después, Máximo se matriculó en la escuela de música para guitarra. Su profesora, una mujer estricta con años de experiencia, comentó tras la primera clase:

«Este chico llega con mucho bagaje. En casa lo han preparado bien. No solo tiene oído, entiende la música. Es una rareza».

La escuela dejó de ser una obligación y se convirtió en la continuación de ese descubrimiento mágico que ocurrió en la sala de estar con la abuela. Practicaba escalas porque lo llevaban a melodías más complejas y hermosas. Soportaba los ejercicios aburridos porque eran el precio para, algún día, tocar como su abuelo, con la misma inspiración y libertad.

En una reunión familiar, cuando los invitados pidieron que cantara algo, Máximo tomó la guitarra del abuelo, titubeó al principio, pero en la canción con la que todo empezó puso una sinceridad y calor que hicieron que a Irene se le escaparan lágrimas. Miró a su esposo, y él, orgulloso, le devolvió la mirada.

Ahora Máximo viene a casa no por obligación, sino porque espera esas noches con la guitarra. Se sienta junto a su abuelo en el sofá, le muestra lo que ha aprendido y Sergio corrige: «Pon el dedo aquí, suena más limpio».

Irene se sienta en su sillón, tejiendo o leyendo, y simplemente escucha. Esos sonidos, a veces torpes, a veces perfectos, se han convertido en su mejor música. Ya no corre detrás de él con mil planes, ni intenta llenarlo de comida a reventar.

A veces los tres se quedan en silencio mientras él ensaya una melodía nueva, y ese silencio ya no es incómodo, sino tranquilo. Hemos encontrado la forma de estar juntos, sin intentar cambiarnos, compartiendo lo que ahora importa a los tres. Esa, querida amiga, es la verdadera comprensión.

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