Acepté cuidar al hijo de mi mejor amiga sin saber que era de mi marido.
Mi mejor amiga, Beatriz, se quedó embarazada hace cuatro años. Yo, por aquel entonces, vivía una existencia plácida en Madrid: casada con Sergio, con estabilidad y un hogar luminoso en Chamartín. Ella, sola, sin pareja ni certezas, llamaba a mi puerta con lágrimas en los ojos. Un día me telefoneó llorando, preguntándome qué iba a hacer con el niño, que tenía que seguir trabajando y no sabía a quién dejárselo. Me lo suplicó:
Eres la única persona en la que confío, Inés.
Acepté sin pensarlo. Después de todo, éramos amigas desde que corríamos por los patios del instituto. Al principio, el niño solo se quedaba conmigo unas horas. Luego los días se fueron alargando. Yo le bañaba, le preparaba puré, le acunaba hasta que se dormía en mis brazos. Sergio, mi marido, también estaba allí; jugaba con el niño, lo paseaba en brazos, hasta le compró un peluche de toro en la Puerta del Sol. Me parecía normal. Hasta bonito.
Beatriz venía mucho a casa. A veces nos quedábamos a comer todas juntas, otras yo charlaba con Sergio en la cocina mientras ella descansaba en el dormitorio. Jamás me resultó extraño, ni siquiera una sospecha me cruzó la mente; confiaba en ambos ciegamente. Ni por un segundo pensé que hubiese algo turbio.
Luego, visto con los ojos del sueño y la distancia, todo era un delirio de pistas. El niño tenía la misma nariz que Sergio, idéntica sonrisa. Pensaba que me estaba dejando sugestionar. Un día, mientras jugaba sobre la alfombra, el pequeño me llamó “mamá”. Beatriz se rió, me dijo que era normal, que los niños se lían. Yo reí también. No quería seguir dándole vueltas.
Todo se desmoronó la noche en la que el niño se puso malo. Fiebre alta. Beatriz estaba en Sevilla y no contestaba. Yo, presa del pánico, lo llevé al Hospital Universitario de La Paz. Sergio, que regresaba de un viaje, apareció en urgencias y vino conmigo al mostrador. Allí, la enfermera pidió los datos del padre. Nadie le preguntó directamente, pero Sergio, sin titubear, dictó sus tres nombres: Sergio Ruiz Caballero.
Ahí lo vi. Le miré:
¿Por qué has dicho eso?
Me contestó:
No sé Estaba nervioso.
Pero su rostro contaba otra historia.
En el aparcamiento, bajo el vaho de las farolas, le encaré:
¿Ese niño es tuyo?
Al principio lo negó. Me llamó loca, me dijo que cómo podía pensar semejante cosa. Insistí una y otra vez, repitiendo la pregunta hasta la náusea. Al final, sólo guardó silencio, cabizbajo. Su silencio me lo contó todo.
Aquella misma noche llamé a Beatriz y le ordené que viniera. Cuando llegó, la enfrenté directamente:
¿El niño es de Sergio?
Lloró. Asintió.
Nunca quise hacerte daño, Inés.
Le respondí:
Me has dejado criar a tu hijo sin decirme la verdad.
Me confesó que Sergio le rogó que no dijera nada cuando se enteró del embarazo. Que asumiría su responsabilidad, pero a mis espaldas. Y fue exactamente lo que hizo. El niño vivía en mi casa. Yo lo criaba, yo pagaba todo, yo era quien le acunaba.
Aquella noche en el Madrid ensoñado lo vi todo con claridad. Por qué pasaba tanto tiempo con nosotros; por qué Sergio nunca se quejaba; por qué Beatriz me confiaba lo más valioso que tenía. Yo era la cuidadora, la niñera, casi la madre del hijo de mi propio marido.
Algo dentro de mí se rompió, como el cristal fino de una copa de vino tinto de la Ribera del Duero.
Aquella semana puse fin a mi matrimonio y perdí a mi mejor amiga. No hubo vuelta atrás.
El niño no tiene la culpa, lo sé. Pero no quise volver a verle. Ahora vivo en mi piso de Madrid, tranquila. Ya no hay en mi vida quienes me traicionaron.







