Accedí a cuidar del hijo de mi mejor amiga, sin imaginarme que era de mi propio marido.
Mi mejor amiga se quedó embarazada hace cuatro años. En aquel momento, mi vida era tranquila y ordenada: estaba casada, tenía un hogar estable, seguridad, todo lo que se puede desear. Pero ella estaba sola, sin pareja, sin respaldo alguno. Un día me llamó llorando, completamente desbordada. Me confesó que no sabía cómo apañárselas con el bebé, que tenía que trabajar y no tenía nadie en quien confiar para dejar al niño. Me lo pidió casi suplicando:
Eres la única persona en la que confío.
No lo dudé un instante y acepté. Nos conocíamos desde hacía muchos años, éramos inseparables.
Al principio, el niño se quedaba conmigo solo un par de horas, pero pronto empezó a pasar días enteros en casa. Yo lo bañaba, le daba de comer, lo dormía en mis brazos. Mi marido también estaba muy pendiente: jugaba con él, lo alzaba, llegaba incluso a comprarle juguetes. Me parecía lo más normal, incluso tierno.
Mi amiga venía mucho a casa. A veces se quedaba a comer. Otras, mientras ella estaba en el dormitorio, yo hablaba con mi marido en la cocina. Jamás pensé nada extraño. Tenía plena confianza en ambos. Ni se me pasó por la cabeza que pudiera haber algún secreto.
Poco a poco, empecé a notar detalles que, visto en retrospectiva, eran pruebas evidentes. El niño se parecía muchísimo a mi marido: la misma nariz, la misma sonrisa… Intenté convencerme de que exageraba. Un día, mientras jugábamos, el niño me llamó mamá. Mi amiga se echó a reír y me dijo que era normal, que los niños se confunden con las personas que les cuidan. Reí con ella y decidí no seguir pensando en el tema.
Todo se vino abajo cuando el niño enfermó. Le subió la fiebre muchísimo. Mi amiga estaba fuera de Madrid y no contestaba al teléfono. Asustada, lo llevé al hospital. Mi marido vino conmigo. En la recepción pidieron los datos del padre y, aunque nadie se lo preguntó directamente, él dijo su nombre y apellidos sin dudar.
Lo noté enseguida. Y le pregunté:
¿Por qué has dicho eso?
Él contestó:
No lo sé… Estaba nervioso.
Pero su cara decía mucho más.
Al salir del hospital, le enfrenté en el aparcamiento:
¿Ese niño es tuyo?
Al principio lo negó todo. Dijo que estaba loca, que cómo podía pensar semejante cosa. Pero insistí, una y otra vez. Al final, calló y bajó la cabeza. Ese silencio lo dijo todo.
Aquella misma noche llamé a mi amiga para que viniera a casa. Cuando llegó, fui directa:
¿El niño es de mi marido?
Se echó a llorar y me dijo que sí. Me dijo entre lágrimas:
Jamás quise hacerte daño.
Yo solo pude responder:
Me dejaste criar a tu hijo sin decirme la verdad.
Me contó que cuando se quedó embarazada, él le rogó que no dijera nada. Que él asumiría su responsabilidad, pero a mis espaldas. Y eso hizo: el niño tenía su sitio en mi hogar, yo lo cuidaba, pagaba todo, le arropaba por las noches.
Aquella noche entendí cada cosa: por qué el niño pasaba tanto tiempo en casa, por qué mi marido nunca se quejaba de ayudar, por qué ella confiaba tanto en mí. Yo había sido la cuidadora, la niñera, casi la madre del hijo de mi marido.
Algo dentro de mí se rompió.
Esa misma semana puse fin a mi matrimonio. Perdi también a mi mejor amiga. Ya no había vuelta atrás.
Sé que el niño no tiene culpa, lo sé de sobra. Pero no quise volver a verle. Hoy vivo en paz en mi piso, lejos de quienes me traicionaron, y eso no tiene precio.







