Hace mucho tiempo, en un rincón de Madrid, me vino a la mente una idea: “Tal vez nosotros, querido, seamos una familia un poco fuera de lo común”.
Qué bien tenerte a mi lado dijo Alejandro, abrazando a su esposa.
¡Y yo soy feliz de estar contigo! respondió Carmen.
¿Y con quién más iba a estar? rió el hombre. Claro que solo contigo. Eres mi destino. La mejor mujer del mundo.
Carmen no dijo nada, solo besó la mejilla de su marido y se apresuró hacia la cocina para sacar el pastel del horno.
Aquel día, la familia Martínez celebraba sus bodas de plata. Habían decidido festejarlo con sencillez, en la intimidad del hogar. Solo ellos y sus dos hijos: Javier, un estudiante de secundaria, y su hija Lucía, que acababa de graduarse en la universidad y había empezado a trabajar.
Lucía había alquilado un piso cerca de su nuevo empleo. Aunque Carmen intentó disuadirla “¿Para qué gastar en un alquiler? Aquí tienes tu habitación, vivimos en armonía”, la joven insistió en probar su independencia.
Mamá, os quiero mucho, pero necesito aprender a valerme por mí misma. Además añadió con una sonrisa, tus pasteles son tan irresistibles que temo acabar como un tonel. Tú eres delgada por naturaleza, pero yo no heredé tu figura. ¡Tendré que cuidarme!
Carmen sonrió al mirar a su hija. Lucía no se parecía en nada a ella. Carmen era menuda, casi frágil, con un rostro sencillo que apenas usaba maquillaje, siempre con el pelo recogido en una coleta. En cambio, Lucía era una belleza, heredada de su padre.
Alejandro era un hombre imponente: alto, de porte distinguido. Con los años había ganado algún kilo de más inevitable, con los dulces de Carmen, pero incluso a sus cuarenta y ocho años, seguía siendo un hombre atractivo.
Carmen sabía que, a su lado, ella pasaba desapercibida. Pero no le importaban los murmullos a sus espaldas. Para su marido, ella era la mujer más bella del mundo.
***
Cuando Carmen conoció a Alejandro, ella tenía veinte años y él veintidós.
Fue un día de septiembre, camino al cumpleaños de su amiga Violeta. Carmen entró en una floristería para comprar un ramo. Allí estaba un joven, eligiendo flores bajo la atenta mirada de la vendedora, quien no podía disimular su interés.
El joven era extraordinariamente guapo. “Parece salido de una película”, pensó Carmen.
De pronto, él se dirigió a ella:
Señorita, ¿qué ramo le gusta más? ¿Este de rosas rojas o el de claveles?
Carmen, sorprendida, contestó:
Yo elegiría los claveles, aunque la mayoría prefiere las rosas.
¿Y a su novia qué flores le gustan? preguntó la vendedora.
¿Mi novia? él rió. No, las flores son para la prima de un amigo. Él me arrastró a esta fiesta y no quiero llegar con las manos vacías.
Pues si lleva rosas, no fallará sugirió Carmen.
¿A usted también le gustan? preguntó él, haciendo que Carmen se ruborizara.
Prefiero las flores silvestres, pero las rosas son clásicas.
Qué curioso dijo él. A mí también me encantan las silvestres. Mi madre siempre trae ramos del campo. Tienen una belleza humilde, pero única.
El joven compró las rosas y, al salir, le dedicó una sonrisa a Carmen.
Qué muchacho tan guapo murmuró la vendedora.
Desde luego asintió Carmen, comprando unos crisantemos antes de partir.
Su sorpresa fue mayúscula al encontrar al mismo joven en la fiesta de Violeta. Se llamaba Alejandro y había ido acompañando a su amigo Arturo, primo de la cumpleañera.
Pasaron la velada intercambiando miradas y sonrisas. Alejandro se sentó a su lado, hablaron de todo y de nada, y cuando Carmen se marchó, él insistió en acompañarla.
Al día siguiente, Violeta la ignoró en la universidad.
¿No lo entiendes? le espetó, furiosa. Arturo trajo a Alejandro para presentármelo. ¡Y tú te lo llevaste!
No hice nada protestó Carmen, desconcertada.
¡Como si no se notara! ¿Qué le ves tú a él, siendo tan corriente?
Esa noche, Carmen se miró al espejo y susurró:
Tiene razón. ¿Quién me iba a querer a mí?
En ese momento, sonó el teléfono. Era Alejandro.
Quedaron junto al río Manzanares. Cuando Carmen llegó, él ya la esperaba con un ramo de flores silvestres. Y en su sonrisa, ella supo que estaba perdidamente enamorada.
Así comenzó su historia. Muchos vaticinaron que un hombre como Alejandro jamás se fijaría en una chica como Carmen. Pero él solo tenía ojos para ella.
Un año después, se casaron. Y en veinticinco años, nunca discutieron.
Alejandro murmuró Carmen esa noche, acurrucada junto a él. Somos una familia rara.
¿Por qué?
Porque nunca nos hemos peleado. ¿Es eso normal?
¿Quieres pelearnos? bromeó él, haciéndole cosquillas.
¡No, no! rió ella, esquivándolo.
Pues entonces seguiremos así dijo Alejandro, besándola. Porque eres mi flor silvestre, la más bella de todas.






