Abuelas a la medida
Soledad Fernández se despertó súbitamente, sacudida por una carcajada. No un murmullo disimulado ni una risa contenida, sino una de esas risas rotundas y desvergonzadas que siempre había detestado, y mucho más en una habitación de hospital. La causante era su compañera de cama, que apretaba un móvil contra la oreja y agitaba la mano libre en el aire, como si quien la escuchaba al otro lado de la línea pudiera verla.
¡Mar, eres increíble! gritaba la mujer. Pero, ¿de verdad lo soltó así? ¿Delante de todos?
Soledad miró el reloj. Las seis y cuarenta y cinco de la mañana. Quedaban quince minutos hasta que las enfermeras encendieran las luces, quince minutos preciosos de silencio antes de la operación.
La noche anterior, nada más traerla al cuarto, la otra ya estaba acostada y tecleando desenfrenada en el móvil. Se saludaron rápido, un buenas noches y poco más antes de sumergirse cada cual en sus preocupaciones. Soledad agradeció el mutismo. Pero ahora aquello era poco menos que una verbena.
Perdone dijo, baja pero firme, ¿puede bajar un poco la voz?
La mujer se giró. Tenía la cara ancha, el pelo corto plagado de canas que ni se molestaba en disimular, y vestía un pijama lleno de enormes lunares rojos. En un hospital, por favor…
¡Uy, Mar, te llamo luego, que aquí me han salido profesoras! cortó la llamada sin perder la sonrisa y miró a Soledad: Perdone, soy Teresa Valverde. ¿Ha dormido algo? Yo, imposible, siempre me da por llamar a todas horas antes de las operaciones.
Soledad Fernández. Si usted no duerme, no quiere decir que las demás no tengamos derecho a descansar.
Pero ya no está usted dormida Teresa le guiñó un ojo. Tranquila, que ahora susurro. Palabra.
No susurró. Llamó dos veces más antes del desayuno, cada vez más ruidosa. Soledad se tapó la cabeza con la manta, mirando la pared, pero ni así logró aislarse.
Era mi hija explicó Teresa más tarde, sin tocar el desayuno. Pobre, está nerviosa por lo de la operación. Le digo que no es para tanto, intento tranquilizarla.
Soledad no respondió. Su hijo no había llamado. Pero tampoco lo esperaba, le había avisado que tenía una reunión importante desde primera hora. Así le había criado ella: el trabajo, ante todo, eso es responsabilidad.
Se llevaron primero a Teresa. Iba por el pasillo saludando a todo el mundo y gritando alguna broma. Soledad deseó, con un nudo en el estómago, que a la vuelta la trasladaran de habitación.
La recogieron después de una hora. El posoperatorio fue duro, la anestesia se le atragantaba, y despertó con náuseas y un dolor romo en el costado derecho. La enfermera le insistió que había salido bien, solo tenía que aguantar. Y aguantar, pensó Soledad, era algo que siempre había sabido hacer.
Por la tarde, cuando la trajeron a la habitación, Teresa ya estaba en su cama. Cara pálida, ojos cerrados, el suero colgado de la mano. Silenciosa. Por primera vez.
¿Cómo va? preguntó Soledad, sin proponérselo.
Teresa abrió los ojos y le dedicó una sonrisa débil.
Aquí sigo. ¿Y usted?
También.
Ambas callaron. Fuera, caía la tarde y el goteo de las vías dibujaba una música monótona.
Perdón por lo de esta mañana dijo Teresa de repente. Cuando me pongo nerviosa, no paro de hablar. Sé que fastidia, pero no puedo evitarlo.
Soledad quiso soltar alguna pulla, pero le faltaron las fuerzas. Apuró un no pasa nada.
Aquella noche ninguna durmió. El dolor no las dejaba. Teresa ya no llamaba a nadie, pero Soledad notaba sus movimientos, sus suspiros, y, en algún momento, juraría que la oyó llorar bajito, contra la almohada.
Por la mañana la doctora revisó las heridas, tomó la temperatura y, con tono maternal, les anunció: Muy bien, chicas, vais estupendamente. Teresa se lanzó enseguida al móvil.
¡Mar! Ya está. Sigo viva, no hace falta preocuparse. ¿Cómo están mis chicos? ¿De verdad que Jaime tuvo fiebre? ¿Y a la peque…? ¿Ya está bien? ¿Ves como te decía que no era para tanto?
Soledad no pudo evitar escuchar. Mis chicos serían los nietos. La hija llamaba para ponerla al día.
En su propio móvil solo había dos mensajes del hijo. Mamá, ¿cómo vas?, Avísame cuando puedas. Mandados justo anoche, cuando ella aún deliraba con el efecto de la anestesia.
Contestó con un Todo bien :). El hijo adoraba los emojis: insistía en que si no, los mensajes parecían secos.
El ¡Genial! Un beso llegó tres horas después.
¿No vienen los tuyos? le preguntó Teresa pasado el mediodía.
Mi hijo trabaja. Vive lejos. Y sinceramente, no hace falta, no soy una cría.
Totalmente asintió Teresa. Mi hija igual: Mamá, que tú ya eres adulta, puedes sola. Y para qué van a venir, si todo va sobre ruedas, ¿no?
Había algo en su voz que hizo a Soledad mirarla con más atención. Teresa seguía sonriendo, pero en los ojos no había rastro de alegría.
¿Cuántos nietos tienes?
Tres. Jaime, el mayor, tiene ocho. Luego Carmen y Leandro, que se llevan un año, tres y cuatro. Sacó el móvil del cajón. ¿Quieres ver fotos?
Pasaron veinte minutos mirando instantáneas. Niños en la playa, en el parque, en fiestas. Teresa en todas: haciendo muecas, abrazando, besando. La hija no salía en ninguna.
Ella hace las fotos aclaró Teresa. Le da palo salir.
¿Vienen mucho por tu casa?
Vivo yo con ellos casi siempre. Hija trabajando, yerno igual, así que tú ya sabes: recojo del cole, preparo comida, reviso deberes…
Soledad asintió. Al principio ella también estuvo para su nieto a diario. Luego, cuando fue creciendo, solo algunos días. Ahora, una vez al mes. Y a veces, ni eso, si había imprevistos.
¿Y usted?
Uno. Nueve años. Estudia bien, hace deporte.
¿Los ve a menudo?
Algún domingo. Tienen la agenda llena. Yo lo entiendo.
Sí… Teresa se volvió hacia la ventana. Muy ocupados.
Cayó la noche, con la lluvia golpeteando en el cristal.
No quiero volver a casa dijo Teresa de sopetón.
Soledad levantó la vista. Teresa estaba sentada con las piernas encogidas, mirando al suelo.
No quiero. Lo he estado pensando y no quiero.
¿Por qué?
¿Para qué? Llegaré y ahí está Jaime con los deberes, Carmen mocosa otra vez, Leandro con los pantalones rotos… Mi hija en la oficina hasta tarde, el yerno desaparecido. Yo, venga a lavar, cocinar, limpiar, ayudar. Y ni… se le quebró la voz. Ni las gracias, siquiera. Porque eso es lo normal, lo que toca: la abuela está para eso.
Soledad callaba, el nudo creciendo en su garganta.
Perdona dijo Teresa, limpiándose los ojos. Vaya cuadro…
No te disculpes musitó Soledad. Yo hace cinco años me jubilé. Pensé que por fin haría cosas que me gustan. Teatro, exposiciones… Incluso me apunté a francés, dos semanas duré.
¿Y qué pasó?
Mi nuera se quedó embarazada. Me lo pidió: «Mamá, ayuda». Y yo, claro, si ya no trabajo. No supe negarme.
¿Y así qué tal?
Tres años todos los días. Luego menos, cuando entró al cole. Ahora, si les cuadra. Porque ya no me necesitan tanto, tienen chica. Y yo espero la llamada. Si se acuerdan.
Teresa asintió, bajando la mirada.
Mi hija iba a venir en noviembre. A mi casa. Limpié de arriba abajo, hice empanadas. Y el día antes llamó: Mamá, perdona, Jaime tiene balonmano, no podemos.
¿Y no vinieron?
No. Las empanadas se las di a la vecina.
El silencio volvía, roto solo por el rumor de la lluvia.
¿Sabes lo que duele? teresa rompió el mutismo. No es que no vengan, sino que una sigue esperando. Aferrada al teléfono, esperando que llamen solo por cariño, no por un favor.
Soledad sintió hormigueo en la nariz.
Yo igual. Cuando suena el teléfono, pienso: quizá solo quiera oírme. Pero no. Siempre es por algo.
Y aun así aquí estamos, al pie del cañón Teresa esbozó una mueca. Porque al final somos madres.
Eso.
Al día siguiente comenzaron las curas. Dolían, pero ninguna se quejaba. Al rato, Teresa habló:
Siempre pensé que mi familia era feliz. Que yo era imprescindible. Que me necesitaban.
¿Y?
Y aquí he visto que se apañan igual. Mi hija, en cuatro días, ni una queja, hasta de mejor humor. Así que pueden solos. Lo que pasa es que es cómodo tener una abuela-ñiñera gratis.
Soledad se incorporó, lentamente.
Yo he sido culpable. Enseñé a mi hijo que su madre siempre estaría, siempre ayudaría. Que mis planes no importan, los suyos, sagrados.
Yo igual. Llama y ahí voy, dejando todo.
Al final, nos han creído sin vida propia reflexionó Soledad. Como si no tuviéramos derechos.
Teresa asintió, al borde del llanto.
¿Y ahora qué?
No lo sé.
Al quinto día, Soledad se levantó sin ayuda. Al sexto, consiguió recorrer el pasillo. Teresa iba un día más lenta, pero la seguía. Caminaban juntas, aferrándose a la pared.
Cuando murió mi marido, quedé perdida dijo Teresa. Mi hija me soltó: Ahora tienes otro sentido en la vida, los nietos. Y yo, a entregarme. Pero ese sentido… sólo da en una dirección. Yo para ellos, ellos para mí… cuando les cuadra.
Soledad le habló de su divorcio, cuando su hijo tenía cinco. Cómo lo sacó adelante sola, estudiando de noche, trabajando en dos empleos.
Pensé que entregando todo, sería la madre perfecta, y él el hijo perfecto. Que lo agradecería siempre.
Y ahora tiene su vida, resumió Teresa.
Eso. Y supongo que así debe ser. Pero no esperaba tanta soledad.
Ni yo.
El séptimo día apareció el hijo. Sin avisar. Soledad leía sentada cuando le vio en la puerta, imponente, con un abrigo bueno y una bolsa llena de fruta.
¡Mamá! Sonriente, le besó la frente. ¿Ya mejor?
Mejor, sí.
Genial. La médica dice que en tres días te dan el alta. ¿Por qué no te vienes a casa? Paula dice que la habitación de invitados te espera.
Gracias… pero prefiero en la mía.
Como quieras. Pero si necesitas, nos avisas.
Estuvo veinte minutos. Habló de trabajo, del nieto, del coche nuevo. Preguntó si necesitaba dinero. Prometió pasar la semana siguiente. Y se fue deprisa, como aliviado.
Teresa fingía dormir. Pero al cerrarse la puerta, abrió los ojos.
¿El tuyo?
El mío.
Guapo, ¿eh?
Sí.
Y frío como el hielo.
Soledad no contestó, el aire le faltaba en el pecho.
He pensado susurró Teresa, que igual tenemos que dejar de esperar amor de ellos. Soltarles. Buscar nuestra propia vida.
Fácil de decir.
Difícil de hacer. Pero otra opción no hay, ¿verdad? ¿O preferimos seguir esperando que se acuerden de nosotras?
¿Y qué le dijiste a tu hija? preguntó de pronto Soledad, tuteándola sin querer.
Que tras el alta estaría dos semanas de baja. Que nada de cuidar nietos. Que la médica no me dejaba.
¿Y ella?
Montó un drama. Pero le dije: Mar, eres adulta, apáñate. Yo ahora no puedo.
¿Se enfadó?
Vaya que sí. Teresa sonrió. Pero, ¿sabes? Me sentí ligera. Como si me quitara un peso enorme de encima.
Soledad cerró los ojos.
Yo tengo miedo. Si digo que no, igual dejan de llamarme. Del todo.
¿Te llaman ahora?
Silencio.
Ves. No puede empeorar. Sólo mejorar.
Al octavo día, ambas recibieron el alta. Recogieron sus cosas en silencio, como si sospecharan que no volverían a verse.
¿Nos damos el número? sugirió Teresa.
Asintieron. Anotaron los móviles, se miraron un momento.
Gracias dijo Soledad. Por estar aquí.
Y tú a mí. Han sido treinta años sin hablar así, de verdad.
Yo igual.
Se abrazaron, torpes y cautas. La enfermera les entregó los papeles y llamó a un taxi. Soledad fue la primera en irse.
En casa la recibió un silencio denso. Deshizo la maleta, se dio una ducha y se tumbó en el sofá. Cogió el móvil. Tres mensajes de su hijo: ¿Mamá, ya en casa?, Llámame cuando llegues, No olvides las pastillas.
Contestó En casa. Todo bien, dejó el teléfono.
Cruzó el pasillo hasta el armario. Sacó una carpeta olvidada cinco años. Y ahí estaba: el folleto de los cursos de francés, el programa de la Filarmónica de Madrid. Se quedó mirando el folleto.
El móvil sonó. Teresa.
Hola. Perdona la rapidez, pero… me apetecía llamarte.
Me alegro. De verdad.
Oye, ¿nos vemos pronto? Cuando estemos del todo bien. Un café o un paseo. Si te apetece.
Soledad miró la carpeta, luego el teléfono. Y volvió al folleto.
Quiero verte. Pero no en dos semanas. ¿Qué te parece este sábado? Estoy harta de quedarme encerrada.
¿Este sábado? ¿Y los médicos…?
Dijeron muchas cosas. Pero llevo treinta años cuidando de todos. Toca pensar en mí.
Entonces decidido. El sábado.
Colgaron. Soledad dejó el móvil, volvió al folleto de francés. El curso empezaba en un mes. Aún quedaban plazas.
Encendió el portátil y rellenó el formulario. Le temblaban los dedos, pero siguió hasta el final.
Fuera seguía lloviendo. Pero una tímida luz de sol, otoñal y pálida, asomaba entre las nubes.
Y Soledad, por primera vez en mucho tiempo, pensó que quizá su vida estaba a punto de empezar. Y mandó la solicitud.







