Abuela, no se lo tome a mal… pero, ¿de dónde saca usted el dinero para todos estos perritos? Debe …

Abuela, no se enfade conmigo pero, ¿de dónde saca usted el dinero para estos perritos? Me imagino que lo está pasando regular…

En la consulta hacía calor, la luz blanca rebotaba en los azulejos y olía a desinfectante con ese silencio incómodo que flota antes de un diagnóstico. El doctor Vicente acababa de quitarse los guantes y miraba al perrito diminuto de la mesa. Temblaba. Una pata vendada de cualquier manera, quizá con un trapo viejo, y unos ojazos húmedos, de esos que parecen preguntar por qué el mundo duele tanto.

Junto a la mesa estaba ella.

Doña Pilar.

Una viejecita menuda, enfundada en un abrigo grueso de invierno aunque fuera no hacía tanto frío ya, con un pañuelo anudado bajo la barbilla, al estilo de las mujeres de pueblo, y las manos apretadas una contra la otra, como pidiendo perdón por estar.

No era la primera vez que venía.

De hecho, últimamente aparecía casi todas las tardes.

A veces traía un perrillo atropellado por un coche. Otras, uno cubierto de sarna. Otro día, uno con una herida tan fea que olía a pena antigua. Y a veces, algún chucho muerto de hambre y de días sin probar bocado.

Y siempre, el doctor Vicente se quedaba igual de sorprendido: pagaba.

No mucho, ni con aires ni con gestos dramáticos.

Sacaba los euros despacito, de una cartera vieja y pelada por las esquinas, como si le diera apuro molestar.

Aquella tarde, después de la consulta, Vicente no aguantó más.

Inspiró y, con voz suave pero cargada de curiosidad, se atrevió:

Abuela no se enfade, pero ¿de dónde saca usted el dinero para estos perritos? Imagino que lo pasa usted canutas

Doña Pilar parpadeó mucho.

Miró al suelo.

Y sonrió una sonrisilla cansada, tímida.

Es difícil, hijo pero no más difícil que para ellos.

Vicente se quedó callado.

Ella se retiró el pañuelo un poco de la frente, como si el calor de la emoción la quemara, y comenzó a hablar bajito, despacio, dejando huecos entre palabras.

Como si cada frase pesara un mundo.

Yo tengo una pensión pequeña.

A duras penas pago la luz los medicamentos un poco de gas

Pero ¿sabe usted lo que le digo?

Vicente asintió, intrigado.

Cuando salgo por la tarde del portal los veo.

En la calle.

Me miran con esos ojillos, como si yo fuera su última oportunidad.

Tragó saliva.

Y no puedo, doctor no puedo pasar de largo.

Es que se me parte el alma.

Parece que me llaman sin voz.

Vicente sintió un nudo en el estómago.

Pero ¿cómo lo hace usted? preguntó él, casi en susurros.

Si viene usted tan seguido y las curas valen

La abuelita apretó el abrigo, como si espantara el mundo.

No lo consigo siempre.

Me recorto yo misma.

Y empezó a contar con los dedos, como quien suma cosas de toda la vida:

No compro carne para mí.

Como patatas, lentejas lo que caiga.

No renuevo la ropa.

Este abrigo es de hace años, pero aún abriga.

Y a veces dejo una pastilla pero no se lo diga a nadie.

Vicente levantó la cabeza de golpe.

Abuela no eso no está bien

Ella lo cortó con un gesto pequeño.

Lo sé, hijo.

Pero mire a mí ya no me duele tanto como a ellos.

Entonces, por primera vez, Vicente vio otra cosa en sus ojos.

No solo cansancio.

Una tristeza de esas antiguas.

Dolor agazapado que se hace compañero año tras año.

Yo también tuve un hijo, murmuró ella despacio.

Y con la palabra hijo, se le quebró la voz.

Lo crié como pude.

Pero se fue demasiado pronto.

Vicente sintió un nudo en la garganta.

Y desde entonces en casa solo hay silencio.

Demasiado silencio.

El primer día que encontré un perrillo, mojado, temblando, en el portal lo abracé.

Sonrió de nuevo.

Y me hizo la casa menos muerta.

No llenó el hueco, no

Pero me dio un motivo para levantarme cada mañana.

El doctor Vicente miró al perrito de la mesa.

Después la miró a ella.

Y comprendió.

Doña Pilar no traía solo animales.

Venía con un trozo de su alma, cada tarde.

Venía a salvar lo que aún se podía salvar para no sentirse del todo perdida.

¿Sabe qué es lo que más miedo me da? preguntó, casi avergonzada.

No es la pobreza

Vicente arqueó las cejas.

Es la indiferencia.

Que la gente pase a su lado como si fueran basura.

Y yo si paso también me siento basura.

Guardó silencio un instante y añadió:

Así que mejor como yo menos

pero sabiendo que he hecho algo bueno.

La consulta quedó cubierta por un silencio denso.

A Vicente le picaban los ojos.

No era hombre de lágrima fácil.

Pero esa noche algo dentro se le rompió.

Cogió la ficha y escribió algo, luego la empujó suavemente hacia ella.

Abuela desde hoy las consultas de sus perritos las invito yo.

Doña Pilar se quedó de piedra.

No, hijo eso no puede ser

Claro que puede dijo él, firme.

¿Sabe por qué?

Ella levantó la vista.

Porque usted me ha recordado por qué quise ser veterinario.

La abuela se llevó la mano a la boca.

Ojos rebosantes de lágrimas.

Doctor si yo no hago nada grande

Vicente sonrió, triste.

Claro que sí.

En un mundo en el que todos miran hacia otro lado usted se para.

Cogió con cuidado al perrito, lo acarició y le habló:

Vas a estar bien, pequeñín.

Y mirando a la abuela, añadió:

Ah, y abuela no deje las pastillas.

Ya buscaremos una solución.

Doña Pilar asintió, llorando en silencio.

Y esa noche, al salir de la clínica con el cachorro en brazos, Vicente la vio alejarse por el pasillo.

Una mujer menuda.

Con pensión pequeña.

Con una vida difícil.

Pero con un corazón que ya casi no se ve.

Si esta historia te ha tocado el alma, deja un y compártela.

A veces, alguien necesita que le recuerden hoy que la bondad no depende del dinero sino del corazón.

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MagistrUm
Abuela, no se lo tome a mal… pero, ¿de dónde saca usted el dinero para todos estos perritos? Debe …