Abuela, deberías estar en otra clase” – se rieron los jóvenes compañeros al ver a la nueva colega. No tenían ni idea de que yo había comprado su empresa.

—Abuela, parece que debería pasar a otro departamento —se rieron los jóvenes empleados al ver a la nueva compañera. No tenían ni idea de que yo había adquirido la empresa.

—¿A quién viene? —soltó el chico que estaba detrás del mostrador sin despegar los ojos del móvil.

Su peinado a la última moda y el suéter de marca anunciaban, a distancia, su propia importancia y su total; mostraban una total indiferencia por el mundo exterior.

María del Carmen Martínez ajustó la sencilla pero resistente mochila al hombro. Se había vestido a propósito para pasar desapercibida: blusa discreta, falda hasta la rodilla y zapatos planos y cómodos.

El antiguo director, el cansado y canoso Gregorio, con quien había negociado la compra de la compañía, sonrió al escuchar su plan.

—Trampa de Troya, María del Carmen —dijo con reconocimiento. — Le clavan el anzuelo y ni se percatan del cebo. Nunca descubrirán quién es en realidad, hasta que sea demasiado tarde.

—Soy la nueva colaboradora. Vengo al área de documentación —respondió en tono bajo y sereno, evitando deliberadamente cualquier matiz autoritario.

El chico al fin alzó la vista. La examinó de pies a cabeza: desde los zapatos gastados hasta el pelo blanco meticulosamente peinado, y en sus ojos brilló una burla abierta y sin disimulo.

—Ah, sí. Me dijeron que llegaba alguien nuevo. ¿Ya ha recogido la tarjeta de acceso en seguridad?

—Sí, aquí la tiene.

Con gesto cansado golpeó la puerta de cristal como quien indica el camino a un insecto extraviado.

—Su puesto debe estar al fondo. Ya encontrará su sitio.

María del Carmen asintió. —Encontraré mi sitio —se repitió mientras entraba en la oficina abierta, zumbante como una colmena.

Llevaba cuarenta años navegando por los laberintos de la vida. Tras la repentina muerte de su marido, había rescindido una empresa al borde de la quiebra, la había hecho florecer. Gestionó inversiones complejas que multiplicaron su patrimonio y, a los setenta y cinco años, descubrió cómo no enloquecer en la soledad de una casa inmensa y vacía.

Esa compañía de TI, reluciente por fuera pero podrida en su interior, se había convertido en su mayor desafío.

Su escritorio estaba en el rincón más apartado, justo al lado de la puerta del archivo. Era viejo, con una tabla de superficie marcada y una silla que crujía; parecía una pequeña isla atrapada en el océano brillante de la tecnología.

—¿Ya te vas adaptando? —susurró una voz dulzona detrás de ella.

Frente a ella estaba Olga, jefa del área de marketing, vestida con un traje pantalón marfil perfectamente planchado…

Un perfume caro y el aroma del éxito impregnaban el ambiente.

—Lo intento —sonrió suavemente María del Carmen.

—Tendrás que revisar los contratos del proyecto “Altair” del año pasado. Están archivados.

No creo que sea difícil —en su voz se percibía la soberbia de quien asigna una tarea simple a un cerebelo torpe.

Olga la miró como a un fósil extraño y, al marcharse con pasos militares, María del Carmen escuchó una risita detrás de ella.

—En recursos humanos se han perdido los fármacos. Pronto contratarán hasta dinosaurios.

María del Carmen fingió no haberlo oído y continuó su recorrido.

Se dirigió al área de desarrollo y se detuvo frente a una sala de reuniones de cristal, donde varios jóvenes debatían acaloradamente.

—Señora, ¿busca algo? —le preguntó un chico alto mientras salía de su escritorio.

Era Esteban, el jefe de desarrollo, la estrella futura de la empresa —al menos según su propia descripción, escrita como si él mismo se la hubiera redactado.

—Sí, estimado, busco el archivo.

Esteban sonrió y volvió a sus compañeros, que observaban la escena como si fuera un espectáculo de circo gratuito.

—Abuela, creo que está en el departamento equivocado. El archivo está por allí —indiquió vagamente hacia el escritorio de la mujer.

—Nosotros hacemos trabajo serio. Cosas que ni siquiera se atreven a soñar.

Los que estaban detrás soltaron una leve carcajada. María del Carmen sintió cómo una fría pero constante ira surgía en su interior.

Observó los rostros engreídos y el reloj de lujo en la muñeca de Esteban. Todo eso había sido comprado con su propio dinero.

—Gracias —respondió con voz firme. —Ahora sé exactamente a dónde debo ir.

El archivo era una diminuta sala sin ventanas, opresiva y sin aire. Allí encontró la carpeta “Altair”.

Con método comenzó a revisar los documentos: contratos, anexos y certificaciones de cumplimiento. En papel todo parecía impecable, pero sus ojos experimentados detectaron varias irregularidades. En los expedientes del subcontratista “Ciber‑Sistemas” los importes estaban redondeados a miles exactos; podía ser una negligencia, pero el detalle de la redondez buscaba ocultar el verdadero cálculo.

Las descripciones de los trabajos realizados eran vagas: “servicios de consultoría”, “apoyo analítico”, “optimización de procesos”. Eran técnicas clásicas de desvío de fondos que María del Carmen recordaba desde los años noventa.

Unas horas después, la puerta se abrió y apareció una joven de ojos temerosos.

—Buenos días. Soy Luján, del departamento de contabilidad. Olga dijo que estaba aquí… ¿Le resultará difícil sin acceso electrónico? Yo puedo ayudarle.

En su voz no se notaba desprecio alguno.

—Gracias, Luján. Sería un placer contar con tu ayuda.

—No es nada —contestó Luján, sonrojándose—. Simplemente hay quienes no nacen con la “tabla” en la mano.

Mientras Luján le explicaba la interfaz del programa, María del Carmen pensó que hasta en el pantano más asqueroso puede haber una fuente clara.

Apenas se marchó Luján, Esteban volvió a la puerta.

—Necesito urgentemente una copia del contrato de “Ciber‑Sistemas”.

Habló como quien daba una orden a un‑servidor.

—Buenos días —respondió María del Carmen con serenidad—. Ahora mismo reviso esos documentos. Un minuto, por favor.

—¿Un minuto? No tengo tiempo. En cinco minutos tengo una llamada. ¿Por qué no está digitalizado? ¿Qué hacen aquí, en absoluto?

La arrogancia era su punto débil. Estaba convencido de que nadie, y menos ella, podría comprobar su trabajo.

—Hoy es mi primer día —dijo con voz equilibrada—. Y intento ordenar lo que otros no han logrado.

—¡No me importa! —interrumpió, acercándose a la mesa y arrebatándole el expediente sin la menor cortesía—. Los mayores siempre traen problemas.

Luego salió furioso, cerrando la puerta tras de sí. María del Carmen no perdió el tiempo; ya había visto todo lo necesario.

Llamó a su abogado privado.

—Buenos días, Arkady. ¿Podría investigar una empresa llamada “Ciber‑Sistemas”? Tengo la sospecha de que su estructura societaria es sospechosa.

Al día siguiente su móvil sonó.

—María del Carmen, tenía razón. “Ciber‑Sistemas” es una sociedad pantalla vacía, registrada a cargo de un ciudadano llamado Pedro Gómez. Su director, Esteban, es primo del propietario. Trampa clásica.

—Gracias, Arkady. Exactamente eso necesitaba saber.

El punto álgido llegó después del almuerzo, cuando reunieron a todo el personal para la reunión semanal. Olga brillaba mientras hablaba de los éxitos.

—¡Ay! He olvidado imprimir el informe de conversión. María del Carmen —anunció al micrófono con una voz dulcemente venenosa—, por favor, traiga del archivo la carpeta del cuarto trimestre. Y trate de no perderse esta vez.

Una leve risa se esparció por la sala.

María del Carmen se levantó en silencio y, tras unos minutos, volvió con la carpeta. Esteban, acompañado de Olga, le susurró algo al oído.

—¡Y ahora llega nuestra salvación! —exclamó en voz alta Esteban—. Podríamos ser más rápidos. El tiempo es dinero. Especialmente el nuestro.

Esa única palabra —nuestro— fue la gota que colmó el vaso.

María del Carmen enderezó la postura. La arrogancia se desvaneció y su mirada se volvió de acero.

—Tiene razón, Esteban. El tiempo es dinero, sobre todo el que se ha lavado a través de “Ciber‑Sistemas”. ¿No cree que este proyecto le será más rentable a usted que a la empresa?

El rostro de Esteban palideció. La sonrisa se le escapó.

—Yo… no entiendo de qué habla.

—¿En serio? Entonces quizás pueda explicarnos a los presentes cuál es su vínculo familiar con el señor Gómez.

Un silencio tenso llenó la sala. Olga intentó salvar la situación.

—Disculpe, ¿en qué se cree con derecho a inmiscuirse en nuestras finanzas?

María del Carmen no le volvió la mirada. Rodeó la mesa y se posicionó frente al presidente.

—Mi derecho es el más directo. Permítanme presentarme: María del Carmen Martínez, nueva propietaria de la compañía.

Si hubiera estallado una bomba, el asombro habría sido menor.

—Esteban —continuó con voz helada—, está despedido. Mis abogados se pondrán en contacto con usted y con su hermano. Le aconsejo que no abandone la ciudad.

Esteban se desplomó y se sentó en silencio.

—Usted, Olga, también está despedida por incompetencia profesional y por crear un ambiente laboral tóxico.

Olga se ruborizó. —¡Cómo se atreve!

—Lo haré —replicó María del Carmen—. Tiene una hora para empacar. La seguridad lo acompañará.

Ese mensaje se extendió a cualquiera que pensara que la edad es excusa para la burla. El joven recepcionista y varios desarrolladores del equipo también fueron invitados a marcharse.

Una atmósfera de terror se apoderó del salón.

—En los próximos días iniciará una auditoría completa de la empresa —anunció.

Sus ojos se cruzaron con los de Lena, una empleada temblorosa en la esquina más alejada.

—Lena, por favor, acérquese —le pidió.

Lena, temblando, se acercó al escritorio.

—En dos días usted será la única que haya demostrado profesionalismo y humanidad.

Estoy creando un nuevo departamento de control interno y me gustaría que formara parte del equipo. Mañana definiremos su nuevo rol y la formación necesaria.

Lena abrió la boca, sin saber qué decir.

—Lo conseguiremos —afirmó María del Carmen con determinación—. Ahora, y que todos vuelvan a sus puestos. Los despidos son la excepción.

Se dio la vuelta y salió, dejando atrás un mundo derrumbado, construido sobre vapor y prepotencia.

No sintió victoria, sino una fría y serena satisfacción, la que se experimenta tras un trabajo bien hecho. Porque para levantar una casa sobre cimientos firmes es necesario primero limpiar el terreno de la podredumbre.

Y ella acababa de iniciar la gran limpieza. La lección es clara: la integridad y la prudencia son los mejores cimientos para cualquier empresa y para la vida.

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MagistrUm
Abuela, deberías estar en otra clase” – se rieron los jóvenes compañeros al ver a la nueva colega. No tenían ni idea de que yo había comprado su empresa.