ABUELA, ÁNGEL DE LA GUARDA: La historia de Lena, una nieta criada por su abuela Doña Eusebia, que recibió una señal del más allá para salvarla de un farsante, y descubrió que el amor incondicional de una abuela puede protegernos incluso cuando ya no está.

ABUELA ÁNGEL GUARDIÁN

Marina no recordaba a sus padres. Su padre abandonó a su madre estando embarazada, y de él nunca más se supo. A su madre se la llevó la enfermedad cuando Marina apenas cumplía un año: un cáncer inesperado la consumió como una vela en la oscuridad.

Su crianza recayó en la abuela Jacinta, madre de su madre. El marido de Jacinta había fallecido en plena juventud y ella dedicó su vida por completo a su hija y nieta. Desde los primeros días, Marina y su abuela forjaron una conexión espiritual especial. Jacinta sabía de inmediato lo que necesitaba Mariniña, y entre ellas siempre reinó el entendimiento.

A Jacinta la adoraba todo el mundo. Desde los vecinos, hasta los profesores en el colegio. A las reuniones de padres acudía muchas veces con una cesta de empanadillas, porque no era propio dejar a nadie sentado y hambriento tras una larga jornada. Nunca juzgaba ni hablaba mal de nadie, más bien acudían a ella en busca de consejo. Marina se sentía dichosa de tener una abuela así.

La propia Marina, sin embargo, parecía no tener suerte en el amor. Entre estudios, universidad y trabajo, siempre apresurada, siempre con algo que hacer. Novios tuvo, pero ninguno fue ni lo que debía ser, ni quien debía ser. Jacinta se preocupaba:

Pero hija mía, Marina, ¿cómo es que sigues soltera? ¿De veras no hay ningún muchacho decente? Si eres lista y guapa, mi niña…

Marina solía bromear al respecto, pero por dentro intuía que tal vez ya era hora de formar familia; al fin y al cabo, había cumplido ya los treinta.

La muerte de la abuela llegó de repente, silenciosa. Simplemente, no despertó, y su corazón se detuvo en la noche. Marina no lograba asumirlo. Iba al trabajo, al supermercado, pero como si flotara entre nubes. En casa solo la aguardaba su gata, Trufa. El vacío era hondo.

Un día, en un tren de cercanías, Marina leía un libro cuando, frente a ella, se sentó un hombre de buen aspecto, unos cuarenta años, bien vestido. La miraba detenidamente, pero aquello, lejos de incomodarla, le resultaba cálido. Empezó a hablarle de libros, un tema que en Marina despertaba torrentes de palabras. Parece de película, pensó ella. Pronto debía bajarse, pero no quería volver a casa. El hombre, que se llamaba Ramón, le propuso ir a una cafetería cercana a seguir conversando. Marina accedió encantada.

Desde ese día, comenzaron un romance vertiginoso. Se telefoneaban a diario y chateaban; las citas eran menos frecuentes porque Ramón siempre estaba ocupado con el trabajo. Apenas sabía nada de su pasado, familia o empleo: él evitaba esos temas. A Marina no le importaba; por primera vez, era feliz con un hombre.

Un día, Ramón la invitó a cenar en un bonito restaurante, dando a entender que sería una noche especial. Ella comprendió de inmediato que iba a pedirle matrimonio. Marina estaba exultante, al fin tendría lo que siempre soñó: marido, hijos, familia, como todo el mundo. Lástima que la abuela no llegara a verlo.

Esa noche, tumbada en el sofá, Marina cavilaba sobre qué ponerse en una ocasión tan señalada. Prefería comprar ropa en tiendas online, así que empezó a mirar vestidos en la app del móvil… y se durmió.

Entonces sucedió algo extrañísimo. De pronto, vio cruzar el umbral a su abuela, con su vestido favorito, que se sentó a su lado y comenzó a acariciarle el cabello. Marina se quedó perpleja y feliz:

Abuela, si hace tiempo que partiste, ¿cómo es posible que estés aquí?
Ay, Marina, yo nunca me fui de tu lado, siempre estoy aquí, todo lo veo, todo lo oigo, aunque tú no me veas. Quiero advertirte que no debes seguir con ese hombre; no es bueno, escucha a tu abuela…

Dicho esto, Jacinta se desvaneció entre destellos de bruma.

Marina despertó sobresaltada, tratando de comprender. Hacía un instante, su abuela estaba ahí, y ahora la había perdido otra vez… Decidió achacar todo al sueño, pero la inquietud se le quedó pegada al alma. ¿Por qué Jacinta rechazaba a Ramón? Ni siquiera lo conocía. Rezongó mentalmente, prosiguió buscando vestidos, pero la turbación no la dejaba en paz. Al final, sin decidir nada, se sumió en otro sueño.

El gran día se acercaba. No logró escoger vestido, nada le salía bien, y las palabras de la abuela giraban como campanas en su cabecita. Marina nunca había creído en sueños premonitorios, jamás los había tenido, pero… ¿y si la abuela, desde el otro lado, veía y sabía cosas que ella ignoraba? Había sido tan fuerte su vínculo…

Llegó el sábado. Con un vestido viejo acudió al restaurante, invadida por un ánimo sombrío que Ramón captó de inmediato.

¿Te pasa algo, cariño? le preguntó él.
No, no, todo está bien…

Ramón fingió creerla, la llenó de bromas y chistes, como tratando de arrancarle una sonrisa. Al acabar la cena, como en las películas, se arrodilló y le ofreció una cajita con un anillo.

A Marina se le nubló la vista, las sienes le retumbaron y, de repente, vio a su abuela, de pie, mirando por la ventana, silente. Solo miraba. Comprendió que era una señal.

Perdón, Ramón, no puedo… dijo Marina.
¿Por qué? ¿En qué te he fallado?
En nada. Pero yo siempre confié en mi abuela.

Se levantó, y salió corriendo. Ramón la siguió, la atrapó enfurecido, zarandeándola:

¿Así? ¿No quieres casarte conmigo, so estúpida? ¡Pues vete con tu Trufa! ¡No vales nada, desgreñada!

Y se fue, envuelto en rabia.

Marina, paralizada, no podía creerlo. ¿Aquel era su atento y culto Ramón, su enamorado…? Eso era todo: ni esposo, ni hijos, ni familia.

Al día siguiente, Marina acudió al despacho de su antiguo compañero de colegio, Tomás, ahora jefe de la policía judicial. Le pidió que investigara a Ramón, dándole su foto y otros datos.

Veinticuatro horas después, Tomás la llamó:

Marina, siento decírtelo, pero… Ramón es un estafador profesional. Engaña a mujeres solas, se casa con ellas, las convence de poner el piso a su nombre y de firmar créditos para su negocio, y luego las expulsa y se divorcia. Tiene antecedentes por esto, y no pocas veces. Has tenido suerte de escapar.

Era increíble. ¿Cómo pudo saberlo la abuela? Sólo podía ser cosa de otro mundo. Gracias, abuela, por no dejarme sola y salvarme.

Marina pasó por el mercado, compró comida y pienso para Trufa, y volvió a casa con paso firme, sabiendo que no estaba sola: Jacinta siempre velaba cerca…

Se dice que las almas de quienes nos aman se vuelven ángeles guardianes, y nos protegen de los males y desventuras… Ojalá fuera cierto. Quién pudiera creerlo.

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MagistrUm
ABUELA, ÁNGEL DE LA GUARDA: La historia de Lena, una nieta criada por su abuela Doña Eusebia, que recibió una señal del más allá para salvarla de un farsante, y descubrió que el amor incondicional de una abuela puede protegernos incluso cuando ya no está.