¡Abre la puerta, que ya hemos llegado! —¡Yuli, cariño, soy la tía Natalia! —La voz en el teléfono sonaba con una alegría tan falsa que hacía rechinar los dientes—. La semana que viene estaremos en la ciudad, tenemos que arreglar unos papeles. Nos quedamos en tu casa, ¿vale? Una semanita, quizá dos. Julia estuvo a punto de atragantarse con el té. Así, sin un «hola», sin «¿cómo estás?»; directamente: nos quedamos. Ni «¿será posible?», ni «¿te viene bien?». Nos quedamos. Punto. —Tía Natalia —Julia intentó que la voz le saliera suave—, me alegro de oírte. Pero sobre quedarte… Mejor os ayudo a encontrar un buen hotel. Hay opciones estupendas, bastante económicas ahora. —¿Qué hotel ni qué niño muerto? —la tía resopló, como si su sobrina hubiera dicho la mayor tontería del siglo—. ¡¿Para qué tirar el dinero?! ¡Si tienes el piso de tu padre! ¡Todo un piso de tres habitaciones y vives sola! Julia cerró los ojos. Ya empezamos. —Es mi piso, tía. —¿Tu piso? —en la voz apareció un filo desagradable—. ¿Y tu padre qué era, eh? ¿No era de la familia? ¡La sangre llama, Yuli! No somos unos extraños, y tú nos mandas a un hotel como si fuéramos perros. —No estoy echando a nadie. Simplemente no puedo alojaros. —¿Y eso por qué? «Porque la última vez que vinisteis convertisteis mi vida en un infierno», pensó Julia, pero respondió de otra forma: —Son circunstancias, tía Natalia. No puedo recibiros. —¡Circunstancias dice! —ya no ocultaba el enfado—. ¡Tres habitaciones vacías y ella con circunstancias! Tu padre, que en paz descanse, nunca habría dejado fuera a la familia. ¡Has salido igual que tu madre, siempre…! —Tía… —¿Qué pasa, tía? El sábado llegamos, para la hora de comer. Vendrán conmigo Maxi y Pablo. Haznos sitio, no seas así. —Te he dicho que no puedo. —¡Yuli! —el tono se hizo duro, autoritario—. No hay discusión. El sábado estaremos allí. El teléfono marcó fin de la llamada. Julia dejó el móvil sobre la mesa. Permaneció un minuto mirando a un punto fijo, suspiró hondo y se dejó caer en la silla. Así siempre. Hace dos años, la tía Natalia ya «visitó». Entonces se presentaron los cuatro, prometiendo estar tres días —acabaron siendo dos semanas. Julia recordaba todavía aquel caos: Maxi, el marido, tumbado en el sofá con los zapatos puestos y el mando de la tele hasta de madrugada. Pablo, el hijo veinteañero, vaciando la nevera y dejando los platos sucios por la casa. La tía Natalia reinando en la cocina, criticando todo, desde las cortinas hasta los azulejos «equivocados». Cuando al fin se marcharon, Julia se encontró la tapicería del sillón quemada, una balda rota en el baño y manchas sospechosas en la alfombra del salón. Dinero, ni para la compra ni para los gastos —no dejaron ni un céntimo. Solo las maletas y un «Gracias, Yuli, eres una santa» al marcharse. Julia se masajeó las sienes. No. No volverá a pasar. Que la tía grite lo que quiera sobre el padre y los lazos de sangre. Que venga el sábado —la puerta seguirá cerrada. Fue al móvil y abrió el navegador. Había que buscarles hotel. Bueno, decente, con todas las comodidades. Pasarles la dirección y explicar claramente: esto es todo lo que está dispuesta a ofrecer. Y si no lo entienden, problema de ellos. Dos días de bendita tranquilidad. Julia trabajaba, salía a pasear, cenaba sola y casi convencida de que aquella llamada había sido una pesadilla. Quizá se arrepientan. Quizá encuentren otro familiar al que invadir. El teléfono sonó el jueves por la tarde. En la pantalla, «Tía Natalia», y el estómago se le encogió. —¡Yuli, soy yo! —la voz radiante rompió el silencio del piso—. Mañana llegamos, el tren llega a las dos. Recíbenos bien y prepáranos algo decente para comer, ¿eh, que venimos de viaje? Julia se sentó en el borde del sofá. Apretó el móvil con fuerza. —Tía Natalia —habló despacio, marcando cada sílaba—. Ya te lo he dicho. No te voy a abrir mi casa. No vengas. —¡Anda ya! —la tía se rió, como si hubiera escuchado una broma mala—. ¿Pero qué te pasa? ¡Ya tenemos los billetes! —Es vuestro problema. —Yuli, ¿de verdad? —el tono pasó de la sorpresa al habitual chantaje—. ¿Eres familia o qué? ¡Hay que ayudar, eso es lo que se hace! —No tengo obligación de nada. —¡Cómo que no! ¡Tu padre, en paz descanse…! —Tía, basta de usar a mi padre. Te he dicho que no. Es mi última palabra. Un suspiro teatral. Como quien se arma de paciencia ante una niña caprichosa. —Yuli, tu opinión aquí no importa, ¿te enteras? Somos familia. Y tú aquí dando la nota como si fuéramos enemigos. Mañana a las dos, no lo olvides. —Ya te lo he dicho… —¡Bueno, un beso, nos vemos! Fin de la llamada. Julia se quedó mirando unos segundos el móvil. Algo caliente y furioso le subía por el pecho. Lanzó el teléfono al sofá y empezó a pasear de un lado a otro, tres pasos aquí, tres allá, como un animal enjaulado. Así que su opinión no importa. Perfecto. Maravilloso. De golpe se detuvo. Ábrete de capa, querida tía. Julia buscó en la agenda: «Mamá». —¿Hola? ¿Yuli? —la voz de su madre, cálida y algo sorprendida—. ¿Ha pasado algo? —Hola, mamá. Quiero ir a verte. Mañana. Una semanita, quizá más. Pausa. —¿Mañana? Pero si estuviste hace nada… —Lo sé. Pero lo necesito. Trabajo a distancia, me da igual dónde esté. ¿Me acoges? Otra pausa. Julia casi vio el gesto de su madre, tratando de entender. —Por supuesto, ven cuando quieras. Ya sabes que siempre hay sitio. ¿Seguro que todo va bien? —Sí, mamá. Es que te echo mucho de menos. Colgó y se permitió sonreír. Al día siguiente, la tía Natalia y familia llegarían a una puerta cerrada. Que llamen, que protesten, que monten el numerito —la dueña no está. No es que haya ido a comprar, ni a ver a una amiga. Está en otra ciudad, a trescientos kilómetros. Julia abrió la app de billetes. Tren de las seis cuarenta y cinco. Perfecto. Cuando la tía llegue al portal, ella ya estará tomando el té en la cocina de su madre. La sangre es sangre, pero a veces hay que aprender a decir «no». En el tren, Julia escuchaba el traqueteo y pensaba en la cara de su tía ante la puerta cerrada. Se le cerraban los ojos, le zumbaba la cabeza, pero sentía una paz inédita. Mamá la recibió en el andén, la abrazó fuerte, se la llevó a casa. La llenó de tortitas de queso, le dio té y la mandó a dormir. —Ya hablaremos luego —dijo, recogiendo la taza—. Primero descansa. Julia cayó directa al sueño, apenas tocó la almohada. Despertó al timbre estridente del teléfono. Buscó el móvil a ciegas, enfocó la pantalla. «Tía Natalia». —¡Yuli! —la tía chillaba tanto que apartó el móvil de la oreja—. ¡Llevamos veinte minutos en tu puerta! ¿Por qué no abres? Julia se sentó en la cama, se frotó la cara. El sol se ponía fuera; había dormido medio día. —Porque no estoy allí —respondió, y no pudo evitar sonreír. —¡¿Cómo que no estás?! ¿Dónde estás? —En otra ciudad. Silencio. Luego, el estallido. —¡Pero qué cara tienes! ¡Sabías que veníamos y te has largado! ¿Cómo se te ocurre? —Muy fácil. Te avisé que no os iba a dejar entrar. No escuchasteis. —¡Pero cómo te atreves! —la tía casi no podía hablar del enfado—. Seguro que tienes llaves con alguna vecina o amiga. ¡Llama y que nos abran! ¡Viviremos allí sin ti, que no somos niños! Julia se quedó helada. Menudo descaro. —¿Hablas en serio, tía? —¡Por supuesto! Venimos cansados, ¡y tú montando el circo! —No pienso compartir piso con vosotros. Y mucho menos dejaros entrar sin mí. —¡Pero tú…! La puerta se abrió. Madre en el umbral, bata y pelo alborotado, ojos entrecerrados. Alargó la mano, y Julia le pasó el teléfono casi sin saber por qué. —Natalia —la voz de su madre se hizo hielo—. Soy Vera. Escúchame bien y no me interrumpas. En el auricular se oía un chapoteo confuso. —A Yuri no te soportaba —prosiguió mamá—. Nunca te aguantó. Y lo sé mejor que nadie. Así que deja de perseguir a su hija, ¿qué buscas de ella? Julia oyó a la tía titubear, perderse, tartamudear. —Bien —cerró mamá—. No vuelvas a llamar a Julia. Nunca. Ella tiene a quien recurrir, y te aseguro que tú no eres esa persona. Se acabó. Colgó y le devolvió el teléfono. Julia miró a su madre como si la viera por primera vez. —Mamá… tú… Nunca te había visto así. Ella se encogió de hombros, se ajustó la bata. —Tu padre me enseñó. Decía que a Natalia solo con mano dura. Un rugido y desaparece mínimo un año. De repente sonrió, con arruguitas en los ojos. —Sigue funcionando, ¿lo ves? Julia estalló en carcajadas, liberando toda la tensión acumulada. Su madre se unió al júbilo. —Bueno —dijo señalando la cocina—, ven a tomar té. Y luego me cuentas lo que ha pasado.

¡Ábreme, ya hemos llegado!

Lucía, ¡soy tu tía Carmen! la voz al teléfono sonaba con una alegría tan fingida que se te clavaba en los dientes. La semana que viene estaremos por Madrid, tenemos que hacer algunos trámites. Nos quedamos en tu piso, una semanita o dos, ¿vale?

Lucía casi se ahoga con el café. Así, sin hola, sin ¿cómo estás?, directo al grano: nos quedamos. No preguntan si pueden, ni si le viene bien. Nos quedamos. Punto.

Tía Carmen, Lucía intentó sonar amable me alegra escucharte, pero sobre quedarte… ¿No sería mejor que os ayudara a buscar un hotel? Hay sitios muy buenos y económicos ahora.
¿Pero qué hotel ni qué niño muerto? la tía bufó como si Lucía hubiera dicho una barbaridad ¿Para qué derrochar dinero? Si el piso de tu padre se te quedó entero; ¡tres habitaciones sólo para ti!

Lucía cerró los ojos. Ya empezamos.

Es mi piso, tía.
¿Tuyo? ahora la voz era afilada, desagradable ¿Y tu padre no era de la familia? ¿No tenemos la misma sangre, Lucía? ¡No somos extraños! Y tú nos mandas a un hotel, como si fuéramos perros.
No mando a nadie a ningún sitio. Simplemente aquí no os podéis quedar.
¿Y eso?

«Porque la última vez me convertisteis la vida en un infierno», pensó Lucía, pero lo dijo distinto.

Son circunstancias, tía Carmen. No puedo acogeros.
¡Circunstancias dice! ya sin disimulo Tienes el piso vacío, tres habitaciones y cuenta que tiene circunstancias. Tu padre, por cierto, nunca nos hubiera dejado fuera. Eres igual que tu madre, tan…
Tía…
¿Qué, tía? El sábado al mediodía estamos. Javier y Juanjo vienen conmigo. Nos recibes como es debido.
He dicho que no puedo.
¡Lucía! la voz se volvió dura como una orden. No se discute. El sábado nos vemos.

Pitidos cortos. Fin de la llamada.

Lucía dejó el móvil sobre la mesa con lentitud. Se quedó un minuto mirando al vacío. Luego exhaló hondo y se reclinó en la silla.

Así siempre.

Dos años atrás, tía Carmen ya visitó. Vinieron cuatro, prometieron tres días y estuvieron dos semanas. Lucía recordaba aquel suplicio: Javier, el marido, espatarrado en el sofá con los zapatos puestos, zapeando la tele hasta las tantas. Juanjo, el hijo de veintitrés años, desaparecía la comida de la nevera sin fregar jamás un plato. Y tía Carmen reinaba en la cocina, criticando desde las cortinas hasta el azulejo mal elegido.

Cuando por fin se largaron, Lucía encontró la tapicería del sillón chamuscada, una estantería rota en el baño y unas manchas sospechosas en la alfombra del salón. Del dinero, ni palabra. Ni para comida, ni para los recibos, que durante dos semanas se dispararon. Sólo recogieron sus cosas y se fueron dejando un: Gracias, Lucía, eres un sol.

Lucía se frotó las sienes.

No. Esto no vuelve a pasar. Que la tía grite lo que quiera sobre el padre y la familia. Que venga el sábado la puerta quedará cerrada.
Buscó pronto el navegador en el móvil. Tenía que encontrarles hotel. Uno bueno, con todas las comodidades. Mandarles la dirección bien clara y explicar que es todo lo que piensa hacer.

Si no lo entienden, pues ya no es cosa suya.

Pasaron dos días de bendita calma. Lucía trabajó, paseó por el Retiro, se preparó cenas para una y casi logró pensar que lo de la tía era una pesadilla. Quién sabe, igual cambiaban de idea. Quizá encontraban otros parientes a los que pegarse.

El móvil sonó el jueves casi de noche. Tía Carmen en la pantalla y un nudo desagradable en el estómago.

Lucía, soy yo la voz alegre irrumpe en el silencio Mañana llegamos, el tren entra a las dos. Ven a recogernos y pon la mesa, que hay que comer bien tras el viaje.

Lucía se sentó despacio en el sofá. Los dedos apretaban el móvil hasta quedarse blancos.

Tía Carmen, habló muy despacio, separando cada palabra ya te lo dije. No vais a entrar en mi piso. No vengáis.
¡Pero qué tontería! rió la tía, como si escuchara un chiste malo Que si entras, que si no… ¡Ya tenemos los billetes!
Ese es vuestro problema.
Lucía, ¿pero qué te pasa? un segundo de incredulidad antes del empuje de siempre ¡Eres familia! Tienes que ayudar, es lo que se espera.
No tengo que hacerlo.
¡Claro que sí! Tu padre, que Dios lo tenga…
Tía, basta con eso. Digo que no. Mi última palabra.

Suspira fuerte, exagera como con un niño caprichoso:

Lucía, tu opinión no nos importa, ¿lo entiendes? Somos familia. Y tú aquí, haciendo teatro, como si fuéramos enemigos. Mañana a las dos, no olvides.
Ya te he dicho…
Bueno, un beso, nos vemos.

Pitidos. Fin.

Lucía miró el móvil y sintió algo caliente, rabioso, subiéndole por el pecho. Lo lanzó al sofá y empezó a caminar arriba y abajo, como un animal enjaulado.

Así que su opinión no importa. Estupendo.

Sonríe irónica.

Vaya morro, tía querida.

Cogió el móvil; buscó Mamá en la agenda.

¿Sí? ¿Lucía, eres tú? la voz cálida, algo inquieta ¿Ha pasado algo?
Hola, mamá. Mira, mañana quiero ir contigo. Una semana, quizá más.

Silencio.

¿Mañana? Si hace solo un mes que viniste…
Lo sé. Pero es necesario. Trabajo online, da igual desde dónde. ¿Me recibes?

Mamá dudó unos segundos y Lucía casi podía imaginarla frunciendo el ceño, intentando entender.

Por supuesto, ven cuando quieras. Ya lo sabes. ¿Estás bien de verdad?
Sí, mamá, todo bien. Sólo te echo de menos.

Colgó y se permitió sonreír. Mañana, a la hora de comer, la tía Carmen y su séquito llegarán a una puerta cerrada. Podrán llamar, gritar, montar el espectáculo, que la dueña no está. No es que haya ido a comprar ni salido con amigas; está a trescientos kilómetros.

Lucía abrió la aplicación de billetes, tren de la mañana, seis y cuarenta y cinco. Perfecto. Para cuando la tía esté en el portal, ella ya estará desayunando en la cocina de su madre.

La sangre une, sí, pero a veces hay que saber decir no.

En el tren, Lucía escuchaba el traqueteo sobre los raíles y pensaba en la cara de la tía frente a la puerta cerrada. Los ojos se le cerraban, la cabeza le zumbaba, pero por dentro, calma.

Mamá la esperaba en el andén, la abrazó fuerte, se la llevó a casa. Pancakes rellenos de requesón, té caliente, y directamente a dormir.

Ya hablaremos luego, dijo recogiendo la taza primero descansa.

Lucía cayó dormida nada más tocar la almohada.

La despertó el chillido del móvil. Instintivamente lo buscó en la mesilla, los ojos borrosos enfocando el nombre: Tía Carmen.

¡Lucía! chillaba tanto que tuvo que alejar el teléfono ¡Llevamos veinte minutos en tu puerta! ¿Por qué no abres?

Lucía sentada en la cama, se frota la cara. Fuera, el sol se despide.

Porque no estoy allí, y no contuvo una mueca divertida.
¿Cómo que no? ¿Dónde estás?
En otra ciudad.

Silencio. Luego el estallido:

¡Has perdido el norte! ¿Sabías que veníamos y te largaste? ¿Pero cómo se te ocurre?
Con facilidad. Te avisé de que no ibais a entrar. No me hiciste caso.
¡Pero cómo te atreves! la tía se ahogaba de rabia Seguro que alguien tiene tus llaves: una vecina, una amiga. ¡Llama ahora, que nos las traiga! Viviremos sin ti, no somos niños.

Lucía se quedó helada. Eso sí que era descaro.

¿Lo dices en serio, tía?
Absolutamente. Venimos de viaje, cansados, y tú con tu numerito.
No pienso alojaros. Y menos aún dejaros la casa estando yo fuera.
¡Pero tú…!

La puerta se abrió. Mamá entró con el pelo despeinado y el albornoz, ojos enfocados. Extendió la mano y Lucía, sin pensar, le dio el móvil.

Carmen, su voz era fría como el acero soy Verónica. Escúchame y no interrumpas.

Algo balbuceó la tía, incomprensible.

Mira, Enrique te aguantó toda la vida mamá siguió tajante y yo sé bien cuánto. ¿Por qué molestas ahora a su hija? ¿Qué quieres de ella?

Oyeron cómo la tía tartamudeaba.

Y ya está, cortó mamá no vuelvas a llamar a Lucía. Jamás. Tiene personas que la cuidan, y desde luego no eres tú. Fin de la conversación.

Colgó y devolvió el móvil a su hija.

Lucía miraba a su madre como quien ve a alguien por primera vez.

Mamá… No sabía que podías ser así.

Ella resopló, arregló el albornoz:

Me lo enseñó tu padre. Decía que a Carmen hay que pararla en seco, una vez bien fuerte y no se acerca en años.

Sonrió, surcos alrededor de los ojos:

Y funciona todavía, ¿eh?

Lucía estalló en carcajadas, aliviando toda la tensión de los días pasados. Mamá se unió.

Anda, ven a la cocina. Sírvete un té y cuéntame en detalle qué ha pasado.

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MagistrUm
¡Abre la puerta, que ya hemos llegado! —¡Yuli, cariño, soy la tía Natalia! —La voz en el teléfono sonaba con una alegría tan falsa que hacía rechinar los dientes—. La semana que viene estaremos en la ciudad, tenemos que arreglar unos papeles. Nos quedamos en tu casa, ¿vale? Una semanita, quizá dos. Julia estuvo a punto de atragantarse con el té. Así, sin un «hola», sin «¿cómo estás?»; directamente: nos quedamos. Ni «¿será posible?», ni «¿te viene bien?». Nos quedamos. Punto. —Tía Natalia —Julia intentó que la voz le saliera suave—, me alegro de oírte. Pero sobre quedarte… Mejor os ayudo a encontrar un buen hotel. Hay opciones estupendas, bastante económicas ahora. —¿Qué hotel ni qué niño muerto? —la tía resopló, como si su sobrina hubiera dicho la mayor tontería del siglo—. ¡¿Para qué tirar el dinero?! ¡Si tienes el piso de tu padre! ¡Todo un piso de tres habitaciones y vives sola! Julia cerró los ojos. Ya empezamos. —Es mi piso, tía. —¿Tu piso? —en la voz apareció un filo desagradable—. ¿Y tu padre qué era, eh? ¿No era de la familia? ¡La sangre llama, Yuli! No somos unos extraños, y tú nos mandas a un hotel como si fuéramos perros. —No estoy echando a nadie. Simplemente no puedo alojaros. —¿Y eso por qué? «Porque la última vez que vinisteis convertisteis mi vida en un infierno», pensó Julia, pero respondió de otra forma: —Son circunstancias, tía Natalia. No puedo recibiros. —¡Circunstancias dice! —ya no ocultaba el enfado—. ¡Tres habitaciones vacías y ella con circunstancias! Tu padre, que en paz descanse, nunca habría dejado fuera a la familia. ¡Has salido igual que tu madre, siempre…! —Tía… —¿Qué pasa, tía? El sábado llegamos, para la hora de comer. Vendrán conmigo Maxi y Pablo. Haznos sitio, no seas así. —Te he dicho que no puedo. —¡Yuli! —el tono se hizo duro, autoritario—. No hay discusión. El sábado estaremos allí. El teléfono marcó fin de la llamada. Julia dejó el móvil sobre la mesa. Permaneció un minuto mirando a un punto fijo, suspiró hondo y se dejó caer en la silla. Así siempre. Hace dos años, la tía Natalia ya «visitó». Entonces se presentaron los cuatro, prometiendo estar tres días —acabaron siendo dos semanas. Julia recordaba todavía aquel caos: Maxi, el marido, tumbado en el sofá con los zapatos puestos y el mando de la tele hasta de madrugada. Pablo, el hijo veinteañero, vaciando la nevera y dejando los platos sucios por la casa. La tía Natalia reinando en la cocina, criticando todo, desde las cortinas hasta los azulejos «equivocados». Cuando al fin se marcharon, Julia se encontró la tapicería del sillón quemada, una balda rota en el baño y manchas sospechosas en la alfombra del salón. Dinero, ni para la compra ni para los gastos —no dejaron ni un céntimo. Solo las maletas y un «Gracias, Yuli, eres una santa» al marcharse. Julia se masajeó las sienes. No. No volverá a pasar. Que la tía grite lo que quiera sobre el padre y los lazos de sangre. Que venga el sábado —la puerta seguirá cerrada. Fue al móvil y abrió el navegador. Había que buscarles hotel. Bueno, decente, con todas las comodidades. Pasarles la dirección y explicar claramente: esto es todo lo que está dispuesta a ofrecer. Y si no lo entienden, problema de ellos. Dos días de bendita tranquilidad. Julia trabajaba, salía a pasear, cenaba sola y casi convencida de que aquella llamada había sido una pesadilla. Quizá se arrepientan. Quizá encuentren otro familiar al que invadir. El teléfono sonó el jueves por la tarde. En la pantalla, «Tía Natalia», y el estómago se le encogió. —¡Yuli, soy yo! —la voz radiante rompió el silencio del piso—. Mañana llegamos, el tren llega a las dos. Recíbenos bien y prepáranos algo decente para comer, ¿eh, que venimos de viaje? Julia se sentó en el borde del sofá. Apretó el móvil con fuerza. —Tía Natalia —habló despacio, marcando cada sílaba—. Ya te lo he dicho. No te voy a abrir mi casa. No vengas. —¡Anda ya! —la tía se rió, como si hubiera escuchado una broma mala—. ¿Pero qué te pasa? ¡Ya tenemos los billetes! —Es vuestro problema. —Yuli, ¿de verdad? —el tono pasó de la sorpresa al habitual chantaje—. ¿Eres familia o qué? ¡Hay que ayudar, eso es lo que se hace! —No tengo obligación de nada. —¡Cómo que no! ¡Tu padre, en paz descanse…! —Tía, basta de usar a mi padre. Te he dicho que no. Es mi última palabra. Un suspiro teatral. Como quien se arma de paciencia ante una niña caprichosa. —Yuli, tu opinión aquí no importa, ¿te enteras? Somos familia. Y tú aquí dando la nota como si fuéramos enemigos. Mañana a las dos, no lo olvides. —Ya te lo he dicho… —¡Bueno, un beso, nos vemos! Fin de la llamada. Julia se quedó mirando unos segundos el móvil. Algo caliente y furioso le subía por el pecho. Lanzó el teléfono al sofá y empezó a pasear de un lado a otro, tres pasos aquí, tres allá, como un animal enjaulado. Así que su opinión no importa. Perfecto. Maravilloso. De golpe se detuvo. Ábrete de capa, querida tía. Julia buscó en la agenda: «Mamá». —¿Hola? ¿Yuli? —la voz de su madre, cálida y algo sorprendida—. ¿Ha pasado algo? —Hola, mamá. Quiero ir a verte. Mañana. Una semanita, quizá más. Pausa. —¿Mañana? Pero si estuviste hace nada… —Lo sé. Pero lo necesito. Trabajo a distancia, me da igual dónde esté. ¿Me acoges? Otra pausa. Julia casi vio el gesto de su madre, tratando de entender. —Por supuesto, ven cuando quieras. Ya sabes que siempre hay sitio. ¿Seguro que todo va bien? —Sí, mamá. Es que te echo mucho de menos. Colgó y se permitió sonreír. Al día siguiente, la tía Natalia y familia llegarían a una puerta cerrada. Que llamen, que protesten, que monten el numerito —la dueña no está. No es que haya ido a comprar, ni a ver a una amiga. Está en otra ciudad, a trescientos kilómetros. Julia abrió la app de billetes. Tren de las seis cuarenta y cinco. Perfecto. Cuando la tía llegue al portal, ella ya estará tomando el té en la cocina de su madre. La sangre es sangre, pero a veces hay que aprender a decir «no». En el tren, Julia escuchaba el traqueteo y pensaba en la cara de su tía ante la puerta cerrada. Se le cerraban los ojos, le zumbaba la cabeza, pero sentía una paz inédita. Mamá la recibió en el andén, la abrazó fuerte, se la llevó a casa. La llenó de tortitas de queso, le dio té y la mandó a dormir. —Ya hablaremos luego —dijo, recogiendo la taza—. Primero descansa. Julia cayó directa al sueño, apenas tocó la almohada. Despertó al timbre estridente del teléfono. Buscó el móvil a ciegas, enfocó la pantalla. «Tía Natalia». —¡Yuli! —la tía chillaba tanto que apartó el móvil de la oreja—. ¡Llevamos veinte minutos en tu puerta! ¿Por qué no abres? Julia se sentó en la cama, se frotó la cara. El sol se ponía fuera; había dormido medio día. —Porque no estoy allí —respondió, y no pudo evitar sonreír. —¡¿Cómo que no estás?! ¿Dónde estás? —En otra ciudad. Silencio. Luego, el estallido. —¡Pero qué cara tienes! ¡Sabías que veníamos y te has largado! ¿Cómo se te ocurre? —Muy fácil. Te avisé que no os iba a dejar entrar. No escuchasteis. —¡Pero cómo te atreves! —la tía casi no podía hablar del enfado—. Seguro que tienes llaves con alguna vecina o amiga. ¡Llama y que nos abran! ¡Viviremos allí sin ti, que no somos niños! Julia se quedó helada. Menudo descaro. —¿Hablas en serio, tía? —¡Por supuesto! Venimos cansados, ¡y tú montando el circo! —No pienso compartir piso con vosotros. Y mucho menos dejaros entrar sin mí. —¡Pero tú…! La puerta se abrió. Madre en el umbral, bata y pelo alborotado, ojos entrecerrados. Alargó la mano, y Julia le pasó el teléfono casi sin saber por qué. —Natalia —la voz de su madre se hizo hielo—. Soy Vera. Escúchame bien y no me interrumpas. En el auricular se oía un chapoteo confuso. —A Yuri no te soportaba —prosiguió mamá—. Nunca te aguantó. Y lo sé mejor que nadie. Así que deja de perseguir a su hija, ¿qué buscas de ella? Julia oyó a la tía titubear, perderse, tartamudear. —Bien —cerró mamá—. No vuelvas a llamar a Julia. Nunca. Ella tiene a quien recurrir, y te aseguro que tú no eres esa persona. Se acabó. Colgó y le devolvió el teléfono. Julia miró a su madre como si la viera por primera vez. —Mamá… tú… Nunca te había visto así. Ella se encogió de hombros, se ajustó la bata. —Tu padre me enseñó. Decía que a Natalia solo con mano dura. Un rugido y desaparece mínimo un año. De repente sonrió, con arruguitas en los ojos. —Sigue funcionando, ¿lo ves? Julia estalló en carcajadas, liberando toda la tensión acumulada. Su madre se unió al júbilo. —Bueno —dijo señalando la cocina—, ven a tomar té. Y luego me cuentas lo que ha pasado.