A veces la vida es así
A Yago sus padres lo esperaron con ilusión infinita. Pero el embarazo fue complicado y el niño nació prematuro, diminuto, en una incubadora del hospital Gregorio Marañón de Madrid. Muchos de sus órganos aún sin terminar de formarse. Respiración asistida. Dos operaciones. Desprendimiento de retina.
Dos veces permitieron a los padres despedirse de su hijo. Pero Yago sobrevivió.
Sin embargo, no tardaron en descubrir que apenas veía ni escuchaba. El desarrollo físico mejoró poco a poco Yago se sentó, cogió un juguete, luego caminó ayudado por los muebles pero el desarrollo mental parecía que nunca arrancaba.
Al principio los padres mantuvieron la esperanza: pelearon juntos, pero el padre, Pablo, fue desapareciendo sigiloso, dejando a la madre, Clara, sola en su batalla.
Consiguió una beca del seguro social, y a los tres años y medio a Yago le pusieron implantes para el oído en una clínica de Salamanca. Ahora parecía oír, pero seguía sin avanzar. Dale que dale con terapeutas, logopedas, psicólogos, especialistas de toda España. Clara venía muchas veces a mi consulta con Yago.
Yo intentaba animarla: probemos tal cosa, intentemos esto, busquemos aquello Clara lo probó todo, pero nada resultó. La mayor parte del tiempo, Yago se sentaba tranquilo en su parque infantil, girando cualquier cosa entre las manos, golpeándola contra el suelo, mordiéndose el brazo y algún objeto. A veces aullaba con un solo tono, otras con alguna modulación. Clara insistía en que él la reconocía, que la llamaba con una especie de gorjeo y que le encantaba que le rascasen la espalda y las piernas.
Al final, un psiquiatra mayor del hospital la citó: ¿Qué diagnóstico quieres que te dé ya? Es un vegetal que camina. Toma una decisión y sigue con tu vida. O lo llevas a un centro, o te quedas con él en casa ya te has acostumbrado, ¿no? Yo desde luego no veo sentido en esperar ningún progreso relevante, ni en arruinarte la vida junto a su parque toda la eternidad. Fue la única persona en la vida de Clara que le habló con esa franqueza. Clara ingresó a Yago en un centro especializado y volvió a trabajar.
Pasado un tiempo, se compró una Vespa siempre había soñado con ello. Empezó a rodar por el Paseo de la Castellana y por Sierra de Guadarrama con un grupo de moteros. Cuando el rugido del motor la envolvía, las angustias se diluían. El padre de Yago pasaba la pensión todo lo gastaba en cuidadoras los fines de semana; cuidar de Yago no era complicado si uno se acostumbraba a sus aullidos.
Un día, uno del grupo, Diego, le dijo a Clara: Sabes, he acabado coladito por ti. Tienes algo fascinante y trágico.
Ven, te enseño algo le respondió Clara.
Él sonrió, pensando en lencería y sábanas, pero ella le llevó a conocer a Yago. El crío estaba despierto, aullando con modulaciones y gorjeos tal vez reconoció la voz de su madre o se inquietó por el desconocido.
¡Hostia, joder! exclamó el motero, boquiabierto.
¿Qué esperabas? contestó Clara, desafiante.
Al poco tiempo, empezaron a compartir más que las rutas: también la vida. Diego aceptó no acercarse a Yago eso lo dejaron bien claro algo que a Clara no le importó. Pasó un año y Diego propuso: ¿Y si tenemos un hijo?.
¿Y si nos pasa igual, qué hacemos? respondió Clara, cortante.
Diego dejó pasar casi un año y volvió a tantear: No, venga, en serio.
Nació Pol. Por suerte, completamente sano. Diego sugirió: ¿Y si llevamos a Yago a un centro permanente, ahora que tenemos un hijo normal?.
Antes te meto a ti, Diego soltó Clara, fría.
Él reculó enseguida: Era por preguntar
Pol descubrió a Yago cuando tenía apenas nueve meses y empezó a gatear.
Se obsesionó de inmediato. Diego se enfadaba: ¡No dejes al crío cerca, por si acaso!. Pero él siempre estaba trabajando o en alguna salida, y Clara sí permitía su contacto. Descubrió que si Pol gateaba junto a él, Yago no aullaba. Es más, parecía escuchar, esperar. Pol le traía juguetes, le enseñaba cómo usarlos, movía sus manitas con paciencia.
Un fin de semana, Diego se quedó en casa enfermo y lo vio: Pol tambaleándose por el salón, balbuceando, Yago siguiéndolo como un imán cuando siempre estaba acurrucado en el rincón. Diego montó una bronca y exigió a Clara: O separas a mi hijo de tu chaval, o les vigilas todo el rato. Clara, sin alterarse, le señaló la puerta.
Acojonado, Diego se suavizó y acabaron haciendo las paces. Clara me buscó:
Es un tronco, pero yo lo quiero. Suena mal, ¿verdad?
Es natural le confirmé. Amar a tu hijo, sea como sea
No hablaba de Yago, sino de Diego aclaró con media sonrisa. ¿Crees que Yago puede ser peligroso para Pol?
Le respondí que, en esa pareja, Pol era el líder, pero siempre era necesario vigilar. Así lo dejaron.
Con año y medio, Pol enseñaba a Yago a montar torres por tamaño. Él ya hablaba con frases, canturreaba canciones de cuna, y hacía juegos de manos típicos como el de Paloma blanca, acércate aquí.
¿Tenemos un genio en casa? preguntó Clara, medio en broma. Diego dice que lo compruebe; va tan orgulloso porque los hijos de sus colegas ni papá dicen aún.
Yo diría que es por Yago sugerí. No todos los niños deben tirar del desarrollo de otro a esa edad.
¡Eso se lo voy a soltar a mi tronco con ojos! se alegró Clara.
¡Vaya familia! pensé. Un vegetal que camina, un tronco con ojos, una madre motera y un niño precoz. Cuando Pol aprendió a ir al orinal, tardó medio año en enseñar a Yago. Enseñarle a comer solo, beber de la taza, vestirse y desvestirse eso ya fue iniciativa de Clara, solo que encomendó la tarea a Pol.
A los tres y medio, Pol preguntó directamente:
¿Qué le pasa, de verdad, a Yago?
Pues, a ver no ve.
Sí ve rebatió Pol pero poquito. Esto sí lo ve, eso ya no. Y según la luz. Lo que más ve es la lamparita del baño con el espejo: ahí ve mucho.
El oftalmólogo se quedó pasmado cuando llevaron a Pol para explicar la visión de su hermano, pero tomó notas, pidió más pruebas y al final prescribió tratamiento y gafas especiales.
El colegio infantil fue un desastre para Pol.
¡Este niño necesita primaria, no guardería! protestó la educadora. Es un sabio y no obedece, todo lo sabe mejor.
Yo recomendé no precipitarse; mejor actividades y desarrollo de Yago. Para sorpresa de todos, Diego estuvo de acuerdo: Déjalos en casa hasta que cumpla, ¿qué pintan en esa absurda guardería? Además, ¿te has fijado que Yago lleva casi un año sin aullar?
Seis meses después, Yago dijo: mamá, papá, Pol, dame, agua y miau-miau. Ambos hermanos empezaron el cole a la vez. Pol estaba ansioso: ¿Y si sin mí se pierde? ¿Los profes de allí le entenderán? ¿Le ayudarán?
Hoy, Pol sigue ayudando a Yago con los deberes antes de ponerse con los suyos, ya en quinto de primaria.
Yago ya forma frases sencillas. Lee, maneja el ordenador. Le encanta cocinar y limpiar (con Pol o Clara al mando), le gusta sentarse en el banco del patio a escuchar, mirar, oler y saludar a los vecinos. Le apasiona moldear plastilina, montar y desmontar construcciones.
Pero lo que más le gusta en el mundo es cuando la familia al completo sale de ruta en las motos: Yago con su madre, Pol con Diego, y todos juntos, gritando a pleno pulmón contra el viento, como si fuesen invencibles.





