No siempre eligimos bien a quién conocemos ni con quién compartimos la vida
El camino de la vida nunca es sencillo, y del destino no se puede escapar. Cada uno tiene su propio destino, su verdad. Yo crecí en una familia de mujeres, casi un matriarcado, pero más bien era que vivíamos solas, en una casa sencilla en un pueblo manchego. Huerto, leña, pozo para el agua, gallinas y un sinfín de tareas que nunca se acababan.
Mi abuela, Fausta, llevaba muchos años sola en el pueblo, quedó viuda joven. Su hija, mi madre Jacinta, también soltera desde que mi padre la abandonó cuando yo, Eulalia, tenía apenas dos años. Así era nuestro pequeño matriarcado. Desde niña supe ordeñar la vaca, quitar malas hierbas del huerto, y poco a poco aprendí a cocinar platos sencillos.
A Fausta le pasaban ya los sesenta cuando un día, muy cansada tras volver del corral, dijo:
Jacinta, hija, estoy harta de esta vida…
Mamá, ¿qué te pasa? preguntó mi madre y yo, siempre atenta, acudí enseguida.
Nada, hija, que me he cansado de romperme la espalda, de limpiar el corral. ¿No tendremos derecho a una vida distinta? dijo ella con las manos resecas y llenas de venas sobre las rodillas.
¿Y qué propones, mamá?
Podríamos irnos a la ciudad, vender aquí todo. He ahorrado algunos euros con los años, podríamos comprar un piso en el centro.
Abuela, yo quiero salté yo emocionada ¡Me encantaría vivir en la ciudad!
Y así lo hicimos. Teníamos familia en Madrid, el hermano mayor de Fausta, Don Francisco, nos acogió un tiempo.
Os dejamos un cuarto mientras buscáis piso dijo amablemente su esposa . Cuando lo encontréis, os mudáis.
La familia nos recibió con paciencia y cariño. Mi madre se dedicó de lleno a buscar piso, y mi tío Francisco echó una mano. Al fin, encontramos piso y nos mudamos.
Habrá que reformar un poco decía mi abuela , pero casi todo el dinero se ha ido en la compra. Bueno, poco a poco se hará.
Sí, mamá decía mi madre . Por cierto, empiezo mañana a trabajar en el obrador de pan. Hay un colegio cerca, a ver si puedo apuntar ya a Lali, porque pronto terminan las vacaciones y quiero que empiece bien el curso.
No te preocupes, hija, llevaré yo a la niña me decía Fausta , ya que tú estarás trabajando.
Me admitieron en sexto de primaria y estaba feliz. El colegio quedaba de camino al trabajo de mamá.
Abuela, me hace mucha ilusión estudiar en Madrid, voy a dar lo mejor de mí le prometía.
Al volver de su primer día de trabajo, mamá se llevó una sorpresa:
Me han ofrecido trabajo de limpiadora en el colegio de Lali. ¡Dinero nos hace falta y mientras pueda, ayudaré!
Pero madre, podrías descansar ya sólo con la pensión… protestaba Jacinta.
No, hija. Me veo fuerte aún y así puedo cuidar de la niña en sus primeros días.
Pasaron los años con Fausta trabajando en el colegio, Jacinta en la panificadora y yo, no muy brillante, pero cumplidora en los estudios. Cuando terminé octavo, dejé el colegio y me puse a trabajar para ayudar en casa. Vi en un bar un anuncio buscando friegaplatos y ni dudé en entrar. Me cogieron enseguida.
Me aplicaba mucho, a veces ayudaba con las patatas, otras tapaba al cocinero mientras se iba a hacer sus cosas. Hice amistad con algunas chicas y pronto salíamos todas juntas a bailar.
Mamá, me voy al club de baile, volveré tarde le avisaba a mi madre.
Cuidado con los chicos, Lali, que a veces no buscan nada bueno decía la abuela desde la cocina.
Ya no soy una cría, abuela, tranquila.
Fue en el baile donde conocí a Tomás. Me sacó a bailar y no se despegó de mí en toda la noche.
Hoy te acompaño a casa dijo con una confianza que no recuerdo haberle visto antes a ningún chico.
Empezamos a salir, y poco después Tomás anunció que marchaba a la mili. Me preguntó si le esperaría; acepté y accedí a escribirnos cartas.
Le vi marchar, cumplí mi promesa y respondía todas las cartas. Él aseguraba que volvería de permiso al año. Por fin llegó el día y nos vimos.
¿Qué? ¿No te has casado aún, Lali? bromeó Tomás al verme.
Te prometí esperar, y aquí estoy.
Noté que en su voz no había demasiada alegría, ni me miraba a los ojos como antes.
Pronto acabó el permiso y se fue. Comenzó a escribirme cada vez menos, las cartas más cortas, hasta que dejaron de llegar.
Cuando le tocaba volver a su barrio, ni me avisó. Antes, sin móviles, sólo podía esperarle en la pista de baile, pero nunca apareció.
Una noche, volviendo del baile, le pregunté a las amigas por Tomás:
¿Que no lo sabes? Si hasta se ha casado en la mili y ha traído a la esposa soltó irónica una de las chicas . Venga, olvídale, que ya te vale…
No quería creerlo. Le esperé y él no.
Un tiempo después me crucé con Tomás un domingo por el Retiro. Justo donde solíamos sentarnos juntos.
¡Hola, Lali! se levantó deprisa al verme.
Seguí mi camino, él intentó frenarme.
Espera, Lali… Lo siento. Fui un necio. Sigo pensando en ti, no la quiero. Me casé porque va a tener un hijo mío, pero eres tú quien me falta en la vida.
Me paré y le miré fijamente:
¿Y qué quieres de mí? ¿Que te espere a escondidas, mientras tú vives con otra? No. Me has fallado, Tomás, no cuento contigo para mi vida. Hazte cargo de tu familia. Que seáis felices, pero sin mí.
Continué trabajando en el bar y el director, viéndome apañada en la cocina, me ofreció ir a un curso de cocina en Toledo, para que volviera de cocinera.
Me encantaría respondí.
Así estaba, arreglada y algo nerviosa esperando el tren de cercanías, el primero que cogía sola para ir a una gran ciudad. Por el andén pasaba un grupo cantando flamenco; uno vestía uniforme militar.
De repente, el chico del uniforme se me acercó.
Hola, ¿podemos conocernos? Soy Julián, ¿y tú?
Eulalia contesté sin pensar.
¿Esperas el tren también? Asentí.
Sonó el tren y Julián corrió con sus amigos.
Qué chaval más raro pensé , para qué querrá saber mi nombre
Me subí a un vagón casi vacío. Miraba el paisaje cuando, de repente, sentí una voz detrás:
¡Ah, aquí estás!
Era Julián. Había recorrido varios vagones buscándome.
No tenemos mucho tiempo. Me dan unos días libres en la mili. Me gustaste y no he podido dejar de pensar en ti. ¿Nos intercambiamos direcciones para escribirnos?
Charlamos todo el viaje. Él alegre, sencillo, no prometía nada, sólo amistad. Nos dimos las direcciones y nos despedimos. No esperaba mucho, después de lo de Tomás, pero Julián me pareció honesto y cercano. Por escribir algún que otro correo tampoco perdía nada.
La abuela Fausta siempre dice que a veces no elegimos bien a quién conocemos ni con quién nos casamos recordaba mientras pensaba en Julián.
Pasó casi un año de cartas y, cuando acabó la mili, Julián apareció en mi casa según la dirección. Era mi día libre y ambos nos alegramos mucho al vernos. Ahí sentí que él sí era de fiar.
Con el tiempo nos casamos. Yo cocinera en un restaurante, él en la fábrica. Siempre he sido muy ordenada: todo limpio, listo, los gemelos siempre bañados, orden en casa. Julián, en cambio, dejaba todo tirado por donde pasaba; al principio me desesperaba, pero supe cambiar mi estrategia.
Decidí usar el cariño y la paciencia. Empecé a pedírselo con dulzura, animándole. Poco a poco fue dejando la ropa en su sitio, las herramientas en el garaje… hasta la casa y el taller estaban impolutos. Me sentía feliz.
Por fin he encontrado al hombre correcto, a pesar de la frase de la abuela pensaba.
Así vivimos felices muchos años, hasta que un día Julián no volvió del trabajo: un infarto, fulminante. Nada lo presagiaba, pero así es el destino. Sufrí mucho, pero la vida siguió.
Hoy vivo sola, como la abuela Fausta y mamá Jacinta al final de sus días. Ahora me visitan hijos y nietos. Del destino nadie se escapa.
La vida me ha enseñado que a veces uno encuentra a la persona adecuada, aunque cueste. Hay que saber decir no, guardarse dignidad y, cuando toca, apostar con el corazón. El tiempo nunca miente.






