A veces la vida nos lleva por caminos inesperados: elegimos mal a las personas, nos casamos con quien no debemos Recorrer el camino de la vida no es sencillo, y del destino no se puede escapar. Cada uno tiene su propio destino y su verdad. Vero creció en un hogar de mujeres, un auténtico matriarcado, aunque llamarlo “reino” sería mucho decir: su casa era sencilla, con huerto, leña, agua del pozo y una interminable lista de tareas. La abuela Faina llevaba mucho tiempo viuda en el pueblo, su hija María también era madre soltera—su marido las dejó cuando Vera tenía dos años—por lo que la casa era un dominio de mujeres. Desde pequeña, Vera aprendió a ordeñar, a cuidar el huerto y a cocinar sencillamente. Faina, ya mayor, llegó un día agotada del trabajo y le dijo a su hija: —Maria, hija, estoy cansada de todo esto… Así tomaron la decisión de mudarse a la ciudad. Allí comenzarían una nueva vida, buscando siempre un futuro mejor para Vera. El tiempo fue pasando entre trabajos humildes, estudios y nuevas experiencias, hasta que llegaron los primeros amores. Vera aprendió que la vida y el corazón a veces se equivocan: esperó en vano a Toliko, que se marchó a la mili y regresó casado con otra. Sin embargo, el destino le tenía guardado a Yurka, un militar alegre y sencillo que sí cumplió su palabra y con quien finalmente formó una familia. Juntos lucharon contra los desafíos diarios, criaron hijos y, tras años de convivencia y aprendizaje mutuo, Vera comprendió que finalmente había elegido bien, a pesar de todas las advertencias de su abuela. Pero la vida, siempre imprevisible, volvió a ponerla a prueba enfrentándola a la soledad tras la muerte de su esposo, repitiendo el ciclo de las mujeres de su familia. Así, Vera, rodeada de recuerdos, hijos y nietos, acepta con serenidad que del destino, en realidad, nadie puede escapar.

No siempre acertamos: ni con los que conocemos ni con quienes nos casamos

Caminar por la vida no es precisamente un paseo por el parque, y el destino, ay, se pega como el turrón en Navidad: se puede intentar esquivarlo, pero te lo acabas comiendo sí o sí. Cada uno carga con su propio destino y su verdad, tan personal como las empanadillas de la abuela. Soledad creció en una casa comandada, cómo no, por un auténtico matriarcado de tomo y lomo. Llamar a aquello reino quizá sea pasarse, pero lo cierto es que vivían en una vieja casa a las afueras de un pueblo de la provincia de Valladolid, con huerta, leña, pozo y faena para aburrir a cualquiera.

La abuela Felisa llevaba en el pueblo más años que la Virgen del Rocío, se quedó viuda joven y su hija, Carmen, tampoco tuvo suerte, pues el marido salió por tabaco cuando Soledad tenía dos años y no se volvió a saber de él. Así que sus vidas giraban entre mujeres, gallinas y mucho trabajo. Desde pequeña Soledad sabía ordeñar la vaca, arrancar malas hierbas sin piedad y preparar arroz con leche siguiendo los misterios sólo conocidos en su familia.

Felisa pasó los sesenta trabajando en la granja, hasta que un día volvió agotada y, a modo de drama rural, soltó:

Carmen, hija estoy harta de este cuento ya.

¿Pero qué te pasa, madre? preguntó Carmen, con Soledad ya pegada a la conversación como buen aprendiz de cotilla.

Pues eso, ¡que estoy achicharrada! ¿No tenemos derecho nosotras a otra vida? ¿Siempre a limpiar estiércol y cargar leña? dijo, mirando sus manos llenas de experiencia y callos de los gordos.

¿Qué sugieres, mamá?

Lo vendo todo y nos vamos a Valladolid capital. Tengo algo de dinero guardado, ¿qué dices si compramos un piso?

¡Abuela, sí, sí! intervino Soledad, más feliz que una perdiz ¡Quiero irme a la ciudad!

Y así, ni cortas ni perezosas, vendieron la casa, la burra y hasta el botijo. Al llegar a la ciudad, se alojaron en casa del tío Ramón, hermano mayor de Felisa.

Os dejo mi habitación hasta que encontréis algo dijo la tía Inés, tras organizar sábanas y ollas, luego os apañáis por vuestra cuenta.

La familia los recibió de buena gana, aunque con la paciencia que sólo da el parentesco. Carmen buscó piso con la ayuda de Ramón y, cuando por fin dieron con uno, se instalaron.

Vaya, habría que arreglar la casa, pero se nos fue hasta el último euro suspiró Felisa.

Ya se hará, madre. Por cierto, me han dado trabajo en la Panificadora y empiezo mañana. Hay un colegio cerca, podríamos matricular a Sole, que empieza en un mes el curso nuevo.

Déjalo de mi cuenta, Carmen. Sole y yo iremos. Tú tendrás poco tiempo con el trabajo aseguró Felisa, la abuela omnipresente.

Soledad empezó tercero de la ESO en el colegio del barrio, a tiro de piedra del portal, ilusionada y prometiendo a la abuela que estudiaría como si no hubiera mañana.

Al poco, Carmen llegó de su primer día y se encontró con la noticia:

¿Sabes qué? Me han cogido de limpiadora en el cole de Soledad. Haré lo que pueda, que buena falta nos hace el dinero.

Pero madre, ya podrías descansar con la pensión

Eso ni hablar, hija. Mientras me queden fuerzas, trabajo. Y así echo un ojo a la nieta, que con esto de ser la nueva ya me entiendes.

Y así iban las cosas: Felisa limpiando pasillos, Carmen currando y Soledad haciendo lo que podía con los exámenes. Al terminar cuarto, Soledad decidió que lo de estudiar no era lo suyo: había que arrimar el hombro en casa. Caminando una tarde en la ciudad, vio un cartel en un bar que buscaban friegaplatos. Entró, y antes de mover una ceja ya tenía trabajo.

Soledad se ganó pronto la simpatía de todos, ayudando en la cocina siempre que podía, pelando patatas o evitando que la paella se pegara. Se hizo amiga de las camareras y pronto empezó a salir con ellas de verbena en verbena.

Mamá, me voy esta noche a la discoteca. Vuelvo tarde, ¿vale?

Ten cuidado con los chicos, Sole. No te fíes ni de los que bailan mejor que tú le decía la abuela.

Que sí, abuela, que ya no soy una cría. Déjame.

En una de esas fiestas se cruzó con Andrés, que fue directo y le pidió un baile. Y desde entonces no se despegaba ni con agua hirviendo.

Esta noche te acompaño a casa dijo, tan seguro, que Soledad no supo negarse.

Empezaron a salir, y pasó poco tiempo antes de que Andrés tuviera noticias:

Sole, me voy a la mili. ¿Me vas a esperar? Yo te escribo y tú me contestas.

Claro, escríbeme y yo también lo haré prometió ella.

Soledad fue fiel a su promesa. Contestaba cada carta con esmero, y él hacía lo mismo prometiendo volver en un año. Cuando volvía de permiso, acudió al bar luciendo uniforme, aunque algo frío y lacónico.

Sole, ¿no te has echado novio? bromeaba Andrés, sin demasiada chispa.

¡Te prometí que te esperaría!

Ya respondía mirando a las baldosas, como si nunca las hubiera visto.

Pero las cartas se hicieron menos frecuentes y, al volver por fin de la mili, ni siquiera pasó a verla. Ni un mísero WhatsApp, que tampoco los había, y en las verbenas ni rastro de él. Hasta que un día, harta de esperar, se sinceró con las amigas:

¿Le habrá pasado algo a Andrés? Debería haber vuelto ya Si supiera dónde viven sus padres, iría a preguntar.

¿Para qué? saltó sin compasión su amiga Charo. ¡Conoce ya a su mujer, so tonta! Andrés se casó en la mili y se trajo a la parienta. Ni te acerques, olvídalo.

¡No puede ser! Si yo le esperaba

Tú sí, pero él no.

Tiempo después, Soledad se topó con Andrés en el parque, sentado en su banco de siempre.

Hola, Soledad saludó, nervioso. Mira, lo siento. He sido un idiota. Pienso en ti cada noche, y no quiero a mi mujer, pero va a tener un crío mío. Te echo de menos.

Soledad lo plantó en seco, mirándole de frente:

¿Ahora qué quieres, que sea tu amante? No, Andrés. Elegiste y no me mentiste solo a mí, sino a ti mismo. Quédate con quien elegiste, criad a vuestro hijo y que os vaya bonito.

Y tal cual, se marchó digna como una zarzuela.

Soledad siguió en el restaurante, hasta que el jefe le propuso ir a hacer un curso de cocina en Salamanca.

Sole, tienes manos para esto. Vete al curso y a la vuelta eres nuestra cocinera.

¡Me viene de perlas! contestó ella.

Y así, bien arreglada y más guapa que nunca, esperaba el tren para marcharse. Un grupo de chavales se despedía allí mismo de un amigo que volvía de la mili. Uno, vestido de militar, se acercó a ella:

Hola, ¿nos presentamos? Soy Paco. ¿Y tú?

Soledad respondió, sin dar importância.

¿Vas al tren, tú también? asintió ella.

Apareció el tren, y Paco corrió a despedirse. Pero, cosas de la vida, a los cinco minutos, Paco apareció en su vagón con una sonrisa.

¡Ah, aquí estabas! He recorrido medio tren. Me has gustado y no podría perdonarme no intentarlo. Dame tu dirección y nos escribimos, ¿te apetece? ¿Por cierto, a dónde vas?

A un curso de cocina en Salamanca.

Toda la ruta la pasaron charlando y, sin muchas expectativas, intercambiaron direcciones. A Soledad le resultó simpático y sencillo, pero no pondría la mano en el fuego: la mili le había enseñado a tener reservas. Pero bueno, escribir cartas tampoco era tan grave.

Como dice la abuela Felisa: No siempre encontramos al correcto, ni siempre nos casamos con el apropiadose dijo Soledad, resignada.

Un año después, Paco volvió de la mili y fue a buscarla a su casa, con una alegría contagiosa. Era su día libre, y la cita fue tan natural que Soledad supo que esta vez tocaba fiarse.

El tiempo pasó. Soledad y Paco se casaron. Ella ascendió a jefa de cocina en el restaurante, él trabajaba en una fábrica de maquinaria. Soledad era la reina del orden: la casa parecía siempre preparada para salir en el Hola. Tuvieron dos hijos mellizos, limpios y peinados como pinceles, en la guardería del barrio.

Aunque no todo eran volantes y fandangos. Paco no veía la diferencia entre el suelo y una silla, dejando trastos allá por donde pasaba. Soledad refunfuñaba, sí, pero empezó a practicar el arte del halago y la sonrisa, y poco a poco él fue aprendiendo a dejar la ropa de trabajo en el trastero, las herramientas en el garaje… Incluso el garaje parecía salido de un anuncio de IKEA. Soledad se felicitaba a sí misma.

Fíjate tú, abuela, al final sí conocí y me casé con el que tocaba, aunque digas que nunca acertamos pensó un día, viendo a Paco barrer la terraza.

Fueron felices muchos años, hasta que un día Paco, volviendo del trabajo, no llegó a casa: le falló el corazón sin previo aviso. Soledad lloró, claro, pero siguió adelante, como su abuela Felisa y su madre Carmen, siempre con la familia como bandera. Ahora la visitan hijos, nietos y biznietos… porque, aunque el destino se empeñe, a vivir no lo gana nadie.

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MagistrUm
A veces la vida nos lleva por caminos inesperados: elegimos mal a las personas, nos casamos con quien no debemos Recorrer el camino de la vida no es sencillo, y del destino no se puede escapar. Cada uno tiene su propio destino y su verdad. Vero creció en un hogar de mujeres, un auténtico matriarcado, aunque llamarlo “reino” sería mucho decir: su casa era sencilla, con huerto, leña, agua del pozo y una interminable lista de tareas. La abuela Faina llevaba mucho tiempo viuda en el pueblo, su hija María también era madre soltera—su marido las dejó cuando Vera tenía dos años—por lo que la casa era un dominio de mujeres. Desde pequeña, Vera aprendió a ordeñar, a cuidar el huerto y a cocinar sencillamente. Faina, ya mayor, llegó un día agotada del trabajo y le dijo a su hija: —Maria, hija, estoy cansada de todo esto… Así tomaron la decisión de mudarse a la ciudad. Allí comenzarían una nueva vida, buscando siempre un futuro mejor para Vera. El tiempo fue pasando entre trabajos humildes, estudios y nuevas experiencias, hasta que llegaron los primeros amores. Vera aprendió que la vida y el corazón a veces se equivocan: esperó en vano a Toliko, que se marchó a la mili y regresó casado con otra. Sin embargo, el destino le tenía guardado a Yurka, un militar alegre y sencillo que sí cumplió su palabra y con quien finalmente formó una familia. Juntos lucharon contra los desafíos diarios, criaron hijos y, tras años de convivencia y aprendizaje mutuo, Vera comprendió que finalmente había elegido bien, a pesar de todas las advertencias de su abuela. Pero la vida, siempre imprevisible, volvió a ponerla a prueba enfrentándola a la soledad tras la muerte de su esposo, repitiendo el ciclo de las mujeres de su familia. Así, Vera, rodeada de recuerdos, hijos y nietos, acepta con serenidad que del destino, en realidad, nadie puede escapar.