No siempre encontramos a la persona adecuada, ni siempre nos casamos con quien debemos
El camino de la vida nunca es fácil y el destino no se puede esquivar. Cada persona tiene su caminar, su propia verdad, su carga. Verónica creció en una familia donde solo reinaban mujeres. Lo de reinar es una forma de hablar, porque vivían en una casita a las afueras de un pueblo de Castilla. Tenían huerto, leña que recoger, agua que sacar del pozo, animales, y el trabajo siempre era infinito.
La abuela Felisa llevaba años viviendo sola en el pueblo tras enviudar joven. Su hija Matilde, madre de Verónica, también estaba sola: el marido la dejó cuando la niña tenía solo dos años. Así que las tres formaban su particular reino femenino. Desde pequeña Verónica sabía ordeñar la vaca, quitar malas hierbas, y poco a poco aprendió a guisar algún plato sencillo.
Felisa ya tenía más de cincuenta años cuando un día volvió agotada de las labores y soltó un suspiro:
Matilde, hija mía, qué harta estoy de esta vida
¿Qué te pasa, madre? preguntó Matilde, e inmediatamente se acercó Verónica, la nieta.
Pues qué va a ser Estoy harta de matarme a trabajar, de sacar estiércol con la pala. ¿No tenemos también derecho a vivir de otra manera? dijo poniéndose las manos enjutas y trabajadas en las rodillas.
¿Y tú qué propones, madre?
Vendamos todo y vámonos a la ciudad. He ahorrado unos euros con el tiempo, podemos comprar un piso.
¡Abuela, yo quiero! saltó Verónica con alegría ¡Vámonos a la ciudad!
Dicho y hecho. Felisa tenía un hermano mayor, Ignacio, que vivía en Valladolid. Allí se alojaron con él al principio.
Os preparo una habitación, les decía su esposa y cuando encontréis piso os mudáis.
La familia fue paciente y amable. Matilde buscaba piso, y el propio Ignacio ayudó. Al cabo de unas semanas ya se mudaron a su propia casa.
Lo suyo sería reformar un poco todo decía Felisa pero hemos gastado ya todos los ahorros. Bueno, poco a poco.
Sí, madre respondió Matilde, además ya he encontrado trabajo en un obrador del barrio, empiezo mañana. Habría que matricular a Verónica en el colegio, que ya mismo acaban las vacaciones de verano. Aquí al lado mismo hay uno: me pilla de camino.
Deja, hija, que yo llevo a Verónica al cole, tú tendrás el tiempo justo con el trabajo le aseguraba Felisa.
Aceptaron a Verónica en sexto de primaria. El colegio estaba cerca, y la niña estaba entusiasmada.
Abuela, tengo muchas ganas de estudiar en un colegio de ciudad, prometo esforzarme le decía.
Al volver Matilde de su primer día de trabajo, la madre le dio una noticia:
Me han admitido como limpiadora en el cole donde va a estudiar Verónica. Trabajaré mientras pueda, que el dinero no sobra.
Ay, madre, ya podrías descansar que tienes la pensión.
No, hija, mientras me queden fuerzas prefiero trabajar, así además vigilo a Verónica, que es nueva por aquí
Pasó el tiempo. Felisa trabajaba en el colegio y, aunque cansada, estaba contenta. Matilde aguantaba el ritmo, y Verónica sacaba notas medianas.
Terminados los estudios obligatorios, Verónica decidió no seguir en el instituto, para ayudar económicamente en casa. Un día, al pasar por un restaurante, vio un cartel de se busca friegaplatos. Sin dudarlo, se presentó y la cogieron.
Verónica trabajaba con ganas, ayudaba incluso en la cocina: pelaba patatas, cubría a la cocinera y removía los guisos para que no se pegaran. Se hizo amiga de otras chicas, y con ellas empezó a salir a bailar a la discoteca del barrio.
Mamá, me voy a la disco avisaba.
Verónica, cuídate mucho le decía la abuela. Ten cuidado con los chicos, y no pierdas la cabeza.
Abuela, que ya soy mayor, tranquila.
En una de esas noches conoció a Tomás. La invitó a bailar y ya no se separó de ella en toda la noche.
Te acompaño a casa le dijo con decisión, y ella no supo decir que no.
Empezaron a salir juntos y, al poco, Tomás le anunció:
Verónica, me llaman para cumplir el servicio militar. ¿Me esperarás? Yo te escribiré cartas.
Claro que sí, te escribiré también prometió la chica.
Lo despidió, le escribió con constancia y él respondió, prometiendo volver de permiso al año siguiente. Cuando por fin llegó el día, se reencontraron.
¿Qué tal, Verónica? ¿No te has casado aún? le preguntó con sorna.
Te prometí esperar y eso hago respondió ella.
Bueno, bueno comentó él sin demasiado entusiasmo, evitándole la mirada.
El permiso acabó rápido y Tomás se marchó de nuevo. Ya no escribió tanto; las cartas eran cortas y menos frecuentes, hasta que dejaron de llegar.
Pasó el tiempo. Tomás debía volver ya del ejército, pero ni avisó a Verónica, que seguía esperándolo. Nunca se lo encontraba en el antiguo salón de baile, aunque calculaba ya la fecha en la que debería estar por el barrio.
Una tarde, al salir de la disco, comentó con sus amigas:
¿Sabéis algo de Tomás? Debería estar de vuelta y no me entero de nada, ni sé dónde viven sus padres.
Ve a buscarle le soltó maliciosamente una amiga, igual conoces a su mujer. ¡Ay, Verónica, qué ingenua eres! Tomás se casó cuando estaba en la mili y ha traído a su mujer con él. Está en casa y por eso no se deja ver. ¡Olvídalo ya!
No puede ser si yo le esperé dijo triste Verónica.
Tú le esperabas, él no.
Tiempo después se cruzó con Tomás en el parque, por casualidad, él sentado en un banco como solían hacer.
Hola, Verónica se levantó al verla.
Pero ella siguió sin detenerse, aunque él intentó pararla.
Espera, Verónica perdóname. Hice una tontería. Siempre pienso en ti, hasta sueño contigo. No quiero a mi mujer, pero tuve que casarme va a tener un hijo mío. Te echo de menos.
Verónica, esta vez sí, le miró a los ojos:
¿Y qué esperas de mí? ¿Que vaya contigo mientras sigues casado? No. Me has engañado, no eres de fiar. Quédate con la que elegiste y cuidad de vuestro hijo, pero sin mí. Os deseo suerte, Tomás. Y se marchó.
Siguió trabajando en el restaurante, hasta que el jefe la llamó:
Verónica, eres buena en la cocina. ¿Qué te parece hacer un curso de cocina? Podrías ser la cocinera.
¡Me encantaría! Cocinar me gusta mucho.
Así que, renovada y elegante, Verónica esperaba el tren en la estación, nerviosa por su primer viaje sola a Madrid para los cursos. A su lado pasaba un grupo de chicos, uno tocando la guitarra, despidiendo a un amigo que venía también de permiso militar.
De pronto, un joven con uniforme de soldado se separó del grupo y se le acercó:
Hola, ¿nos conocemos? Yo soy Jorge, ¿y tú?
Verónica respondió automáticamente.
¿Esperas el tren? ella asintió.
En ese momento llegó la cercanía y Jorge corrió para reunirse con sus amigos.
Vaya personaje este Jorge pensó, ¿para qué querrá mi nombre?
Subió al penúltimo vagón, se sentó y, mirando por la ventana, escuchó de repente:
¡Ah, aquí estás! Era el mismo soldado.
He recorrido medio tren pero te he encontrado. No hay mucho tiempo. Vengo de permiso, pero me has gustado nada más verte. Dame tu dirección, te voy a escribir. ¿Dónde vas por cierto?
A un curso para cocineros, en Madrid respondió algo nerviosa.
Toda la ruta hablaron contándose sus vidas, intercambiaron direcciones y se despidieron. Verónica no esperaba gran cosa, ya había tenido una desilusión, pero Jorge le pareció simpático y buena persona, sin prometer grandes cosas Y total, escribir cartas no costaba nada.
La abuela Felisa siempre dice: no siempre encontramos a la persona adecuada, ni nos casamos con quien convienepensaba Verónica, sin querer hacerse ilusiones con Jorge.
Durante casi un año se cartearon, hasta que Jorge volvió del ejército y fue directamente a buscarla a casa. Coincidió con el día libre de Verónica y ambos se alegraron mucho. Ella entendió entonces que él sí era de fiar.
Pasó el tiempo. Verónica se casó con Jorge. Trabajaba como cocinera en el restaurante y su marido en la fábrica del barrio. Verónica era de las mujeres que llevaban la casa impecable: todo limpio, bien colocado, ropa lavada y niños arregladitos. Sus gemelos iban a la guardería siempre bien peinados y vestidos.
Con Jorge, eso sí, la convivencia tenía su aquel: él dejaba todo donde pillaba, y ella siempre detrás, recogiendo sus cosas y protestando. Un día Verónica decidió cambiar de táctica: usaría el cariño y la paciencia, no la regañina.
Con dulzura y encanto, poco a poco Jorge fue acostumbrándose a dejar la ropa sucia en el vestíbulo, sus herramientas en el garaje y a limpiar el patio y el trastero después de usarlos. Incluso su rincón estaba ordenado. Verónica se sentía contenta y orgullosa.
Al final sí encontré a la persona adecuada, contra todo pronóstico pensaba.
Y así vivió muchos años feliz junto a Jorge. Sin embargo, un día él no volvió del trabajo: cayó fulminado en la calle. El corazón le falló de repente, sin previo aviso. Verónica sufrió mucho.
Se quedó de nuevo sola, como antes su abuela Felisa y su madre Matilde. Hoy en día Verónica vive con la compañía de sus hijos y nietos, pero sola. Del destino, por mucho que se intente, nadie escapa.
A veces, la vida no sale como uno planea, pero aún así, siempre hay espacio para el amor y la alegría. Hay que aprender a aceptar lo que trae el destino, esforzándonos por ser felices con lo que tenemos. Porque, aunque la vida nos haga dudar, nunca hay que cerrar la puerta a una nueva felicidad.







