A veces, de verdad, parece que la vida nos va marcando el camino y no hay escapatoria, ¿no? Cada uno con su destino, con su propia manera de ver lo que es justo. Mira, te voy a contar la historia de Inés, que creció en una casa donde solo vivían mujeres. Reino, lo que se dice reino, no era, pero sí que mandaban ellas en su humilde casa de un pueblito manchego. Tenían huerto que cuidar, leña que cortar, el agua la sacaban del pozo, animales vamos, que trabajo nunca faltaba.
La abuela Carmen llevaba ya media vida sola en el pueblo; enviudó muy joven. Su hija, Pilar, tampoco corrió mejor suerte: el marido la abandonó cuando Inés tenía apenas dos años. Así, entre las tres, tiraban para adelante. Desde pequeña, Inés sabía ordeñar la vaca, se manejaba en el huerto y poco a poco aprendió a cocinar guisos sencillos.
Carmen ya pasaba de los cincuenta cuando, al volver rendida de trabajar en la finca, soltó de repente:
Ay, Pilar, hija, qué cansada estoy de todo esto
¿Qué te pasa, mamá? preguntó Pilar enseguida, y al momento vino la pequeña Inés.
Nada, que estoy harta de romperme la espalda limpiando el corral y recogiendo estiércol. ¿Es que acaso no merecemos otro tipo de vida? decía, apoyando sus manos curtidas en las rodillas.
¿Y qué propones, mamá?
Pues irnos a la ciudad, vender aquí todo. Ahorré algunos euros durante la vida, los juntamos y compramos un piso allí.
¡Abuela, sí! saltaba Inés de emoción. ¡Yo quiero irme a la ciudad!
Y así lo hicieron. La abuela Carmen tenía un hermano mayor, Ramón, que vivía en Madrid. Se alojaron en su casa una temporada.
Os dejamos una habitación para empezar decía la mujer de Ramón. Cuando encuentres piso, ya os mudáis.
La familia los acogió con cariño, y Pilar se puso a buscar piso enseguida; Ramón echó una mano también. Al final, encontraron uno y se instalaron.
Habría que hacerle una reforma al piso, pero… suspiraba Carmen. Ya nos hemos gastado todos los ahorros. Ya lo haremos poco a poco.
Sí, mamá asentía Pilar. Por cierto, he encontrado trabajo en la Panificadora, empiezo mañana mismo. Y habrá que matricular a Inés en el cole; apenas queda mes y medio para que terminen las vacaciones. Hay uno aquí cerca, así que paso por la puerta cada mañana para ir a trabajar.
No te preocupes, hija. Yo llevo a Inés, que tú no vas a tener tiempo, el trabajo…
Inés entró en sexto de primaria en su nuevo cole. Lo tenía a tiro de piedra, y tenía tantas ganas de estudiar en la ciudad…
Abuela, me esforzaré mucho, te lo prometo decía con toda la ilusión.
Cuando Pilar volvió de su primer día de trabajo, la madre la sorprendió:
Me han dado trabajo de limpiadora en el colegio de Inés. Aguantaré todo lo que mi cuerpo pueda, nos hace falta el dinero.
Pero mamá, con tu pensión podías estar ya tranquila en casa
No, hija, hay que aprovechar mientras pueda seguir trabajando. Además, así le echo un ojo a Inés, que está empezando y todo le será nuevo.
Pasó el tiempo. Carmen seguía de limpiadora en el colegio le gustaba el ambiente aunque el cuerpo se le resentía; Pilar en la panificadora e Inés, aunque no era la número uno, sacaba el curso adelante.
Al acabar octavo, Inés decidió dejar el cole y ayudar en casa. Sabía que hacía falta un sueldo más. Un día, pasando por delante de un restaurante, vio un cartel de se necesita friegaplatos y, sin pensarlo dos veces, entró y la cogieron al momento.
Inés no se limitaba a los platos, echaba una mano en cocina, pelando patatas, incluso sustituyendo al cocinero cuando este se ausentaba. Hizo amigas, y pronto se apuntó con ellas a bailar a un club.
Mamá, me voy al club a bailar, volveré tarde avisaba.
Cuídate, Inés decía Carmen. Sobre todo con los chicos, usa la cabeza, no te fíes de todos.
Sí, abuela, que ya no soy una niña, ya sé de qué va la vida.
En uno de esos bailes conoció a Javi. Le sacó a bailar y ya no se separó de ella en toda la noche.
Te acompaño a casa dijo con tanta seguridad que Inés no supo decirle que no.
Empezaron a verse, y poco después Javi la avisó:
Me voy a la mili. ¿Me esperarás? Te escribiré cartas, y tú responde.
Por supuesto, que te espero, Javi.
Le despidió el día que se marchó y fue escribiéndole, carta tras carta. Él también respondía, prometiendo que vendría de permiso al año. Inés soñaba con ese reencuentro. Cuando por fin llegó, le recibió con ilusión.
Hola, Inés, ¿qué tal por aquí? No te has casado aún, ¿no? decía Javi en broma.
Te prometí que te iba a esperar, y aquí estoy.
Bueno, bueno… pero esa alegría en su voz no sonaba muy sincera, apenas la miraba a los ojos.
Javi terminó el permiso y volvió a la mili. Las cartas se fueron espaciando hasta que un día, simplemente, dejaron de llegar.
En teoría, Javi ya debía haber vuelto, pero ni una noticia. Inés preguntaba, nadie sabía nada. un día, volviendo de bailar, se le escapó a sus amigas:
Oye, ¿sabéis algo de Javi? Debería estar de vuelta
¿Que si sabemos? saltó una con sorna. Si fue casarse en la mili y ya ha traído a la mujer al pueblo. Anda, olvídate de él de una vez.
Pero si yo le esperé se le escapó, dolida.
Tú sí, pero él no, amiga.
Algún tiempo después, pasando por un parque, se topó con Javi. Él se levantó enseguida:
Hola, Inés.
Ella iba a seguir de largo, pero él intentó detenerla.
Espera, Inés… Perdón. He sido un idiota, no paro de pensar en ti… Si pudiera cambiar las cosas… Mi mujer está embarazada, no la quiero, pero me ha tocado…
Inés le miró directamente:
¿Y yo qué pinto aquí? ¿Quieres verme a escondidas mientras sigues con tu mujer? Pues va a ser que no, Javi. Me has fallado, búscate la vida. Que seáis felices y se alejó, firme.
En el restaurante, el jefe la llamó un día aparte.
Inés, se te da muy bien la cocina. ¿Por qué no haces cursos para ser cocinera? Tienes talento.
¡Ay, en serio! Por mí encantada, me encanta cocinar.
Y así fue como, vestida ya con ropa elegante, Inés esperaba el tren rumbo a Madrid para esos cursos de cocina. Por allí, una pandilla de chicos despedía a un amigo con guitarras y canciones: uno de ellos iba de permiso de la mili.
De pronto, uno de uniforme se le acercó:
Hola, ¿nos conocemos? Me llamo Enrique. ¿Y tú?
Inés dijo ella, medio sorprendida.
¿Esperas el tren, no?
En eso llegó el tren y Enrique corrió tras sus amigos.
Qué chico más raro este Enrique… ¿Para qué querrá saber mi nombre?
Subió Inés al vagón, se sentó junto a la ventana y, de pronto, oye detrás de ella:
¡Ah, aquí estás! He recorrido media estación para encontrarte. No tengo mucho tiempo. Estoy de permiso y cuando te vi me dije que tenía que hablar contigo. ¿Nos damos las direcciones? Así nos escribimos. ¿A dónde vas?
Voy a Madrid, a formarme como cocinera respondió Inés.
En el viaje no pararon de hablar; se contaron media vida, intercambiaron direcciones y, aunque Inés no quería hacerse ilusiones, le cayó bien Enrique. Mi experiencia con Javi ya me enseñó lo que pasa cuando prometen mucho, pensaba.
La abuela Carmen siempre decía: No siempre tropiezas con el bueno, ni te casas con el mejor, recordaba Inés. A ver si esta vez me equivoco.
Tras casi un año carteándose, Enrique volvió de la mili y fue a buscarla a su casa. Ella tenía el día libre; la alegría fue mutua. Por primera vez, Inés sintió que podía confiar en ese chico.
Pasó el tiempo. Inés y Enrique se casaron, ella era la jefa de cocina en el restaurante, él trabajaba en una fábrica de piezas. Inés era un torbellino: casa siempre impecable, todo planchado, comida casera, hasta los mellizos iban pulcros y felices al cole.
Eso sí, con el marido fue una lucha diaria. Enrique dejaba todo por donde pasaba: la ropa, las herramientas, los zapatos Ella al principio se enfadaba, le reñía y recogía todo tras él, hasta que pensó:
Esto tiene que cambiar. Hay que usar mano izquierda y encanto.
Poco a poco, con paciencia y cariño, consiguió que Enrique dejara la ropa sucia en la entrada, que recogiera el garaje, que barriera el patio y, casi sin darse cuenta, hasta el taller de herramientas estaba reluciente. Inés se sentía orgullosa.
Al final sí que he encontrado al que era para mí pensaba, recordando las palabras de la abuela.
Vivieron bien, como Dios manda, casi toda la vida, hasta que un día, Enrique no volvió del trabajo; le falló el corazón y se fue de repente, sin avisar. Inés lloró su pérdida.
Y como le pasó a la abuela Carmen, y a su madre Pilar, ella también acabó sola. Pero ahora sus hijos y nietos la visitan y la llenan de alegría. Así es la vida, de la suerte no se escapa nadie.







