A Violeta la juzgaron en el pueblo el mismo día en que la barriga empezó a asomar debajo de su jersey. ¡A los cuarenta y dos años! ¡Viuda! ¡Qué vergüenza!
A su marido, Ignacio, lo habían enterrado hacía diez años, y ella, mira por dónde, aparecía embarazada.
¿De quién será? susurraban las vecinas junto al pozo.
¡Quién iba a saberlo! contestaban otras. Tan callada, tan decente y fíjate tú. ¡A saber con quién se lo montó!
¡Las hijas aún sin casar y la madre por ahí ya en líos! ¡Qué deshonra!
Violeta no miraba a nadie. Caminaba desde correos arrastrando la bolsa pesada al hombro y la vista siempre clavada en el suelo, con los labios apretados.
Si hubiese sabido en qué iba a acabar todo, seguramente no se habría metido. Pero ¿cómo no hacerlo si su propia hija lloraba lágrimas desesperadas?
Porque todo empezó no con Violeta, sino con su hija, Manuela
Manuela, más que una muchacha, parecía de postal. Era la viva imagen de su padre, el difunto Ignacio; él también fue el galán del pueblo: rubio, de ojos claros. Así nació Manuela: igual.
Todo el pueblo la admiraba. En cambio, la pequeña, Clara, había salido a Violeta: de cabello oscuro, ojos negros y aire serio, discreta.
Violeta adoraba a sus hijas. Las sacó adelante sola, a fuerza de ir agotada, trabajando en dos sitios: cartera de día, limpiadora en la granja por las tardes. Todo por ellas.
Tenéis que estudiar, chicas les repetía. No quiero que os paséis la vida en la mugre y con la bolsa a cuestas como yo. Hay que marchar a la ciudad, prosperar.
Manuela se fue a Madrid con ligereza, como si volara, para estudiar en la Escuela de Comercio. Pronto la notaron y la cortejaron allí.
Mandaba fotos: en restaurantes, con vestidos de moda. Y le salió novio: no un cualquiera, sino el hijo de un director. «¡Mamá, me ha prometido un abrigo de piel!», escribía contenta.
Violeta se alegraba, aunque Clara no tanto. Ella, tras terminar el instituto, se quedó en el pueblo de auxiliar en el centro médico. Quiso hacer enfermería, pero no tenían suficiente dinero.
Todo lo que cobraba Violeta, junto a la pensión de viudedad, iba para la vida de ciudad de Manuela.
***
Aquel verano Manuela regresó, pero ya no fue la de antes: ni ruidosa, ni risueña, ni con regalos. Apareció apagada.
Dos días sin salir del dormitorio, hasta que al tercer día Violeta entró y la halló llorando en la almohada.
Mamá mamá… estoy perdida
Le contó su historia. El novio de oro la había dejado después de disfrutar, y ella ya iba por el cuarto mes.
¡Ya es tarde para abortar, mamá! lloraba Manuela. ¿Qué hago? ¡No quiere saber nada de mí!
Dijo que, si lo tenía, no le daría ni un céntimo, ¡y que del centro de estudios también la echarían! ¡Mi vida arruinada!
Violeta se quedó de piedra.
¿No te has cuidado, hija?
¡Ya da igual! gritó Manuela. ¿Y ahora qué? ¿Un orfanato? ¿Lo dejo en una cuneta?
A Violeta el corazón casi se le para. ¿Dar a su nieto en adopción?
Esa noche no pegó ojo. Deambuló por la casa y, al amanecer, se sentó junto a Manuela.
No pasa nada dijo, firme. Lo tendrás.
¡Pero, mamá! ¡Aquí todos lo sabrán! ¡Será una vergüenza!
No lo sabrán sentenció Violeta. Diremos que es mío.
Manuela no podía creérselo.
¿Tuyo? ¿Sabes lo que dices, mamá? ¡Tienes cuarenta y dos!
Mío insistió. Fingiré que ayudo a mi tía en un pueblo de la provincia, doy a luz allí y me quedo un tiempo, tú vuelve a la ciudad y sigue con tus estudios.
Clara, que dormía tras una pared fina, lo oyó todo. Mordiéndose la almohada, lloraba con rabia y vergüenza.
***
En un mes Violeta se marchó. El pueblo murmuró y después lo olvidó. Medio año más tarde regresó con un bebé envuelto en azul.
Clara, cariño le dijo a su hija pálida, conoce a tu hermano Mateo.
El pueblo se escandalizó. ¡La calladita Violeta! ¡La viuda!
¿De quién será? susurraban. ¿Del alcalde? ¡No, es muy viejo! ¡Del ingeniero, que es apuesto!
Violeta aguantaba mudamente los comentarios. Mateo creció inquieto y llorón, y la vida de Violeta fue aún más dura.
Bolsa de cartera, limpieza de establo y ahora noches sin dormir. Clara la ayudaba en todo: lavaba pañales callada, mecía al hermanito callada, aunque el alma le ardía.
Manuela escribía desde Madrid: «Mamá, ¿cómo vais? Aquí casi no llego a fin de mes, pero pronto mando algo».
El dinero llegó un año después mil euros. Y unos pantalones vaqueros para Clara que no le servían.
Violeta seguía luchando y Clara a su lado; la vida de Clara también se torció. Los muchachos ya no la cortejaban. ¿Quién quería novia con semejante dote? Madre señalada, hermano bastardo…
Mamá le dijo Clara a los veinticinco, ¿y si lo contamos?
¡Por Dios, hija! se alarmó Violeta. ¡No podemos! Le arruinarías la vida a Manuela. Ahora que hasta se casó tan bien.
En efecto, Manuela terminó la carrera y se casó con un empresario, mudándose a la capital. Mandaba fotos: en Egipto, en Turquía, siempre elegante.
Nunca preguntó por el hermano. Era Violeta quien escribía: «Mateo ya está en primaria. Saca sobresalientes».
Manuela respondía mandando algún juguete caro, inútil para un pueblo.
Pasaron los años y Mateo cumplió dieciocho. Se hizo alto, de ojos azules, alegre y trabajador, igual que Manuela. Adoraba a Violeta y a Clara.
Clara ya se había resignado. Era jefa de enfermeras en el hospital comarcal.
Solterona, decían detrás de ella. Ella ya vivía resignada: su vida se la habían comido Violeta y Mateo.
Mateo terminó el bachillerato con honores.
¡Mamá! ¡Me iré a Madrid! ¡Intentaré entrar en la universidad! declaró entusiasta.
A Violeta se le encogió el pecho. ¿Madrid? Allí está Manuela.
¿Y si estudias aquí, en la provincia? sugirió tímida.
¡Ay, mamá! ¡Tengo que abrirme camino! reía Mateo. Algún día viviréis a cuerpo de rey, ¡ya veréis!
Aquel día, tras el último examen de Mateo, una berlina negra se detuvo junto a su casa.
Del coche bajó Manuela. Violeta se quedó boquiabierta, Clara petrificada en el umbral, con el trapo en la mano.
Manuela, rondando los cuarenta, parecía de revista: delgada, vestida con ropa carísima, llena de oro.
¡Mamá! ¡Clara! ¡Qué alegría! dijo besando a la sorprendida Violeta. Pero ¿y el chico?
Vio que Mateo estaba limpiándose las manos en el patio y se detuvo, sin dejar de mirarle. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Buenas tardes saludó Mateo con cortesía. ¿Usted es Manuela la hermana?
La hermana repitió ella como un eco. Mamá, tenemos que hablar.
Ya sentados, Manuela comenzó:
Mamá lo tengo todo: casa, dinero, marido Pero hijos, ninguno.
Rompió a llorar, chorreando maquillaje.
Lo hemos intentado todo. FIV, médicos Nada. Mi esposo me reprocha y yo no puedo más.
¿A qué has venido, Manuela? preguntó Clara, seca.
Manuela levantó los ojos brillosos.
Vengo por mi hijo.
¿Por tu hijo? ¿Te has vuelto loca?
¡Mamá, no grites! Es mío, ¡MÍO! Lo parí yo. Puedo darle una vida mejor, meterlo en cualquier universidad, conseguirle un piso en Madrid, ¡lo que quiera! A mi esposo ya le conté todo.
¿Le contaste? ¿Y también lo tuyo con nosotras? ¿Cómo me humillaron aquí? ¿Cómo Clara?
¡Bah, Clara! se encogió de hombros Manuela. Se quedó en el pueblo y así seguirá. ¡Mateo tiene oportunidad! Mamá, devuélveme a mi hijo. Me salvaste la vida entonces, te lo agradezco, ahora devuélvemelo.
¡Él no es una cosa! gritó Violeta. ¡Soy yo quien lo ha criado, sufrido noches en vela, luchado por él!
En ese momento entró Mateo, que había oído todo. Estaba pálido como la cal.
¿Mamá, Clara? ¿De qué habla? ¿Qué hijo?
¡Mateo, cariño! ¡Yo soy tu madre, la verdadera!
Él la miró como a un fantasma y buscó los ojos de Violeta.
¿Mamá es verdad?
Violeta se tapó el rostro y rompió a llorar. Entonces, Clara, la silenciosa Clara, explotó.
Se plantó ante Manuela y le cruzó la cara de una bofetada que la estampó contra la pared.
¡Desgraciada! gritó, y en aquel grito iban años de humillaciones, vida truncada, dolor por su madre. ¿¡Madre!? ¿Tú, su madre?
¡Le abandonaste como a un perro! ¿Sabías lo que ha sufrido mamá por ti, señalada por todo el pueblo? ¿Sabías que yo, por tu pecado, me quedé sola? ¡Sin marido, sin hijos! ¿Y ahora vienes? ¿¡A arrebatarle la vida!?
¡Clara, basta! susurró Violeta.
¡No, mamá! ¡Ya está bien! Clara miró a Mateo. Sí, ésa es tu madre, la que te dejó a mi madre para irse a vivir en la ciudad como una reina.
Y ésta señaló a Violeta, tu abuela. Que ha sacrificado la vida por vosotras dos.
Mateo mantuvo silencio mucho rato. Después, se arrodilló ante Violeta y la abrazó.
Mamá susurró, mamá.
Levantó la mirada hacia Manuela, que se sostenía la mejilla entre sollozos.
No tengo madre en Madrid dijo con voz baja pero firme. Mi madre es ésta. Y mi hermana, Clara.
Se incorporó y tomó la mano de Clara.
Usted tía márchese.
¡Mateo! ¡Cariño! gemía Manuela. Te daré todo…
Ya lo tengo todo cortó él. Tengo una familia de verdad, y usted… usted, nada.
***
Manuela se marchó aquella misma noche. Su marido, que observó toda la escena desde el coche, ni siquiera salió.
Se dice que al cabo del año la dejó. Él encontró otra mujer, que le dio un hijo. Y Manuela quedó sola, con su dinero y su belleza.
Mateo no se fue a la capital. Estudió ingeniería en la universidad de la provincia.
Mamá, aquí me necesitan. Y tenemos que reformar la casa.
¿Y Clara? Pues algo en ella se liberó aquel día, como un tapón saltando. Volvió a sonreír, floreció de repente… ¡a los treinta y ocho años!
Hasta el ingeniero, aquel del que tanto se hablaba, empezó a fijarse en ella. Buen hombre, viudo.
Violeta los observaba y lloraba, pero de felicidad. Pecado, claro que lo hubo; pero el corazón de una madre es capaz de soportarlo todo.
La vida a veces nos pone a prueba y nos exige decisiones difíciles, pero el verdadero amor es el que se demuestra con entrega y sacrificio. Al final, la verdad y la honradez terminan por abrirse camino y conceden la paz a quienes hicieron el bien en silencio.







