A Varuca la condenaron en el pueblo el mismo día que se le empezó a notar la barriga bajo el jersey. ¡A sus cuarenta y dos años! ¡Viuda! ¡Qué vergüenza! A su marido, Simón, lo habían enterrado hacía diez años, y ella —mira tú por dónde— aparece embarazada. —¿De quién será? —susurraban las comadres junto al pozo. —¡Vete tú a saber! —contestaban otras—. Callada, decente… ¡y mira ahora! Se ha quedado preñada. —¡Las hijas en edad de casarse y la madre haciendo de las suyas! ¡Una deshonra! Varuca no le levantaba la vista a nadie. Volvía de Correos —el bolso pesado al hombro— mirando al suelo y apretando los labios. Si hubiera sabido cómo acabaría aquello, quizá no se habría metido en ese lío. Pero, ¿cómo no meterse, si su propia sangre lloraba de desesperación? Y todo empezó, en realidad, no con Varuca, sino con su hija Marina… Marina no era una chica, era un cuadro. Clavada al difunto padre, Simón. Él también fue un guapo, el más apuesto del pueblo. Rubio, de ojos azules. Así nació Marina. Todo el pueblo se giraba a mirarla. La menor, Catalina, esa había salido toda a Varuca. Morena, de ojos muy oscuros, seria, discreta. Varuca se desvivía por sus hijas. Las quería con locura y tiraba ella sola de todo, como una burra. Dos trabajos: por el día, cartera; por la tarde, limpiar en la granja. Todo por ellas, por sus niñas adoradas. —Tenéis que estudiar, chicas —les decía—. No quiero que acabéis como yo, toda la vida en la porquería, cargando bolsas. Tenéis que iros a la ciudad, haceros alguien. Marina no tardó en marcharse a la ciudad. Lo hizo fácil, volando. Entró en la Escuela de Comercio. Y al poco, ya la tenían vista. Mandaba fotos: en restaurantes, con vestidos caros. Y tenía novio. No uno cualquiera, sino el hijo de un jefe. “¡Mamá, me ha prometido un abrigo de piel!” —le escribía. Varuca se sentía feliz. Catalina, en cambio, se quedaba seria. Cuando acabó el cole, se quedó en el pueblo y se puso de auxiliar en el centro de salud. Quería ser enfermera, pero no alcanzaba el dinero. Toda la pensión de viudedad y el sueldo de Varuca iban para Marina, para su “vida de ciudad”. *** Ese verano, Marina volvió. No como otros años, alegre, arreglada, con regalos. Sino callada, pálida. Dos días sin salir de la habitación, y al tercero Varuca entró y la encontró llorando sobre la almohada. —Mamá… mamá… estoy perdida… Y se lo soltó todo. Su precioso novio le había hecho la envolvente y la dejó tirada. Y ella estaba de cuatro meses. —¡Ya no me puedo deshacer del niño, mamá! —lloraba Marina—. ¿Qué hago? ¡No me quiere ver ni en pintura! Que si lo tenía, no le daba ni un duro. Y a ella la iban a echar del instituto. ¡Su vida… acabada! Varuca se quedó petrificada. —Hija, ¿cómo es que… no te cuidaste? —¡Bah!, ¿qué más da ahora? —estalló Marina—. ¿Qué hago? ¿Llevo al niño al orfanato? ¿Lo tiro a la basura? A Varuca se le paró el corazón. ¿Al orfanato? ¿A su nieto? Esa noche Varuca no pegó ojo. Iba y venía por la casa, como un fantasma. Al alba, se sentó en la cama de Marina. —No pasa nada —dijo firme—. Vamos a tenerlo. —¿Mamá? ¿Pero cómo…? ¡Van a enterarse todos! ¡Se va a armar la marimorena! —Nadie se va a enterar —sentenció Varuca—. Diremos… que es mío. Marina se quedó boquiabierta. —¿Tuyo? ¡Mamá, que tienes cuarenta y dos! —Mío —repitió Varuca—. Diré que me voy con la tía al pueblo de al lado, a ayudarla. Allí nazco y allí me quedo un tiempo. Y tú te vuelves a la ciudad, a estudiar. Catalina, tras la delgada pared, oyó todo. Lloró en silencio, mordiendo la almohada. Le dolía su madre. Y le asqueaba su hermana. *** Un mes después, Varuca se marchó. El pueblo cotilleó y se olvidó. Medio año más tarde, volvió. No sola: con un bebé envuelto en una mantita azul. —Toma, Catalina —le dijo a su hija, pálida de la impresión—. Te presento a tu hermano… Mitín. El pueblo se quedó de piedra. ¡Con que la callada Varuca! ¡La viuda, mira! —¿De quién será? —volvían a murmurar las comadres—. ¿A que ha sido el alcalde? —¡Qué va, ese es muy viejo! Del ingeniero, seguro. ¡Está buen mozo y está solo! Varuca aguantaba, callando los chismorreos. Empezó un calvario. Mitín era un torbellino, berreaba todo el rato. Varuca no daba abasto. El bolso de cartera postal, la granja, y ahora además noches sin dormir. Catalina ayudaba como podía. Lavaba, acunaba al “hermano”. Pero por dentro estaba que bullía. Marina escribía desde la ciudad. “Mamá, ¿cómo estáis? ¡Os echo de menos! Ahora ando fatal de dinero, pero os mandaré algo pronto”. Un año después llegó el dinero… Mil pesetas. Y unos vaqueros para Catalina que le quedaban dos tallas pequeños. Varuca se las apañaba. Catalina, siempre a su lado. Pero su vida también se fue al traste. Los chicos la miraban pero no se acercaban. ¿Quién quiere una novia con ese “paquete”? ¡Madre deshonrada, “hermano” bastardo…! —Mamá —dijo un día Catalina, ya cumplidos los veinticinco—, ¿y si contamos la verdad? —¡Ni se te ocurra, hija! —Varuca se asustó—. ¡No debemos! ¡A Marina le arruinamos la vida! Ahora… está casada. Con un buen hombre. Marina, en efecto, “triunfó”. Terminó sus estudios, se casó con un empresario, se mudó a Madrid. Mandaba fotos: en Egipto, en Turquía, siempre de revista. Del “hermano” jamás preguntaba. Varuca le escribía: “Mitín ya va a primero, saca todo sobresalientes”. Marina contestaba mandando juguetes caros —inútiles para la aldea—… Pasaron los años. Mitín cumplió dieciocho. Creció guapísimo. Alto, de ojos azules, igual que Marina. Alegre, trabajador. Adoraba a su “madre” (Varuca) y a “su hermana”, Catalina. Catalina ya se había resignado. Era jefa de enfermeras en el hospital comarcal. “Una solterona”, murmuraban a sus espaldas. Ella ya se había resignado. Toda su vida, entre su madre y Mitín. Mitín terminó el colegio con matrícula. —¡Mamá! ¡Me voy a Madrid! ¡Voy a entrar en la uni! —gritó. A Varuca el corazón le dio un vuelco. Madrid… Allí estaba Marina. —Igual podías intentarlo aquí, en la provincia… —sugirió tímida. —¡Qué dices, mamá! ¡Tengo que luchar! —reía Mitín—. ¡Os vais a quedar boquiabiertas! ¡Os llevaré a vivir a un palacio! Y el día que hizo el último examen, una berlina negra reluciente se plantó en la puerta. Se bajó… Marina. Varuca se quedó muda. Catalina, que salió del portal con el trapo, se quedó clavada. Marina bordeaba los cuarenta, pero parecía de revista: delgada, en traje caro, llena de oro. —¡Mamá! ¡Cata! ¡Hola! —cantó, besando a Varuca en la mejilla—. ¿Dónde está…? Vio a Mitín. El chico estaba limpiándose las manos con un trapo, venía del granero. Marina se quedó fría. No dejaba de mirarlo. Al poco, se le llenaron los ojos de lágrimas. —Buenas tardes —dijo cortésmente Mitín—. ¿Tú eres… Marina? ¿La hermana? —La hermana… —repitió ella, como un eco—. Mamá, tenemos que hablar. Se sentaron en la casa. —Mamá… Lo tengo todo. Casa, dinero, marido… Menos hijos. Rompió a llorar, manchándose el rímel. —Hemos… lo hemos intentado todo. FIV… médicos… Nada. Mi marido se cabrea. Y yo… yo no puedo más. —¿A qué has venido, Marina? —preguntó Catalina en tono seco. Marina alzó la vista, bañada en lágrimas. —He venido… por mi hijo. —¿Tú estás loca? ¿Qué hijo? —¡No grites, mamá! —saltó Marina—. ¡Es mío! ¡Mío! ¡Yo lo parí! ¡Le voy a dar la mejor vida! ¡Tengo contactos! ¡Entra en cualquier universidad! ¡Le compramos un piso en Madrid! ¡Mi marido… él está de acuerdo! ¡Le conté todo! —¿Le contaste todo? —suspiró Varuca—. ¿Y le hablaste de nosotras? ¿De cómo me señalaban en el pueblo? ¿Del sufrimiento de Catalina? —¡Ay, lo de Catalina! —restó importancia Marino—. Se quedó en el pueblo, y ahí sigue. ¡Pero Mitín tiene la oportunidad de su vida! Mamá, ¡dámelo! Tú entonces me salvaste, gracias. ¡Ahora devuélveme a mi hijo! —¡No es un objeto para devolver! —gritó Varuca—. ¡Es mío! ¡Yo lo crié sin dormir, lo eduqué! ¡Yo… Entonces entró Mitín. Lo había escuchado todo. Pálido como la cera. —¿Mamá? ¿Cata? ¿De qué… de qué hablan? ¿Qué hijo? —¡Mitín! ¡Hijo! ¡Yo soy tu madre! ¿Me entiendes? ¡La tuya de verdad! Mitín la miró como un fantasma. Luego a Varuca. —Mamá… ¿es cierto? Varuca se tapó el rostro y se echó a llorar. Catalina estalló. La siempre callada Catalina se acercó a Marina y le dio un bofetón que la tiró contra la pared. —¡Mal bicho! —gritó Catalina, y ahí salió todo: años de humillaciones, su vida truncada, el dolor por su madre—. ¿Madre? ¡Tú nunca lo fuiste! ¡Lo abandonaste como a un perro! ¿Sabes que por tu culpa mamá tuvo que ir cabizbaja por el pueblo mientras todos se burlaban? ¿Sabes que yo… he acabado sola por “tu pecado”? ¡Sin hombre, sin hijos! ¡Y ahora quieres venirte aquí y llevártelo! —Cata, basta… —susurró Varuca. —¡No basta, mamá! ¡Ya está bien! —Catalina se giró hacia Mitín—. ¡Sí! ¡Esa es tu madre! ¡La que te endosó a mi madre para irse a la ciudad a buscarse la vida! Y esa —señaló a Varuca—, ¡tu abuela! ¡La que destrozó su vida por vosotras dos! Mitín guardó silencio. Mucho rato. Luego fue hacia Varuca, que lloraba, y se arrodilló ante ella, abrazándola. —Mamá… —susurró—. Mamá querida. Levantó la cabeza y miró a Marina, allí tirada tras el bofetón. —No tengo madre en Madrid —dijo en voz baja pero firme—. Mi madre es ella. Y mi hermana, Cata. Se levantó y tomó la mano de Catalina. —Y usted… tía, márchese. —¡Mitín! ¡Hijo! —lloriqueó Marina—. ¡Te daré todo! —Ya lo tengo todo —cortó Mitín—. Tengo una familia maravillosa. Y usted ya no tiene nada. *** Marina se marchó esa misma noche. Su marido, que vio toda la escena desde el coche, ni salió a saludar. Cuentan que al año la dejó. Encontró a otra que sí pudo darle un hijo. Marina se quedó sola, con su dinero y su “belleza”. Mitín no fue nunca a Madrid. Entró en la facultad provincial, a ingeniería. —Mamá, aquí hago falta. Hay que construirnos una casa nueva. ¿Y Catalina? Aquella noche, después de todo aquel grito, fue como si le quitasen un tapón. Revivió. Floreció, de repente, a los treinta y ocho. Empezó a fijarse en ella el mismo ingeniero del que murmuraban antaño. Un buen hombre, viudo. Varuca los miraba y lloraba. Pero ahora, de felicidad. El pecado, claro que existió. Pero un corazón de madre… cubre todo eso y mucho más.

A Violeta la juzgaron en el pueblo el mismo día en que la barriga empezó a asomar debajo de su jersey. ¡A los cuarenta y dos años! ¡Viuda! ¡Qué vergüenza!

A su marido, Ignacio, lo habían enterrado hacía diez años, y ella, mira por dónde, aparecía embarazada.

¿De quién será? susurraban las vecinas junto al pozo.

¡Quién iba a saberlo! contestaban otras. Tan callada, tan decente y fíjate tú. ¡A saber con quién se lo montó!

¡Las hijas aún sin casar y la madre por ahí ya en líos! ¡Qué deshonra!

Violeta no miraba a nadie. Caminaba desde correos arrastrando la bolsa pesada al hombro y la vista siempre clavada en el suelo, con los labios apretados.

Si hubiese sabido en qué iba a acabar todo, seguramente no se habría metido. Pero ¿cómo no hacerlo si su propia hija lloraba lágrimas desesperadas?

Porque todo empezó no con Violeta, sino con su hija, Manuela

Manuela, más que una muchacha, parecía de postal. Era la viva imagen de su padre, el difunto Ignacio; él también fue el galán del pueblo: rubio, de ojos claros. Así nació Manuela: igual.

Todo el pueblo la admiraba. En cambio, la pequeña, Clara, había salido a Violeta: de cabello oscuro, ojos negros y aire serio, discreta.

Violeta adoraba a sus hijas. Las sacó adelante sola, a fuerza de ir agotada, trabajando en dos sitios: cartera de día, limpiadora en la granja por las tardes. Todo por ellas.

Tenéis que estudiar, chicas les repetía. No quiero que os paséis la vida en la mugre y con la bolsa a cuestas como yo. Hay que marchar a la ciudad, prosperar.

Manuela se fue a Madrid con ligereza, como si volara, para estudiar en la Escuela de Comercio. Pronto la notaron y la cortejaron allí.

Mandaba fotos: en restaurantes, con vestidos de moda. Y le salió novio: no un cualquiera, sino el hijo de un director. «¡Mamá, me ha prometido un abrigo de piel!», escribía contenta.

Violeta se alegraba, aunque Clara no tanto. Ella, tras terminar el instituto, se quedó en el pueblo de auxiliar en el centro médico. Quiso hacer enfermería, pero no tenían suficiente dinero.

Todo lo que cobraba Violeta, junto a la pensión de viudedad, iba para la vida de ciudad de Manuela.

***

Aquel verano Manuela regresó, pero ya no fue la de antes: ni ruidosa, ni risueña, ni con regalos. Apareció apagada.

Dos días sin salir del dormitorio, hasta que al tercer día Violeta entró y la halló llorando en la almohada.

Mamá mamá… estoy perdida

Le contó su historia. El novio de oro la había dejado después de disfrutar, y ella ya iba por el cuarto mes.

¡Ya es tarde para abortar, mamá! lloraba Manuela. ¿Qué hago? ¡No quiere saber nada de mí!

Dijo que, si lo tenía, no le daría ni un céntimo, ¡y que del centro de estudios también la echarían! ¡Mi vida arruinada!

Violeta se quedó de piedra.

¿No te has cuidado, hija?

¡Ya da igual! gritó Manuela. ¿Y ahora qué? ¿Un orfanato? ¿Lo dejo en una cuneta?

A Violeta el corazón casi se le para. ¿Dar a su nieto en adopción?

Esa noche no pegó ojo. Deambuló por la casa y, al amanecer, se sentó junto a Manuela.

No pasa nada dijo, firme. Lo tendrás.

¡Pero, mamá! ¡Aquí todos lo sabrán! ¡Será una vergüenza!

No lo sabrán sentenció Violeta. Diremos que es mío.

Manuela no podía creérselo.

¿Tuyo? ¿Sabes lo que dices, mamá? ¡Tienes cuarenta y dos!

Mío insistió. Fingiré que ayudo a mi tía en un pueblo de la provincia, doy a luz allí y me quedo un tiempo, tú vuelve a la ciudad y sigue con tus estudios.

Clara, que dormía tras una pared fina, lo oyó todo. Mordiéndose la almohada, lloraba con rabia y vergüenza.

***

En un mes Violeta se marchó. El pueblo murmuró y después lo olvidó. Medio año más tarde regresó con un bebé envuelto en azul.

Clara, cariño le dijo a su hija pálida, conoce a tu hermano Mateo.

El pueblo se escandalizó. ¡La calladita Violeta! ¡La viuda!

¿De quién será? susurraban. ¿Del alcalde? ¡No, es muy viejo! ¡Del ingeniero, que es apuesto!

Violeta aguantaba mudamente los comentarios. Mateo creció inquieto y llorón, y la vida de Violeta fue aún más dura.

Bolsa de cartera, limpieza de establo y ahora noches sin dormir. Clara la ayudaba en todo: lavaba pañales callada, mecía al hermanito callada, aunque el alma le ardía.

Manuela escribía desde Madrid: «Mamá, ¿cómo vais? Aquí casi no llego a fin de mes, pero pronto mando algo».

El dinero llegó un año después mil euros. Y unos pantalones vaqueros para Clara que no le servían.

Violeta seguía luchando y Clara a su lado; la vida de Clara también se torció. Los muchachos ya no la cortejaban. ¿Quién quería novia con semejante dote? Madre señalada, hermano bastardo…

Mamá le dijo Clara a los veinticinco, ¿y si lo contamos?

¡Por Dios, hija! se alarmó Violeta. ¡No podemos! Le arruinarías la vida a Manuela. Ahora que hasta se casó tan bien.

En efecto, Manuela terminó la carrera y se casó con un empresario, mudándose a la capital. Mandaba fotos: en Egipto, en Turquía, siempre elegante.

Nunca preguntó por el hermano. Era Violeta quien escribía: «Mateo ya está en primaria. Saca sobresalientes».

Manuela respondía mandando algún juguete caro, inútil para un pueblo.

Pasaron los años y Mateo cumplió dieciocho. Se hizo alto, de ojos azules, alegre y trabajador, igual que Manuela. Adoraba a Violeta y a Clara.

Clara ya se había resignado. Era jefa de enfermeras en el hospital comarcal.

Solterona, decían detrás de ella. Ella ya vivía resignada: su vida se la habían comido Violeta y Mateo.

Mateo terminó el bachillerato con honores.

¡Mamá! ¡Me iré a Madrid! ¡Intentaré entrar en la universidad! declaró entusiasta.

A Violeta se le encogió el pecho. ¿Madrid? Allí está Manuela.

¿Y si estudias aquí, en la provincia? sugirió tímida.

¡Ay, mamá! ¡Tengo que abrirme camino! reía Mateo. Algún día viviréis a cuerpo de rey, ¡ya veréis!

Aquel día, tras el último examen de Mateo, una berlina negra se detuvo junto a su casa.

Del coche bajó Manuela. Violeta se quedó boquiabierta, Clara petrificada en el umbral, con el trapo en la mano.

Manuela, rondando los cuarenta, parecía de revista: delgada, vestida con ropa carísima, llena de oro.

¡Mamá! ¡Clara! ¡Qué alegría! dijo besando a la sorprendida Violeta. Pero ¿y el chico?

Vio que Mateo estaba limpiándose las manos en el patio y se detuvo, sin dejar de mirarle. Sus ojos se llenaron de lágrimas.

Buenas tardes saludó Mateo con cortesía. ¿Usted es Manuela la hermana?

La hermana repitió ella como un eco. Mamá, tenemos que hablar.

Ya sentados, Manuela comenzó:

Mamá lo tengo todo: casa, dinero, marido Pero hijos, ninguno.

Rompió a llorar, chorreando maquillaje.

Lo hemos intentado todo. FIV, médicos Nada. Mi esposo me reprocha y yo no puedo más.

¿A qué has venido, Manuela? preguntó Clara, seca.

Manuela levantó los ojos brillosos.

Vengo por mi hijo.

¿Por tu hijo? ¿Te has vuelto loca?

¡Mamá, no grites! Es mío, ¡MÍO! Lo parí yo. Puedo darle una vida mejor, meterlo en cualquier universidad, conseguirle un piso en Madrid, ¡lo que quiera! A mi esposo ya le conté todo.

¿Le contaste? ¿Y también lo tuyo con nosotras? ¿Cómo me humillaron aquí? ¿Cómo Clara?

¡Bah, Clara! se encogió de hombros Manuela. Se quedó en el pueblo y así seguirá. ¡Mateo tiene oportunidad! Mamá, devuélveme a mi hijo. Me salvaste la vida entonces, te lo agradezco, ahora devuélvemelo.

¡Él no es una cosa! gritó Violeta. ¡Soy yo quien lo ha criado, sufrido noches en vela, luchado por él!

En ese momento entró Mateo, que había oído todo. Estaba pálido como la cal.

¿Mamá, Clara? ¿De qué habla? ¿Qué hijo?

¡Mateo, cariño! ¡Yo soy tu madre, la verdadera!

Él la miró como a un fantasma y buscó los ojos de Violeta.

¿Mamá es verdad?

Violeta se tapó el rostro y rompió a llorar. Entonces, Clara, la silenciosa Clara, explotó.

Se plantó ante Manuela y le cruzó la cara de una bofetada que la estampó contra la pared.

¡Desgraciada! gritó, y en aquel grito iban años de humillaciones, vida truncada, dolor por su madre. ¿¡Madre!? ¿Tú, su madre?

¡Le abandonaste como a un perro! ¿Sabías lo que ha sufrido mamá por ti, señalada por todo el pueblo? ¿Sabías que yo, por tu pecado, me quedé sola? ¡Sin marido, sin hijos! ¿Y ahora vienes? ¿¡A arrebatarle la vida!?

¡Clara, basta! susurró Violeta.

¡No, mamá! ¡Ya está bien! Clara miró a Mateo. Sí, ésa es tu madre, la que te dejó a mi madre para irse a vivir en la ciudad como una reina.

Y ésta señaló a Violeta, tu abuela. Que ha sacrificado la vida por vosotras dos.

Mateo mantuvo silencio mucho rato. Después, se arrodilló ante Violeta y la abrazó.

Mamá susurró, mamá.

Levantó la mirada hacia Manuela, que se sostenía la mejilla entre sollozos.

No tengo madre en Madrid dijo con voz baja pero firme. Mi madre es ésta. Y mi hermana, Clara.

Se incorporó y tomó la mano de Clara.

Usted tía márchese.

¡Mateo! ¡Cariño! gemía Manuela. Te daré todo…

Ya lo tengo todo cortó él. Tengo una familia de verdad, y usted… usted, nada.

***

Manuela se marchó aquella misma noche. Su marido, que observó toda la escena desde el coche, ni siquiera salió.

Se dice que al cabo del año la dejó. Él encontró otra mujer, que le dio un hijo. Y Manuela quedó sola, con su dinero y su belleza.

Mateo no se fue a la capital. Estudió ingeniería en la universidad de la provincia.

Mamá, aquí me necesitan. Y tenemos que reformar la casa.

¿Y Clara? Pues algo en ella se liberó aquel día, como un tapón saltando. Volvió a sonreír, floreció de repente… ¡a los treinta y ocho años!

Hasta el ingeniero, aquel del que tanto se hablaba, empezó a fijarse en ella. Buen hombre, viudo.

Violeta los observaba y lloraba, pero de felicidad. Pecado, claro que lo hubo; pero el corazón de una madre es capaz de soportarlo todo.

La vida a veces nos pone a prueba y nos exige decisiones difíciles, pero el verdadero amor es el que se demuestra con entrega y sacrificio. Al final, la verdad y la honradez terminan por abrirse camino y conceden la paz a quienes hicieron el bien en silencio.

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MagistrUm
A Varuca la condenaron en el pueblo el mismo día que se le empezó a notar la barriga bajo el jersey. ¡A sus cuarenta y dos años! ¡Viuda! ¡Qué vergüenza! A su marido, Simón, lo habían enterrado hacía diez años, y ella —mira tú por dónde— aparece embarazada. —¿De quién será? —susurraban las comadres junto al pozo. —¡Vete tú a saber! —contestaban otras—. Callada, decente… ¡y mira ahora! Se ha quedado preñada. —¡Las hijas en edad de casarse y la madre haciendo de las suyas! ¡Una deshonra! Varuca no le levantaba la vista a nadie. Volvía de Correos —el bolso pesado al hombro— mirando al suelo y apretando los labios. Si hubiera sabido cómo acabaría aquello, quizá no se habría metido en ese lío. Pero, ¿cómo no meterse, si su propia sangre lloraba de desesperación? Y todo empezó, en realidad, no con Varuca, sino con su hija Marina… Marina no era una chica, era un cuadro. Clavada al difunto padre, Simón. Él también fue un guapo, el más apuesto del pueblo. Rubio, de ojos azules. Así nació Marina. Todo el pueblo se giraba a mirarla. La menor, Catalina, esa había salido toda a Varuca. Morena, de ojos muy oscuros, seria, discreta. Varuca se desvivía por sus hijas. Las quería con locura y tiraba ella sola de todo, como una burra. Dos trabajos: por el día, cartera; por la tarde, limpiar en la granja. Todo por ellas, por sus niñas adoradas. —Tenéis que estudiar, chicas —les decía—. No quiero que acabéis como yo, toda la vida en la porquería, cargando bolsas. Tenéis que iros a la ciudad, haceros alguien. Marina no tardó en marcharse a la ciudad. Lo hizo fácil, volando. Entró en la Escuela de Comercio. Y al poco, ya la tenían vista. Mandaba fotos: en restaurantes, con vestidos caros. Y tenía novio. No uno cualquiera, sino el hijo de un jefe. “¡Mamá, me ha prometido un abrigo de piel!” —le escribía. Varuca se sentía feliz. Catalina, en cambio, se quedaba seria. Cuando acabó el cole, se quedó en el pueblo y se puso de auxiliar en el centro de salud. Quería ser enfermera, pero no alcanzaba el dinero. Toda la pensión de viudedad y el sueldo de Varuca iban para Marina, para su “vida de ciudad”. *** Ese verano, Marina volvió. No como otros años, alegre, arreglada, con regalos. Sino callada, pálida. Dos días sin salir de la habitación, y al tercero Varuca entró y la encontró llorando sobre la almohada. —Mamá… mamá… estoy perdida… Y se lo soltó todo. Su precioso novio le había hecho la envolvente y la dejó tirada. Y ella estaba de cuatro meses. —¡Ya no me puedo deshacer del niño, mamá! —lloraba Marina—. ¿Qué hago? ¡No me quiere ver ni en pintura! Que si lo tenía, no le daba ni un duro. Y a ella la iban a echar del instituto. ¡Su vida… acabada! Varuca se quedó petrificada. —Hija, ¿cómo es que… no te cuidaste? —¡Bah!, ¿qué más da ahora? —estalló Marina—. ¿Qué hago? ¿Llevo al niño al orfanato? ¿Lo tiro a la basura? A Varuca se le paró el corazón. ¿Al orfanato? ¿A su nieto? Esa noche Varuca no pegó ojo. Iba y venía por la casa, como un fantasma. Al alba, se sentó en la cama de Marina. —No pasa nada —dijo firme—. Vamos a tenerlo. —¿Mamá? ¿Pero cómo…? ¡Van a enterarse todos! ¡Se va a armar la marimorena! —Nadie se va a enterar —sentenció Varuca—. Diremos… que es mío. Marina se quedó boquiabierta. —¿Tuyo? ¡Mamá, que tienes cuarenta y dos! —Mío —repitió Varuca—. Diré que me voy con la tía al pueblo de al lado, a ayudarla. Allí nazco y allí me quedo un tiempo. Y tú te vuelves a la ciudad, a estudiar. Catalina, tras la delgada pared, oyó todo. Lloró en silencio, mordiendo la almohada. Le dolía su madre. Y le asqueaba su hermana. *** Un mes después, Varuca se marchó. El pueblo cotilleó y se olvidó. Medio año más tarde, volvió. No sola: con un bebé envuelto en una mantita azul. —Toma, Catalina —le dijo a su hija, pálida de la impresión—. Te presento a tu hermano… Mitín. El pueblo se quedó de piedra. ¡Con que la callada Varuca! ¡La viuda, mira! —¿De quién será? —volvían a murmurar las comadres—. ¿A que ha sido el alcalde? —¡Qué va, ese es muy viejo! Del ingeniero, seguro. ¡Está buen mozo y está solo! Varuca aguantaba, callando los chismorreos. Empezó un calvario. Mitín era un torbellino, berreaba todo el rato. Varuca no daba abasto. El bolso de cartera postal, la granja, y ahora además noches sin dormir. Catalina ayudaba como podía. Lavaba, acunaba al “hermano”. Pero por dentro estaba que bullía. Marina escribía desde la ciudad. “Mamá, ¿cómo estáis? ¡Os echo de menos! Ahora ando fatal de dinero, pero os mandaré algo pronto”. Un año después llegó el dinero… Mil pesetas. Y unos vaqueros para Catalina que le quedaban dos tallas pequeños. Varuca se las apañaba. Catalina, siempre a su lado. Pero su vida también se fue al traste. Los chicos la miraban pero no se acercaban. ¿Quién quiere una novia con ese “paquete”? ¡Madre deshonrada, “hermano” bastardo…! —Mamá —dijo un día Catalina, ya cumplidos los veinticinco—, ¿y si contamos la verdad? —¡Ni se te ocurra, hija! —Varuca se asustó—. ¡No debemos! ¡A Marina le arruinamos la vida! Ahora… está casada. Con un buen hombre. Marina, en efecto, “triunfó”. Terminó sus estudios, se casó con un empresario, se mudó a Madrid. Mandaba fotos: en Egipto, en Turquía, siempre de revista. Del “hermano” jamás preguntaba. Varuca le escribía: “Mitín ya va a primero, saca todo sobresalientes”. Marina contestaba mandando juguetes caros —inútiles para la aldea—… Pasaron los años. Mitín cumplió dieciocho. Creció guapísimo. Alto, de ojos azules, igual que Marina. Alegre, trabajador. Adoraba a su “madre” (Varuca) y a “su hermana”, Catalina. Catalina ya se había resignado. Era jefa de enfermeras en el hospital comarcal. “Una solterona”, murmuraban a sus espaldas. Ella ya se había resignado. Toda su vida, entre su madre y Mitín. Mitín terminó el colegio con matrícula. —¡Mamá! ¡Me voy a Madrid! ¡Voy a entrar en la uni! —gritó. A Varuca el corazón le dio un vuelco. Madrid… Allí estaba Marina. —Igual podías intentarlo aquí, en la provincia… —sugirió tímida. —¡Qué dices, mamá! ¡Tengo que luchar! —reía Mitín—. ¡Os vais a quedar boquiabiertas! ¡Os llevaré a vivir a un palacio! Y el día que hizo el último examen, una berlina negra reluciente se plantó en la puerta. Se bajó… Marina. Varuca se quedó muda. Catalina, que salió del portal con el trapo, se quedó clavada. Marina bordeaba los cuarenta, pero parecía de revista: delgada, en traje caro, llena de oro. —¡Mamá! ¡Cata! ¡Hola! —cantó, besando a Varuca en la mejilla—. ¿Dónde está…? Vio a Mitín. El chico estaba limpiándose las manos con un trapo, venía del granero. Marina se quedó fría. No dejaba de mirarlo. Al poco, se le llenaron los ojos de lágrimas. —Buenas tardes —dijo cortésmente Mitín—. ¿Tú eres… Marina? ¿La hermana? —La hermana… —repitió ella, como un eco—. Mamá, tenemos que hablar. Se sentaron en la casa. —Mamá… Lo tengo todo. Casa, dinero, marido… Menos hijos. Rompió a llorar, manchándose el rímel. —Hemos… lo hemos intentado todo. FIV… médicos… Nada. Mi marido se cabrea. Y yo… yo no puedo más. —¿A qué has venido, Marina? —preguntó Catalina en tono seco. Marina alzó la vista, bañada en lágrimas. —He venido… por mi hijo. —¿Tú estás loca? ¿Qué hijo? —¡No grites, mamá! —saltó Marina—. ¡Es mío! ¡Mío! ¡Yo lo parí! ¡Le voy a dar la mejor vida! ¡Tengo contactos! ¡Entra en cualquier universidad! ¡Le compramos un piso en Madrid! ¡Mi marido… él está de acuerdo! ¡Le conté todo! —¿Le contaste todo? —suspiró Varuca—. ¿Y le hablaste de nosotras? ¿De cómo me señalaban en el pueblo? ¿Del sufrimiento de Catalina? —¡Ay, lo de Catalina! —restó importancia Marino—. Se quedó en el pueblo, y ahí sigue. ¡Pero Mitín tiene la oportunidad de su vida! Mamá, ¡dámelo! Tú entonces me salvaste, gracias. ¡Ahora devuélveme a mi hijo! —¡No es un objeto para devolver! —gritó Varuca—. ¡Es mío! ¡Yo lo crié sin dormir, lo eduqué! ¡Yo… Entonces entró Mitín. Lo había escuchado todo. Pálido como la cera. —¿Mamá? ¿Cata? ¿De qué… de qué hablan? ¿Qué hijo? —¡Mitín! ¡Hijo! ¡Yo soy tu madre! ¿Me entiendes? ¡La tuya de verdad! Mitín la miró como un fantasma. Luego a Varuca. —Mamá… ¿es cierto? Varuca se tapó el rostro y se echó a llorar. Catalina estalló. La siempre callada Catalina se acercó a Marina y le dio un bofetón que la tiró contra la pared. —¡Mal bicho! —gritó Catalina, y ahí salió todo: años de humillaciones, su vida truncada, el dolor por su madre—. ¿Madre? ¡Tú nunca lo fuiste! ¡Lo abandonaste como a un perro! ¿Sabes que por tu culpa mamá tuvo que ir cabizbaja por el pueblo mientras todos se burlaban? ¿Sabes que yo… he acabado sola por “tu pecado”? ¡Sin hombre, sin hijos! ¡Y ahora quieres venirte aquí y llevártelo! —Cata, basta… —susurró Varuca. —¡No basta, mamá! ¡Ya está bien! —Catalina se giró hacia Mitín—. ¡Sí! ¡Esa es tu madre! ¡La que te endosó a mi madre para irse a la ciudad a buscarse la vida! Y esa —señaló a Varuca—, ¡tu abuela! ¡La que destrozó su vida por vosotras dos! Mitín guardó silencio. Mucho rato. Luego fue hacia Varuca, que lloraba, y se arrodilló ante ella, abrazándola. —Mamá… —susurró—. Mamá querida. Levantó la cabeza y miró a Marina, allí tirada tras el bofetón. —No tengo madre en Madrid —dijo en voz baja pero firme—. Mi madre es ella. Y mi hermana, Cata. Se levantó y tomó la mano de Catalina. —Y usted… tía, márchese. —¡Mitín! ¡Hijo! —lloriqueó Marina—. ¡Te daré todo! —Ya lo tengo todo —cortó Mitín—. Tengo una familia maravillosa. Y usted ya no tiene nada. *** Marina se marchó esa misma noche. Su marido, que vio toda la escena desde el coche, ni salió a saludar. Cuentan que al año la dejó. Encontró a otra que sí pudo darle un hijo. Marina se quedó sola, con su dinero y su “belleza”. Mitín no fue nunca a Madrid. Entró en la facultad provincial, a ingeniería. —Mamá, aquí hago falta. Hay que construirnos una casa nueva. ¿Y Catalina? Aquella noche, después de todo aquel grito, fue como si le quitasen un tapón. Revivió. Floreció, de repente, a los treinta y ocho. Empezó a fijarse en ella el mismo ingeniero del que murmuraban antaño. Un buen hombre, viudo. Varuca los miraba y lloraba. Pero ahora, de felicidad. El pecado, claro que existió. Pero un corazón de madre… cubre todo eso y mucho más.