Un paso del altar
Lucía se encontraba frente al espejo de su habitación, incapaz de apartar la mirada de sí misma. Giraba despacio, a un lado y luego al otro, contemplando su reflejo mientras una sonrisa radiante le florecía espontáneamente en el rostro. El vestido sí, ese vestido de novia caía suave sobre su figura y la falda amplia se balanceaba levemente con cada movimiento. Lucía recogía a ratos el borde de la tela y lo soltaba, imaginando cómo caminaría hacia el altar.
En el dintel apareció Carmen, su hermana mayor. Se apoyó en el marco, cruzó los brazos y la miró con una sonrisilla cómplice.
Estás guapísima, Lucía, faltaría más dijo al fin, sin aguantarse la risa. Pero te vas a tener que buscar otro vestido, te lo digo yo. No aguantas todo el día y toda la noche enfundada en eso. Imagínate: el banquete, el baile, los invitados y tú intentando moverte con esa estructura.
Lucía se quedó quieta, mirándose con atención. Las palabras de su hermana la hicieron detenerse a pensar. ¿Por qué no lo había considerado antes? Este vestido era perfecto para la ceremonia y las fotos, exactamente como lo había soñado: sofisticado, solemne, realmente nupcial. Pero para bailar, para una velada alegre con amigos y familiares, quizá debería optar por algo más sencillo. Tal vez un vestido blanco de corte a la rodilla, ligero, cómodo, que le permitiera moverse con libertad.
¿Tú crees? frunció el ceño Lucía, levantando un poco la falda y valorando su volumen. Bueno, vale. ¿Me ayudas a elegirlo?
Por supuesto afirmó Carmen, convencida. Si te dejo sola, acabas en la tienda hasta que cierren, te pruebas todo lo que tengan y sales sin nada. ¡Así que no me extraña que hayas encargado este vestido en lugar de comprarlo allí!
Lucía se encogió de hombros con timidez:
Lo hice a medida, con una modista, siguiendo mis dibujos. Si llego a mirar más salones de novias ¡me habría quedado a vivir ahí! Tantas opciones, tanto detalle…
Lucía se apartó del espejo y se sentó en el borde de la cama, mirando a su hermana con esperanza.
¿Mañana tienes libre? ¿Vienes conmigo a tiendas? Sin ti seguro que me hago un lío.
Carmen se acercó, le alisó suavemente unas ficticias arrugas del vestido níveo y le sonrió cálida.
Por ti pospongo lo que sea. Mi hermana pequeña no se casa todos los días. Vamos a buscar ese vestido de baile perfecto, ¡verás como sí!
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Sentada en la cocina, Lucía estaba rodeada de montones de invitaciones blancas. La noche ya se había adueñado del exterior y sólo la luz cálida de una lámpara iluminaba las mesas llenas de tarjetas y sobres. Se inclinaba sobre cada una, escribía los nombres de los invitados con su mejor caligrafía. Para ella, era importante darles un toque personal; por eso rechazó la impresión automática y optó por firmar a mano cada invitación, convencida de que así transmitiría mucho más cariño.
Al principio, su madre y Carmen quisieron ayudar. Pero Lucía se mantuvo firme: ¡Es mi boda! Algo tengo que hacerlo por mí misma.
Ya queda muy poquito murmuraba para sí mientras daba la vuelta a otra tarjeta. La mano empezaba a acalambrarse, los dedos le temblaban tras horas escribiendo. Uf, qué desacostumbrada estoy a escribir tanto
Apareció Carmen en la puerta. Observó en silencio a Lucía durante un rato, después se sentó enfrente, en el sillón, cruzando las piernas. Su mirada era de ternura: la pequeña de la familia se convertía ahora en prometida.
¿Y si te echo una mano? propuso, inclinándose hacia ella. Todavía tienes muchas por delante. ¿Y por qué Hugo no te ayuda? ¡La mitad de los invitados son de su lado!
Lucía dejó el bolígrafo, se frotó los dedos y recostó en el respaldo, agradeciendo la pequeña pausa.
Siempre anda en el trabajo explicó, pasando la mano por el montón de invitaciones ya listas. Intenta dejarlo todo hecho antes de las vacaciones. Ya sabes… si te vas mucho tiempo tienes que dejar los asuntos zanjados, para no estar dándole vueltas mientras estamos fuera.
Calló un instante. Se le dibujó una sonrisa soñadora.
Nos iremos de viaje tras la boda. A algún sitio donde haga calor y reine la calma. Me encantaría empezar nuestra vida juntos lejos del bullicio, como un nuevo comienzo.
Aun así, seguro que sacar tiempo para firmar un par de invitaciones tendría dijo Carmen sin querer que le temblara la voz.
Por dentro no podía resignarse a la actitud de Hugo con lo de la boda. Desde la primera vez que le conoció, Carmen se sintió incómoda; había algo en él… No era que Lucía no brillase de felicidad a su lado, pero Carmen no podía apartar ese mal presentimiento.
A lo mejor soy demasiado protectora intentaba convencerse. No todos son tan apasionados como yo. Quizá él sencillamente es comedido.
Pero la inquietud no se iba, insistente. Cada vez que miraba a Hugo, tenía la sensación de que él no terminaba de ser consciente de lo que ocurría, o no quería serlo. En su mirada a veces había un destello lejano, una suerte de distancia, como si simplemente dejara que todo sucediese según el plan de Lucía.
Curiosamente, fue él quien planteó casarse. Sólo llevaban tres meses de relación; poco tiempo para algo tan serio. Pero de pronto Hugo insistió en formalizar, cogiendo la organización con entusiasmo.
Quiero que recuerdes este día siempre decía, mostrándole fotos de decoraciones para el salón. Mira qué bonito quedará todo: tonos pastel, flores frescas… Será inolvidable.
Escogió restaurante, insistió en invitar a más gente, argumentando que no podían dejar a la familia de lado.
Mis familiares cruzarán España entera por estar presentes en este gran evento le explicaba. No podemos hacer algo discreto. ¡Es nuestro día!
Lucía le escuchaba embelesada, imaginando cada detalle del gran día. Ni reparaba en las pequeñas incoherencias: en cómo de vez en cuando Hugo se quedaba en silencio o cómo su mirada se apagaba cuando hablaban del futuro.
Carmen observaba la escena sin saber qué pensar. Por un lado, el novio tomaba la iniciativa y se implicaba. Por otro, era todo tan forzado, tan milimétrico, como si interpretera el papel del novio ideal sin entender realmente por qué.
¿Será simplemente nervios? se preguntaba Carmen. Al fin y al cabo, una boda impone. Pero ¿por qué no se me pasa esta sensación de que algo falla?
Miró a Lucía, que hojeaba muestras de tejidos para la decoración y suspiró. Lo único que importaba ahora era su felicidad. El resto El tiempo lo diría
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Lucía sentía que la organización avanzaba bien, aliviada por el entusiasmo de Hugo. Él había asumido la mayor parte de los gastos: reservó un restaurante impresionante, cerró trato con un fotógrafo, planificó el viaje a Mallorca tras la boda. A Lucía sólo le faltaba pensar en sí misma el vestido, la peluquería, el maquillaje y esos pequeños detalles.
Una noche, Carmen y Lucía tomaban té en la cocina cuando Carmen, incapaz de resistirse, tanteó con delicadeza:
¿No vas demasiado rápido, hermanita? le preguntó, jugando con la cucharilla. Apenas os conocéis No sabéis cómo será la convivencia, si los pequeños roces ¿Y si os dais un tiempo para iros a vivir juntos y luego celebráis la boda, qué sé yo, en unos meses?
Lucía no se molestó. Sabía que las palabras de su hermana no venían de la envidia, sino de la preocupación más pura. Sonrió, chispeándole los ojos.
No te preocupes, Carmen. Todo irá fenomenal respondió mirando al horizonte, soñando con su propio futuro. Cocino muy bien y tengo montones de recetas, así que por la comida no habrá problema. Limpiar me relaja, me encanta el orden y el brillo. Sé que Hugo, por su trabajo, no podrá ayudar mucho, pero no me importa: puedo con todo. Y si no, contrato a alguien.
Bebió un trago de té y continuó, ahora con emoción:
¡Le quiero! De verdad. Nunca antes había sentido algo así. Como si por fin hubiera encontrado lo que llevaba buscando toda la vida No voy a dejar pasar mi oportunidad.
Carmen la escuchaba con atención, ocultando sus dudas. Veía cómo Lucía se iluminaba hablando de Hugo. Así debía de lucir el amor auténtico: donde todo parece posible y el futuro sólo tiene color de esperanza.
¿Estás tan segura de él? preguntó, buscando algún ancla a la realidad.
Totalmente. Sí, apenas llevamos juntos unos meses, pero siento que es el hombre con el que quiero estar siempre. Nos entendemos bien, disfrutamos juntos, y ambos soñamos con una familia sólida.
Carmen suspiró con una sonrisa. Por mucho que sus propios temores no se disipasen, entendía que lo importante era apoyar a su hermana.
Bueno, si estás tan segura me alegro mucho por ti y le apretó la mano con cariño. Solo quiero verte feliz.
Lucía le apretó los dedos.
Gracias, Carmen. Sé que te preocupa. Pero créeme, estoy realmente feliz. Y siento que esto es sólo el principio de algo maravilloso.
Carmen no podía negar que los gestos de Hugo eran de película. Cada cita era una sorpresa romántica distinta. Ramo de flores sin motivo, tarjeta escrita a mano, detalles dulces como aquel chocolate favorito de la infancia de Lucía
En el trabajo, sus compañeras se admiraban al ver cómo cada mañana llegaba un café especial para Lucía: con sirope de almendra y nata montada, a las nueve en punto, con una nota en el vaso: Para la más guapa. Lucía se sonrojaba pero era evidente lo especial que se sentía.
Y no sólo eso. Hugo iba a buscarla y la llevaba en coche cada día. Paraba a la puerta de la oficina, salía y le abría la puerta. Las compañeras alucinaban:
¡Vaya galán has fichado! le decían. Qué envidia nos das ¿Dónde has conocido a ese hombre?
Lucía se reía, medio avergonzada de tanta felicidad.
Carmen, al observar aquella relación, dudaba una vez más de su preocupación. Hugo se esforzaba, sí, la colmaba de detalles y atenciones. Pero seguía, persistente, aquella inquietud en el fondo de su ser: algo no cuadraba bajo todo ese envoltorio tan perfecto.
Una tarde de charla en la cocina, Carmen no pudo callar:
Mira, Lucía, sé que te cuida y te trata precioso Pero no me siento del todo tranquila. No sé explicarlo, es sólo una sensación.
Lucía levantó los ojos, sorprendida:
¿A qué te refieres? Hugo es tan atento, tan considerado hace de todo para que yo sea feliz.
Carmen dudó, buscando las palabras menos hirientes.
No digo que sea malo. Pero ¿no te parece todo demasiado de cuento? Flores, regalitos, cafés Es precioso, pero no olvides mirar el fondo. Observa cómo reacciona él si algo no sale como espera, si surge un problema.
Lucía meditó, después sonrió dulcemente.
Siempre has sido una sensata rió. No busquemos fantasmas donde no los hay. Soy feliz. De verdad. Todo saldrá bien.
Carmen se rindió con un suspiro.
Vale. Ya veremos.
Pero esa corazonada persistía, como una alarma silenciosa. Ojalá se equivocara porque en realidad, lo que estaba por venir era algo que ni en sus peores sueños imaginó.
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Lucía llegó a casa de Hugo de buen ánimo, con una carpeta repleta de notas quería hablar con su prometido de los últimos detalles: la música, la disposición de las mesas, los adornos Imaginaba la escena: hablarían de todo, reirían con anécdotas graciosas, luego pedirían pizza y pasarían una noche tranquila juntos.
Pero al entrar supo al instante que algo no iba bien. Hugo la recibió en la entrada, sin abrazos ni sonrisa: simplemente estaba ahí, manos en los bolsillos, mirando a ninguna parte. Su cara era dura, y en los ojos le brillaba una frialdad desconocida.
¿Cómo que no habrá boda? musitó Lucía, sintiendo cómo el suelo se hundía bajo sus pies. Apenas podía mover los labios, que se le entumecían. ¿Qué te pasa? Estás helado ¿He hecho algo mal? Por favor, Hugo, dime algo.
Él levantó la vista, carente de calor. Al contrario, una mueca de desprecio deformó su boca.
¿Que qué has hecho? Pues nada, simplemente ser mujer. Eso es todo. Porque vosotras, solo sabéis ir detrás del dinero. Aparece uno mejor y, hala, adiós muy buenas. ¡Cómo os odio!
Lucía no entendía nada. ¿En qué momento había dado ella motivos para semejante acusación? ¡Si toda su vida giraba en torno a él! Había dejado planes con amigas, había modificado todo para adaptarse a la boda, incluso retrasó sus vacaciones en el trabajo para preparar el gran día.
No lo entiendo susurró, apretando tanto la carpeta que los nudillos se le volvieron blancos. ¿De qué hablas? Yo solo te quiero a ti. Lo sabes.
Él se encogió de hombros y miró por la ventana:
¿Lo sé? Bah. Son todas iguales. ¿Te crees que no veo cómo miras a los demás, cómo sonríes cuando pasan cerca?
Lucía sintió un nudo en la garganta. Quiso protestar, explicar que era mentira, pero las palabras se le quedaron atragantadas. Ante ella no estaba el Hugo que amaba, el del café y las flores, el que la miraba tierno. Era otro hombre: frío, herido, devorado por rencores de los que ella no sabía nada.
Jamás intentó decir, pero la voz se le quebró.
No te justifiques, está todo claro. Yo pensaba que eras diferente. Pero no, igual que todas.
Lucía permaneció de pie, sin saber qué más decir. Millones de preguntas le asaltaban, sin respuesta. ¿Cómo podía romperse todo así, en minutos? ¿Cómo podía ayer susurrarle ternura y hoy mirarla con odio? Su mundo se venía abajo, allí mismo.
Temblando, Lucía quiso hablar, intentar que él la escuchara, pero solo encontró fuerzas para un susurro:
Te quiero, no quiero a nadie más, créeme
Hugo la miró de pronto, y Lucía vio un dolor viejo y enmarañado en sus ojos. No la escuchaba: solo oía el eco de antiguas heridas.
Una vez confié, y mira cómo acabé. Tiempo, dinero, esfuerzo Y el mismo día de la boda, delante de todos, me dice que no soy suficiente.
Era joven entonces, ilusionado. Preparó todo con esmero, soñando con el futuro. Y en el momento crucial, delante de doscientos invitados, ella le sonrió y le susurró: Lo siento. He cambiado de opinión.
Eso duele, ¿verdad? prosiguió con amargura, como si hablara con el aire. Que te dejen plantado antes de dar el sí. Da gracias que al menos te lo digo aquí, sin testigos. Vete. Me has cansado.
Esas palabras cayeron sobre Lucía como una bofetada. Tropezó, pero se mantuvo en pie. Quiso replicar, explicarse, convencerle pero no tenía voz, ni fuerzas. Dio media vuelta y salió.
La puerta se cerró en silencio, dejando a Hugo solo en el vacío del piso. Cayó en el sofá, la cara oculta entre las manos, huyendo de la realidad, de sus pensamientos y de la ansiedad que le corroía.
Ya va siendo hora de ir al psicólogo pensó, dolido.
Le gustaba Lucía, sinceramente. Era dulce, generosa, sabía escuchar, reía sus chistes, cocinaba su sopa favorita. Pero cuanto más avanzaba la relación, más veía en ella a Alba. Alba, con esa sonrisa pícara y sus ojos de mar. Y cada vez que Lucía le hablaba de futuro, de casa y familia, el pánico le arrasaba por dentro. Imaginaba la despedida fría y cruel, las mismas palabras que aún le hacían daño:
Lo siento, pero he encontrado a otro. Hace un rato me ha pedido matrimonio. Entiéndeme, quiero la seguridad que nunca podrías darme.
Apretó los ojos, queriendo borrar esa imagen, pero era tan vívida como la realidad.
Suspiró y tomó el móvil. Tras mirar largo rato la pantalla, marcó.
Hola, soy yo dijo con esfuerzo, buscando las palabras. Necesito ayuda. Tengo miedo. Miedo de que vuelva a pasar. No quiero volver a quedarme solo, destrozado. No puedo más.
La voz al otro lado sonó tranquila:
Has hecho bien en llamar. ¿Cuándo puedes venir a consulta?
Hugo contempló el anochecer y respondió en voz baja:
Mañana, si se puede
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Un año después, Lucía estaba en un precioso salón inundado de luz, rodeada de familia y amigos. Llevaba aquel vestido soñado, vaporoso, con encaje y mangas suaves.
La música comenzó, envolvente y delicada. Lucía tomó la mano de Hugo y juntos caminaron al centro de la sala. Él sonrió leve, la atrajo hacia sí y echaron a bailar.
Bueno, marido susurró, mirándole a los ojos, ¿cómo te sientes?
Raro contestó él, sincero, entrecerrando los ojos. Es igual, pero distinto a la vez.
Porque ahora es real sonrió Lucía. Sin miedos ni dudas.
Recordó aquel día un año atrás, cuando salió destrozada de casa de Hugo. Le pareció el fin del mundo, la muerte de un sueño. Pero fue ese derrumbe el que le dio fuerzas para volver y enfrentarse.
Al día siguiente, fue a buscarle. No para reprochar, ni para rogar, sino para hablar de verdad.
No me iré hasta que lo intentemos juntos le dijo, mirándole de frente. Porque sé que tienes miedo. Y eso no es razón para destruir lo nuestro. Vamos a intentarlo, los dos.
Él tardó en contestar, pero al final confesó su miedo al dolor.
Y yo no quiero que vivas angustiado le respondió ella. Busquemos la manera, juntos.
Acudieron así al psicólogo. Poco a poco, Hugo fue deshaciendo el nudo de su herida antigua, hablando de la traición, la vergüenza que arrastró tanto tiempo.
Lucía se mantuvo a su lado, sin juzgarle, apoyándole, recordándole que no estaba solo. Aprendió a comprender sus miedos y él, a confiar de verdad.
Ahora, bailando en su boda, ya no había hielos en los ojos de Hugo. Sólo calor, seguridad y agradecimiento.
Sabes musitó él apretando su mano, me alegro mucho de que no te rindieras entonces.
Y yo también susurró Lucía, abrazándose a él. Porque ya sé que nuestro amor es más fuerte que cualquier miedo.
La música se iba apagando, pero su baile seguía, lento, sereno, lleno de esa felicidad tranquila que sólo puede brotar tras dejar atrás los temores y apostar, juntos, por el futuro.


