A través del recuerdo, todo parece envuelto en una bruma antigua, la bruma de los años en Madrid, cuando la vida era otra y la ciudad aún parecía edificada para acoger nuestras grandes tragedias.
Fue en un evento benéfico, en un viejo palacio del centro, donde Jaime y Estrella se encontraron por primera vez.
Ambos venían de mundos que, a simple vista, parecían plenos: Jaime tenía esposa, dos hijas y la reputación de arquitecto fiable; Estrella, casada con un inversor madrileño, llevaba doce años de matrimonio tan preciso como una caja de relojes.
No hubo ningún flechazo.
Fue un reconocimiento.
Como si los dos estuvieran hechos de la misma pólvora, que había sido almacenada durante años en las heladas cámaras de sus rutinas.
“Cuando nuestras manos se rozaron al pasarme la copa de vino, lo supe: todo lo que había construido hasta entonces, casas, planos, vida…
era sólo un castillo de naipes”, recordaría Jaime muchos años después.
La pasión es rebelde; nunca pregunta permiso.
Comenzó con mensajes nocturnos, pasadas las tres, y pronto se convirtió en fiebre: encuentros en hostales baratos del extrarradio, dentro del coche, en oficinas vacías.
La mentira se volvió aire común.
El engaño, idioma que sólo hablaban entre ellos.
Jaime, en las cenas familiares, miraba a su esposa y se sentía como un espectro.
Ella le relataba las notas del colegio de las niñas, y él sólo podía ver el perfil de los labios de Estrella.
Estrella dejó de dormir.
Cada llamada de su marido era un sobresalto, y le odiaba por ser “bueno”, porque no podía reprocharle nada.
Su amor era como anestesia sin operación: un placer breve, tras el cual la realidad mordía la carne viva.
Lo secreto siempre sale a la luz, pero ahí no sólo salió, detonó.
La familia de Jaime:
Una foto casual en el móvil.
Un grito, recordado para siempre.
Hijas que nunca más volverían a mirarle a los ojos.
Jaime se fue con una maleta, dejando ruinas tras de sí, ruinas de lo que una vez fue llamado “fortaleza”.
La familia de Estrella:
Fue ella quien confesó.
No pudo seguir simulando.
Su esposo no gritó; silenciosamente puso sus cosas en la puerta y cambió la cerradura esa misma tarde.
Un final frío, calculado.
Obtuvieron lo que creían desear: el uno al otro.
Sin ocultamientos, sin mentiras.
Pero descubrieron que su pasión vivía de lo prohibido.
Al desvanecerse los muros que perforaban, desapareció el impulso.
Les quedó una vivienda alquilada, dos personas que habían perdido todo: el estatus, la confianza de sus hijos, el respeto de sus amigos.
Se amaron “a través”, como una bala que atraviesa dos vidas y deja únicamente la corriente de aire a su paso.
En aquella casa, entre cajas y una taza compartida en el alféizar, la lluvia lavaba Madrid, borrando el brillo de la ciudad, que un día fue escenario de su pretenciosa tragedia.
Jaime miraba a Estrella.
Sin maquillaje ni luces de restaurante, parecía traslúcida y agotada.
¿Te arrepientes?
preguntó ella, dándole la espalda, su voz tan seca como pergamino viejo.
Jaime guardó silencio, escuchando el zumbido del frigorífico.
No sé cómo se llama este sentimiento, Estrella.
No es pena.
Es…
como si me hubiese amputado ambas piernas y me dijeran que ahora puedo correr por donde quiera.
¿Te llamó tu esposa?
ella giró y se abrazó a sí misma.
No.
Me llamó el abogado.
Dijo que Alicia no quiere que pase por el cumpleaños de la pequeña.
Dice que mi vida es “un entorno traumático”.
¿Te imaginas?
Mi vida, llamada entorno traumático.
Estrella se rio con amargura, apoyando la frente en su hombro.
Mi marido transfirió lo que quedaba de mis euros a una cuenta aparte, como indemnización por doce años de fidelidad.
Ni furioso está, Jaime.
Me borró como una errata en un contrato.
¿Realmente queríamos esto?
Jaime le levantó el mentón buscando sus ojos, ¿esta libertad?
Queríamos el uno al otro susurró ella.
Pero no consideramos que nuestro “nosotros” sólo existía en los intervalos de nuestras vidas reales.
Y ahora…
no nos queda nada más que este “nosotros”.
Y es tan frágil, Jaime.
No sostiene ningún muro.
Antes, tu voz me quitaba el aire él tocó su mejilla.
Ahora escucho en ella el llanto de tus hijos.
Y yo, cuando te veo, sólo encuentro silencio en tu casa vacía.
El mutismo se instauró.
La llama de su pasión, antes arrasando todo, ahora no era más que rescoldo tibio.
Habían perforado sus vidas, y por esas heridas, el viento de la realidad soplaba con indiferencia.
No vamos a poder con esto, ¿verdad?
ella musitó.
Tendremos que hacerlo dijo Jaime mirando el pasillo vacío.
Ha costado demasiado, para admitir que sobre cenizas no puede crecer un huerto.
Un año después, su vida no era la victoria de la pasión, sino una larga rehabilitación tras un accidente grave.
La pasión, que fue el único combustible, se había consumido, dejando sólo ceniza gris en la rutina.
Seguían juntos en el mismo piso.
Ahora había cortinas, alfombra y olor a cena corriente cosas para disfrazar el vacío.
Jaime, ante el espejo anudando su corbata, aparecía canoso.
El trabajo en un pequeño estudio de arquitectura, tras la salida silenciosa de sus socios de siempre, traía euros, pero sin el antiguo entusiasmo.
Estrella entraba a la cocina con su bata, ya no era la mujer magnética de aquel primer encuentro.
Su presencia se había vuelto apagada, casi sombra de lo que fue.
¿Llegarás tarde hoy?
preguntó sirviendo café.
Sí, hay obra en las afueras.
Y…
Jaime dudó prometí entregar la pensión personalmente.
Alicia me deja sentarme con la menor en un café.
Media hora.
Estrella se detuvo con la tetera en mano.
Era el momento nunca admitido, pero siempre presente, como una pantalla invisible entre ellos.
Está bien dijo sin más.
No le digas nada.
Mejor así.
Jaime volvió cuando la casa estaba oscura, sólo la tele encendida sin sonido.
Estrella, en el sofá, miraba las luces de Madrid desde la ventana.
¿Cómo fue?
preguntó sin girarse.
Ha crecido la voz de Jaime tembló.
Lleva horquillas nuevas.
Me llamó “papá”, pero me miró como a un vecino.
Educada.
Distante.
Se sentó frente a Estrella.
¿Sabes qué es lo peor?
Que quiero volver.
No a Alicia, no; sino al tiempo cuando yo era entero.
Cuando aún no era este hombre que destruyó dos hogares por
La palabra por ti quedó suspendida, afilada y cruel.
Estrella se levantó despacio, puso las manos sobre sus hombros.
No era abrazo de pasión, sino de supervivientes.
Somos monumentos de nosotros mismos, Jaime murmuró.
No podemos separarnos, porque entonces todo la traición, el dolor de los hijos, el nombre perdido sería en vano.
Debemos fingir ser felices.
Esa es nuestra condena perpetua.
Jaime tapó su mano con la suya.
A través susurró.
La bala salió, pero la herida no cerró.
Simplemente aprendimos a caminar con ella.
Se quedaron en la oscuridad, apretados de miedo a que, soltando las manos, se desharían y nunca sabrían volver.
Cinco años después.
La casualidad los reunió en el hall del nuevo Centro Teatral del Retiro, proyecto que Jaime había iniciado en otra vida, y terminaron otros.
Jaime y Estrella, copa de vino barato en mano, formaban una pareja sobria y algo fatigada.
Cuando el ascensor se abrió, surgieron ELLOS
Alicia, la exesposa de Jaime; no rota, sino con una firmeza nueva.
Junto a ella, un hombre robusto, sereno, la sostenía con cuidado, como si ella fuera su mayor tesoro.
Ignacio, el exmarido de Estrella, caminaba delante, conversando animadamente con la hija pequeña de Jaime, ya adolescente y bella.
Se cerró el mundo.
Cuatro destinos suspendidos en un mismo instante.
Jaime retiró la mirada primero.
Vio a su hija, riendo con Ignacio, que parecía tener el lugar de un padre en su casa.
Una punzada silenciosa, devastadora.
Estrella palideció al mirar a Ignacio; él era más joven, sin rastro de la herida que ella le dejó.
Sólo olvido.
El insulto más cruel para quien creyó que la infidelidad sería un terremoto.
“Ellos no sólo sobrevivieron sin nosotros,” pensó Estrella, “sino que han mejorado.”
Alicia los vio.
No apartó la mirada.
Asintió levemente, como quien saluda a un conocido cuyo nombre cuesta recordar.
No había perdón; sólo indiferencia, mucho más fría.
Papá la joven se detuvo al ver a Jaime.
Su alegría se tornó formal.
Hola.
Hola, cielo la voz de Jaime se quebró.
¿Estás aquí?
Sí.
Ignacio nos invitó.
Mamá quería ver el estreno se acercó a Alicia y a Ignacio.
A su verdadera familia.
Ignacio miró a Estrella.
Un segundo, dos.
Ni rastro de la pasión que destruyó su hogar.
Buenas noches resumió, tocando el hombro de Alicia.
Vamos, el concierto va a empezar.
Marcharon.
El perfume caro de Alicia flotó un momento, y luego lo sustituyó el polvo y maquillaje del teatro.
Jaime y Estrella quedaron junto a la ventana.
Son felices dijo Estrella, con voz hueca.
Sin nosotros.
Sobre nuestras ruinas han construido algo real.
No, Estrella Jaime dejó su copa en el alféizar.
Su mano temblaba.
Nosotros seguimos entre las ruinas.
Ellos sólo cambiaron de proyecto.
Miró sus manos.
Las que dibujaron edificios y destrozaron una vida.
Comprendieron: su amor a través no fue el inicio de nada.
Sólo una cirugía que los extrajo de las vidas de aquellos a quienes habían amado.
Los pacientes sanaron y siguieron adelante.
Los cirujanos quedaron en el quirófano, sin saber qué hacer con los instrumentos.




