«A punto de ser madre, pero solo piensa en fiestas y salones»

**12 de diciembre**

Hoy ha caído la primera nevada del invierno, y mientras observaba los copos desde la ventana de la cocina, un nudo me apretaba el pecho. No estaba triste por el frío, sino por mi hija. Lucía, mi única niña, está a punto de dar a luz. Ya van treinta y ocho semanas, cualquier día llega el bebé. Pero en lugar de pensar en pañales, cunas o en las noches sin dormir que le esperan, solo habla de manicuras, spas, sesiones de fotos, salidas con sus amigas e incluso un viaje para fin de año.

No lo entiendo. ¿Dónde está ese instutor maternal que surge hasta en los animales? ¿Dónde están los nervios, la preocupación, el miedo sano que siente cualquiera que va a ser madre? Pero Lucía parece vivir en otra realidad. Tiene una agenda llena de citas de belleza y, entre ellas, ha anotado mi nombre. Sí, a mí. Seré yo quien cuide al recién nacido mientras ella “se pone guapa”.

—Mamá, total, tú no trabajas ahora. Quédate con el niño, yo solo voy a arreglarme las uñas y el pelo. ¡No puedo aparecer en las fotos con el bebé en pijama!

Casi me atraganto al oírla. ¿Acaso cree que va a parir un accesorio para Instagram?

Lucía lleva casada seis años. Se comprometieron en la universidad. Su marido es buen hombre, responsable, con trabajo estable. Compraron un piso con ayuda de los padres y pospusieron la maternidad para consolidarse profesionalmente. Ahora, por fin, llegó el embarazo. Las abuelas estábamos emocionadas… hasta que entendimos su perspectiva.

Al principio, pensé que quizá era el miedo lo que la hacía actuar así. Pero todo quedó claro cuando la sorprendí buscando niñeras… ¡para un bebé que ni siquiera había nacido!

—Lucía, ¿estás en tus cabales? ¡Una niñera ahora es innecesario! Tú misma debes encargarte de su rutina, su alimentación, crear ese vínculo. ¡No es un gatito al que le pones un plato de comida y listo!

—Mamá, qué anticuada eres. En Europa todas contratan ayuda desde el principio. Ser madre no significa ser esclava. Yo también tengo derecho a vivir. Además, ahora todas salen con el bebé en bandolera, la vida sigue igual.

Sentí que el mundo se me venía encima. En mi época, las mujeres tenían hijos jóvenes, a los diecinueve o veinte, y nadie pensaba que la maternidad les robaba la vida. Al contrario: les daba sentido compartir noches en vela, comprar leche en polvo con el último euro, correr del trabajo a casa. No había Instagram ni sesiones de fotos posadas. Solo amor, miedo y responsabilidad. Y felicidad, la de verdad.

Las compras del bebé las hicimos su suegra y yo porque Lucía ni se molestó. Elegimos el carrito, la cuna, la ropita. Ella asentía, pero con indiferencia, como si solo quisiera quitarse el tema de encima. Lavamos, planchamos, organizamos todo nosotras. Mientras tanto, ella soñaba con cenar en un restaurante gourmet en Nochevieja.

—Las chicas y yo queremos salir, si todo va bien. ¡No por ser madre voy a enterrarme en casa!

Perdí la paciencia. Le dije las cosas claras: que la maternidad no es un juego, que un recién nacido no es un accesorio, que hasta las fotos más bonitas no valen si no hay verdad detrás. Pero dudo que me escuchara.

—Exageras, mamá. Los tiempos cambian. Lo importante es ser feliz, y para eso, una madre debe sentirse bien consigo misma.

Por las noches, me pregunto si fallé en algo. ¿La malcrié demasiado? ¿No le enseñé lo esencial? ¿O es que ahora las mujeres se vuelven madres antes de madurar?

Aun así, confío en que cuando vea a ese pequeño en el hospital, cuando le apriete el dedo con su manita diminuta o cuando su llanto la despierte a medianoche… algo cambiará en ella. Algo *click* en su corazón. Y entonces, lo único que importará será ese ser que depende enteramente de ella.

Mientras tanto… rezo. Por Lucía. Por mi nieto. Y por que en el corazón de mi niña despierte el verdadero significado de ser madre: no el de las fotos, sino el del amor incondicional.

**Lección de hoy:** La crianza no se enseña con palabras, se vive con el alma. Ojalá el tiempo me dé la razón.

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