A punto de embarcar en un vuelo, el marido de mi hermana me manda de repente un mensaje: “Vuelve a casa inmediatamente”. Era una tarjeta de embarque en Primera Clase para el vuelo 815 con destino a Isla de la Sombra, una isla remota y exclusiva frente a la costa colombiana, famosa por sus retiros de “desintoxicación digital” y su privacidad impenetrable. Es el tipo de lugar donde los millonarios van a desaparecer una semana y donde la cobertura móvil es un lujo que se restringe deliberadamente.

Estoy a punto de embarcarme en un vuelo cuando el marido de mi hermana me escribe de repente: Vuelve a casa inmediatamente. Lo que tengo en la mano es una tarjeta de embarque en Primera Clase para el vuelo 815 a Isla de las Tormentas, una isla remota y exclusiva frente a la costa de Cádiz, famosa por sus retiros de desintoxicación digital y una privacidad inexpugnable. Es el tipo de sitio al que sólo van los grandes empresarios a desaparecer durante una semana, y donde el móvil es un lujo que se retira intencionadamente.

Inés se sienta en la Sala Diamante de Barajas, observando cómo las gotas resbalan por la copa helada de cava. Tras los ventanales, la pista aparece como una extensión gris de lluvia y queroseno, pero dentro, todo es oro, terciopelo y silencio amortiguado.

Comprueba el móvil.

Ramiro: ¿Ya has embarcado? El chófer está al tanto de tu hora de llegada. Acuérdate, busca el cartel con INÉS. No hables con los taxistas.

Inés sonríe y teclea: Todavía no. Quedan treinta minutos para embarcar. Ya te echo de menos. ¿Seguro que no puedes venir?

Las burbujas aparecen enseguida. Ramiro: Ya sabes que no puedo, cariño. La fusión me está matando. Tengo que cerrar este acuerdo para poder relajarnos por fin. Vete. Desconecta. Te alcanzo en cuatro días. Desde que tu padre murió, estás muy tensa. Lo necesitas.

Él tiene razón. Siempre la tiene.

Desde la muerte de su padre, el magnate naviero Manuel Castelló, hace seis meses, Inés siente que se ahoga. No en agua, sino en papeles. La herencia es una maraña de empresas logísticas, inmuebles y fondos que Inés nunca ha sabido gestionar.

Entonces intervino Ramiro.

Su marido desde hace tres años ha sido su ancla. Dejó su despacho de arquitectura, que apenas se sostenía, para encargarse de la Fundación Castelló. Él maneja abogados, contables y al consejo directivo, que mira a Inés como una gacela entre leones. Ha organizado este viaje al detalle: la villa privada, las excursiones entre pinares, el spa.

¿Señora Morales?

La azafata de la sala, con una sonrisa tan pulcra como su uniforme, aparece a su lado. Estamos comenzando el preembarque de su vuelo. ¿Desea otro poco de cava antes de marcharse?

No, gracias responde Inés, levantándose y alisando su vestido de seda. Estoy lista.

Toma su bolso de mano, de cuero envejecido, el que le regaló Ramiro por su aniversario. Al cruzar las puertas automáticas, una sensación extraña le recorre la nuca: no es ilusión, es una punzada fría en la base del cuello.

Piensa que será ansiedad. Nunca había viajado tan lejos sola. Ramiro siempre se ha encargado de los billetes, las propinas, el itinerario. Sin él, se siente a la deriva.

Camina por el largo pasillo hasta la puerta 42. El aire acondicionado está helado. Se aprieta el chal de lana sobre los hombros.

El móvil vuelve a vibrar.

Inés espera otro mensaje tierno de Ramiro quizá un emoji de corazón o que recuerde hidratarse.

Desbloquea la pantalla.

No es Ramiro.

Lucía: ¿Dónde estás?

Inés frunce el ceño. Hace dos semanas que no habla con su hermana Lucía. La relación está tensa. Lucía, la artista, la rebelde, la oveja negra Castelló, detesta a Ramiro. Lo llama el Tiburón con Traje. Ramiro, por su parte, la apoda la Sanguijuela, insinuando que sólo aparece para pedir dinero.

Inés responde: En el aeropuerto. Me voy al viaje que organizó Ramiro. ¿Por qué?

Los tres puntitos de Lucía aparecen, desaparecen y regresan de forma frenética.

Lucía: NO SUBAS AL AVIÓN.

Inés se detiene. Los viajeros fluyen a su alrededor como un río esquivando una roca.

Inés: Lucía, por favor. Estoy cansada. No quiero dramas hoy.

Lucía: INÉS, ESCÚCHAME. Estoy en tu casa. Venía a dejar el reloj de papá. Ramiro cree que soy la asistenta. Lo he escuchado.

Lucía: No ha comprado billete de vuelta.

Las palabras no encajan. Por supuesto que Ramiro ha reservado el regreso, piensa Inés. Él lo gestiona todo.

Lucía: Es solo ida, Inés. ES UNA TRAMPA.

Última llamada para el vuelo 815 con destino a Isla de las Tormentas suena el interfono. Pasajera Inés Morales, por favor acuda a la puerta.

Alza la cabeza. La azafata le mira, impaciente, con el escáner en la mano. El finger parece un túnel oscuro.

El móvil vuelve a vibrar.

Ramiro: ¿Por qué el localizador dice que sigues en la terminal? Sube al avión, Inés. Vas a perder el vuelo.

El contraste es brutal: el pánico de Lucía frente a la disciplina metódica de Ramiro.

Por primera vez en tres años, Inés duda.

Parte 2: La advertencia

La sonrisa de la azafata ya delata nerviosismo. ¿Señora? Cerramos puertas en dos minutos.

Inés avanza un paso. El hábito bien entrenado por tres años de matrimonio le pide obedecer a Ramiro: detesta tirar el dinero, odia los errores.

Solo es Lucía, celosa, se repite Inés. Lucía odia vernos felices.

Alza la tarjeta de embarque.

El móvil vibra con fuerza, casi se le cae. No es un mensaje esta vez. Es una foto.

Borrosa, sacada tras la rendija de una puerta. Muestra a Ramiro en el despacho el viejo despacho de su padre con un teléfono satélite en la mano y una copa de brandy en la otra.

Pero lo que le paraliza es el texto de Lucía.

Lucía: NO ESTÁ SOLO.

Inés amplía la imagen. Reflejado en el cristal de la ventana, apenas visible: un hombre que no conoce, con un tatuaje en el cuello y un maletín.

Lucía: Sal de ahí ya. NO ME LLAMES. Puede que tenga un espía en tu móvil. ¡Corre!

Inés mira a la azafata, luego a la boca oscura del finger. Ya no parece el inicio de unas vacaciones, sino la fauces de una bestia.

¿Señora? la azafata revisa su reloj Es la última oportunidad.

El pecho de Inés se comprime. El aire es irrespirable.

Creo creo que he olvidado mi medicación en el coche balbucea.

No podrá reembarcar si cerramos puertas advierte la azafata.

Lo sé susurra Inés. No voy.

Se gira. En cuanto le da la espalda a la puerta, el miedo la golpea de verdad. Ya no es ansiedad, es terror primitivo. Camina deprisa, tacones resonando en el suelo pulido. Luego más rápido. Luego corre.

No va a recoger la maleta. No busca la zona de recogida donde podría esperar el chofer de Ramiro. Sale directa a la cola de taxis, esquivando los coches de lujo.

Se mete en la parte trasera de un taxi amarillo, que huele a café rancio y ambientador pino.

¿Dónde la llevo? pregunta el conductor, con ojo avizor al retrovisor.

Arranque, por favor. Por cualquier carretera, pero salga hacia hacia Vallecas.

El taxi se pierde en el tráfico de la M-40. Al instante, el móvil se ilumina.

Llamada entrante: Ramiro

Deja que suene.

Se apaga. Vuelve a sonar.

Llamada entrante: Ramiro

Mira la foto de Ramiro en la pantalla. Sonriente, copa en mano, tan seguro.

Me está rastreando, comprende. Lo del localizador.

Abre la app FindMy que utilizan por seguridad. Desactiva la ubicación.

El móvil suena una y otra vez.

Cuando el taxi se une a la avenida de la Albufera, las notificaciones se acumulan.

10 llamadas perdidas.
20 llamadas perdidas.
Mensaje: Inés, contesta.
Mensaje: ¿Qué haces?
Mensaje: El piloto retiene el vuelo. Da la vuelta.
Mensaje: ESTÁS COMETIENDO UN ERROR.

Inés mira el perfil gris de Madrid bajo la lluvia. Se siente enferma, loca. ¿Y si Lucía se equivoca? ¿Y si Ramiro solo tenía una reunión? ¿Voy a arruinar mi matrimonio por una foto borrosa y la paranoia de mi hermana?

Pero recuerda al chofer asignado. No hables con nadie más.

Y piensa: si hubiera montado en ese coche, en una isla donde no habla el idioma y en una carretera que no conoce ¿a dónde la habrían llevado?

El móvil sigue temblando.

99 llamadas perdidas.

No es preocupación. Es pánico. Por primera vez, Inés se da cuenta de que el pánico no es suyo. Es de él.

Parte 3: La Intercepción

Inés se encuentra con Lucía en un bar de la Latina, abierto toda la noche, lejos de los elegantes barrios donde los Castelló suelen moverse.

Lucía está fatal: pelo encrespado, ojos abiertos y rojos, manos aferradas a la taza de café para no temblar.

Inés se sienta y apaga el móvil siguiendo la orden de su hermana.Lucía, dime qué pasa. Acabo de dejar tirado un billete de diez mil euros. Ramiro me va a matar.

Es que pretendía hacerlo afirma Lucía, sin matices.

No digas tonterías.

He ido a casa explica Lucía en voz baja, tapando el bullicio del bar. Iba a dejar el reloj antiguo de papá. El que Ramiro dijo que desapareció en la herencia. Lo encontré en su bolsa de deporte justo la semana pasada. Me lo llevé. Quería devolvérselo y dejarle una nota para que supiera que lo pillé robando.

Ramiro no es un ladrón defiende Inés, pero suena apagada.

Es peor corta Lucía.Entré usando la llave que cree que perdí. Lo escuché en el despacho, gritando. No sabía que yo estaba allí.

Saca su móvil y abre una nota de voz.

No solo saqué la foto. Grabé el audio.

Pulsa play.

El sonido es áspero, pero la voz de Ramiro se distingue, filosa y cruel.

Ramiro (grabación): Me da igual el mal tiempo. El equipo de Cádiz me cuesta cinco mil euros al día. Cuando desembarque, la cogéis en aduanas. Salid por la zona VIP, que no hay cámaras.

Otra voz (apagada): ¿papeles?

Ramiro: Están en su bolso. Metí el poder notarial con el seguro de viaje. Cuando la tengáis en el almacén, que firme. Decidle que es una nota de rescate, lo que queráis. Pero que lo firme.

¿Y después? pregunta el otro.

Pausa de cinco segundos: terrible.

Ramiro: Es una isla, Rubén. El mar lo traga todo. Que el cuerpo no salga a flote hasta que prescriba la herencia.

Lucía para la grabación.

Silencio sepulcral en la mesa. El murmullo del bar es un rumor lejano.

A Inés le pesa el pecho.

El poder notarial susurra. Me hizo firmar un papel nuevo de la fundación la semana pasada. Le dije que quería leerlo antes, se enfadó tanto

Necesita tu firma para controlarlo todo explica Lucía. Papá ató la herencia para que él no pudiera tocar el principal sin ti. Si desapareces si mueres y le das la firma

Se lo queda todo remata Inés.

Mira su anillo de diamantes, símbolo de amor, que ahora la aprieta como una cadena.

Está en la ruina, Inés dice suave Lucía. Su despacho quiebra desde hace un año. Ha drenado tus cuentas para apostar, criptos, estafas Solo sale si te entierra.

Las lágrimas asoman, pero arden de rabia.Lo defendí ante todos.

Da igual. Ahora estás a salvo.

¿Sí? Sabe que no subí al avión. Que el plan fracasó. ¿Qué hace un tipo así, acorralado?

En ese momento, en la tele del bar, aparece un rótulo urgente.

OPERACIÓN POLICIAL EN LA M-30.

Hay que ir a la policía dice Lucía.

No responde Inés, con voz firme.En comisaría lo negará todo, dirá que es un audio sacado de contexto, y hablará de bromas o aventuras de secuestro. Es encantador, Lucía. Sale de todas.

Entonces, ¿qué?

Inés enciende el móvil. Se inundan las notificaciones. Entre ellas, un mensaje de voz.

Ponlo insiste Lucía.

Ponen el altavoz.

Ramiro (mensaje): ¡Inés! Contesta. ¿Dónde estás? ¡Estás destrozando todo! Estoy en el aeropuerto. He recorrido todas las salas VIP. Si esto es un juego, lo vas a pagar caro. Voy a encontrarte.

Está en Barajas. Está cazándola.

Busca víctima susurra Inés, en pie. Demosle un culpable.

Parte 4: El punto de inflexión

No van a la comisaría cercana, sino a la sede de la calle Serrano, donde el padre de Inés donó años a la fundación policial, y donde todavía trabaja el inspector Gutiérrez, viejo amigo de la familia.

Gutiérrez es un hombre escéptico, ojos cansados, pero escucha.

En una sala mugrienta de café, Inés deja el móvil sobre la mesa.

Quiere matarme declara Inés.

Es grave, señora Morales replica Gutiérrez. Suele ser cosa de disputas familiares.

Es por dinero. Todo aclara Inés.

Lucía interviene. Muéstrele el vídeo, Inés.

¿No era sólo audio?

Lucía grabó lo otro. Pero Ramiro Ramiro es arrogante, cree que nadie es más listo.

Inés abre el portátil de mano. Accede a la nube del sistema de cámaras de hogar.

Las instaló por seguridad. Piensa que sólo él conoce la contraseña. Pero yo pago las facturas. Cuando cayó el WiFi saqué la clave de administrador.

Abre el archivo DESPACHO 16:00.

El vídeo es nítido. Ramiro pasea nervioso. Se ve al hombre del cuello tatuado.

Entonces, Ramiro abre la caja fuerte que Inés veía solo para joyas. Saca una pistola negra. Reviste la recámara, la guarda.

Se dirige al desconocido.

Si lo de Cádiz falla, lo hacemos aquí. Esta noche aviso que ha desaparecido. Diré que cogió un VTC y nunca llegó. Luego vienes tú a casa. Simula un robo violento.

¿Y la esposa?

Ramiro coge una foto de boda de la mesa, la hace añicos.

No hay esposa. Solo viuda.

Gutiérrez se irguió. El escepticismo desapareció.

Eso es conspiración para homicidio exclama. Llama por radio: Localizad a Ramiro Morales. Rastrear su móvil.

Sigue en Barajas anuncia Inés, implacable. Me busca.

Le pillamos asegura Gutiérrez. Quédese aquí con su hermana. Están bajo protección.

No niega Inés.

¿Perdón?

Tiene mi pasaporte y DNI. Cree que soy una inútil de familia rica incapaz de atarse los cordones sola. Si ve a la policía, huirá. Tira la pistola. Llama a su abogado. Tienen que cogerle in fraganti.

¿Y qué propone?

Inés toma el móvil. Pulgar sobre el botón de llamada.

Voy a decirle que le espero.

Parte 5: La caída

El plan es arriesgado, pero Inés no acepta otro.

Entra en la zona de Llegadas de la Terminal 4, un área concurrida. Bajo la gabardina, lleva un micro. Gutiérrez y otros cuatro agentes, camuflados: uno de chófer, dos de turistas, uno de operario.

Lucía observa todo desde la furgoneta policial, y se desintegra de los nervios.

El móvil suena.

Ahora indica Gutiérrez por el pinganillo.

Ramiro.

¡Inés! ¿Dónde diablos estabas? ¡Te he buscado por todo Barajas!

Me asusté balbucea Inés, interpretando a la esposa insegura. No he subido. Estoy en Llegadas. Ven a buscarme. Por favor, llévame a casa.

No te muevas ordena Ramiro. Te veo.

Inés alza la vista.

Arriba, en la pasarela de cristal, Ramiro Morales aparece en su traje impecable y mirada errática. Barre la sala, localiza a Inés.

No toma la escalera mecánica. Baja corriendo, a codazos.

Inés se queda quieta. Todas sus fibras quieren huir, pero planta los pies. Es la carnada.

Ramiro la alcanza. No la abraza. Le agarra el brazo con brutalidad.

Eres imbécil escupe furioso. ¿Sabes el daño que me has hecho?

Me estás haciendo daño, Ramiro dice Inés alto, para el micro.

Te voy a hacer mucho más masculla, tirando de ella hacia las puertas de salida. Vas a firmar esos papeles. Arreglamos este marrón.

¿Qué papeles? ¿El poder notarial?

Ramiro se detiene. La mira y ve algo inesperado: no llora, ni tiembla, sino que le sostiene la mirada con frialdad.

¿Cómo sabes eso?

Porque Lucía no es tan tonta responde Inés.

Ramiro palpa la cintura, tanteando la pistola.

Entra en el coche susurra, mostrando el arma bajo el abrigo. Ya.

¡Policía! ¡Tira el arma!

El grito retumba. El chófer apunta a Ramiro. Los turistas desenfundan. Gutiérrez corre hacia ellos.

¡Es un error! grita Ramiro. Se agarra a Inés como escudo. ¡Apartaos! ¡Voy armado!

El gentío grita, se lanza al suelo.

Ramiro, mírame dice Inés, la pistola en la espalda.

¡Cállate! aúlla a la policía. ¡Quiero un coche! ¡Un vuelo ya!

Se acabó repite Inés. Tienen los vídeos. El despacho, la caja fuerte, la reunión con Rubén Lo tienen todo.

Ramiro se paraliza. Palidece.

¿Qué?

Te he visto susurra Inés. He visto al monstruo.

En esa duda, Inés le aplasta el pie con el tacón y le da un codazo en las costillas.

Ramiro grita, retrocede. Gutiérrez lo placa, caen junto a un carrito de equipaje. La pistola se desliza.

Tres agentes se abalanzan.

Ramiro Morales, queda detenido por intento de asesinato, secuestro y extorsión.

Ramiro inmovilizado, el traje destrozado. Busca a Inés con una mirada llena de odio.

¡Inés! grita ¡Diles que es un error! ¡Por nosotros, amor!

Inés se ajusta la gabardina. Mira al hombre que compartió su cama, manejó su herencia y planeó su muerte.

No me querías a mí, Ramiro le responde. Querías el dinero. Y ahora, no tienes ni lo uno ni lo otro.

Mientras se lo llevan esposado, sólo queda odio en sus ojos.

¡Nunca estarás segura! ruge mientras lo arrastran. ¡¡No soy el único!!

Las puertas de cristal se cierran. Silencio.

Lucía cruza la barrera policial y, sin preguntas, la abraza hasta dejarla sin aliento.

Por primera vez ese día, Inés llora.

Parte 6: Nuevo destino

Tres meses después

Barajas bulle, pero ya no asusta.

Inés espera en la puerta de embarque, entre la gente, aunque no en la Primera Clase. Mastica un mollete.

Su aspecto ha cambiado: lleva el pelo corto, vaqueros y cazadora. El anillo de diamantes ha sido sustituido por una sortija fina, herencia materna.

El juicio fue durísimo. Ramiro alegó locura, después coacciones. El vídeo, y la confesión del tipo tatuado aseguraron su condena: veinticinco años a la sombra.

La Fundación Castelló es auditada. Inés ha despedido al viejo consejo. Ahora aprende la empresa desde cero.

Puerta 12, embarque para Tokio anuncia la megafonía.

Lucía se sienta a su lado con dos cafés.

Cargada de cafeína le guiña. ¿Estás bien?

Sí Inés asiente. Muy bien.

Podemos volar en el jet privado, que lo sepas bromea Lucía.

No. Lo vendí esta mañana.

¿Has vendido el jet de papá?

Demasiada carga. Prefiero perderme. Llevar mi mochila.

Inés entra en contactos. Busca Ramiro .

Tres meses conservaron el móvil como prueba: llamadas, acoso, rastreo. El caso está cerrado.

Pulsa Editar. Elimina contacto.

¿Seguro que quieres borrar este contacto y todo su historial?

No duda. Sí.

Desaparece el nombre, las llamadas, las 99 alertas de cuenta atrás hacia su muerte.

¡Eh! Lucía la pellizca. Llaman a nuestro grupo.

Inés se coloca la mochila. Mira a su hermana la desordenada, la valiente, la que salvó su vida cuando el amor quiso arrebatársela.

¿Preparada?

Sin maridos dice Inés.

Sin secretos replica Lucía.

Sin trampas juntas.

Pasa la tarjeta. El pitido verde suena como un nuevo comienzo.

Mientras el avión despega de Madrid, Inés mira por la ventanilla. Allí abajo, el mundo es más grande, más claro. Salvó la vida perdiendo un vuelo; este no lo perderá.

Mira a Lucía y sonríe: Vámonos a volar.

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MagistrUm
A punto de embarcar en un vuelo, el marido de mi hermana me manda de repente un mensaje: “Vuelve a casa inmediatamente”. Era una tarjeta de embarque en Primera Clase para el vuelo 815 con destino a Isla de la Sombra, una isla remota y exclusiva frente a la costa colombiana, famosa por sus retiros de “desintoxicación digital” y su privacidad impenetrable. Es el tipo de lugar donde los millonarios van a desaparecer una semana y donde la cobertura móvil es un lujo que se restringe deliberadamente.