A primera vista, no me cayó bien

¿De verdad me ha mirado así? pregunta Begoña, desconcertada.
¿Te ha lanzado una amenaza? ¿Te lo imaginas? ¿Será por accidente? replica su madre, Lidia, sin perder la calma.
Mamá, ¿cómo puedes decir te lo imaginas? Ya pensaba que Víctor quedará huérfano ¡Nicolás es mucho más alto que yo!
Sabes que los hombres no levantan la mano sin razón Tú siempre has sido explosiva. Si algo anda mal, lo acabarás haciendo arder.

Begoña se queda muda ante esas palabras. Espera que su madre le brinde protección, indignación o al menos compasión, pero no lo que le acaba de decir. Como si ella también tuviera la culpa. Y si, por desgracia, llegara a haber consecuencias, su madre también la culparía.

¿Cómo puedo no ser explosiva cuando él siempre habla de cariños y gatitos? ¡Hace tres años que no escucho nada de eso! se queja Begoña.
Ya verás, también gritas a tu madre contesta Lidia con ligera irritación. Escucha, levantar la mano no es lo mismo que dar un golpe. Además, él no bebe, no sale de fiesta, trabaja con carácter, como todos los hombres de carácter, y tú también. ¿Alguna vez has tenido a alguien mejor? Piensa bien antes de hacer locuras en el calor del momento
Gracias por el apoyo, mamá dice Begoña y cuelga.

El engaño, la traición y la mentira son cosas que Begoña no puede tolerar, sobre todo en el matrimonio. Nicolás reúne todas las malas cualidades. Begoña ya ha tomado una decisión y no piensa retroceder, pero le sorprende la forma en que su madre reacciona, como si fuera una queja de una compra caducada. Ya no encaja en la cabeza de Begoña. Tal vez antes simplemente no se daba cuenta de mucho.

Lidia tiene la extraña costumbre de cambiar de zapatos mientras está en medio de un salto. Ante los ojos dice una cosa y a sus espaldas otra. Su sonrisa es dulce y pícara, pero su mirada suele ser fría y calculadora.

¡Qué vestido más bonito! Te queda genial comenta cuando su pequeña Begoña prueba ropa en una tienda del centro de Madrid.

Luego mira la etiqueta, levanta una ceja y cambia de opinión al instante.

Pero, con esas piernas te quedan cortas declara con tono firme. Mejor busquemos otra cosa.

Al final se llevan una prenda sintética grisburdeosmalva, de talla equivocada pero con descuento, y Lidia se jacta con sus amigas del acierto.

Algunas madres hasta hacen vestidos a medida para el baile de graduación. Y eso en cuarto de primaria se queja al teléfono con una conocida. Es una locura. Son unos euros y ya no volveré a usarlo. Lo compré en rebajas y, aunque no me importe, al menos lo usaré alguna vez.

Las amigas de Begoña viven situaciones similares. Un día va al cumpleaños de una amiga y lleva un trozo de tarta. Qué niña más amable, con padres educados. Cuando la amiga quiere venir a casa, Lidia cambia de postura de inmediato.

¿Para qué la quieres? Recuerda: no dejes entrar a amigas en casa. Acostúmbrate desde pequeña. Las amigas al principio se hacen las monas y después hablan a tus espaldas o se llevan al marido.

Con Nicolás ocurre lo mismo. Al principio Lidia desaprueba su elección.

¿Para qué lo necesitas? Aparece y desaparece Un hombre decente no se comporta así. Siento en mi corazón que no eres la única para él.

Y Begoña le cree. No tiene experiencia y la autoridad de su madre ahoga cualquier voz interior.

Begoña intenta romper con Nicolás, pero eso sólo lo incita a ser más insistente. Le encarga flores a domicilio, sushi, y Lidia se vuelve más complaciente.

No dejes pasar a un hombre así dice mientras trata de pinchar un rollo de sushi con el tenedor. Puede que no sea perfecto, pero ¿quieres acabar sola con treinta gatos? Agárrate al toro y llévalo al altar.

Begoña sigue escuchando a su madre, como una hija obediente. La madre nunca aconsejará mal.

Aun así, ya había señales de alerta: el humor de Nicolás cambiaba a cada momento, podía ser tierno y, cinco minutos después, volverse hosco y grosero. Le celaba incluso con sus amigas, criticaba su ropa y decía que le gustaban las faldas cortas y los tacones. Begoña, siguiendo a su madre, firma el registro matrimonial después de medio año.

Los primeros meses son miel: cenas románticas, selfies bonitos, sorpresas diarias pero después algo cambia.

Nicolás deja de preguntar qué quiere Begoña. Revisa sus listas de la compra y le reprocha cada gasto extra, incluso el tinte para el cabello. Casi le prohíbe usar lápiz labial rojo, diciendo que con eso parece una mujer fácil.

Ambos trabajan, pero la casa la atiende Begoña. Nicolás vuelve temprano, pero siempre la encuentra en la puerta preguntando qué habrá de cenar. Tras la cena, se sienta frente al ordenador, dejando el fregadero lleno.

Nicolás, ¿podrías al menos lavar los platos? se atreve a preguntar un día.
¿Y a ti qué te molesta cuidar de mí? responde él.
Me gusta ayudar, pero estoy exhausta.
Yo también estoy cansado. Hoy he trabajado mucho.

Begoña se queda sin saber qué decir. Sigue trabajando sin descanso, mientras él se queja como si su madre también hiciera todo sin esfuerzo.

¿Qué esperabas cuando te casaste? le pregunta Lidia cuando Begoña se queja. Una mujer debe estar al día en todo. Las familias dependen de nosotras.

Begoña no está de acuerdo, pero cuando todos a su alrededor piensan igual, empieza a dudar de sí misma.

El tiempo pasa. Begoña da a luz y la situación empeora. Ante los amigos parecen la pareja perfecta, pero a solas discuten por tonterías. Nicolás no ayuda con el bebé, pensando que el primer año el padre no tiene nada que hacer. Se va a dormir a otra habitación alegando que el bebé llora y que tiene que levantarse temprano para el trabajo. Por las noches, Begoña a veces lo encuentra despierto con el móvil en la mano.

Intenta hablar con él, pero él se niega rotundamente: Tus emociones son tu problema. Begoña explica calmada que le preocupa su familia, que no la ataca.

Tienes exigencias exageradas dice Lidia cuando Begoña vuelve a contarle. ¿Qué más quieres? Él trabaja, los mantiene, viven en su piso

Begoña intenta convencerse de que, en realidad, las cosas están bien; los conflictos son normales.

Entonces descubre en el móvil de Nicolás conversaciones con amigas: cariñitos, soles, gatitos. Un zoo de mensajes cariñosos, sin pruebas de una infidelidad física, pero para Begoña eso ya es traición.

Ese día decide enfrentar a Nicolás.

Son solo frases de internet, colega se defiende él. Sólo intento ser amable. ¿Por qué te enfadas? Deberías confiar en mí.

Confiar en un hombre que tiene un harén virtual resulta imposible. La discusión se vuelve una pelea; Nicolás la echa de la habitación y en un momento incluso la amenaza con un golpe. Begoña no puede marcharse así. Busca ayuda en su madre, pero

Es sólo mensajería, unas palabras. Al marido le falta atención, tú estás con el bebé todo el día. Por eso lo busca la tranquiliza Lidia con tono cotidiano.

Lidia no cambia de opinión, aunque Begoña le cuenta que estuvo a punto de suceder una tragedia.

Al final Begoña debe arreglárselo ella misma. Sus amigas se organizan: una le presta la llave del piso, otra le presta dinero, otra le ayuda con la mudanza. En cuestión de semanas Begoña solicita el divorcio y huye de su marido.

La reacción de Lidia la sorprende una vez más.

¡Claro! Ese tío es un tirano dice sin pensarlo. No me gustó desde el principio. ¿Te lo dije? Los hombres normales no actúan así.

Begoña parpadea, desconcertada. Antes escuchaba a su madre decir que no debía perder a ese hombre porque era atento. Ahora la culpa la lanza.

Mamá ¿no fuiste tú quien me desanimó a divorciarme? pregunta.
No sabía que tenías a quien acudir. ¿A dónde ibas a ir? replica Lidia, para luego añadir: Tengo poco espacio, soy ya una anciana, y ser madre soltera es duro, lo sé.

Begoña comprende entonces que su madre cambiaba de postura no por querer lo mejor, sino por conveniencia propia: le compraba ropa barata, no aceptaba a sus amigas, le aconsejaba no divorciarse para que no volviera al padre del niño.

Dos años después, Begoña sigue en contacto con Lidia, pero ya no le confía su vida ni le pide consejos. No la visita y ella tampoco la recibe. El trabajo y el dinero son difíciles, pero al menos su conciencia está tranquila.

Un día suena el móvil.

Begoña estoy enferma, no tengo medicinas ni comida. ¿Podrías pasar una hora? dice Lidia, con la voz entrecortada.

Begoña alza una ceja. ¿Ir una hora a casa de una madre enferma con un niño pequeño?

Dime qué medicinas necesitas y las encargo.

El silencio se hace largo; la madre esperaba otra respuesta.

No quiero entregas, mamá. Quería verte. Tal vez estos sean mis últimos días.
Mamá me encantaría ayudar, pero ser madre soltera es muy duro. Puedo enviarte lo que necesites, pero estar a tu lado exige confianza, y ya no confío en ti. Eres la experta en cambiar de zapatos.

Lidia suspira, se queja, pero no logra convencer a su hija. Desde entonces Begoña elige con mucho cuidado a quién confiar. Se esfuerza por no engañarse de nuevo, aunque a veces sea muy tentador.

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A primera vista, no me cayó bien