A mi suegra le hice un regalo tan impactante que se quedará sin palabras… ¡Y temblará cada vez que lo vea!

¡Le he hecho a mi suegra un regalo que la va a dejar temblando! Cada vez que lo vea, le va a entrar una mala leche impresionante. Pero no tendrá más remedio que guardarlo y, además, ponerlo en un sitio visible. Así se hace. ¡Ya era hora de que la gata probase el sabor de sus propias lágrimas! ¡Qué insufrible es mi suegra, Faustina Jiménez! En estos quince años de matrimonio con Álvaro, ni una palabra buena me ha dicho jamás. Siempre con esa cara de vinagre Que las demás suegras, aunque sea refunfuñando, a veces sueltan algo. Pero esta, ni eso. Solo te fulmina con sus ojos oscuros, como si estuviera calculando tu sentencia. Yo procuro no ir nunca a su casa y, cuando no tengo más remedio, me quedo cinco minutos, una vez al año, contaba Belén a su amiga Carmen.

Carmen escuchaba y asentía con convicción, porque también le hervía la sangre al pensar en su propia suegra, Juana. No la podía ni ver.

Aquel sábado habían improvisado una pequeña reunión de amigas, como era su costumbre cada dos semanas desde el instituto. Belén era peluquera y les cambiaba el look a todas. Ese día, venía solo un rato, porque después tenía clientes. Carmen, que era cocinera, siempre traía una montaña de cosas ricas delicias, como decía el hijo de Belén, Pablo. Y la tercera en discordia era Lucía, enfermera, que últimamente se había cambiado a un nuevo centro. Nadie sabía exactamente dónde, y querían preguntarle, pero la conversación, como siempre, giraba en torno a las suegras.

¡No la soporto! De verdad, es que esa mujer Si desapareciera de pronto empezó de nuevo Belén.

Pero entonces, Lucía, que hasta el momento estaba callada, se metió en la conversación y le cortó:

¿Y qué, Belén? ¿Crees que te ibas a sentir mejor de verdad? preguntó esbozando una sonrisa torcida.

Pues supongo dijo Belén, quedándose de repente callada.

Se acordaba de la mañana. De cómo llevaba el regalo, envuelto en un precioso papel, sonriendo con malicia. De cómo lo entregó a Faustina, que se puso a abrirlo enseguida, como una niña con zapatos nuevos. Solo que Belén le dijo: ¡No lo abras hasta que yo me vaya! Vaya forma de fastidiarle el día a esa mujer desagradable.

Chicas, por cierto, que me preguntabais dónde estoy trabajando ahora dijo Lucía de repente.

Las otras se pusieron en tensión.

¿En una clínica privada, no? aventuró Belén.

¡Vas a ganar un dineral ahora! rió Carmen.

Estoy en un hospicio, contestó Lucía sin más.

Se hizo el silencio.

¿En un hospicio? ¿Por qué? alcanzó a decir Carmen, sorprendida.

Es un sitio triste, Lucía. ¿No te asusta? ¿Y el sueldo? negó Belén, moviendo la cabeza.

Ya estáis otra vez: el sueldo, el dinero Belén, perdóname, pero solo me sale decirte una palabra: boba soltó Lucía en voz baja.

¿A quién llamas boba, a mi suegra? ironizó Belén.

Tú eres la boba, Belén. Porque lo que haces y dices es cruel. No conozco demasiado a tu Faustina. ¿Te crees de verdad que nunca tuvo un gesto bueno contigo? ¿Quién vendió su piso en el centro para comprar una casita en las afueras cuando vosotros necesitabais ampliar la vivienda? Tu suegra, y sin rechistar lo más mínimo.

¿Y cuando al pequeño Pablo le dio aquella fiebre tan grave? ¿Quién fue moviendo cielo y tierra hasta encontrar al doctor famoso, que acabó siendo hijo de una amiga de juventud de tu suegra? Le salvó la vida a tu hijo, porque cualquier otra familia igual habría tenido menos suerte. ¿Y te acuerdas aquella noche, en la cena de antiguos alumnos, cuando perdiste el control y amaneciste en casa de un compañero? Aunque no pasó nada, tú sabes que Álvaro jamás te habría perdonado nada semejante. ¿Y quién salió al rescate? Faustina le dijo a tu marido que habías pasado la noche en su casa. Y eso es solo lo que yo sé.

Tú muerdes la mano que te alimenta y protege, hablando en plata. ¿Y todas las veces que nos invitabas a tu casa y servías los pepinillos, la mermelada, las conservas que, aunque tú no sabes ni plantar una lechuga, ella te preparaba con tanto cariño? Hay gente, Belén, que no sabe hablar bonito, que le sale el amor con hechos, no con palabras. Y luego están los que embaucan con palabrería y no valen nada. Ya lo sabes.

Ajá, genial. Pensé que me apoyarías, y en cambio me llamas boba. ¡Estupenda amiga eres! Belén se incorporó de un salto.

En su fuero interno empezó a removerse un bichito hasta hace poco ese bichito la impulsaba a planear venganzas y malos gestos, pero ahora, con las palabras de Lucía, le hacía sentir incómoda y vacía. Quería decirle que le daba igual, que su amiga podía decir misa, pero no podía. El bichito se removía más y más.

Carmen, mientras tanto, engullía empanadillas de espinacas (en los nervios siempre le entraba hambre) y observaba en silencio, sin pronunciarse por Belén como antes.

En teoría, Belén debería haberse indignado, haberse levantado de golpe, peleado con Lucía y marcharse tirando la puerta. Pero el bichito de la conciencia no le dejaba.

Seguramente habéis olvidado que yo no tengo madre, ¿verdad? Vivo con eso desde hace quince años, igual que tú, Belén. Pero mientras tú solo te quejas de tu suegra, de la que solo voy a decir que sí te quiere, yo llevo todo este tiempo muriendo de añoranza. Hay noches en las que, aunque suene a locura, le doy saldo al móvil de mi madre, el de cuando estaba viva, y llamo desde otra habitación, solo para ver aparecer Mamá en la pantalla. Levanto y hablo con el silencio. Cuento cosas, grito lo triste que me siento sin ella. Me envuelvo en su chal como si la tuviera cerca. A veces siento que todo dentro de mí está quemado del dolor.

Belén, perdona, no podía callarme. Tú tienes madre y suegra. ¿Por qué te ensañas así con una persona mayor? Siempre llamándola paleta y menospreciándola. Y otra cosa: ¿cuándo fue la última vez que le cortaste o le tintaste el pelo a Faustina? Nosotras siempre estamos bien guapas gracias a ti. ¿Y ella qué?

El bichito dentro de Belén se retorció de dolor y, en un susurro que parecía salido de otra persona, respondió:

Nunca.

¿En serio? ¿Nunca? No me lo puedo creer se asombró Carmen. Vaya tela Yo a la mía siempre la agasajo. Le hago bizcochos, roscones en Semana Santa, empanadas Y ella se alegra un montón. ¡Tiene unas manos blanditas, gorditas, como de angelito!

El bichito dentro de Belén se quedó frío, apenas se movía ya. Por fin sintió que podía levantarse y marcharse; ya no estaba atada a esa silla.

Recordó la mañana de ese día. Las manos de su suegra, que ella despreciaba por ásperas y grandes, con venas muy marcadas. Y su carita arrugada, a la que Belén había puesto por mote patata podrida. ¿Qué sabía realmente de Faustina Jiménez? Nada. Jamás le interesó su vida.

Pero siempre había estado allí cuando la necesitaba. Su marido, Álvaro, le contó alguna vez que tuvo dos hermanas pequeñas, que murieron tras una larga enfermedad, y luego el padre. Faustina los había cuidado a todos, trabajó como una mula toda la vida y el gran tesoro fue su hijo, un hijo tardío al que adoraba. Y Belén todavía amaba igual a Álvaro, quince años después.

Si él es así, es porque su madre lo ha criado así. ¡Podría haberte amargado la vida, Blen! No a todas les toca uno como Álvaro. ¿Y tú, nunca le dijiste palabras bonitas a tu suegra? ¿Quién te lo impidió? ¡Qué desvergüenza! retumbaba el bichito dentro de Belén.

Se sobresaltó.

Belén, ¿te encuentras bien? preguntó Lucía, preocupada.

Belén negó, tragando saliva para no soltar el llanto. Todo parecía a punto de estallar dentro de ella.

Intentó desviar la conversación.

¿Y qué tal el trabajo, Lucía?

Ay, chicas, esos ojos no los olvido nunca. A veces es tan duro, tan doloroso Pero tienen una luz dentro, una bondad, una esperanza. Se habla mucho de eternidad, de lo que no nos ha dado tiempo a hacer antes de marcharnos. Y hay lágrimas, muchas lágrimas, familiares desgarrados.

El otro día vino un hombre joven a ver a su madre. Tenía pinta de ejecutivo, hecho a sí mismo. Lo tenía todo salvo tiempo para lo esencial. A la madre le quedaba poco y solo pedía una cosa: volver a su pueblo, a ver los almendros en flor. Pero él, nada, nunca tenía hueco. Al final, cuando murió, el hombre se arrodilló, llorando: Mamá, vuelve Vamos ahora mismo donde tú quieras ¡No necesito nada más, mamá! O aquel militar mayor, que venía cada tarde a ver a su hija joven. No tenía pelo, pobrecita. Siempre le traía horquillas diferentes, coleccionaba cajas llenas de ellas. Se la veía radiante cada vez que su padre llegaba con esas horquillas. Él soñaba en trenzarle el pelo cuando le volviera a crecer y marcharse juntos al mar, como cuando su madre le hacía trenitas de pequeña. La hija murió y él repartió las horquillas al personal. Le quise consolar, pero solo me dijo: Ya está con su madre. Las dos me esperan ahora. Y a esto voy: ¡hay que valorar lo que se tiene! Mientras unos están abatidos de dolor real, otros pierden la vida en rencillas, odios y tonterías. Y, tarde o temprano, la vida te lo devuelve.

Los humanos pensamos que controlamos todo; no es así.

Carmen, entre tanto, se abanica con una revista y mira la bandeja vacía: empanadillas agotadas. Bueno, ya haría más en casa y además iba a mandar un mensaje rápido al marido: Esta noche, hay reunión casera. Película, cena y que vengan tu madre y tu padre a dormir.

¡Me voy! Hoy toca reunión familiar, ¡hasta luego! exclamó, desapareciendo corriendo.

Belén también se puso en pie. Buscó algo temblorosa en el bolso y de los nervios, lo volcó todo por el suelo. Lucía la ayudó a recoger, en silencio. Y, en silencio, cada una salió por su lado.

Tocaba volver a la rutina. El día estaba lleno de citas. Solo que, en la otra punta de la ciudad, en ese momento, una mujer mayor, de la que Belén estaba convencida que la odiaba, contemplaba su regalo. Ese mismo que pensaba que la haría rabiar. ¿Y si le hubieran hecho a ella lo mismo? Seguramente se sentiría humillada y le destrozarían el cumpleaños. Así que llamó a todos sus clientes, pidió perdón y prometió descuentos para la próxima. No fue a trabajar esa tarde: se dirigió a casa de Faustina.

El móvil de Álvaro no daba señal.

Sudaba. ¿Qué le diría él? Al fin y al cabo, era su madre

Ya era de noche. Las ventanas del chalecito de las afueras brillaban. Y de repente, las cortinas de flores y los tiestos de geranios que siempre le habían puesto de los nervios, le parecieron lo más acogedor del mundo.

Tengo que pedirle perdón. ¿Y qué le digo? ¿Le traigo otro regalo? Pero no hay tiempo Bueno, le prometo que le compraré otra cosa. ¡Madre, qué he hecho! pensaba Belén, avanzando por el jardincito.

La puerta estaba abierta. En la mesa del salón, una plato rebosante de croquetas. Una ensaladilla, que le encantaba a Álvaro. Rollitos de calabacín. Belén se quedó en el umbral, mirando primero la mesa. Su marido hablaba con su hijo, ambos felices devorando los canelones de la abuela. Y allí estaba su suegra, en su vestido azul con encaje, y la trenza de siempre, junto a dos vecinas mayores y un señor muy vivaracho.

¡¡Mirad qué maravilla me han regalado!! decía Faustina, señalando el regalo de Belén.

Y prosiguió, orgullosa:

Esta es mi Belén, la mujer de Álvaro. Tan bonita, tan delicada, parece una princesa. Cuando la miro, ¡se me alegra hasta el alma! ¿Habrá visto usted cosa igual, don Julián? ¡Hasta un artista la ha retratado! Cuando vi el regalo, no pude evitar ponerme a llorar de alegría. Nada me haría más feliz.

A Belén se le puso la cara roja como un tomate, rojísima de vergüenza, igual que cuando de niña culpó a su hermano pequeño tras romper la vasija de la abuela.

El famoso regalo de cumpleaños de la suegra era un retrato. El suyo, de Belén. Siempre había pensado que Faustina no le quería simplemente porque nunca le decía nada bonito. Y creyendo así que la odiaba, le regaló el retrato a mala idea, imaginando que la fastidiaría. Pero no fue así

Belén es tan guapa, que a mí me da incluso apuro hablarle. Yo, que nunca supe juntar dos palabras, ni sé hablar bonito. Pero cuando viene, mientras duerme, le recoloco la manta y le acaricio el pelo. Dios me quitó a mis hijas, pero me dio una hija nueva: Belén, la mujer de mi hijo. Siempre le digo a Álvaro: tienes una joya de esposa.

“Ahora, vive con esto”, le susurró el bichito a Belén, para, acto seguido, desaparecer del todo.

No pudo ni prometerle que cambiaba de actitud. Y quizás tenía tiempo para compensar, pero ya no importaba. Su hijo se abalanzó sobre ella, su marido la cogió de la mano.

¿Has terminado ya? Creía que trabajabas esta tarde Mamá dice que le diste el regalo por la mañana le susurró Álvaro.

He cancelado todo. Faustina ¿puedo llamarla ‘mamá’, a partir de ahora? Feliz cumpleaños balbuceó Belén entre lágrimas.

Y sentía como si tuviera que ponerse de rodillas, como aquel hombre en la historia de Lucía. De rodillas ante una bondad tan grande.

¡Hija, qué alegría que pasaras de nuevo por aquí! ¡Mi Belén! Ven, siéntate, que la mesa está servida decía Faustina, radiante.

Don Julián, el vecino, asentía satisfecho mirando a Belén y luego al retrato. Pronto todos estaban riendo y charlando.

Belén se sentía dichosa: era fiesta y estaba viva y sana, tenía padres, la familia de Álvaro llegaba en breve, y tenía una gran suegra y una familia maravillosa. ¿Se podía tener más? ¡Eso sí que es ser rica!

¡Todos a la mesa! llamaba Faustina, entre trajines.

¡Qué bien! Luego, si queréis, hago sesión de peinados gratis. Si alguien quiere corte o color, que lo diga. ¡Me haría mucha ilusión! sonrió Belén.

Y ese fue su segundo regalo. Para todos.

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MagistrUm
A mi suegra le hice un regalo tan impactante que se quedará sin palabras… ¡Y temblará cada vez que lo vea!