A mi padre a una residencia de ancianos: El difícil y doloroso camino de Elizabeta para protegerse de un padre autoritario en la España actual, entre el sentimiento de culpa y la necesidad de preservar su propia vida

Pero, ¿qué estás diciendo ahora? ¡¿Una residencia de ancianos?! ¡Ni loco! ¡De aquí no me saca nadie! El padre de Isabel Fernández lanzó la taza contra su hija, apuntando a la cabeza. Isabel esquivó con el reflejo de quien ya está acostumbrada.

De verdad, esto no podía seguir así mucho más. Tarde o temprano él acabaría haciendo algo grave y ella nunca sabría por dónde le vendría el golpe. Pero al gestionar los papeles para llevarlo a la residencia, Isabel no sentía otra cosa por dentro que remordimientos. Y eso que, si lo pensaba bien, ya estaba haciendo por él muchísimo más de lo que él jamás hizo por ella.

Mientras el padre gritaba, pataleaba y soltaba improperios cuando lo metían al coche, Isabel se quedó mirando la escena desde la ventana. Esa sensación no era nueva. Ya había vivido algo así de niña, aunque entonces no tenía ni idea de cómo sería su vida después.

Isabel, hija única, fue criada por una madre que jamás se atrevió a tener otro hijo por culpa de su marido, que era un auténtico tirano en casa y hacía de la vida de ambos un infierno.

El padre Juan Fernández tuvo a Isabel ya pasados los cuarenta. Se casó más que nada por interés profesional, para darse la imagen de hombre ejemplar. Tampoco es que buscara el gran amor o una familia grande. Juan no quiso nunca a nadie más que a sí mismo, y para prosperar en su carrera necesitaba un hogar presentable. Así que eligió entre sus conocidas a Margarita, una estudiante de instituto con familia obrera. Para los padres de ella, aquel enlace era casi como una medalla. Por supuesto, la opinión de la novia importó lo justo. La boda fue de ensueño, pero los padres de la chica no asistieron porque no daban la talla.

Nada más casarse, Margarita se mudó al piso del marido. Para educarla en su nuevo papel de esposa de funcionario, pusieron a su alrededor gente que la enseñara a comportarse, a no meterse donde no la llamaran y a callarse cuando tocaba.

¿Qué, cómo ha ido el día? preguntaba Juan al volver, echándose en su sillón.

Bien, he aprendido a servir la mesa y he empezado clases de inglés contestaba ella. Lo primero que aprendió fue: no le des nunca motivos para enfadarse.

¿Y qué? ¿Eso es todo? ¿Y la casa quién la lleva?

Yo. Fui a comprar, hice la limpieza y organicé el menú semanal con la cocinera.

Vale, no está mal por hoy. Pero procura ir siempre limpia y presentable; no quiero verte como a una paleta de pueblo. Si te portas bien, ya veremos si te pongo chófer y asistenta. Pero todavía no te lo has ganado.

Aun así, por mucho que intentara agradar, los días tranquilos con Juan eran la excepción. Solía llegar tarde, cansado y de mal humor, y el único saco de boxeo que tenía a mano era Margarita; el personal de servicio podría irse o cotillear, pero ella no tenía ni a quién llorarle, ni a dónde ir.

La primera vez que le levantó la mano fue al mes de la boda, sin motivo, solo para que quedara claro quién mandaba, para que supiera lo que le esperaba si no obedecía. Y de ahí, la violencia fue una rutina, siempre cuidando de no dejar señales visibles. Margarita aprendió a taparse los moratones y a poner buena cara delante de los amigos y los compañeros de Juan a los que a veces recibía en casa.

Pasó el primer año y el entorno empezó a meter presión respecto a tener hijos. “Oye, Juan, eres un tío hecho y derecho, ¿y tu mujer aún no está embarazada? ¿Quién es el estropeado aquí? Enséñasela a un médico, que ya va siendo hora.” Juan respondía con evasivas: “Está terminando los estudios, ya tocará”. ¿Estudios? ¡Pero si eso es para los hombres! Que deje el instituto y vaya a médicos, que en una familia tienen que haber niños. Para eso se casa uno, ¿no?

Así que a partir de ahí Margarita empezó con las revisiones médicas, las pruebas para ver si podía tener hijos. Incluso Juan dejó de pegarle para no dejar marcas. Los meses siguientes no arrojaron ningún problema: Margarita estaba perfectamente sana y lista para ser madre. La insinuación era clara, el problema era de él. Se lo sugirió un médico muy prudente y le recomendó hacerse pruebas.

¿Yo? ¿Pero tú sabes con quién hablas? Bastaría un par de llamadas para que acabes cuidando cabras en un pueblo perdido contestó Juan, indignado.

Podría pasar, pero eso no solucionaría nada le respondió tranquilo el médico.

Juan acabó por hacerse los análisis y el diagnóstico fue claro: sus posibilidades de ser padre eran muy reducidas. Solo un milagro podía cambiar eso.

Las pullas de sus colegas y la salud de su mujer lo amargaban cada vez más. Ya ni siquiera se molestaba en pegarle; ella había dejado de reaccionar, ni lloraba ni suplicaba se quedaba quieta, como una estatua.

Para entretenerse, Juan se buscó una amante, cosa que durante un tiempo le mantuvo distraído. Pasaron dos años y medio antes de que, por fin, Margarita se quedara embarazada. Nació Isabel, igualita que el padre. Sin embargo, Juan nunca mostró cariño por ella. Criar a la niña quedó en manos de la madre y una niñera; Juan podía pasar semanas sin cruzarse con su hija y ni lo notaba.

A medida que Isabel crecía, ser hija única empezaba a pesarle al padre no soportaba el menor gesto de desobediencia y, cuando tenía cinco años, fue la primera vez que Juan la cruzó de un bofetón por una rabieta. Volvía de una reunión, venía de mal humor y no tenía cuerpo para berrinches. De una manotazo, mandó a la niña al otro lado del comedor. Isabel no lloró, del susto. Y su padre, tan tranquilo, se tumbó y puso la tele.

A partir de ahí, aprendió la lección: mejor no llamar la atención. De ahí en adelante, ya no se cortó. Podía insultarla, humillarla, levantarle la mano delante de quien fuera. No tenía que fingir ser el padre ejemplar, ya tenía suficiente prestigio. Cuando venía gente a casa incluso hacía bromas para ridiculizarla.

Dicen que tu hija es una violinista brillante, ¿nos toca algo? preguntaba alguna invitada.

¿Violinista? ¡Si no sabe ni sujetarlo al derecho! Si quieren sufrir, pídanle algo, pero se lo advierto ¡Isabel! ¿No me oyes? Anda, trae el violín y haznos sufrir un poco.

Isabel, roja de vergüenza, iba a por el instrumento. Tocar delante de la gente le aterraba, pero enfadar a su padre, más. Ese miedo a exponerse nunca se le fue y, aunque tenía talento, jamás llegó a tocar tras salir del conservatorio. Abandonó la música para siempre.

En casa, nunca supo si todas las familias eran así. Veía en los libros dibujos de familias felices y se preguntaba por qué le había tocado nacer de alguien capaz de odiar al mundo entero.

Su madre tampoco fue un modelo de felicidad: nunca pudo querer de verdad a la hija de aquel hombre. Cuando Isabel tenía trece años, su madre murió en un accidente de coche. Oficialmente fue un accidente, pero Isabel siempre tuvo la duda. Desde entonces, se cerró aún más en sí misma.

Al acabar el colegio, entró en la universidad en la carrera que el padre eligió para ella. Fue una de las últimas decisiones que tomó por su hija; a esas alturas, Juan se había metido en líos en el trabajo, lo habían apartado y prácticamente arruinado. Gran parte de su patrimonio se esfumó en pagar favores para zafarse de la justicia. Al final, consiguió escapar de la cárcel y se retiró a una casita en el pueblo. Isabel no fue a verle más. No tenían nada de qué hablar y ella no estaba dispuesta a soportar su maltrato.

Solo, Juan perdió a quien torturar con su veneno y su salud mental se fue al garete. Los vecinos llamaban cada vez más a Isabel para decirle que no se comportaba como una persona normal. Tocó armarse de valor y tomar otra decisión: llevárselo a casa.

El hombre, al volver a tener blanco de sus ataques, hasta pareció revitalizado. Todos los días montaba algún lío: gritos, insultos, destrozar cosas Isabel le encerró en una habitación con pestillo, pero ni así. Llegó a un punto en que la demencia era más que evidente y no le quedó más remedio: tenía que llevarlo a una residencia.

Isabel nunca formó una familia. Marcada por aquella vida, era incapaz de fiarse de nadie. En el trabajo, no tenía amistades. Ni una relación. Y pese a todo, cuando llegó el momento de llevar al padre a la residencia, se sentía fatal.

Pero dejarlo en casa era un peligro. El diagnóstico era claro: principio de Alzheimer. Ni reconocía todo el tiempo a su hija, pero la maldad y el odio seguían.

Fue por todo Madrid buscando residencia, hasta dar con una digna, que costaba casi toda su nómina; tuvo que buscarse otra faena para poder llegar a fin de mes.

Después de dejar al padre, estuvo días como ausente. Se acordaba de cuando ella y su madre intentaron una vez huir. Fue la única vez que Margarita quiso escaparse con la niña. Juan las trajo de vuelta, y poco después, su madre murió.

Isabel iba a verle siempre con ese nudo en la garganta. No lo podía evitar: lloraba de pena y de culpa, como si la única herencia que hubiese recibido fuera esa.

Aparte de ese remordimiento constante, Isabel empezó a notar problemas de saludPero con el paso de las semanas, Isabel empezó a notarse un leve alivio que le sorprendía. Los gritos en casa cesaron, los objetos se mantuvieron en su sitio, y hasta las plantas que tantos años llevaban marchitas reverdecieron como si finalmente pudieran respirar. Cada vez que regresaba del trabajo, el silencio al principio aterrador se transformaba en compañía. Por primera vez en décadas, aprendió a poner en la radio la música que le gustaba, a cocinar sólo para ella, a dejar una ventana abierta y escuchar la calle sin sobresaltos.

La culpa seguía, persistente, posándose cada noche cuando apagaba la luz. Pero algo distinto brotó de aquel sufrimiento: un deseo, por pequeño que fuera, de permitirse una tregua. Una tarde de domingo, acabando un libro en su sillón, se vio reflejada en el cristal de la ventana. Y al mirarse, pensó por primera vez: He sobrevivido.

No volvió a la residencia tan seguido. Las llamadas sobre el estado de su padre comenzaron a espaciarse y, finalmente, un día de otoño la residencia avisó que Juan Fernández había fallecido en la madrugada, dormido, sin palabras de despedida ni reconciliación.

Isabel no lloró. Se vistió con pulcritud y fue al entierro. No acudió nadie más, salvo un cura y dos empleados. Depositó una flor blanca y se marchó, sin mirar atrás.

Aquel día, al volver a casa, se sentó al piano que nunca había abierto desde niña y dejó correr las manos. Los dedos, torpes al principio, comenzaron a rescatar una melodía. Era la primera canción que tocó con su madre. Tocó para ella, para sí misma, para el futuro que quedaba. Notó cómo se le abría algo por dentro, un suspiro antiguo y hondo.

Al acabar la pieza, se permitió una sonrisa, leve pero verdadera. Isabel no tenía familia, ni una vida soñada, ni grandes triunfos que exhibir. Pero había conseguido el mayor de todos: salir de las sombras, limpiar las huellas del pasado, y hacerse, al fin, dueña de sus días.

Abrió la ventana de par en par y dejó que el aire nuevo lo inundara todo.

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A mi padre a una residencia de ancianos: El difícil y doloroso camino de Elizabeta para protegerse de un padre autoritario en la España actual, entre el sentimiento de culpa y la necesidad de preservar su propia vida