Tras el nacimiento de mi hijo, engordé un poco. El peso realmente no se disparó, pero el aire parecía más denso y grueso. Mi marido empezó a quejarse de mi aspecto, tanto que todo en casa parecía susurrar lo mismo en las cortinas y las paredes.
En vez de decirme, «No pasa nada, querida, sigues siendo lo mejor de mi vida», y de esperar a que volviera a ser yo misma, un día simplemente giró a la izquierda y se evaporó, tan rotundo y definitivo que, como en las pesadillas abstractas, nunca más regresó. Me quedé abrazando a un niño, y no hace falta entrar en detallestodo resultó clarísimo, como cuando las figuras se diluyen en sueños.
Al final me cansé de quedarme quieta viendo cómo la tristeza me llenaba los pulmones y encontré dentro de mí el hilo para volver al mundo. Adopté un perro, al que llamé Tizón, y empezamos a correr por las aceras frescas de la mañana, entre los árboles de la Gran Vía de Madrid. Poco a poco empecé a entrenar mis abdominales en el parque, y aunque la moral dolía como el frío húmedo de la sierra, todo el esfuerzo me alejaba de mis pensamientos más oscuros. El deporte se volvió costumbre. Cuando conseguí un trabajo, me apunté a un gimnasio cerca de Chamberí.
Mi entrenador en ese club, don Rafael, tenía la paciencia y el temple de los monjes de una iglesia sumergida. Tras años llegando y saliendo con constancia, no solo recuperé mi figura: la mejoré por completo. La silueta se multiplicó, bonita y nueva. Volví a quererme, a acariciar mi propio cuerpo en el espejo.
Un día, volviendo a casa con mi bolsa de deporte y el chándal aún puesto, vi a mi exmarido esperando en la puerta, rodeado de flores y bombones de chocolate Valor, como un actor perdido en otra escena de la obra. Al parecer, estaba llamando al timbre, pero mi hijo, Isidro, no abría. Me di cuenta de pronto que tenía justo ahí la oportunidad onírica de cumplir el deseo de muchas mujeres olvidadas…
Hacerle llorar de arrepentimiento. Me estiré el pelo y ajusté la camiseta, moviendo el pecho como si el viento fuera una corriente marina, y avancé hacia él despacio, como en un pasillo sin horizonte.
¿Y sabes qué me preguntó?«Señorita, ¿vive usted en este portal? ¿Podría abrirme la puerta?»
Solté una risa amarga, ocultando mi rostro bajo las manos, y una oleada de triunfo me empapó las sienes. Me aparté, flotando.
¿He dicho algo divertido?preguntó, de repente rabioso.
¿Por qué te hace gracia?insistió él.
En el registro civil, aquel día, cuando prometiste que ibas a cuidarme siemprele respondí, mirándole directo.
Todavía no sé reírme de eso.
Él bajó la mirada, buscando las piedras del suelo. Le di exactamente diez segundos, contados como en los relojes de arena de los viejos teatros municipales.
Tienes diez segundos para salir de este patiole dije, sin titubeos.
¿Puedo ver al menos a mi hijo?me suplicó, como los ecos de los sueños que se van.
Sal… sal fuera. Fuera.
Vi cómo se alejaba, mirando atrás una y otra vez, pero no servía de nada. Las imágenes y deseos solo toman forma si uno quiere de verdad, aunque el mundo esté hecho de paisajes oníricos y calles de oro viejo. Ése fue mi sueño: surreal, español, verdadero.




