Dicen por ahí que somos responsables de todo lo que en nuestra vida acontece, que la culpa se desliza, como una sombra silenciosa, hasta adormecernos en nuestras propias decisiones. Según qué decisión tomes en una mañana, así dormitará tu vida entera bajo el sol tibio de las plazas.
En mi existir, erré en la encrucijada cuando entrelacé mi destino con un hombre que nunca mostró fuste ni seriedad. En el fulgor de mi juventud, yo estaba tan enamorada de Salvador, que aunque todo el mundo murmuraba de sus travesuras y sus escapismos, yo quería pensar que por mí, cambiaría. Y así me sumí en la niebla del deseo y la esperanza. Mas la verdad es que las personas, como los álamos que recorren la orilla del Manzanares, raramente mudan su corteza. Así, ni aún cuando nació nuestro hijo, Jacinto, Salvador abandonó su vida de vuelo y ronda por las tabernas de La Latina.
Cada mes era como si el viento arrastrase hasta mis oídos historias nuevas sobre sus correrías: los vecinos, amigas y hasta la propia familia lo susurraban por los pasillos, al salir del ascensor antiguo. Sentía una mezcla extraña de bochorno y desprecio, como si hubiese comido aceitunas amargas. Aguanté cinco años, luego colapsé y me abrí las costillas, separándonos. Al menos Salvador nunca fue codicioso: me cedió el piso de Chamberí si yo no reclamaba manutención. Pero ese piso nos olía a pasado rancio; lo alquilé y me refugié en la casa austera de mi madre, que me necesitaba como el pan.
Con la renta de aquel piso fui armando la infancia de Jacinto: los uniformes del colegio público en Lavapiés, los viajes escolares a la Sierra de Guadarrama, algún balón reluciente de fútbol y meriendas al sol en el Retiro. Lo poco que lograba ganar de forma esporádica lo iba dejando en la farmacia, en las facturas de la electricidad, en los medicamentos para mi madre, que llevaba años encadenada a la cama por culpa de una dolencia triste y pegajosa como la miel vieja. Yo pensaba que Jacinto, tan serio, sabía ver mi esfuerzo y mi desvelo. Ahora tengo 57 años, voy pinchándome insulina a diario y me aferro a la vida como quien agarra con fuerza una bufanda bajo la lluvia fina.
Por mi enfermedad, trabajar me resulta un sueño borroso, casi imposible; ¿y quién me ofrecería un puesto ahora? Tampoco tengo derecho a pensión después de ir de un lado a otro, siempre con contratos en B, intentando estirar lo poco que entraba. Así, sólo me queda la renta de aquel piso, mientras las acacias dan sombra en el barrio.
Jacinto, mi hijo, ya tiene 31 años, y hace nada me anunció, casi de improvisto, que se casaba y que se mudarían él y su esposa al piso de Chamberí. Cuando le expliqué que sin ese dinero no podría cubrir ni el mínimo para vivir, Jacinto sólo me dijo, imperturbable, que eso era asunto mío.
Y aquí estoy, desvelada entre sábanas de calor y desasosiego, sin ahorros, dependiendo de pastillas y alimentos, mirando las facturas apiladas bajo el imán de la nevera. ¿Qué se supone que haga? ¿Cómo puede un hijo torcer así la voluntad de toda una vida? ¿Por qué mi propio hijo me sueña de este modo, tan distante, como si nunca le hubiese arropado mirando la Gran Vía iluminada desde mi ventana?






