«A los treinta años, bajo la influencia materna: una amenaza para la familia»

«A mi marido le faltan pocos meses para cumplir treinta y sigue bajo el ala de su madre… Y eso está destrozando nuestra familia»

Cuando Javier y yo nos casamos, no teníamos piso propio ni recursos para alquilar. Sus padres, con una situación económica desahogada, vivían en un amplio ático en Valencia y nos propusieron quedarnos con ellos temporalmente. En aquel momento me pareció sensato: mi suegra siempre se mostró amable y con mi suegro tampoco había tensiones.

Todo cambió cuando nació nuestra hija Sofía. Al principio fueron detalles sutiles, como un malestar que crece en silencio. Ahora lo tengo claro: compartir techo con los padres de tu esposo no es ayuda, es una trampa. Sobre todo cuando tu marido es el «niñito» mimado de la casa, que ronda la treintena y no encuentra ni sus propios calcetines sin que su madre intervenga.

Javier es cirujano. Trabaja de madrugada y en turnos interminables. Lo respeto, pero lo que me desgarra es su indiferencia hacia Sofía. Ni en sus días libres se acerca a ella. Prefiere encerrarse en el estudio, perderse en el móvil o inventar gestiones antes que sostenerla, jugar o simplemente hablarle.

Cuando le pido algo básico —comprar leche o cuidar a la niña mientras me ducho—, gira hacia su madre con la misma frase:
—Mamá, ¿puedes ocuparte?

Y ella, como si fuera su obligación, acude corriendo:
—Claro, hijo, tú descansa. Llevas el día entero operando.

Él está agotado. Yo, al parecer, no. Aunque sea yo quien se levanta cada noche, amamanta, pasea, friega y plancha. Y él ni siquiera oye el llanto de Sofía. Porque duerme en otra habitación. Porque «el ruido le altera». Cuando gruñe sin abrir los ojos:
—¡Haz que se calle de una vez!
…me muerdo los labios para no gritar de rabia.

Callo. Por la niña. Porque las discusiones ya no sirven.

Lo peor no es su pasividad, sino cómo mi suegra Ana María lo justifica. Para ella, Javier es un héroe: padre ejemplar, marido entregado. «¡Trabaja tanto! ¡Debes comprenderle!». De mí ni habla. Como si fuera la asistenta de su nieta.

Intenté razonar con ella:
—Ana María, si no acudiera cada vez que él chasquea los dedos, aprendería a responsabilizarse.

—¡Qué exageras! —replicó ofendida—. Tienes un hombre de oro. Lo que pasa es que no sabes valorarlo.

Ya no reconozco a la mujer que admiraba. Ahora veo a una madre que ahoga a su hijo adulto, impidiéndole crecer.

Y él no cambia. ¿Para qué? Entre mamá que resuelve todo y una esposa que aguanta, vive cómodo.

Estoy segura: si hubiéramos vivido solos desde el principio, aunque fuera en un estudio, habríamos aprendido a compartir responsabilidades. A entender que una familia no es solo pagar facturas, sino estar presente. Pero ahora… Ni siquiera entiende mi frustración.

Me siento como una intrusa en esta casa. La niñera, la criada. Ellos son la verdadera familia: madre e hijo. Y Sofía, su muñeca.

No quiero esto. No puedo seguir viendo cómo rehúye a su hija, cómo mi suegra me usurpa en todo, cómo me desvanezco sin que nadie lo note.

La única salida es irnos. Alquilar aunque sea un piso minúsculo. Será duro, pero al menos tendremos la oportunidad de ser un equipo. De que él sea mi compañero, no el «niño de mamá».

Solo falta dar el paso. Decirle: «Nos mudamos». Y ver su reacción. Si elige quedarse, confirmaré que jamás estuvo preparado para ser padre ni esposo.

Yo… Estoy lista para luchar. Por mí. Por Sofía. Por una vida auténtica, sin mentiras ni «ayudas» que envenenan. Y lo haré. Muy pronto.

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«A los treinta años, bajo la influencia materna: una amenaza para la familia»