A los catorce años ya me enfrentaba a migrañas hemipléjicas, episodios extraños capaces de dejar inservible la mitad de mi cuerpo.

A los catorce años ya estaba enfrentándome a las migrañas hemipléjicas, esos episodios tan extraños que podían dejar medio cuerpo inservible.

Recuerdo aquellos tiempos como si fueran de otra vida. Era apenas una adolescente en Salamanca, y de repente, mi cuerpo comenzó a traicionarme con esas migrañas hemipléjicas, tan raras que ni los médicos de la ciudad universitaria las habían visto nunca fuera de los libros. Al principio, los ataques eran puntuales, uno al mes, pero dejaron huella: el costado izquierdo sin fuerza, la boca con palabras arrastradas, como si una sombra de apoplejía me rozara. Pero, al llegar a los veinticuatro, todo cambió. Las migrañas, así de impredecibles, se asentaron en mi vida como una lluvia persistente, día tras día, implacable y oscura.

Me llamo Inés Gutiérrez, nacida y criada entre las callejuelas empedradas de Salamanca. Antes de que todo esto comenzara, era una joven coordinadora de proyectos en un despacho de arquitectura que empezaba a despuntar. Me llenaba la vida ese ir y venir de proyectos, los plazos apretados, el sentido de propósito, pero pronto el dolor se volvió rutina. Fuese una presión aguda tras el ojo o la sensación de que mi brazo no me pertenecía, mi mundo se fue haciendo pequeño, reducido a la habitación y la penumbra. Casi tres años aguanté mientras los médicos iban probando de todo: pastillas de nombres imposibles, inyecciones de toxina botulínica en el cuero cabelludo, bloqueos nerviosos dolorosos, regímenes alimenticios estrictos Todo era inútil.

No había remedio.

Llegaron días en que no podía con mi propia cabeza y mi marido, Pedro, debía ayudarme a entrar en la ducha, por temor de que esa debilidad en el lado izquierdo me derribara. Perdí el trabajo, luego la autonomía y, por último, la confianza, algo que me dolió más que el propio dolor. Sólo con la ayuda de calmantes fuertes podía seguir adelante, aunque me costase admitirlo. Gracias a ellos, apenas logré retomar media jornada.

Pasaron años, y entonces, hace un par de inviernos, los médicos dieron con una sugerencia extraña y desesperada: el embarazo. Tres neurólogos distintos me dijeron lo mismo, casi con las mismas palabras. A veces, en pacientes como yo, el embarazo actuaba de reseteo hormonal; lo habían visto alguna vez, aunque no había pastilla que lo imitara.

Pedro y yo nos quedamos sin palabras. Queríamos hijos, sí, pero convertirlo en un experimento era otra cosa. Es un riesgo, admitió el doctor Torres, pero puede hacer que desaparezcan.

Era una idea a la vez aterradora y tentadora. La sombra de las migrañas me daba aún más miedo que el riesgo de tener un hijo bajo esas circunstancias. Así empezó la decisión más grande de nuestras vidas.

Tardamos meses en retomar el tema. Cada episodio era un recordatorio: la mano que no sentía, el vaso que se caía, el tartamudeo en la boca Pedro siempre guardaba silencio, tragándose las palabras no dichas.

¿Era justo traer vida a este mundo sin saber en qué estado estaría yo misma?

El doctor Torres nos detalló los riesgos: complicaciones, posibilidades de que nada cambiara, incluso riesgos para el propio bebé. Pero también añadió, en un susurro: He visto que funciona, Inés. Su voz se me quedó grabada como piedra en los bolsillos.

Una noche, después de una crisis especialmente dura, acabé tirada en el suelo frío del baño. Pedro estaba a mi lado, acariciándome el cabello en silencio. Cuando la parálisis cedió un poco, le confesé: No puedo seguir así.

No me intentó convencer de lo contrario.

Conversamos larga y largamente. Sobre el miedo, la responsabilidad, sobre si era justo para nuestro futuro hijo. Y entonces Pedro me dijo: Si esto te devuelve la vida, nuestra hija o hijo no será jamás una carga. Sabrá que fue quien te rescató.

Así se tomó la decisión.

No fue fácil. Tardamos siete meses, con visitas constantes al centro de salud, analíticas, pruebas, nervios Pero cuando la prueba dio positivo, me quebré a llorar. Pedro pensó que algo iba mal, pero eran lágrimas de alivio, de miedo, de esperanza.

El primer trimestre fue una montaña rusa. Hubo días en que me sentía fuerte, y otros que ni podía comer de las náuseas. Las migrañas seguían, pero algo diminuto y leve cambiaba: los episodios eran menos frecuentes, la parálisis duraba menos, el dolor empezaba a suavizarse. Para alguien que llevaba años sin alivio, incluso ese suspiro era un milagro.

A los seis meses, los días de migraña crónica habían bajado a dos o tres por semana. No era la cura, pero sí una tregua.

La primera vez que pasé un día sin migraña, rompí a llorar en la cola del supermercado de la plaza Mayor. La cajera me miró como si estuviera perdida, pero me dio igual. Era la primera vez en cinco años que sentía esa clase de libertad.

Pedro volvió a sonreír. Yo volví a sentirme persona. Permitimos entrar una brizna de optimismo.

Pero el embarazo aún reservaba sus desafíos.

En el séptimo mes, apareció un ataque distinto. La visión se volvió borrosa, y cuando regresó, las manos no me respondían. Los médicos emplearon una palabra que siempre había temido: Preeclampsia.

Todo se precipitó. El embarazo, que había nacido como posible remedio, se convirtió en peligro. Llegué a ingresar en el hospital universitario de Salamanca. La estancia se llenó de pitidos de las máquinas, olores a detergente, y rutinas sin fin. Odiaba esa dependencia, esa sensación de ser vulnerable.

Lo curioso fue que las migrañas, lejos de empeorar, mejoraron. Pero la tensión arterial subía y subía.

El doctor Torres advirtió que quizá habría que inducir el parto antes de tiempo. Queremos llegar lo más cerca posible de término, me explicó, pero estamos vigilando todo al detalle.

Cada día era una lucha. Pedro dormía en una butaca dura a mi lado, vivía de cafés y bolsas de bollos, siempre pendiente de mí.

A las treinta y cinco semanas, la tensión se disparó. Me sobrevino un dolor de cabeza distinto: no era la migraña, era otra cosa, más profunda. La ginecóloga me miró con serenidad: Inés, tu hija debe nacer hoy.

Recuerdo mirar a Pedro, aterrada. ¿Será demasiado pronto? ¿Estará bien? Él me apretó la mano: Es fuerte, pero la voz le tembló.

El parto fue inducido a toda prisa. La sala rebosaba luz, monitores y rostros atentos. Me administraron magnesio para prevenir convulsiones. Sentía el cuerpo de plomo.

Doce horas después, a las 3:12 de la madrugada, nuestra hija, Alba, nació con un grito feroz que destensó a las enfermeras.

Era pequeña, pero sana. Viva. Perfecta.

La sostuve, piel con piel, mientras las lágrimas me caían. Pedro me besó la frente: Ya está, está aquí.

Pero el verdadero milagro llegó después. Dos meses más tarde, sentada en la mecedora de su dormitorio, caí en la cuenta de que no había vuelto a sentir una migraña en semanas, ni siquiera un ligero atisbo.

Al cumplir Alba cuatro meses, ya llevaba noventa días libres de ataques. A los nueve, mi neurólogo habló de remisión. Volví al trabajo. Salí a correr. Empecé, por primera vez, a pensar en futuros sin miedo.

A veces, por la noche, miro a Alba dormida y me maravillo de cómo algo tan pequeño pudo reiniciar por completo mi vida. Los médicos tenían razón: el embarazo lo cambió todo. No fue un instante, ni un milagro. Fue lento, como el alba sobre el Tormes: primero apenas un reflejo, luego un destello imposible de negar.

Las migrañas no se esfumaron porque sí.
Me liberaron.

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MagistrUm
A los catorce años ya me enfrentaba a migrañas hemipléjicas, episodios extraños capaces de dejar inservible la mitad de mi cuerpo.