A los sesenta años decidí comenzar una vida nueva y fugarme con el amor de mi juventud
A mis sesenta, tras décadas de rutina calculada al milímetro, me armé de valor para el acto más temerario de mi existencia. Lo abandoné todo —familia, comodidades, la casa acogedora en un pueblo tranquilo cerca de Segovia— para reunirme con quien fue mi primer y más puro amor años atrás. La decisión creció en mí como tormenta dispuesta a rasgar el cielo, hasta desbordarse arrasando cualquier duda.
Estaba sentada en el sillón del salón, agarrando una foto en blanco y negro desgastada. Ahí aparecíamos Andrés y yo —jóvenes, helados pero radiantes— abrazados en un parque nevado de la Sierra de Guadarrama, como si el mundo nos perteneciera. Fuera, las hojas rojizas del otoño caían recordándome que el tiempo avanza implacable y la vida se escapa como arena entre los dedos.
Con mi marido nos habíamos convertido en espectros compartiendo techo. Los hijos crecieron y volaron a sus propios hogares, dejando la casa vacía de risas. Pensé en marcharme en silencio, como quien escapa al amanecer, para no quebrar sus corazones. Pero la honestidad, mi brújula siempre, me obligó a hablar.
—Mamá, ¿te ocurre algo? —mi hija Lucía apareció en la puerta, sus ojos dilatándose al ver mi expresión y la fotografía.
—Siéntate. Necesito contarte algo —dije con voz quebrada pese a intentar serenarme.
Confesé todo como en un sacramento: el reencuentro casual con Andrés, las emociones revividas bajo las cenizas del tiempo, la imposibilidad de seguir en una jaula de costumbres. Esperé gritos o reproches, pero Lucía me sostuvo las manos frías y murmuró:
—No diré que lo entiendo del todo… Pero estos meses te he visto renacer. Sonríes como hacía años.
Sus palabras fueron un rayo de luz antes de la batalla más dura: hablar con mi esposo. Reuní coraje y, frente a sus ojos cansados, solté palabras pesadas como plomo. Él guardó un silencio espeso, luego dijo con voz ronca:
—Te agradezco lo vivido. Ve y sé feliz.
No había rencor, solo resignación. Me desgarró el alma, pero no había vuelta atrás.
Al empacar la maleta, me detuve en el umbral. Observé las paredes que albergaron mi vida, el jardín donde jugaban los niños, la ventana tras la cual se apagaba mi pasado. El corazón latía entre despedida y esperanza. Marchaba hacia lo desconocido, hacia un amor que sobrevivió décadas de distancia. Sabía que me aguardaban críticas y soledad, pero mi alma ya había elegido. Aquel era mi grito de libertad, mi rebelión tardía, la última apuesta por la dicha que esperé toda una vida.







